viernes, febrero 28, 2003

Todo está mal. No he llegado a mi casa. El Olis me rescató. Hizo huevos a la mexicana. No sé si regresar. Al cabo ya todo se fue a la verga. Además, fuera Carrillo.

CAS

jueves, febrero 27, 2003

Tranquilo, Bloggart, tranquilo, que la esperanza de ser campeones es, se sabe, lo último que muere. Además, fuera Carrillo.

CAS

martes, febrero 25, 2003

Gimnasios

En El gran gatsby de F. Scott Fitzgerald, el narrador se refiere a Tom Buchanan, uno de los personajes, así: “Era un cuerpo capaz de desarrollar enorme fuerza, un cuerpo cruel”. A Fitzgerald, viejo bribón que vivió a plenitud los fabulosos veinte gringos, le parecía que un cuerpo musculoso como el de Buchanan sólo aceptaría como posible el calificativo “cruel”, pues su fortaleza era proporcional a su estupidez. Y es que eso se pensaba hace algunos años: alguien que ejercitaba de esa manera tan intensa y obsesiva sus músculos, era porque en el fondo le costaba un trabajo inmenso ejercitar su mente; o de plano no podían.

De unas décadas a la fecha, la costumbre –y necesidad, claro– por cultivar el cuerpo se ha convertido en un rasgo social ineludible, en parte por el repudio a priori hacia todo lo que no entre en esos cánones. Si uno es gordo, desde el punto de vista físico padecerá de entrada el rechazo de los demás, aunque después pueda hacer su luchita y hacerle ver a los arnolds y cindycrawfords que uno también puede ser buena persona. La tendencia a cultivar los cuerpos anoréxicos del tipo modelo de pasarela o los atléticos bien formados que se necesitan para hacer un comercial de refresco de dieta, predomina en la actualidad como si fuera una religión, un culto pintoresco al cuerpo que deja de lado un sinnúmero de placeres, entre otros, la comida o la bebida.

En ese orden de ideas, los gimnasios son esos templos benditos donde la persona que añora tener un cuerpo de adonis tiene que asistir a manera de manda. La dinámica es muy sencilla: en México hay varias opciones para aquella persona que se siente ya un inadaptado social, pues tiene suficiente grasa en la palma de la mano para hace sentir a los demás que están saludando a una hamburguesa. Los instructores son una de las partes neurálgicas del lugar: son los directores espirituales. Pero como buenos sacerdotes, también descuidan a sus fieles. Los instructores de gimnasios son personas normales, aunque en apariencia no lo sean, que tienen la cualidad de tener dos dedos de frente –hay quienes se esfuerzan y tienen medio más– y normalmente (porque no siempre es así) ostentan el cuerpo que toda mujer desea llevarse a una isla desierta. Se identifican fácilmente porque caminan con los brazos separados. Cuando llega un principiante hay de varias sopas: 1) si es hombre no hay problema, le hace una rutina rápida, le explica dos o tres ejercicios y lo abandona a su suerte; 2) si es mujer, hay asimismo dos probabilidades: a) que sea guapa y esté buena y b) que sea gorda y fea. En el primer caso, el instructor se encargará personalmente de verificar cada detalle de la rutina, sin despegar un solo segundo la mirada de esos bien torneados muslos que han tenido a bien pararse por esos lares; si es la segunda posibilidad, repetirá la misma dinámica que con el hombre e injuriará la vida por haberle puesto en un oficio tan ingrato, casi de porquerizo.

No podemos dejar de lado el asunto del flirteo: todo gimnasio es un caldo de cultivo lúdico, y a veces hasta lascivo. No falta el hombrón que llegue adonde una muchachita de no malos bigotes para decirle, “estás haciendo mal el ejercicio”, para acto seguido poner la mano en su cuadríceps y complementar: “Tienes que sentirlo aquí”, apretando sobre la pierna. Si una mujer llega vestida sugerentemente es obvio que todos los hombres clavarán sus miradas en ella, y más de uno intentará abordarla llevando el pecho hinchado por delante; y sucede lo mismo con las mujeres, pues aunque tengan la costumbre de ser mucho más discretas, no pierden detalle de cuando el-instructor-medio-desnudo les enseña a hacer bien una sentadilla; normalmente dicen que no entendieron bien, que si puede hacerla de nuevo. Si el juego trasciende la sala de los aparatos y pesas, el lugar donde aterriza es en los vestidores y lo que predomina son los comentarios que aluden al físico que no se ve. Aquí, lo sé de buena fuente, hay mucho menos pudor en los vestidores femeninos, pues no existen tapujos para hacer referencia a los brazos de tal o cual persona, o hablar de asuntos lascivos –de ésos que tienden a ir al Más Allá– con uno que otro compañero.

Tengo trece años de asistir a gimnasios. Aunque el último año no entrené, he regresado a jalar en forma desde la semana pasada. Sin embargo, ha sido con sus matices: aunque al principio lo hice como mandan los cánones, después me negué rotundamente a comer el resto de mi vida sólo atún, arroz, claras de huevo y pechugas a la plancha. Y sin embargo hay un placer singular al cargar una pesa. Además, conozco pocos lugares más divertidos que un gimnasio, lugar de desinhibiciones y encuentros, de sinceridad y salvajismo, de amores y desamores, y de cuerpos crueles. Además, fuera Carrillo.

CAS
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lunes, febrero 24, 2003

Tarea de la semana: encontrar la fábrica donde se hacen a los Monsiváis. Se dice que puede estar en Tlalnepantla o en Ecatepec. Acto seguido, buscar ahí mismo el lugar donde se encuentra la fórmula de la ubicuidad; se tiene información de que puede estar guardada en una caja de seguridad de un banco suizo, al lado de donde está la receta de Coca Cola. Además, fuera Carrillo.

CAS
Lo siguiente sólo pasa en este país: fui invitado a dos presentaciones de libros distintas, el mismo día (jueves), a la misma hora (siete de la tarde) y en el mismo lugar (Palacio de Minería). Si Monsiváis puede estar en el norte y en el sur de la ciudad al mismo tiempo, por qué yo no. Además, fuera Carrillo.

CAS

Agradezco las muestras de apoyo y solidaridad por la debacle de ayer. A Humphrey Bloggart quiero decirle que, en efecto, a veces las cosas no salen como quiere uno, y hay que resignarse. No he vuelto al Estadio Azul desde que hace más o menos un años La Piedad (¡La Piedad, carajo!) nos endilgó un 5-1; me salí en el minuto 25 del segundo tiempo. Creo, ahora más que nunca, que no regresaré en un buen rato. De cualquier forma, fuera Carrillo.

CAS

domingo, febrero 23, 2003

sábado, febrero 22, 2003

Acabo de ver una máquina de hacer futbol. El Arsenal le ganó 5-1 al Manchester City. Deslumbrante. La mejor liga del mundo es la inglesa.

CAS
Vamos a ver. Quiero creer que el gran Nicoménicus habla de mí en su último post; esto no porque me sienta el fidedigno depositario de tan sapientes y deslumbrantes comentarios, sino porque lo que escribió se lo acababa de decir por teléfono cinco minutos antes de que lo posteara. Por lo demás, creo que cuando le sugerí que fuera serio con su blog se lo tomó demasiado en serio, tanto como aquella vez que le dije que deberíamos escribir un libro alalimón que se llamara Cómo se hace una fiesta. Sobra decir que se ofendió mucho. En cuanto a sus comentarios respecto de mi "visión" (¡oh, maese Yeats, somos tus súbditos!) de la literatura mexicana, no estoy de acuerdo, no porque piense distinto sino porque simple y llanamente no pienso nada. En todo caso, lo único en lo que hay que ser serios en la vida es a la hora de beber, sin importar, querido Nicoménicus, que ésta sea una barca. A fe mía que a veces navegamos en un poco de ron.

CAS

viernes, febrero 21, 2003

Pronóstico para el domingo: Necaxa 0, Cruz Azul 4.
Perros

En la novela Pan de Knut Hamsun, Glahn –el protagonista– mata a su perro Esopo de un escopetazo. Es la única escena literaria que recuerde donde un perro es acribillado a mansalva por su dueño. No obstante, la presencia de los canes en la literatura es ancestral; ya Sergio Pitol lo documentó ampliamente en ese maravilloso ensayo que se llama “Corazón de perro”. Cabe decir que estos magníficos ejemplares caninos casi sólo existen en la ficción, pues los que se conocen cotidianamente, en la vida mundana, no tienen nada que ver con ellos.

Los perros son animales nobles, buenos amigos, se puede confiar en ellos (en esto se diferencian claramente de los gatos) y si comen doble de ración a la hora del almuerzo son incluso melosos. Mi experiencia con estos animalitos ha sido más o menos discreta, pero de recuerdos memorables. En la casa de Cuernavaca hay cuatro perros: tres french poodle y otro de raza de dudosa procedencia; un amigo dice que es raza de la calle, y creo que tiene razón. De los french, la mayor tiene como quince años, es sorda y camina chueco, como carrito de supermercado que siempre va a la derecha; la segunda, e hija de la primera, es retrasada mental y tiene mirada de comentarista deportivo; la última es una entenada que llegó por obra y gracia de unos amigos que no la querían. Mi mamá la admitió y ahora es la loca de la casa; dicho sea de paso tiene cara de un amigo del que me reservo el nombre. La perra corriente se llama Darling, nombre que ya tenía al ser adoptada, para que no se piense que en la casa hay mal gusto. Digamos que es un animal decente desde que se negó a aprender la Internacional Socialista el día que una amiga pretendía enseñársela.

Cuando los perros adquieren estatus en una familia, todos lo invitados, no importa el rango, pasan a segundo término. Tengo un amigo que vive con dos perros y la servidumbre. Uno de ellos se llama Argos, but of course, y suele merodear la sala cada vez que estoy ahí; el desgraciado huele mi bebida y si no es porque con demasiada delicadeza mi amigo le dice que no me esté molestando, seguro le da impunemente una lengüetada al trago. Hay que complementar que siempre dejan su pelambre por doquier y no falla que se trate de un perro negro cuando uno viste de blanco. Los excesos se presentan cuando hay gente que se regresa de fabulosos viajes porque el chucho está en casa de los amigos y seguramente no se ha adaptado, o que un bombero, al ver llorar a una niña porque su perro está en la casa incendiada, lo saca de las llamas para revivirlo después con respiración de boca a boca. Esto es cierto: ocurrió a dos cuadras de mi casa.

Sin embargo los peores perros son los de las novias. Aquí uno pasa invariablemente a ser plato de segunda mesa (y cómo se enojan cuando después hay un segundo frente; en fin). Cuando en una ocasión le reclamaba a una ex que le hacía más caso a su perro Tláloc que a mí, respondió con una sabiduría inobjetable que haría pensar a muchos hombres.

-¡No es un perro!

-¿Entonces qué es, un mandril africano?

-No: es Tláloc.

Este es uno de los numerosos casos de los perros reprimidos. A su dueña le parecía normal que, como ella era fanática del América, la pobre bestia también lo sería. Así, en lugar de ponerle un suéter bonito tejido a mano, lo vestía con esa horripilante camiseta amarilla.

Otro caso similar ocurrió con otra susodicha que tenía un pastor alemán enclavado en su departamento. Vanos fueron mis argumentos de que un edificio no es lugar para un perro como ese. Nunca escuchó. Al pobre perro lo conocí cuando tenía escasos tres meses; entonces, si cruzaba el límite de la distancia que yo unilateralmente había dispuesto, lo pateaba en las costillas sin que nadie se diera cuenta. Algunos meses más tarde ya no se acercaba y simplemente se dedicaba a ladrarme todo el tiempo. Nadie se explicaba las razones. Creo que fue pasando el año y medio de edad cuando me olía a una cuadra antes, y nunca más pude entrar en ese departamento.

Me parece que hay suficientes motivos para, en muchos casos, llegar a las últimas consecuencias. “¡El perro o yo!”, hay que decir con firmeza para que las cosas no lleguen a mayores. Y en efecto: normalmente no llegan y uno tiene que buscarse otra novia.

CAS

jueves, febrero 20, 2003

La Máquina Celeste

Fue a finales de los setenta cuando mi vida se pintó de azul. Desde ahí nunca ha sido de otro color y ahora, más que nunca, me vienen a la memoria los Rubio, a los Jara Saguier, a los Mendizábal, a los Ceballos, a los Lugo, a los López Salgado, a los Flores.

De chico solía jugar futbol con mi hermana pequeña. Al menor tiro salido de mis botines, ella se lanzaba como gato tras su presa y atrapaba el balón de cuero (todavía pude jugar con uno así), embuchacándolo con la maestría propia de una niña de ocho años, sabedora de que puede detener sólo los tiros suaves y que cuando se trata de un balonazo directo al cuerpo tiene que quitarse, sin importarle que vea violada su meta. Por esta razón, mi papá la llamaba Miguelita Marín. Años más tarde, la Miguelita creció y le perdió el gusto al juego. Alta traición: ahora sólo podía ensayar los tiros al ángulo superior derecho de una portería marcada por dos árboles, misma que desaparecería cuando a mi papá se le ocurrió poner una barda exactamente en medio de los árboles, a la altura más o menos del manchón penal. El juego había acabado: ya no más Miguelita Marín que detuviera los envíos infestados de malas intenciones que le mandara Adrián Camacho.

El tiempo pasó y en 17 años sólo obtuvimos tres subcampeonatos, nunca un título. Así, durante mi juventud no tuve la oportunidad de ver incrementado el número de estrellitas en la casaca azul. Por fortuna las cosas cambiaron y fue cuando la cara de ese traidor, llamado Carlos Hermosillo, tuvo la fortuna de toparse con los tacos del, en ese entonces, portero del León, Ángel David Comizzo. Corría el año del 97 y por fin pude salir a festejar a las calles un título de la Máquina; era el primer campeonato de Luis Fernando Tena con un equipo que jugaba por nota desde hacía varios torneos, como dirigido por un Dios benévolo. Mi amiga Socorro incluso llegó a decir que en su otra vida le habría gustado ser el hábil delantero argentino del azul, Julio Zamora. Para equilibrar un poco su reencarnación también había escogido a Marguerite Yourcenar.

Hoy día, la Máquina parece ser un hito en la historia del futbol mexicano, y a diferencia de la muy venida a menos selección verde, los jugadores azules empiezan a entender que no hay nada igual a la victoria. Uno puede escuchar a cualquier seleccionado mexicano decir “no es más que un juego”. Sin duda lo es, faltaría más. El problema es que ese argumento lo exime de su papel histórico frente a un pueblo. Los futbolistas deben entender que son los motivadores de las tristezas y alegrías de una extensa población. Acaso nunca les preguntaron si querían que así fuera, pero por lo pronto están ahí y deberían entender de qué se trata la cosa. Por estas y muchas otras razones, hay que decir, ahora y siempre, ¡Arriba el Azul, putos!, en honor al mejor equipo que jamás se haya parado en una cancha de futbol.

CAS

miércoles, febrero 19, 2003

Al maestro con cariño

Los maestros son personajes atormentados. Esto no quiere decir que tengan que darnos lástima, pues en ocasiones pueden ser también perversos. Un maestro es un raudo estafador que trata de llevar agua para su molino valiéndose de bajos artilugios. Es, asimismo, un ciudadano libre que padece la ignorancia de un sinnúmero de pedestres ignaros que creen recibir una clase de buena gana. No es cierto. Todo maestro, por más que trate de ocultarlo, sufre sobremanera al dar una clase magistral, una conferencia o una asesoría de tesis, sobre todo si tiene flatulencia. El alumno, sin tener idea de lo que pasa, discurre por un sendero indolente a lo largo de la sesión y sabe enmascarar perfectamente su modorra cuando desde el estrado le preguntan la solución al problema dos. Aquí el tutor debe ser cruel y reprobar al mequetrefe no porque haya contestado mal la pregunta, sino porque al imbécil no le pasa por la cabeza que la persona en el escritorio no quiere estar ahí, que tiene gastritis y una pila enorme de exámenes para corregir en su casa, todos dignos de retrasados mentales.

Existen, por lo demás, aquéllos que se contentan con una manzana en el escritorio antes de la clase (créamelo, lector, a mí me ha tocado y es una suerte de orgasmo seco), aunque no por ello se les tenga que ablandar el corazón. Un maestro en esos niveles, con perdón, tiene que ser un dictador, no hay de otra. Desde luego, dentro de los límites que permite la autoridad; aunque a veces hay que ensancharlos. El problema más latoso que se le presenta es cuando una adolescente se enamora de él, pues no cabe duda que el desdichado pasará las de Caín a lo largo de todo el curso. Claro que hay de enamoradas a enamoradas. Están las discretas, que de vez en cuando escurren una notita por el escritorio en la que se lee algo así como “Desde que te vi no he podido conciliar el sueño”. Existen las más atrevidas, las que se sientan hasta adelante con una microminifalda. No contentas con tal descaro, cruzan las piernas y dejan, como si fuera un descuido ingenuo, que la falda se suba más allá de donde debe subirse una falda. También están las osadas, que son todas las que en el descanso le gritan al maestro “¡Te amo, papacito!”, cuando el infeliz cruza el patio principal. El profe se pondrá colorado de cabo a rabo y escuchará la risa generalizada de toda la escuela. Por último están las que saben lo que quieren, y son las que siguen al maestro saliendo de la escuela, se le ponen al lado y, como no queriendo la cosa, le toman la mano; acto seguido le platan un beso cavernoso.

Pero pasemos a otros niveles. En la universidad la actitud del catedrático cambia un poco en relación con grados inferiores. Se muestra más serio y, desde su primera clase, empieza a usar sacos de tweed. Su imagen se transforma, aunque no por ello deja de ser un disoluto que quiere tirarse a todas sus estudiantes; en ocasiones lo consigue, pero en la mayoría no. ¿Quién es un maestro universitario? No hay figura más miserable en la historia de las profesiones que ésta. Nada más hay que pensar en el fastidio de preparar una clase (lo hace una vez y después se avienta el mismo rollo los siguientes veinte años) o de asistir a las reuniones sindicales para que no le descuenten el sueldo. En su cubículo, si tiene uno, están apiladas trece tesis de licenciatura de ociosos que ha tenido la mala ocurrencia de titularse al mismo tiempo; ahí mismo, sobre el escritorio, se encuentran por todas partes los trabajos finales de los seis grupos a los que les da clases (todos menos uno, pues lo ha utilizado para hacer avioncitos). Aquí la táctica por todos conocida es la del peso del trabajo, que no tiene que ver con si está consistentemente argumentado o no, sino de saber cuál es el que pesa más gramos. Hay otra estrategia que consiste en lanzarlos todos sobre la cama y después hacer una selección aleatoria para ver cuál merece diez, cuál nueve, y así sucesivamente. Por supuesto le traza dos o tres garabatos en alguna hoja, así el alumno pensará que la vaca sagrada de la Fac se ha tomado la molestia de leer su obra maestra.

No falta, es obvio, el remolino de mentecatos que se acerca irremediablemente al estrado tan pronto finaliza la clase. Lo hacen para preguntar, en la gran mayoría de los casos, bajezas insultantes, pues son puntos que se discutieron cinco minutos antes. El semblante adecuado para estos incidentes es entre ternura y ganas de fusilar a bazucazos. Lo peor no son las preguntas sino cuando, sin el menor pudor, deslizan tímidamente por la parte septentrional del escritorio unas hojas, que el maestro ve de reojo y como en cámara lenta. “Es un cuento que acabo de escribir. A ver si le puede echar un ojo”, suelen decir insolentemente mientras el profesor considera que ese tipo de actitudes deberían ser castigadas con diez años de cárcel como mínimo.

El momento más crítico para un catedrático universitario es el día en que el estudiante, quién sabe por qué habilidad celestial, logra conseguir el teléfono de su casa. El problema más grave es que no guarda la confidencia para él, sino que empieza a rolar el número por la clase como se hace con una revista porno en un salón de secundaria. Sobra decir que el teléfono del pobre maestro se satura de llamadas soporíferas que oscilan entre “Maestro, puedo entregarle el trabajo dos días después” y “Soy Juan de la Pitas, de su clase de literatura medieval; habrá leído ya el poema que le di el otro día?”

Doy clases desde los veinte años y he visto muchas cosas, desde que una directora de prepa le apague un cigarro a un alumno en la palma de la mano, hasta que un asesor de tesis abandone el presidium en un examen profesional porque tiene diarrea. La labor docente es ingrata pero de repente da satisfacciones inesperadas, como que acaso le digan a uno “usted me salvó la vida”. Pero nada más. Si dicen más bien “por usted empecé a escribir”, habrá que repensar la labor y esconderse del papá de ése que empezó a escribir por uno, pues seguro andará buscando por ahí al rufián que hizo de su hijo un bueno para nada.

CAS

martes, febrero 18, 2003

Hoy soy un hombre triste: después de ocho años de trabajar para mí haciendo el quehacer, la señora Ofelia me dijo que ya no va a poder venir. Hoy soy un hombre triste.

CAS
Esos putos de Fox Sports no van a pasar el partido del Azul. Vivo a ocho cuadras del H. Estadio Azul y, precisamente hoy, no tengo varo ni para pagar un pinche boleto de Preferente. No cabe duda de que la vida es cruel.

CAS
Marcador para hoy en la noche: Cruz Azul 4, The Strongest 0. Tres del Loco.

CAS

lunes, febrero 17, 2003

La UNAM

Doy clases en la facultad de filosofía y letras de la UNAM. Por dos horas a la semana me pagan 346 pesos a la quincena, más un vale de despensa mensual de 316 y prestaciones como ISSSTE e Infonavit (llevo como 250 pesos de ahorro para comprarme mi casita). También imparto un curso sobre Shakespeare en el Instituto Cultural Helénico. Por dos horas a la semana me pagan dos mil pesos al mes. La diferencia, a todas luces, es notable, pues en el Helénico va gente que puede pagar la clase. ¿Se puede vivir de lo que pagan por asignatura en la UNAM? No, pero uno ahí sigue. El alma mater, dirían algunos. Lo cierto es que, más allá de las sugerencias del FMI y el Banco Mundial en torno al futuro de la educación, la mayor universidad pública de América Latina lo seguirá siendo hasta que nosotros queramos, y eso no significa que comparta las opiniones de esos pendejos del CGH. Hay que seguir en ella, no importa que nos paguen una bicoca o que tengamos puros alumnos que quieren ser poetas.

CAS

domingo, febrero 16, 2003

Me cautivó la yepeztesis acerca de los chilangos. Ahora, ya hablando en serio, ¿alguien podría decirme exactamente qué es un chilango?, pues yo llevo tres décadas preguntándomelo y nomás no doy. Como diría mi abuelita: "no me hallo".

CAS

sábado, febrero 15, 2003

Sutilezas del lenguaje

Ocurre, en ocasiones, que el lenguaje no sirve para lo que fue en principio creado: la comunicación. Esto porque hablamos mal o, sin ir muy lejos, los códigos entre emisor y receptor no son los mismos, aunque también haya mala voluntad, como la de los franceses, quienes en su país no le contestan a nadie que hable su idioma con acento. En México, el país en forma de cuerno y del cual la mayoría de extranjeros no sabe dónde está, la comunicación entre sus actores se fundamenta en la generosa anuencia del espíritu santo. No en balde tenemos la patente de un verbo que en esencia significa hablar y hablar sin decir nada: cantinflear. El problema es que Cantinflas era un excelente cómico al que le importaba sobre todo entretener a la gente y no necesariamente comunicar algo. En resumidas cuentas era un bufón simpático, nada más.

Pienso, sin embargo, que el lenguaje no dejará de traernos desaguisados durante el resto de nuestras vidas, sobre todo en este país, pues cada quien interpreta lo que quiere, quizás en pro de que la frase inicial y culminante de la discusión sea “qué me ves, güey”. Un ejemplo: hace algunos meses estuve en Acapulco con mi primo Cacho. Un día, después de la necesaria noche de farra, media cuadra antes de llegar al hotel nos encontramos un antro abierto. Eran las cinco de la mañana y decidimos tomar un último trago para dormir bien. En la puerta nos preguntaron:

–¿Son gays?

–No.

–Entonces no pueden entrar.

Ésa fue la primera vez en mi vida que sentí la intolerancia a la inversa, aunque no me preocupó mayor cosa. Seguimos nuestro camino. Al día siguiente, sin planearlo, volvió a sucedernos lo mismo. Necesitábamos un último trago y ya conocíamos la contraseña para entrar en ese tugurio.

–¿Son gays?

–Sí.

–Pues no parecen, así que no pueden entrar.

El principio neurálgico de todo mentiroso es no parecerlo, el problema es que ese principio quizás no es extensivo los gays. Aunque también cada quien escucha lo que quiere. Recuerdo que una vez leí un cuento (con vergüenza confieso que no recuerdo al autor) en el que Poncio Pilatos le preguntaba al pueblo a quién quería que sacrificaran, a Jesucristo o a Barrabás. La multitud respondió que a Barrabás pero por un efecto acústico singular, creado por esa infinidad de voces, Pilatos escuchó “¡Jesucristo!”. Y ni modo, ahí tenemos el origen de la historia occidental.

Uno puede pasar también por este tipo de equívocos y verlos después con alguna gracia, claro, siempre y cuando no esté de por medio nuestro pellejo, como sí lo estuvo el de nuestro señor. También en Acapulco, en la barra de un bar, una gentil güerita empezó a hacerme plática. Como suele suceder en estos casos uno acude a las preguntas comunes sin vislumbrar las obviedades. Le pregunté de dónde era sin darme cuenta que en su playera, que cubría unos voluminosos y distinguidos senos, tenía una bandera de la Gran Bretaña del tamaño del puma de la vieja casaca de la Universidad. Después me preguntó a qué me dedicaba. Cómo no quise darle una explicación detallada de las rusticidades que realizo para ganarme el pan de todos los días, le dije que era escritor. Acto seguido me respondió “¿Why?” ¡Cómo que ¿why?, pinche güerita! Pues porque es lo único que sé hacer en la vida. Aparte es un oficio noble, que si se hace con lealtad y devoción puede ser remunerado decorosamente, incluso hasta se puede vivir de él.

La inglesita peló los ojos en un claro gesto de no entender nada y sorprendida volvió a preguntarme: “¿Pero qué manejas?” En efecto, no había entendido nada: cuando yo le dije mi oficio de writer la güera entendió driver. Caché de inmediato el equívoco pero por pereza no lo desmentí. Por eso le dije, tomando un trago de mi martini, que era conductor de carrozas fúnebres. Sonrió nerviosa como haciendo el gesto de “orale” en inglés y acto seguido pidió la cuenta; dos minutos después estaba fuera del lugar sin haberse despedido.

El lenguaje hay que entenderlo de la mejor manera posible, si no, por travesuras del azar, se convierte en un arma de doble filo y revierte su sentido. Respetarlo sería una buena opción para que no nos juegue una mala pasada; aunque también podríamos llevar agua a nuestro molino, que bien podría ser, por otro lado, un gigante de brazos largos luchando contra un caballero de triste figura.

CAS
Oigan, ¿pero que en Tijuana no llueve?

CAS

viernes, febrero 14, 2003

Vaticinio para el sábado: Cruz Azul 4, Santos 0.

CAS
Radiografía del alcohol

Los mitos en torno a la bebida son innumerables; y muchas veces son eso nada más: mitos, viles mentiras, infundadas y perniciosas falsedades que buscan confundir al notable bebedor. Decir, por ejemplo, que ingerir dos o tres bebidas distintas es contraproducente, no pasa de ser una falacia sumamente ingenua. Uno puede mezclar cerveza y tequila sin problema alguno; y si al final se le añade el desempance de unos buenos tragos de ron, la combinación es incluso digestiva. El secreto está en no abusar. El tequila, para mayor información, se toma con la cerveza como chaser, es decir, una bebida suave que acompaña a una fuerte. La mecánica es tomarse el tequila en caballito (esto es muy importante: siempre debe ser en caballito) de un jalón, sin dejar una sola gota; después un trago de cerveza. El elemento sangrita puede ayudar a la armonización de los sabores, pero hay que tener cuidado: no hay en el mercado ni una sola sangrita decente, así que la mejor es la que uno puede preparar en casa (hay muchas recetas). La sugerencia para el tequila (aquí sigo siendo demasiado clásico) puede ser un Herradura reposado, un Don Julio blanco o un Las Trancas; si no hay suficiente dinero, un Tradicional puede servir. La cerveza, aquí no hay vuelta de hoja, debe ser una Vicki, alias Victoria, de las únicas chelas campechanas que existen. No importa si se toma directamente de la botella, aunque Gonzalito Celorio opine lo contrario.

Entre una y tres de la tarde es la hora de los martinis secos, según se dice, la bebida por antonomasia de los escritores desde que Alfredo Bryce Echenique tuvo a bien tomarse 19 martinis en un hotel de Colombia. Los testigos juran que no le hicieron nada. Hay que ser rigurosos: el vermut sirve estrictamente para aromatizar la copa y darle un toque sutil a la ginebra. Aquí hay de dos, Beefeter o Sapphire Bombay, nada más. El secreto es el siguiente: nunca de los nuncas se le ocurra agitar la mezcladora; hay que dejar, más bien, que durante un rato repose la ginebra con lo hielos, que deben estar recién hechos para que sólo enfríen. El whisky, por su parte, es una bebida que según doctos escoceses hay que tomarlo solo y no como se hace normalmente, en las rocas y con agua mineral. Se dice que si no se soporta solo lo único que se le puede poner es un chorrito de agua.

El vodka es un licor detonante y sólo se mezcla cuando realmente es un mal vodka; se acostumbra hacerlo con jugo de naranja o agua quina. Pero la mejor manera de ingerir tan onírica bebida es como el tequila, sola y de un jalón. Es primordial que la botella permanezca en el congelador para que el trago resulte más saludable. Al respecto hago una abierta invitación para que se pruebe el Zubrówka, uno de los mejores vodkas polacos. Se encuentra en las buenas vinaterías. No obstante, hay que tener mucho cuidado: nunca hay que mezclarlo con otro alcohol; se puede hacer sólo con una bebida distinta, pero una tercera sería en verdad peligroso.

Por último, algunos consejos. Nunca en la vida hay que tomar esa nacada que de manera eufemística se ha llamado Paris de Noche, es decir, coñac con refresco de cola; tampoco eso que se llama Charro negro, tequila con cola también. Los refrescos de cola únicamente se deben tomar con ron y acaso con brandy. Otro día regresaré a más brebajes afrodisiacos, algunos básicos como el mezcal, el ron mismo y el vino, que dicen los españoles, resuelve todos los problemas de la vida.

CAS

jueves, febrero 13, 2003

Nicoménicus se queja de mis parrafadas; yo sólo me quejo de que vomitó en mi alfombra verde.

CAS

miércoles, febrero 12, 2003

Bush

Por desgracia estamos ante una guerra inminente. Transcribo literal algunas frases célebres del factotum de este posible genocidio, George W. Bush, y participemos de su sapiencia. Son tomadas del libro de Jacobo Weisberg y Brice Nichols, The state book of accidental wit and wisdom of our 43rd president:

-Sé que estoy listo para el trabajo (la presidencia). Pero si no lo estoy, pues ni modo.

-Cuando ponga mi mano sobre la Biblia (al tomar posesión) juraré no cumplir las leyes del país.

-Tenemos que elevar la edad en la que los jovencitos puedan comprar armas de fuego.

-Cada vez más nuestras exportaciones provienen del extranjero.

-He recibido buenas opiniones en el pasado. Y también he recibido buenas opiniones en el futuro.

-Vamos a ser los estadounidenses mejor educados del mundo.

-Estamos preparados para cualquier suceso imprevisto que puede o no ocurrir.

-Para la NASA el espacio es una alta prioridad.

-Creo que estamos de acuerdo en que el pasado ya pasó.

-He hablado con Vicente Fox, el nuevo presidente de México... Lo conozco... para que nos envíe gas y petróleo a Estados Unidos y así no tengamos que depender del petróleo extranjero.

CAS

martes, febrero 11, 2003

Manual del joven poeta

Don Pedro Henríquez Ureña dijo una vez: “Todos escribimos poemas hasta los veinte años, después sólo los poetas”. A excepción de Rimbaud, que fue un energúmeno poético desde los 15 y dejó de escribir a los veinte, todos entraríamos en esa clasificación. Yo me inicié en la escritura haciendo poesía, pero era pésima. Desistí a tiempo y no he vuelto a escribir un poema desde los 19 años. El problema es que hay que tener un poco de pudor y realmente quererse mucho, pues cuántos poetas no hay por ahí que se dicen serlo y ni siquiera saben escribir un soneto. Ésos no se quieren a sí mismos. Otra vez: “después sólo los poetas”.

El joven poeta debe entender que la poesía no es un asunto que pueda tomarse a la ligera; por el contrario, puede causar peligrosos incidentes. Puedo enunciar, nada más por no dejar, a algunos insignes poetas que se han suicidado: Kleist lo hizo a orillas del lago Wannsee junto con su amiga Henriette Vogel. Primero le disparó a la mujer en el corazón y luego él se dio un balazo en la boca; George Trakl, a los 27 años, se administró una sobredosis de cocaína que le provocó un paro cardiaco; Hart Crane, ese gran genio, se arrojó del buque Orizaba en el Golfo de México en 1932; y por último, Cesare Pavese se tomó 16 envases de somníferos en el Hotel Roma, al lado de la estación de trenes de Turín.

La lista podría ser interminable, pero tampoco se trata de incitar al joven poeta para que deje de escribir poemas, que pueden ser incluso bonitos; sin embargo, hay que advertir los riesgos de dicha actividad. Por eso, a continuación enunciaré un decálogo que el joven poeta puede seguir como la simple sugerencia de un buen amigo:

1) Nunca escribir las palabras “labios”, “ojos”, “luna” y “corazón” en el mismo poema.

2) Ser un poco considerados y no llevarle al mentor más de un poema a la semana. Hay que pensar en su salud.

3) No aburrir al lector con haikús propios de retrasados mentales.

4) Si se piensa que Nicolás Guillén es el mejor poeta que jamás haya existido, hay que ir pensando en abandonar la profesión.

5) Saber que Rimbaud sólo hay uno.

6) Leer a conciencia a Góngora y a Quevedo; la obra completa de Efraín Huerta puede esperar unos añitos.

7) Escribir un soneto diario; no son ganas de chingar pero hay que saber que la práctica hace al maestro.

8) Nunca prenderle fuego al poema de un amigo, no importa que sea malísimo y él no lo sepa. Se dice que es de mala suerte.

9) De preferencia no evaluar un poema con el único calificativo que conocen los argentinos: “lindo”.

10) Si alguna vez se obtiene el Premio Aguascalientes de Poesía, jamás olvidar a quien esto escribe, no vaya a ser la de malas.

CAS
Simplemente para que las cosas sean más claras, diré lo siguiente: en la vida hay bebedores profesionales y amateurs. No es que peque de inmodestia ni mucho menos, pero yo me encuentro en los primeros. Pero para llegar a esa categoría me he pasado varios años entrenándome y me ha costado mujeres, trabajos y familia. Así que hay que estar dispuesto a eso si es que se quiere cambiar de nivel. Lo anterior viene a colación por lo que pasó ayer. El Olis y yo después de pasar toda la tarde corrigiendo una novela y tomando agua mineral, decidimos -a eso de las ocho de la noche- empezar con los alipuces. Comenzamos con las bebidas azules (para los iniciados, ron con Gatorade azul). A las diez se había acabado la botella, misma hora en la que llegó Nicoménicus; seguimos con la bebida azul con otro medio ron. Después, como trago de tránsito, nos echamos unas Castas, un par por piocha, para posteriormente llegar al whisky. A la una el pomo estaba vacío y mandamos al Olis a la tiendita de la esquina por otro ron. Sobra decirlo, pero para evitar confusiones hay que recalcar que estábamos chupando tranquilos. Tranquilos hasta que Nicoménicus, que entra a trabajar a las nueve de la mañana de todos los días del señor, y no por responsable sino porque su estado era tan catastrófico que ya no podía acomodar las sílabas ni poner una al lado de la otra, se fue a dormir. Lo aceptamos con calma, aun a pesar de que llevábamos un pomo más que él. El Olis y yo seguimos chupando tranquilos y hablando de mujeres perversas. Incluso terminamos el ron y, por fortuna, todavía me encontré una Caguama en el refrigerador. Fue en este momento cuando las teorías se confirmaron: Nicoménicus dejó la cama y se dirigió, como alma que lleva al Diablo, al inodoro. No llegó. Son las 11 de la mañana y hasta ahora termino de recoger los últimos pedacitos de papas Sabritas que formaban parte de una guácara prodigiosa, horas antes depositada con suma diligencia sobre mi alfombra verde. De nuevo, hay profesionales y amateurs. De cualquier manera, agradezco que Nicoménicus no hubiera arrojado su regurgitación sobre mi cama; por lo demás, aun cuando le sucedan estas vicisitudes, Nico es nuestro alumno más avanzado. Echando a perder se aprende. Va.

CAS

lunes, febrero 10, 2003

El fin de semana fue intenso. Cerveza, tequila y niños de Montessori, se sabrá, no niños cualquiera. En fin, cosas veredes. La idea es empezar el régimen mañana, pues hay por ahí un amigo que quiere hacerme algunas confesiones rudas y necesitaré unos whiskys: estoy seguro de que está enamorado de mí y hoy me declarará su amor.

CAS
Pos gracias a Silvaman por las flores. En lo sucesivo trataré de no renegar tanto de la Tecate. Ya será de Dios. Por lo pronto, salú and may the beer be with you.

CAS

sábado, febrero 08, 2003

De acuerdo con Bruno Ruiz: Paul Thomas Anderson es un genio.

CAS
Las cosas están así: peso 140 kilos y tengo un porcentaje de masa-grasa de 35%. La idea es cambiar el metabolismo para que en tres semanas esté plenamente equilibrado. Para ese entonces no habré bajado mucho, sólo 4.800 kg., lo cual, viéndolo con cabeza fría, puede resultar irrisorio. Pero no es tanto así. El nutriólogo dice que me quiere poner en 108 kg, un peso ideal para alguien de mi estatura. Lo mejor es que mi alcoholismo no será factor:

-Adrián, el problema es que bebo mucho.

-¿Cuánto es mucho?

-Pues si son cubas, unas ocho.

-Tómate seis.

-Pues si son chelas unas diez.

-Tómate siete.

El caso es que parece que, como el Minotauro, he encontrado a mi redentor. Por increíble que parezca, mi nutriólogo pesa 139.500 kg; su gran problema es que no le funciona la tiroides, pues en su juventud, cuando fue campeón nacional de remo, lo llenaron de esteroides anabólicos. Por lo demás, inclito lect@r, no hay que escandalizarse tanto del peso que uno tiene, que al cabo usted no es quien nos soporta sobre sus cuerpecitos durante esas memorables noches de lascivia.

CAS