Once upon a time
Un día lluvioso de 1924, Thomas Mann amaneció con el estómago sucio. Durante horas no pudo levantarse de la cama y blasfemó decididamente en contra de la existencia. En Francia, algunos años antes, Charles Baudelaire se había mandado hacer una levita con botones azules, según una pintura de Johann Wolfgang Goethe en la que el escritor alemán lucía radiante una prenda similar; más adelante, Baudelaire sería traicionado por su musa, la actriz negra Jeanne Duval, quien le había pedido que aceptara en casa a su primo por una temporada. Por supuesto, el primo era el amante de la Duval. En la efervescencia armada de la segunda guerra mundial, un país del trópico denominado México le declaró la guerra al Tercer Reich; cuando el Führer lo supo preguntó “¿Dónde está eso?” México, o eso, envió a la guerra el insigne Escuadrón 201; dos pilotos murieron de sendos síncopes antes de abordar sus cazas. El 26 de julio de 1952, un grupo emprendedor de jóvenes cubanos intentó tomar el cuartel Moncada de la ciudad de Santiago, la segunda en importancia de la isla. La experiencia, aunque planeada durante mucho tiempo, fue corta: uno de los automóviles en los que iban los jóvenes a hacer frente al ejército de Fulgencio Batista, se perdió al entrar en la ciudad; el resto del convoy se topó con dos camiones llenos de soldados; se espantaron; empezó la balacera; sólo dos insurrectos sobrevivieron. Uno de ellos sigue vivo hoy día y se le distingue como el “caimán barbudo”. También existió algo conocido como Waterloo; ahí, se dice, el mozalbete Fabrizio del Dongo buscaba una batalla sangrienta. La más mínima batalla hubiera bastado para saciar su sed aventurera. Encontró una: la de la derrota. Sin saberlo, había asistido a un momento medular de la historia del hombre. Todos somos Fabrizio del Dongo (y no Mohamed, como han sugerido algunos pillos embaucadores). Zorros y erizos isiahberlinísimos, claro. Una mañana soleada de la primera mitad del siglo XVI en el Perú, el obispo Valverde le entregó al emperador Atahualpa una Biblia. El gran señor de los incas observó con cuidado el libro; le dio vuelta; lo olió y escuchó diligentemente. Iracundo por sentirse timado, arrojó el objeto lo más lejos posible. Acto seguido, el comandante Pizarro ordenó a sus subalternos que, por haber imprecado e injuriado la palabra de Dios, apresaran al emperador. Una noche de calma, después de un combate funesto, Andrómaca le dijo a Héctor “Por favor no salgas a luchar mañana; te van a matar. Piensa en tu hijo, en tu padre, en el reino, en mí”. Héctor contestó sin pensar mucho “El destino de todo hombre está escrito: yo me voy a morir cuando me vaya a morir”. El 30 de octubre de 1938, Orson Wells realizaba una adaptación de la novela La guerra de los mundos de H. G. Wells para la estación de radio de la CBS. En un momento de iluminación, el gran Orson modificó un poco la historia original y dijo que los marcianos acababan de aterrizar en Nueva Jersey. Minutos después, la carretera federal a Washington se tapizó de autos repletos de familias que buscaban huir de los platillos voladores (en Latinoamérica, existen variaciones al respecto: para Cortázar se llamó “La autopista del sur”; para los mexicanos, Mecánica Nacional). Orson Wells fue obligado por un juez a dar una conferencia de prensa y desmentir lo que había dicho; no desmintió nada, sólo dijo que había narrado la historia tal cual. Un tal señor Wilson se levantó y lo increpó: “¡Pero nos hizo creer que eso había pasado!” Wells contestó: “En efecto, muy señor mío, sucedió así porque soy un excelente narrador y logro que se me crea, así como el papá lo hace con sus hijos al contarles Caperucita roja para que al final los niños sientan pavor por el lobo". Y si de miedo se trata, un día, un muchacho austriaco tan disímbolo como para apoyar el régimen de Slobodan Milosevic así como para hacer profundas novelas acerca del miedo de los porteros ante un penalty, decidió hablar por fin de su propio miedo (la melancolía del horizonte, suele decirse). Dijo, entonces, que no sabía qué era, pero el sentimiento respectivo era parecido al de Bambi. Peterhandkenitis. En 1936, la actriz infantil Shirley Temple presentó una demanda por libelo en contra del escritor inglés Graham Greene. En una reseña, publicada en Night and day, Greene escribió “con curvas a la Dietrich, atuendo y bailes insinuantes, la impoluta actriz infantil, al hacer girar su bien torneado trasero con experta lascivia, enardecía la lubricidad de incautos clérigos y exacerbaba los ardores mortecinos de hombres maduros”. La demanda quedó en el olvido y Greene, con los años, se enteró de que no era tan buen escritor como para obtener el Nobel. Durante muchas temporadas, una araña memorable tejió redes exquisitas sobre las ya hechas en vértices perfectos. Era negra y algunos la llamaban Lev, Lev Yashin. Sus precursores, hay que decirlo, habían sido otros personajes que solían vivir bajo esos tres memorables postes, no porque así lo desearan sino porque era la posición en la que menos se gastaban los zapatos. Uno era francés y se llamaba Albert; el otro, ruso o gringo o whatever y le decían Vladimir. A principios de la década de los 1990, el gran maestro holandés Marco Van Basten, después de regresar a las canchas por una lesión en la rodilla, y a pregunta expresa de cómo se sentía, respondió: “He podido volver a jugar, pero nunca más sin dolor”. Un día de otoño de 2003, el entrenador del Cruz Azul, el mejor equipo que jamás se haya parado en una cancha de futbol, acuñó una frase que ahora puede grabarse en letras de oro: “Todo está escrito pero no todo está leído”. En la ciudad donde juega el antes mencionado heroico equipo, un hombre de lacia cabellera y escasa resistencia al alcohol se robó la tapa de una alcantarilla perteneciente a la Nación. Se abrió el pantalón a sus anchas y la escondió en alguna parte de los calzones. Todavía se ignora cómo consiguió semejante hazaña. La coladera fue abandonada, sin mayor explicación, afuera de un penthouse en la colonia Del Valle de la ciudad de México (la gente insiste en llamarlo “dos pinches cuartos de azotea”). Ahí mismo, Juanita, una mujer que ha decido vivir más tiempo del debido, le seguirá haciendo la vida de cuadritos a un interfecto que a partir de hoy dejará de escribir una cosa llamada Del Valle notes.
CAS
martes, enero 06, 2004
lunes, diciembre 29, 2003
jueves, diciembre 25, 2003
Cuernavaca I
Cuernavaca fue una ciudad planeada para diez mil habitantes; ahora tiene más de un millón y en temporadas vacacionales aumenta en un cincuenta o sesenta por ciento. Como la zona céntrica está enclavada en sendas barrancas, las veredas para pasar en auto no tienen marcha atrás (dijimos que eran diez mil habitantes, es decir, calles para una sola diligencia); esto, aunado a la omnisciencia de la policía de tránsito --en su mayoría compuesta por memos de época--, hace de mi pueblo natal una urbe incomprensible prefigurada por el caos y la zozobra. Durante muchos años Cuernavaca no tuvo un sistema de drenaje civilizado y los deshechos (léase excremento, orina y guacaras) se iban sin más a las barrancas. Y aunque fueran muy hondas, cuando uno pasaba por ahí debía abstenerse de prender un cerillo para no causar una explosión prodigiosa. El grave problema era que para llegar al desagüe principal, los desperdicios pasaban por numerosos y anchos riachuelos que se extendían a lo largo de la ciudad. Esto es: no había cañería alguna o sistema de entubado por el que pasara asépticamente aquellito. Por eso, los gobiernos locales solían arreglar esos "riachuelos" armando parques y zonas de recreación para maquillar los vertederos; no obstante, la fetidez y uno que otro mojón bien dado revelaban el engaño.
Varios inconvenientes alternos se sumaban a esta ya de por sí crítica situación. Al ser una ciudad mal planeada y, sobre todo, con una topografía sumamente accidentada, las temporadas de lluvia siempre fueron (y son) un suplicio mayúsculo. Sucedía lo siguiente: el drenaje era insuficiente para que circulara tal cantidad de agua, por tanto, en los días de tromba el vital líquido solía salir de las alcantarillas emulando géiseres mesiánicos. Sobra decir de qué iba acompañado semejante expulsión. A más de uno escuché decir "la tierra tiene disentería". Por ese motivo, y para evitar ahogarnos en nuestra propia mierda, alguna autoridad decidió abrir hoyos, de tamaño considerable y en "lugares inofensivos", para que el agua se fuera por ahí. Las consecuencias, por lo demás, siguen comentándose hoy día. La planeación de una ciudad así, en resumidas cuentas, debía ser distinta a la de cualquier lugar plano (hay ciudades planas con otros problemas; por ejemplo, la ciudad de México está en un lago y cada año sufre algunos centímetros de hundimiento. No estaba tan mal don José Vasconcelos cuando hablaba de la Atlántida como el origen de todo en su Raza cómica), pero en Cuernavaca esto nunca sucedió. En esas aciagas temporadas de lluvia, la montaña desborda su fogosidad y las calles en declive se convierten en el acto en ríos memorables. Hay, de hecho, propuestas específicas para, en esa temporada, hacer en Cuernavaca el campeonato nacional de rafting en lugar del río Balsas. Es probable que lo anterior suene a una irrisoria exageración. Impertérrito lector, créalo, no lo es. Por ejemplo, aquel día de esa tormenta espectacular una amiga se bajó del autobús. Había un torrente furioso en la calle. Mi amiga, con sus bien puestas y corpulentas piernas, lo desafió ("que me dura este charquito"). Sólo cuando logró agarrarse de un poste de luz doscientos metros más abajo entendió que con el maestro Tláloc no se jugaba. Su conclusión fue sabia "si no logro sujetarme a ese último poste, me ahogo". Por suerte sólo sufrió raspones y una que otra luxación (por lo demás, esta amiga es un caso perdido: un día se atropelló a sí misma con su auto, pero eso lo contaré en otra ocasión).
Pero no todos sufrieron la misma suerte. Cuando existían esos hoyos de los que hablaba, hubo mucha gente que al ser arrastrada por la violencia de la corriente, se iba por ahí. Los cadáveres eran encontrados cuatro colonias después, sin ropa y con mordidas de rata en el cuerpo. Los hoyos fueron tapados y ahora, por lo menos, la gente ya no acostumbra aparecer en esas ominosas alcantarillas. Todas esas situaciones hacen que Cuernavaca sea, por definición, un ciudad áspera para habitar en tiempo de lluvia. Sin embargo, hace poco sus habitantes fueron testigos de un suceso que la hace asumir más que nunca el mote de ciudad de los muertos (cabe mencionar que durante 22 años de mi existencia, viví en una casa que había sido cementerio prehispánico). Durante los últimos aguaceros, ésos que arrasaron varios poblados de México, el sur de la ciudad no se fue indemne: las calles se inundaron casi un metro en algunas zonas. Una de ellas fue la del panteón de La Paz, acaso el más grande de la región. El agua, en las partes más ostentosas del cementerio, sólo cubrió tumbas y criptas; empero, los predios populares no corrieron con tanta suerte. La tierra mal puesta sobre ataúdes de mala calidad provocó que éstos salieran a la superficie; obvio: al chocar con algún objeto sólido, las cajas se desbarataron y los esqueletos se desperdigaron por el afluente. A la mañana siguiente, ya que había escampado, los habitantes de la zona se transportaron al desenlace de una batalla prehispánica en la que se había olvidado enterrar los cadáveres: cráneos, fémures y columnas vertebrales adornaban las aceras en franca venganza contra los mexicanos por tener esa rara costumbre de burlarse de la muerte. La nota no apareció en ningún periódico; supongo que fue más por autocensura de los editores que por una orden explícita del gobierno. Entre la gente de esas colonias, se supo de la frase de un teporochín que acaso resumía con sapiencia el hecho: "No andaban muertos, andaban de parranda".
CAS
Cuernavaca fue una ciudad planeada para diez mil habitantes; ahora tiene más de un millón y en temporadas vacacionales aumenta en un cincuenta o sesenta por ciento. Como la zona céntrica está enclavada en sendas barrancas, las veredas para pasar en auto no tienen marcha atrás (dijimos que eran diez mil habitantes, es decir, calles para una sola diligencia); esto, aunado a la omnisciencia de la policía de tránsito --en su mayoría compuesta por memos de época--, hace de mi pueblo natal una urbe incomprensible prefigurada por el caos y la zozobra. Durante muchos años Cuernavaca no tuvo un sistema de drenaje civilizado y los deshechos (léase excremento, orina y guacaras) se iban sin más a las barrancas. Y aunque fueran muy hondas, cuando uno pasaba por ahí debía abstenerse de prender un cerillo para no causar una explosión prodigiosa. El grave problema era que para llegar al desagüe principal, los desperdicios pasaban por numerosos y anchos riachuelos que se extendían a lo largo de la ciudad. Esto es: no había cañería alguna o sistema de entubado por el que pasara asépticamente aquellito. Por eso, los gobiernos locales solían arreglar esos "riachuelos" armando parques y zonas de recreación para maquillar los vertederos; no obstante, la fetidez y uno que otro mojón bien dado revelaban el engaño.
Varios inconvenientes alternos se sumaban a esta ya de por sí crítica situación. Al ser una ciudad mal planeada y, sobre todo, con una topografía sumamente accidentada, las temporadas de lluvia siempre fueron (y son) un suplicio mayúsculo. Sucedía lo siguiente: el drenaje era insuficiente para que circulara tal cantidad de agua, por tanto, en los días de tromba el vital líquido solía salir de las alcantarillas emulando géiseres mesiánicos. Sobra decir de qué iba acompañado semejante expulsión. A más de uno escuché decir "la tierra tiene disentería". Por ese motivo, y para evitar ahogarnos en nuestra propia mierda, alguna autoridad decidió abrir hoyos, de tamaño considerable y en "lugares inofensivos", para que el agua se fuera por ahí. Las consecuencias, por lo demás, siguen comentándose hoy día. La planeación de una ciudad así, en resumidas cuentas, debía ser distinta a la de cualquier lugar plano (hay ciudades planas con otros problemas; por ejemplo, la ciudad de México está en un lago y cada año sufre algunos centímetros de hundimiento. No estaba tan mal don José Vasconcelos cuando hablaba de la Atlántida como el origen de todo en su Raza cómica), pero en Cuernavaca esto nunca sucedió. En esas aciagas temporadas de lluvia, la montaña desborda su fogosidad y las calles en declive se convierten en el acto en ríos memorables. Hay, de hecho, propuestas específicas para, en esa temporada, hacer en Cuernavaca el campeonato nacional de rafting en lugar del río Balsas. Es probable que lo anterior suene a una irrisoria exageración. Impertérrito lector, créalo, no lo es. Por ejemplo, aquel día de esa tormenta espectacular una amiga se bajó del autobús. Había un torrente furioso en la calle. Mi amiga, con sus bien puestas y corpulentas piernas, lo desafió ("que me dura este charquito"). Sólo cuando logró agarrarse de un poste de luz doscientos metros más abajo entendió que con el maestro Tláloc no se jugaba. Su conclusión fue sabia "si no logro sujetarme a ese último poste, me ahogo". Por suerte sólo sufrió raspones y una que otra luxación (por lo demás, esta amiga es un caso perdido: un día se atropelló a sí misma con su auto, pero eso lo contaré en otra ocasión).
Pero no todos sufrieron la misma suerte. Cuando existían esos hoyos de los que hablaba, hubo mucha gente que al ser arrastrada por la violencia de la corriente, se iba por ahí. Los cadáveres eran encontrados cuatro colonias después, sin ropa y con mordidas de rata en el cuerpo. Los hoyos fueron tapados y ahora, por lo menos, la gente ya no acostumbra aparecer en esas ominosas alcantarillas. Todas esas situaciones hacen que Cuernavaca sea, por definición, un ciudad áspera para habitar en tiempo de lluvia. Sin embargo, hace poco sus habitantes fueron testigos de un suceso que la hace asumir más que nunca el mote de ciudad de los muertos (cabe mencionar que durante 22 años de mi existencia, viví en una casa que había sido cementerio prehispánico). Durante los últimos aguaceros, ésos que arrasaron varios poblados de México, el sur de la ciudad no se fue indemne: las calles se inundaron casi un metro en algunas zonas. Una de ellas fue la del panteón de La Paz, acaso el más grande de la región. El agua, en las partes más ostentosas del cementerio, sólo cubrió tumbas y criptas; empero, los predios populares no corrieron con tanta suerte. La tierra mal puesta sobre ataúdes de mala calidad provocó que éstos salieran a la superficie; obvio: al chocar con algún objeto sólido, las cajas se desbarataron y los esqueletos se desperdigaron por el afluente. A la mañana siguiente, ya que había escampado, los habitantes de la zona se transportaron al desenlace de una batalla prehispánica en la que se había olvidado enterrar los cadáveres: cráneos, fémures y columnas vertebrales adornaban las aceras en franca venganza contra los mexicanos por tener esa rara costumbre de burlarse de la muerte. La nota no apareció en ningún periódico; supongo que fue más por autocensura de los editores que por una orden explícita del gobierno. Entre la gente de esas colonias, se supo de la frase de un teporochín que acaso resumía con sapiencia el hecho: "No andaban muertos, andaban de parranda".
CAS
martes, diciembre 23, 2003
miércoles, diciembre 17, 2003
martes, diciembre 16, 2003
lunes, diciembre 15, 2003
Saturday night live
¿Cómo narrarlo? Más allá de las convencionales rupturas de tiempo (ésas que ahora los jóvenes consideran iñarrituanas), partiré del origen: la imagen de la niña con los calzoncitos sucios, trepada en un árbol para ver los funerales de la abuela. Bueno, no es esa imagen pero una similar: Turner diciéndole al guitarrista de Café Tacuba "eres malísimo". Yoknapatawphacondesa. Y como la narración que se impone no es precisamente de cortes temporales sino estrictamente caliginosa, trataré de poner a consideración del lector una sucesión de figuras como si se las viera a través de un cristal empañado. Todo empezó en mi casita de la Del Valle, con el Fuc haciendo una exposición sobre la debacle priísta y Turner bebiendo de a vodka por minuto. El Herradura reposado, por su lado, quedó a la mitad y como ejercicio de política cartográfica enumeramos, como quien recita las preposiciones, los últimos diez secretarios de gobernación de este país. La comida nos agarró en La Barraca; comimos tortas inescrutables y paella fría. Fue entonces cuando vino uno de los puntos de ruptura: una mujer se acercó a la mesa; nos besó. Era Azul, pero no Azul la que le hizo una felación a Jermoc hace algunos años en una azotea, bajando me besó y ahora anda con un judicial, sino Azul de Coco, que en ese momento era como Azul y Buenas Noches porque el cabello ya no lo tenía de ese celeste intenso de cuando la conocimos y con el que no quiso bailar conmigo en un antro gay. Supimos quién era cuando vimos a Coco; nos increpó ("¿por qué no fueron a la venta de foto?"). No dijimos nada, pues en nuestros rostros era evidente la realidad cruda; Turner tuvo un conato de vómito. Ciao, ciao y un café. La Selva. Las revelaciones. Haré, sin embargo, un breve paréntesis para que se sepa un poco más acerca de uno de los convidados (el Fuc es un hombre serio: es un economista del Colegio de México que tiene como principal objetivo en la vida usar pantalones de pana y sacos de tweed; además empezó a utilizar anteojos, en parte porque hace intelectual y en parte porque el ocul(t)ista le dijo que de no hacerlo podía matar manejando a una mujer en silla de ruedas. Después de confesarme que ésa era su mayor ilusión, le hice entrar en razón y se compró los lentes. Bien, pues no se los compró una vez sino cinco en dos años. Los primeros fueron a imagen y semejanza de un muchacho que se llama Carlos Elizondo Serra Mayer, tecnócrata que aparecía en un programa que se llama Men and women in black y ahora es asesor foxista; después unos más baratos pero anaranjados y al final unos iguales a los de Henry Kissinger. El caso es que siempre los perdió: unos en el concierto del zócalo de Manú Chao, otros en un antro de ficheras, unos más se los rompí yo al comprobar que su armazón no era, como él había dicho segundos antes, "irrompible"; los últimos desaparecieron el sábado no sabemos en dónde. Perdón, lector, por el paréntesis, pero ya el maestro e.e. cummings lo había dicho: "La vida es un pequeño paréntesis"). El Centenario fue el siguiente paso y ahí se desgajaron las cosas. Tequilas, cervezas y vodka (sobra decir que les gané en dominó) De repente, como si las increpaciones fueran un designio celestial, un hombre feo (como Elba Esther pero en masculino) se acercó a la mesa. Le preguntó a Fuc si era tatuador (minutos antes había pintado en el brazo de Turner CON MI PLUMA CROSS algún símbolo diabólico). El dijo "sí". ¿Me puedes hacer uno aunque sea con pluma --MI PLUMA CROSS CON NUEVO REPUESTO--? Dijo cómo no. Le pintó algo; llegó su mujer, bueno, una niña que acababa de conocer que le besaba el cuello ("Tengo que llevarla a su casa temprano porque vive con sus papás", musitó minutos antes). Así, mientras el Fuc tatuaba a un güey desconocido con MI PLUMA CROSS CONOCIDíSIMA, yo le decía a la chavita que se echara una chela. "No puedo, apenas los conozco y... la verdad me dan miedo". Y cuando pensaba como un tipo como yo podía dar miedo llegó el güey de ¡Toques, joven, toques!... sí, el güey de los toques. Y Turner yo quiero; y el güey siendo tatuado o crossado, Yo también; a ver quién aguanta más, va, una apuesta, va, quien pierda invita la ronda que sigue. ¿Tú no quieres, Carlos? No, gracias, con tanto tequila adentro ahora mismo me rosariocastellanizo. Turner ganó; otra ronda. La niña le decía vámonos. El otro accedió; nos dio su tarjeta. Era editor. Publico bestsellers, mándenme uno. Dijimos que sí. Se fueron. El Fuc sonreía: sintió, con su obra, haber patentado una empresa como Publi Xlll pero en seres humanos.
El primer punto y aparte se debe a que en este momento debimos ir a dormir. Pero, como siempre, algún idiota dijo (es probable que haya sido yo) un último traguito, ¿no? Y mientras buscábamos un congal decente (un eufemismo en la Condesa) alguien tomo mi hombro. Sé, por las películas, que cuando alguien te hace eso es porque te van a pegar, entonces me adelanté. Cuando el puño estaba casi sobre el rostro del miserable, una vocecita dijo "¡Soy yo, Carlos, soy yo!". Era mi amigo Roberto Frías de Barcelona que departía en el antro de al lado con su chava, mi amiga Iliana, y otros cuates. Mua, mua, qué hacen aquí, cenando, ¿cuándo nos vemos? pronto, pronto, Me acuerdo, Roberto, de la vez que en Barcelona nos llevaste a tres bares inexistentes el mismo día, Sí, me acuerdo, lamento, por lo demás, no haberte traído tu absinth, Ejem, ejem, me esperan allá. Abrazos, besos, nos llamamos, bye. Turner y Fuc estaban en la barra. Yo les iba a decir que nos fuéramos, que ese no era el lugar indicado para beber, pero Fuc ya había pedido una bebida azul. El Fuc cada vez que va a algún antro pide siempre una bebida azul sin saber qué es, lo importante es que sea azul. Entonces, ya ahí, ordené un martini ("sin agitar, por favor, mano"). Mientras el dj que estaba enfrente de nosotros en la barra ponía lounge malo, terminábamos nuestros tragos rápidamente, cosa que lamentamos después por el dinero que tuvimos que pagar. Antes de irnos Turner dijo "ella quiera incorporarse a la plática". Atrás de mí había una mujer fatal tomado sola; me hice a un lado, la incorporamos; le pregunté si venía seguido, dijo que sí, diario, ¿Siempre te sientas en la barra? Sí, Sí, siempre se sienta en la barra, interrumpió el dj de enfrente con ojos saltones y espuma en la boca: es mi novia. Ah, la otra sonrió. Odié a Turner. Así, todavía sin saber lo que nos iban a cobrar después, hice una apoloradiografía de las barras de los bares gringos y europeos mientras la-novia-de-diskchucky asentía con pereza. Nos fuimos y entramos a un lugar donde nunca debimos hacerlo, entre otras cosas porque Turner tan pronto vio al guitarrista de Café Tacuba se le lanzó a la yugular ("¡Cómo puede haber alguien tan poco serio para titular un disco Oso!"). Rescatamos al pobre güey; Fuc se la llevó a la calle y yo me encontré al uruguayo (el uruguayo era novio de una amiga que había andado con el mayor dealer de Coyoacán y con el que Olis estuvo a punto de pelearse --sobra decir que yo también le iba a entrar-- un día que el dealer llevaba pistola y nosotros no. Dios bendito no pasó nada. Después el novio fue el uruguayo; recuerdo que en las fiestas aguantaba muy poco alcohol y solía recalar en el sillón de la esquina para dormirse. Tan pronto su novia lo veía ahí, muerto, solicitaba una charola llena de cubas. Acto seguido le habría la boca y le metía una tras otra. Una vez el pobre uruguayo tuvo una congestión). Hola hola, ciao ciao. Era necesario irse.
A la distancia, y al final de esta narración-terapia, es mi deber hacer una reflexión que nos ilustre dónde andamos; sobre todo evidenciar de nuevo la vileza humana y, por extensión, nuestra estulticia: ¿qué chingados hacíamos en la Condesa en antros insufribles, pagando a 95 varos el trago? Al día siguiente, delante de unas soberbias micheladas, nos lo preguntamos. Nadie supo la respuesta. Turner se miró el brazo y vio el crosstatuaje de Fuc. Ya casi no se percibía; se difuminaba en un palmo de piel blanca como la leche y nos hacía pensar, de nuevo, si lo vivido había sido real o una ilusión más, una trampa cotidiana del tiempo, de una perversión mnemotécnica. Cada quien dio su versión de las cosas. Las escenas venían por flashazos, por recortes transversales turbios. La memoria colectiva. Al final coincidimos que de todos modos había sido un sábado más y, como diría el Morc, el siguiente estaba cerca.
CAS
¿Cómo narrarlo? Más allá de las convencionales rupturas de tiempo (ésas que ahora los jóvenes consideran iñarrituanas), partiré del origen: la imagen de la niña con los calzoncitos sucios, trepada en un árbol para ver los funerales de la abuela. Bueno, no es esa imagen pero una similar: Turner diciéndole al guitarrista de Café Tacuba "eres malísimo". Yoknapatawphacondesa. Y como la narración que se impone no es precisamente de cortes temporales sino estrictamente caliginosa, trataré de poner a consideración del lector una sucesión de figuras como si se las viera a través de un cristal empañado. Todo empezó en mi casita de la Del Valle, con el Fuc haciendo una exposición sobre la debacle priísta y Turner bebiendo de a vodka por minuto. El Herradura reposado, por su lado, quedó a la mitad y como ejercicio de política cartográfica enumeramos, como quien recita las preposiciones, los últimos diez secretarios de gobernación de este país. La comida nos agarró en La Barraca; comimos tortas inescrutables y paella fría. Fue entonces cuando vino uno de los puntos de ruptura: una mujer se acercó a la mesa; nos besó. Era Azul, pero no Azul la que le hizo una felación a Jermoc hace algunos años en una azotea, bajando me besó y ahora anda con un judicial, sino Azul de Coco, que en ese momento era como Azul y Buenas Noches porque el cabello ya no lo tenía de ese celeste intenso de cuando la conocimos y con el que no quiso bailar conmigo en un antro gay. Supimos quién era cuando vimos a Coco; nos increpó ("¿por qué no fueron a la venta de foto?"). No dijimos nada, pues en nuestros rostros era evidente la realidad cruda; Turner tuvo un conato de vómito. Ciao, ciao y un café. La Selva. Las revelaciones. Haré, sin embargo, un breve paréntesis para que se sepa un poco más acerca de uno de los convidados (el Fuc es un hombre serio: es un economista del Colegio de México que tiene como principal objetivo en la vida usar pantalones de pana y sacos de tweed; además empezó a utilizar anteojos, en parte porque hace intelectual y en parte porque el ocul(t)ista le dijo que de no hacerlo podía matar manejando a una mujer en silla de ruedas. Después de confesarme que ésa era su mayor ilusión, le hice entrar en razón y se compró los lentes. Bien, pues no se los compró una vez sino cinco en dos años. Los primeros fueron a imagen y semejanza de un muchacho que se llama Carlos Elizondo Serra Mayer, tecnócrata que aparecía en un programa que se llama Men and women in black y ahora es asesor foxista; después unos más baratos pero anaranjados y al final unos iguales a los de Henry Kissinger. El caso es que siempre los perdió: unos en el concierto del zócalo de Manú Chao, otros en un antro de ficheras, unos más se los rompí yo al comprobar que su armazón no era, como él había dicho segundos antes, "irrompible"; los últimos desaparecieron el sábado no sabemos en dónde. Perdón, lector, por el paréntesis, pero ya el maestro e.e. cummings lo había dicho: "La vida es un pequeño paréntesis"). El Centenario fue el siguiente paso y ahí se desgajaron las cosas. Tequilas, cervezas y vodka (sobra decir que les gané en dominó) De repente, como si las increpaciones fueran un designio celestial, un hombre feo (como Elba Esther pero en masculino) se acercó a la mesa. Le preguntó a Fuc si era tatuador (minutos antes había pintado en el brazo de Turner CON MI PLUMA CROSS algún símbolo diabólico). El dijo "sí". ¿Me puedes hacer uno aunque sea con pluma --MI PLUMA CROSS CON NUEVO REPUESTO--? Dijo cómo no. Le pintó algo; llegó su mujer, bueno, una niña que acababa de conocer que le besaba el cuello ("Tengo que llevarla a su casa temprano porque vive con sus papás", musitó minutos antes). Así, mientras el Fuc tatuaba a un güey desconocido con MI PLUMA CROSS CONOCIDíSIMA, yo le decía a la chavita que se echara una chela. "No puedo, apenas los conozco y... la verdad me dan miedo". Y cuando pensaba como un tipo como yo podía dar miedo llegó el güey de ¡Toques, joven, toques!... sí, el güey de los toques. Y Turner yo quiero; y el güey siendo tatuado o crossado, Yo también; a ver quién aguanta más, va, una apuesta, va, quien pierda invita la ronda que sigue. ¿Tú no quieres, Carlos? No, gracias, con tanto tequila adentro ahora mismo me rosariocastellanizo. Turner ganó; otra ronda. La niña le decía vámonos. El otro accedió; nos dio su tarjeta. Era editor. Publico bestsellers, mándenme uno. Dijimos que sí. Se fueron. El Fuc sonreía: sintió, con su obra, haber patentado una empresa como Publi Xlll pero en seres humanos.
El primer punto y aparte se debe a que en este momento debimos ir a dormir. Pero, como siempre, algún idiota dijo (es probable que haya sido yo) un último traguito, ¿no? Y mientras buscábamos un congal decente (un eufemismo en la Condesa) alguien tomo mi hombro. Sé, por las películas, que cuando alguien te hace eso es porque te van a pegar, entonces me adelanté. Cuando el puño estaba casi sobre el rostro del miserable, una vocecita dijo "¡Soy yo, Carlos, soy yo!". Era mi amigo Roberto Frías de Barcelona que departía en el antro de al lado con su chava, mi amiga Iliana, y otros cuates. Mua, mua, qué hacen aquí, cenando, ¿cuándo nos vemos? pronto, pronto, Me acuerdo, Roberto, de la vez que en Barcelona nos llevaste a tres bares inexistentes el mismo día, Sí, me acuerdo, lamento, por lo demás, no haberte traído tu absinth, Ejem, ejem, me esperan allá. Abrazos, besos, nos llamamos, bye. Turner y Fuc estaban en la barra. Yo les iba a decir que nos fuéramos, que ese no era el lugar indicado para beber, pero Fuc ya había pedido una bebida azul. El Fuc cada vez que va a algún antro pide siempre una bebida azul sin saber qué es, lo importante es que sea azul. Entonces, ya ahí, ordené un martini ("sin agitar, por favor, mano"). Mientras el dj que estaba enfrente de nosotros en la barra ponía lounge malo, terminábamos nuestros tragos rápidamente, cosa que lamentamos después por el dinero que tuvimos que pagar. Antes de irnos Turner dijo "ella quiera incorporarse a la plática". Atrás de mí había una mujer fatal tomado sola; me hice a un lado, la incorporamos; le pregunté si venía seguido, dijo que sí, diario, ¿Siempre te sientas en la barra? Sí, Sí, siempre se sienta en la barra, interrumpió el dj de enfrente con ojos saltones y espuma en la boca: es mi novia. Ah, la otra sonrió. Odié a Turner. Así, todavía sin saber lo que nos iban a cobrar después, hice una apoloradiografía de las barras de los bares gringos y europeos mientras la-novia-de-diskchucky asentía con pereza. Nos fuimos y entramos a un lugar donde nunca debimos hacerlo, entre otras cosas porque Turner tan pronto vio al guitarrista de Café Tacuba se le lanzó a la yugular ("¡Cómo puede haber alguien tan poco serio para titular un disco Oso!"). Rescatamos al pobre güey; Fuc se la llevó a la calle y yo me encontré al uruguayo (el uruguayo era novio de una amiga que había andado con el mayor dealer de Coyoacán y con el que Olis estuvo a punto de pelearse --sobra decir que yo también le iba a entrar-- un día que el dealer llevaba pistola y nosotros no. Dios bendito no pasó nada. Después el novio fue el uruguayo; recuerdo que en las fiestas aguantaba muy poco alcohol y solía recalar en el sillón de la esquina para dormirse. Tan pronto su novia lo veía ahí, muerto, solicitaba una charola llena de cubas. Acto seguido le habría la boca y le metía una tras otra. Una vez el pobre uruguayo tuvo una congestión). Hola hola, ciao ciao. Era necesario irse.
A la distancia, y al final de esta narración-terapia, es mi deber hacer una reflexión que nos ilustre dónde andamos; sobre todo evidenciar de nuevo la vileza humana y, por extensión, nuestra estulticia: ¿qué chingados hacíamos en la Condesa en antros insufribles, pagando a 95 varos el trago? Al día siguiente, delante de unas soberbias micheladas, nos lo preguntamos. Nadie supo la respuesta. Turner se miró el brazo y vio el crosstatuaje de Fuc. Ya casi no se percibía; se difuminaba en un palmo de piel blanca como la leche y nos hacía pensar, de nuevo, si lo vivido había sido real o una ilusión más, una trampa cotidiana del tiempo, de una perversión mnemotécnica. Cada quien dio su versión de las cosas. Las escenas venían por flashazos, por recortes transversales turbios. La memoria colectiva. Al final coincidimos que de todos modos había sido un sábado más y, como diría el Morc, el siguiente estaba cerca.
CAS
sábado, diciembre 13, 2003
Las razones por las que los futbolistas mexicanos no tiene suerte en el extranjero son muy sencillas. Por ejemplo, Rafa Márquez no es titular en el Barcelona; para el partido de hoy frente al Español, por la lesión y suspensión de Puyol, pudo jugar de titular y en su posición natural de defensa central. Hace un momento empezó el segundo tiempo en Montjuic y a Márquez lo acaban de expulsar justamente. Por eso sabemos que en el caso del futbol mexicano, pase lo que pase, la suerte está echada.
CAS
CAS
jueves, diciembre 11, 2003
miércoles, diciembre 10, 2003
No comments
Una vez, cuando era gobernador de Guanajuato, le preguntaron a Vicente Fox cuáles eran sus lecturas favoritas. Fox respondió, con toda seguridad como debe hacerlo un mandatario, que los libros sobre liderazgos internacionales: Mahatma Gandhi, Juan Pablo II, Vaclav Havel, Lech Walesa, Mihail Gorbachov; asimismo, dijo que le encantaba leer sobre los cristeros, "ésos son los que me inspiran, me dan fuerza, esa autenticidad de la gente humilde, esa entrega total y absoluta, esa pasión por luchar por un ideal..." Cuando le preguntaron de qué político o pensador había aprendido, no dudó en responder que de Tony Blair, Alberto Fujimori y William Clinton (El Nacional, Suplemento "Lectura", 16 de mayo de 1998). Por eso hay que seguir los consejos de Fox cuando dice que sin la lectura vamos a ser más felices.
CAS
Una vez, cuando era gobernador de Guanajuato, le preguntaron a Vicente Fox cuáles eran sus lecturas favoritas. Fox respondió, con toda seguridad como debe hacerlo un mandatario, que los libros sobre liderazgos internacionales: Mahatma Gandhi, Juan Pablo II, Vaclav Havel, Lech Walesa, Mihail Gorbachov; asimismo, dijo que le encantaba leer sobre los cristeros, "ésos son los que me inspiran, me dan fuerza, esa autenticidad de la gente humilde, esa entrega total y absoluta, esa pasión por luchar por un ideal..." Cuando le preguntaron de qué político o pensador había aprendido, no dudó en responder que de Tony Blair, Alberto Fujimori y William Clinton (El Nacional, Suplemento "Lectura", 16 de mayo de 1998). Por eso hay que seguir los consejos de Fox cuando dice que sin la lectura vamos a ser más felices.
CAS
lunes, diciembre 08, 2003
Gastritis
El reflujo viene como letra capitular en una edición decimonónica con lomo de oro: implacablemente. Sucede, entonces, el sudor y la falta de oxígeno por lo de la revolución interna. La opresión en el pecho, no está de más decirlo, es la del toro al ser marcado por un fierro al rojo vivo (quizá su nombre sea Asterión). Se dice, por tanto, que la única manera de calmar el estallido es atacarlo por dentro. ¿Cómo se apaga el fuego interior de una entraña indescifrable? La espada, Tristán, la imposibilidad. Y aunque el revulsivo sea contundente, los minutos de punzada son similares a parir un dragón. ¡Damas y caballeros, el parto del fuego! En sí, las tesis más arriesgadas revelan una postura conservadora. P-E-R-O-G-R-U-LL-O; explican un asunto acerca de hoyos, de úlceras dantescas duras de combatir. Haré, pues, una analogía: la ebullición en ascenso es como el instante antes de la muerte de los suicidas. El lago Wannsee y dos corazones detenidos o el buque Orizaba y un Hart Crane ahogado; quizás la sensación pueda ser la misma que observar a dos mariquitas pelear a orillas del río Neckar. Mi idea, sin embargo, es la siguiente: verter alcohol en la herida para cauterizar el pasado, al cabo es nuestro deber olvidarlo. El contraveneno correcto hay que llevarlo invariablemente en la cartera; es de sabor espeso y, se dice, hace que a los hombres les crezca el pecho, casi como senos de mujer lactante. Para aquéllos que duden del antídoto, diré hoy y siempre: va mi sable en prenda por una ranitidina.
CAS
El reflujo viene como letra capitular en una edición decimonónica con lomo de oro: implacablemente. Sucede, entonces, el sudor y la falta de oxígeno por lo de la revolución interna. La opresión en el pecho, no está de más decirlo, es la del toro al ser marcado por un fierro al rojo vivo (quizá su nombre sea Asterión). Se dice, por tanto, que la única manera de calmar el estallido es atacarlo por dentro. ¿Cómo se apaga el fuego interior de una entraña indescifrable? La espada, Tristán, la imposibilidad. Y aunque el revulsivo sea contundente, los minutos de punzada son similares a parir un dragón. ¡Damas y caballeros, el parto del fuego! En sí, las tesis más arriesgadas revelan una postura conservadora. P-E-R-O-G-R-U-LL-O; explican un asunto acerca de hoyos, de úlceras dantescas duras de combatir. Haré, pues, una analogía: la ebullición en ascenso es como el instante antes de la muerte de los suicidas. El lago Wannsee y dos corazones detenidos o el buque Orizaba y un Hart Crane ahogado; quizás la sensación pueda ser la misma que observar a dos mariquitas pelear a orillas del río Neckar. Mi idea, sin embargo, es la siguiente: verter alcohol en la herida para cauterizar el pasado, al cabo es nuestro deber olvidarlo. El contraveneno correcto hay que llevarlo invariablemente en la cartera; es de sabor espeso y, se dice, hace que a los hombres les crezca el pecho, casi como senos de mujer lactante. Para aquéllos que duden del antídoto, diré hoy y siempre: va mi sable en prenda por una ranitidina.
CAS
viernes, diciembre 05, 2003
jueves, diciembre 04, 2003
Parque México
El agua se acerca, me dijo. Tenía razón. Dejé de pensar en el sinnúmero de nimiedades que ataban mi memoria y nos levantamos. Sabes para qué sirven los parques, me preguntó. Alcé las cejas pensando que las maravillas son imposibles de enunciar porque se tratan de los juguetes de Dios. Pero ella esperaba que de mi boca saliera cuando menos una palabra. Para vivir, creo, contesté. Pareció satisfecha y seguimos caminando. Olía a lluvia. Más adelante concluí que acaso ella buscaba un respuesta más mundana, circunstancial. Rompí la estela del silencio de varios minutos y agregué: también para jugar, ¿no te parece? Sonrió complacida y se arropó entre mis brazos. Lo curioso fue que no abandonamos el parque, más bien dimos vueltas alrededor. Mientras su espalda se entibiaba con mi cuerpo, me acordé del complejo de surco del que me había hablado. Tres niños lozanos pasaron frente a nosotros persiguiendo una pelota gris. Ella apretó su cintura con la mía. No te parece simpático que se llame Parque México, preguntó. Asentí sin muchas ganas: sabía adónde encaminaba la plática y no quería llegar hasta ahí. Si los parques son para jugar, prosiguió, entonces lo que sucede aquí, en este lugar con este nombre, es el devenir de un espacio bienaventurado, extendido a muchos otros más, indivisibles y perversos. Todos ellos son el país del juego. Caminamos una hora más en silencio. La lluvia nunca llegó.
CAS
El agua se acerca, me dijo. Tenía razón. Dejé de pensar en el sinnúmero de nimiedades que ataban mi memoria y nos levantamos. Sabes para qué sirven los parques, me preguntó. Alcé las cejas pensando que las maravillas son imposibles de enunciar porque se tratan de los juguetes de Dios. Pero ella esperaba que de mi boca saliera cuando menos una palabra. Para vivir, creo, contesté. Pareció satisfecha y seguimos caminando. Olía a lluvia. Más adelante concluí que acaso ella buscaba un respuesta más mundana, circunstancial. Rompí la estela del silencio de varios minutos y agregué: también para jugar, ¿no te parece? Sonrió complacida y se arropó entre mis brazos. Lo curioso fue que no abandonamos el parque, más bien dimos vueltas alrededor. Mientras su espalda se entibiaba con mi cuerpo, me acordé del complejo de surco del que me había hablado. Tres niños lozanos pasaron frente a nosotros persiguiendo una pelota gris. Ella apretó su cintura con la mía. No te parece simpático que se llame Parque México, preguntó. Asentí sin muchas ganas: sabía adónde encaminaba la plática y no quería llegar hasta ahí. Si los parques son para jugar, prosiguió, entonces lo que sucede aquí, en este lugar con este nombre, es el devenir de un espacio bienaventurado, extendido a muchos otros más, indivisibles y perversos. Todos ellos son el país del juego. Caminamos una hora más en silencio. La lluvia nunca llegó.
CAS
martes, diciembre 02, 2003
Argos, di que mi nombre no es Nadie
El calendario cuenta todavía los días de julio, un continuum magnífico que sugiere años apócrifos. Las convocatorias para premios y los avisos de libros nuevos están ya amarillentos, pero sus efigies distinguidas siguen intactas. Sin saberlo a ciencia cierta, es indiscutible que los días de dedo gordo se han multiplicado y dejan visos de tiempo detenido. Es probable (aunque el vértigo eclipse cualquier visión) que sea la imagen del agrimensor frente al castillo. Ahí, en una parte del Aleph, hay una caja con botellas de alcohol; están en la cajuela de un automóvil azul y llevan, si el tiempo de la simultaneidad permite la interpretación, un par de días agriándose por la luz del sol. Tequilasunrise. Quien abra el refrigerador de inmediato pensará en un invierno cruel, de nazi en San Petersburgo por aquello del frío y la falta de alimentos. No es por intrigar pero hablamos de un lugar de crímenes perfectos, calles Morgues extendidas ad infinitum como si se pensara en rieles quebradizos, en durmientes piramidales. Entonces ocurre el sueño, la expresión estética más antigua como lo intuyó Borges. Los pesares, y no hace falta ser oráculo para saberlo, hacen a los hombres artistas potenciales. La diferencia entre ellos estriba entre los que cuentan los segundos de cada minuto y los que no. Acaso también sea la imposibilidad de cohabitar con la mujer amada, la repetición de dinámicas perniciosas día a día o intuir que las opciones de conocimiento son de facto inexistentes. Además hay una cava vacía, dos relojes sin extensibles y el hall es el set idóneo para una selva tropical. La capa de polvo en la pantalla de la televisión hace que los rostros de los hombres se opaquen y se difuminen como si fueran fantasmas perfectos. Y aunque los indicios de una casa en ruinas sean claros porque los libros son patas de mesa, hace falta que el dolor deje de ser mero eufemismo y funcione para lo que fue creado. ¡Va este reino por una miserable cicatriz! Así, Argos, me dirás al fin que mi nombre no es Nadie.
CAS
El calendario cuenta todavía los días de julio, un continuum magnífico que sugiere años apócrifos. Las convocatorias para premios y los avisos de libros nuevos están ya amarillentos, pero sus efigies distinguidas siguen intactas. Sin saberlo a ciencia cierta, es indiscutible que los días de dedo gordo se han multiplicado y dejan visos de tiempo detenido. Es probable (aunque el vértigo eclipse cualquier visión) que sea la imagen del agrimensor frente al castillo. Ahí, en una parte del Aleph, hay una caja con botellas de alcohol; están en la cajuela de un automóvil azul y llevan, si el tiempo de la simultaneidad permite la interpretación, un par de días agriándose por la luz del sol. Tequilasunrise. Quien abra el refrigerador de inmediato pensará en un invierno cruel, de nazi en San Petersburgo por aquello del frío y la falta de alimentos. No es por intrigar pero hablamos de un lugar de crímenes perfectos, calles Morgues extendidas ad infinitum como si se pensara en rieles quebradizos, en durmientes piramidales. Entonces ocurre el sueño, la expresión estética más antigua como lo intuyó Borges. Los pesares, y no hace falta ser oráculo para saberlo, hacen a los hombres artistas potenciales. La diferencia entre ellos estriba entre los que cuentan los segundos de cada minuto y los que no. Acaso también sea la imposibilidad de cohabitar con la mujer amada, la repetición de dinámicas perniciosas día a día o intuir que las opciones de conocimiento son de facto inexistentes. Además hay una cava vacía, dos relojes sin extensibles y el hall es el set idóneo para una selva tropical. La capa de polvo en la pantalla de la televisión hace que los rostros de los hombres se opaquen y se difuminen como si fueran fantasmas perfectos. Y aunque los indicios de una casa en ruinas sean claros porque los libros son patas de mesa, hace falta que el dolor deje de ser mero eufemismo y funcione para lo que fue creado. ¡Va este reino por una miserable cicatriz! Así, Argos, me dirás al fin que mi nombre no es Nadie.
CAS
jueves, noviembre 27, 2003
Hace rato estuve chupando con Willy Fadanelli. El güey me preguntó: "¿qué es un blog?" No mames, si tú tienes uno. "Yo no lo hago, pero me han dicho que existe". No mames. ¿Neto...? Creo que es de un fan. Nomames. Por Dios.
CAS
CAS
martes, noviembre 25, 2003
lunes, noviembre 24, 2003
Le dio una chupada al cigarro y miró el cielo, como anhelando que la lluvia inexistente trabara las palabras. Adolorido la miró de nuevo y tiró la colilla con el índice. El aire era tenue y amable. Ella puso la mano en el hombro de él y lo apretó un poco. Así, con la complacencia encontrada en ese tendón desconcertado, ella musitó desviando la mirada:
--Aprende a perdonarme.
CAS
--Aprende a perdonarme.
CAS
sábado, noviembre 22, 2003
Las gallardas secuelas de una Revolución
Dificilmente se puede escapar a la ley de la gravedad, ésa que hace que las cosas vuelvan a ser como antes y aparezcan, sin más, diligentemente depositadas en un inodoro (fue el día de la Revolución y tuve, de nuevo, que consultar esto para no sentirme solo). Ayer Turner pasó por un café y Nicoménicus por un tónico. Los eufemismos sobran en esta vida: no fue uno de ninguno de los dos. Turner se fue por lo de Isa y Nicoménicus y yo recalamos en el Corona. En el camino repitió sin cesar "amo a una mujer"; ya con la cerveza enfrente confesó: "quedé con ella de contratar a alguien para madrear a su marido". Alcé mi trago y brindé por tiempos mejores. Acto seguido, él se levantó y le declaró su amor a cada una de las mujeres bellas que departían tranquilas en tan insigne sitio. Sólo cuando llegó a una mesa del fondo supe que debía ir a por él y llevarlo a descansar; pero esperé un poco. La escena fue reveladora. Justo cuando unos malhechores golpeaban a un desarrapado, Nicoménicus aprovechó para abordar a la mujer de la víctima. "Te amo", le dijo. Un chisguete de sangre invadió la mesa. "¡Ayúdenlo, por favor!", chillaba exasperada la mujer. Domingo y sus hijos acudieron a la cita y separaron a los rijosos. Nicoménicus insistió: "Le decía que estoy enamorado de usted". El otro sangraba con la boca reventada. Domingo terminó también con la camisa enrojecida. Bebí un sorbo de cerveza al tiempo que Domingo llegaba a la mesa sumamente enfurecido: "¡Llévate a ese cabrón; le está declarando su amor a la vieja del güey madreado. No quiero otra madriza aquí!" Fue así como tuve que ir a por Nicoménicus y hacerlo entrar en razón, aunque todavía en el camino me obligó a pararme en plena colonia Obrera. Había una patrulla. Pensé en una regurgitación. Fallé: meo la patrulla. Huímos. Él dijo eres Automán. No contesté nada, aunque era cierto que le estaba salvando el pellejo. Así, al final todavía cruzamos dos alcoholímetros con la destreza de dos chilangos que han vivido un par de meses en la ignominia. Al llegar a mi casa cometí un error más que pasará a formar parte del volumen Efemérides de un mortal erróneamente conspicuo: le telefoneé a la única persona a quien no debía.
CAS
Dificilmente se puede escapar a la ley de la gravedad, ésa que hace que las cosas vuelvan a ser como antes y aparezcan, sin más, diligentemente depositadas en un inodoro (fue el día de la Revolución y tuve, de nuevo, que consultar esto para no sentirme solo). Ayer Turner pasó por un café y Nicoménicus por un tónico. Los eufemismos sobran en esta vida: no fue uno de ninguno de los dos. Turner se fue por lo de Isa y Nicoménicus y yo recalamos en el Corona. En el camino repitió sin cesar "amo a una mujer"; ya con la cerveza enfrente confesó: "quedé con ella de contratar a alguien para madrear a su marido". Alcé mi trago y brindé por tiempos mejores. Acto seguido, él se levantó y le declaró su amor a cada una de las mujeres bellas que departían tranquilas en tan insigne sitio. Sólo cuando llegó a una mesa del fondo supe que debía ir a por él y llevarlo a descansar; pero esperé un poco. La escena fue reveladora. Justo cuando unos malhechores golpeaban a un desarrapado, Nicoménicus aprovechó para abordar a la mujer de la víctima. "Te amo", le dijo. Un chisguete de sangre invadió la mesa. "¡Ayúdenlo, por favor!", chillaba exasperada la mujer. Domingo y sus hijos acudieron a la cita y separaron a los rijosos. Nicoménicus insistió: "Le decía que estoy enamorado de usted". El otro sangraba con la boca reventada. Domingo terminó también con la camisa enrojecida. Bebí un sorbo de cerveza al tiempo que Domingo llegaba a la mesa sumamente enfurecido: "¡Llévate a ese cabrón; le está declarando su amor a la vieja del güey madreado. No quiero otra madriza aquí!" Fue así como tuve que ir a por Nicoménicus y hacerlo entrar en razón, aunque todavía en el camino me obligó a pararme en plena colonia Obrera. Había una patrulla. Pensé en una regurgitación. Fallé: meo la patrulla. Huímos. Él dijo eres Automán. No contesté nada, aunque era cierto que le estaba salvando el pellejo. Así, al final todavía cruzamos dos alcoholímetros con la destreza de dos chilangos que han vivido un par de meses en la ignominia. Al llegar a mi casa cometí un error más que pasará a formar parte del volumen Efemérides de un mortal erróneamente conspicuo: le telefoneé a la única persona a quien no debía.
CAS
martes, noviembre 18, 2003
lunes, noviembre 17, 2003
Silveti
No había querido escribir acerca del suicidio de David Silveti porque era hacer leña de árbol caído; eso independientemente de que a los suicidas siempre los he despreciado. Pero ayer, platicando con mi mamá y unos amigos, pensé, sin cambiar de opinión sobre las personas que se quitan la vida, que quizás debiera hablar un poco de Silveti, sobre todo porque, sin yo ser un experto en toros, fue al primer torero que vi y por el que me aficioné a la tauromaquia. Me parecía sorprendente que un ser humano hubiera podido tener tantas operaciones y seguir dando naturales con la destreza del más fino esteta. Era entonces Silveti el estereotipo de un hombre biónico y el referente inmediato de la insanidad, si se me permie el término. A ningún torero he visto acercarse tanto a los pitones, mucho menos, con tanta quietud, con tanta temeridad, con tanta, perdón, estupidez. Quizás hoy día sólo José Tomás lo logre. Y está claro que Silveti lo hacía simplemente porque sus rodillas no daban para más y la manera de maquillar su mella física era quedarse quieto como los hombres y esperar la embestida fatal. Lo mejor que le podía pasar era que el toro lo enviara por los aires sin cornarlo y esperar que con la caída no sufriera una rotura de vértebras. Varias veces lo vimos terminar la faena con la taleguilla destazada y someterse a memorables y ovacionadas vueltas al ruedo. Y eso de terminar, lo sabe cualquiera que lo haya visto torear, es un miserable eufemismo, pues Silveti no sabía matar. Al momento de la suerte suprema todo espectador sabía, el propio matador en carne propia sabía, que la posibilidad de una estocada bien puesta era, en sus manos, una broma de mal gusto. Silveti, quizás sin tener conciencia de ello, intuía que a algunos rivales había que dejarlos vivos en el campo de batalla, sin esperar la posibilidad de indulto del juez de plaza. Es probable que su regreso a los ruedos (fue el triunfador en la pasada temporada grande de la Plaza México) estuviera relacionado ya con la idea de quitarse la vida, pues torear en sus condiciones era, en sí, un suicido declarado. Pero nos quedó mal. El miercoles pasado llegó al rancho de su familia en Salamanca; después de saludar a su padre le dijo que se iría a su cuarto para meditar unas horas. Al poco rato un sonido seco y estruendoso le quitaría la vida.
Sigo sin justificar los suicidos, pero he de reconocer que la vida de Silvetti por la gloria de las causas y efectos, sólo pudo tener ese desenlace. Quizás lo que defina su vida de matador sean las palabras que R. Vaillalobos escribió para El País, a propósito de su última corrida en el coso de Insurgentes: "David Silveti perdió cuatro orejas porque no se puede estar peor con la espada, pero tampoco más sublime con la muleta. A pesar de escuchar tres avisos, lo sacaron a hombros y el público salió toreando".
CAS
No había querido escribir acerca del suicidio de David Silveti porque era hacer leña de árbol caído; eso independientemente de que a los suicidas siempre los he despreciado. Pero ayer, platicando con mi mamá y unos amigos, pensé, sin cambiar de opinión sobre las personas que se quitan la vida, que quizás debiera hablar un poco de Silveti, sobre todo porque, sin yo ser un experto en toros, fue al primer torero que vi y por el que me aficioné a la tauromaquia. Me parecía sorprendente que un ser humano hubiera podido tener tantas operaciones y seguir dando naturales con la destreza del más fino esteta. Era entonces Silveti el estereotipo de un hombre biónico y el referente inmediato de la insanidad, si se me permie el término. A ningún torero he visto acercarse tanto a los pitones, mucho menos, con tanta quietud, con tanta temeridad, con tanta, perdón, estupidez. Quizás hoy día sólo José Tomás lo logre. Y está claro que Silveti lo hacía simplemente porque sus rodillas no daban para más y la manera de maquillar su mella física era quedarse quieto como los hombres y esperar la embestida fatal. Lo mejor que le podía pasar era que el toro lo enviara por los aires sin cornarlo y esperar que con la caída no sufriera una rotura de vértebras. Varias veces lo vimos terminar la faena con la taleguilla destazada y someterse a memorables y ovacionadas vueltas al ruedo. Y eso de terminar, lo sabe cualquiera que lo haya visto torear, es un miserable eufemismo, pues Silveti no sabía matar. Al momento de la suerte suprema todo espectador sabía, el propio matador en carne propia sabía, que la posibilidad de una estocada bien puesta era, en sus manos, una broma de mal gusto. Silveti, quizás sin tener conciencia de ello, intuía que a algunos rivales había que dejarlos vivos en el campo de batalla, sin esperar la posibilidad de indulto del juez de plaza. Es probable que su regreso a los ruedos (fue el triunfador en la pasada temporada grande de la Plaza México) estuviera relacionado ya con la idea de quitarse la vida, pues torear en sus condiciones era, en sí, un suicido declarado. Pero nos quedó mal. El miercoles pasado llegó al rancho de su familia en Salamanca; después de saludar a su padre le dijo que se iría a su cuarto para meditar unas horas. Al poco rato un sonido seco y estruendoso le quitaría la vida.
Sigo sin justificar los suicidos, pero he de reconocer que la vida de Silvetti por la gloria de las causas y efectos, sólo pudo tener ese desenlace. Quizás lo que defina su vida de matador sean las palabras que R. Vaillalobos escribió para El País, a propósito de su última corrida en el coso de Insurgentes: "David Silveti perdió cuatro orejas porque no se puede estar peor con la espada, pero tampoco más sublime con la muleta. A pesar de escuchar tres avisos, lo sacaron a hombros y el público salió toreando".
CAS
jueves, noviembre 13, 2003
El factor epazote
En mi casa de Cuernavaca viven Juanito, su marido Pedro y su hija Silvia. Pedro es jardinero y una vez a la semana se encarga de jardín; Juanito, por su parte, del quehacer de la casa. Silvia estudia la preparatoria. Los tres armonizan perfectamente el ambiente familiar junto con mi mamá y una de mis hermanas. Por cierto, para evitar suspicacias de la gente inteligente, Juanito es mujer. Cuando la bautizaron, en algún lugar de la sierra de Hidalgo, sus papás le dijeron al cura en cuestión que querían que se llamara así. "Pero ése es nombre de hombre", atajó el sacerdote. Después de la subsecuente traducción a los padres que nada más hablaban náhuatl, éstos dijeron en tono molesto que se llamaría Juanito y se lo fuera poniendo así, rapidito, si no quería una rebelión indígena en su parroquia. Por eso es Juanito y no Juanita (por lo demás, con una Juanita tengo; por cierto tengo planeado ahogarla a la medianoche), como mis amigos se empeñan en llamarle. Cuando dicen "Buenos días, Juanita", ella lo toma como una ofensa y defiende su verdadero nombre: "Buenos días, señor Francisca", responde fastidiada.
Como paréntesis diré que no pasa nada si a las mujeres se les ponen nombres masculinos: ellas se han cansado de hacer a los hombres a su imagen y semejanza y ponerles nombres femeninos como si pretendieran la castidad divina, entre otros, Guadalupe o María. Algunos padres también andan con la brújula norteada (si se me permite, lector, la tautología) e insisten en llamar a sus hijas "José". Ambos pueden ser, en todo caso, el antecedente de los misteriosos she-male (cuando era niño y aprendía inglés uno de mis traumas era que nunca pude traducir al español el nombre He-man). En Caminos sin ley, la crónica de Graham Greene sobre su primera visita a México en 1938, el maestro inglés hablaba que durante su recorrido por el sórdido estado de Tabasco --recuérdese la persecución católica de Tomás Garrido Canabal y sus camisas rojas-- no dejó de escuchar acerca de un cura alcohólico que deambulaba por ahí. Cuenta Greene que este personaje solía, en estado inconveniente, bautizar a los niños; normalmente daba gato por liebre. Se sabe de una vez en que unos campesinos querían llamar a su niño Fernando y el Padrecito insistió en llamarlo "Brígida". "Pero Padre, si es un hombrecito", "¡Se llamará Brígida, señores, y no quieran enfrentar la ira del Señor!", gritó el cura bebiendo un sorbo de whisky. Sobra decir que este personaje es el origen del whisky priest de El Poder y la gloria. Un caso similar y reciente, le ocurrió a un futbolista de los Tigres. Sus padres querían llamarlo Sidney, como la capital de Australia. Cuando la secretaria que llenaba el acta les preguntó cómo se escribía eso, los padres deletrearon la palabra para que fuera escrita "Sindey". Ahora, algunos compañeros le llaman "El pecado de Dios".
Juanito, más allá de ser la dueña de la casa, pues es la que más tiempo está en ella, tiene ciertas mañas que he intentado quitarle pero no he podido. En particular hay una que me angustia un poco: tiene una extraña propensión al epazote, esto es: le causa un placer místico. La he observado cuidadosamente y su goce es similar al de un raver bebiendo una tacha. No obstante, el problema no es ése, pues propiamente sería un asunto que me tendría sin cuidado. Lo verdaderamente preocupante es que TODO lo cocina con epazote: huevos, frijoles, ensaladas, salsas y un día le puso a un arroz con leche. Vanos han sido mis esfuerzo cuando le digo que, por lo menos-por lo menos-por lo menos, no se lo ponga a los frijoles, pero siempre hace caso omiso de mi sugerencia. Un día estuve tres horas frente a la olla de los frijoles para evitar que les pusiera, pero no sé cómo me distrajo y les puso un poco. Un día mi mamá le dijo a Pedro que quitara algo de epazote del jardín (una franja de diez metros está llena de la plantita) y le contestó muy preocupado que a Juanito le gustaba mucho. Era obvio que le temía más a su esposa que a mi mamá. Por lo demás, cuando Juanito está nerviosa toma un poco de café con epazote y prepara infusiones concentradas para aromatizar el hall de la casa; las visitas dicen siempre que la casa tiene un olor "muy peculiar". Por eso creo que esa distintiva filiación con tan penetrante yerba tiene que ver con el problema de su nombre y ha decidido, acaso sin saberlo, vengarse del mundo miserable que ha tenido a mal nombrarla con nombre de hombre. A fuerza de ser sinceros, he de decir sin cortapisas que ha triunfado.
CAS
En mi casa de Cuernavaca viven Juanito, su marido Pedro y su hija Silvia. Pedro es jardinero y una vez a la semana se encarga de jardín; Juanito, por su parte, del quehacer de la casa. Silvia estudia la preparatoria. Los tres armonizan perfectamente el ambiente familiar junto con mi mamá y una de mis hermanas. Por cierto, para evitar suspicacias de la gente inteligente, Juanito es mujer. Cuando la bautizaron, en algún lugar de la sierra de Hidalgo, sus papás le dijeron al cura en cuestión que querían que se llamara así. "Pero ése es nombre de hombre", atajó el sacerdote. Después de la subsecuente traducción a los padres que nada más hablaban náhuatl, éstos dijeron en tono molesto que se llamaría Juanito y se lo fuera poniendo así, rapidito, si no quería una rebelión indígena en su parroquia. Por eso es Juanito y no Juanita (por lo demás, con una Juanita tengo; por cierto tengo planeado ahogarla a la medianoche), como mis amigos se empeñan en llamarle. Cuando dicen "Buenos días, Juanita", ella lo toma como una ofensa y defiende su verdadero nombre: "Buenos días, señor Francisca", responde fastidiada.
Como paréntesis diré que no pasa nada si a las mujeres se les ponen nombres masculinos: ellas se han cansado de hacer a los hombres a su imagen y semejanza y ponerles nombres femeninos como si pretendieran la castidad divina, entre otros, Guadalupe o María. Algunos padres también andan con la brújula norteada (si se me permite, lector, la tautología) e insisten en llamar a sus hijas "José". Ambos pueden ser, en todo caso, el antecedente de los misteriosos she-male (cuando era niño y aprendía inglés uno de mis traumas era que nunca pude traducir al español el nombre He-man). En Caminos sin ley, la crónica de Graham Greene sobre su primera visita a México en 1938, el maestro inglés hablaba que durante su recorrido por el sórdido estado de Tabasco --recuérdese la persecución católica de Tomás Garrido Canabal y sus camisas rojas-- no dejó de escuchar acerca de un cura alcohólico que deambulaba por ahí. Cuenta Greene que este personaje solía, en estado inconveniente, bautizar a los niños; normalmente daba gato por liebre. Se sabe de una vez en que unos campesinos querían llamar a su niño Fernando y el Padrecito insistió en llamarlo "Brígida". "Pero Padre, si es un hombrecito", "¡Se llamará Brígida, señores, y no quieran enfrentar la ira del Señor!", gritó el cura bebiendo un sorbo de whisky. Sobra decir que este personaje es el origen del whisky priest de El Poder y la gloria. Un caso similar y reciente, le ocurrió a un futbolista de los Tigres. Sus padres querían llamarlo Sidney, como la capital de Australia. Cuando la secretaria que llenaba el acta les preguntó cómo se escribía eso, los padres deletrearon la palabra para que fuera escrita "Sindey". Ahora, algunos compañeros le llaman "El pecado de Dios".
Juanito, más allá de ser la dueña de la casa, pues es la que más tiempo está en ella, tiene ciertas mañas que he intentado quitarle pero no he podido. En particular hay una que me angustia un poco: tiene una extraña propensión al epazote, esto es: le causa un placer místico. La he observado cuidadosamente y su goce es similar al de un raver bebiendo una tacha. No obstante, el problema no es ése, pues propiamente sería un asunto que me tendría sin cuidado. Lo verdaderamente preocupante es que TODO lo cocina con epazote: huevos, frijoles, ensaladas, salsas y un día le puso a un arroz con leche. Vanos han sido mis esfuerzo cuando le digo que, por lo menos-por lo menos-por lo menos, no se lo ponga a los frijoles, pero siempre hace caso omiso de mi sugerencia. Un día estuve tres horas frente a la olla de los frijoles para evitar que les pusiera, pero no sé cómo me distrajo y les puso un poco. Un día mi mamá le dijo a Pedro que quitara algo de epazote del jardín (una franja de diez metros está llena de la plantita) y le contestó muy preocupado que a Juanito le gustaba mucho. Era obvio que le temía más a su esposa que a mi mamá. Por lo demás, cuando Juanito está nerviosa toma un poco de café con epazote y prepara infusiones concentradas para aromatizar el hall de la casa; las visitas dicen siempre que la casa tiene un olor "muy peculiar". Por eso creo que esa distintiva filiación con tan penetrante yerba tiene que ver con el problema de su nombre y ha decidido, acaso sin saberlo, vengarse del mundo miserable que ha tenido a mal nombrarla con nombre de hombre. A fuerza de ser sinceros, he de decir sin cortapisas que ha triunfado.
CAS
lunes, noviembre 10, 2003
sábado, noviembre 08, 2003
Pareciera que el simple hecho de realizar películas familares es una garantía de calidad fílmica. El tema, por ejemplo, de que un hermano escriba el guión y otro dirija es tópico común hoy día (aunque, a fuerza de ser sinceros, en esa dinámica sólo se salvan Ethan y Joel Cohen). En México, dicho sea de paso, tenemos la propuesta autóctona y empeñosa de los hermanos Cuarón. Pero también existen hermanos que llevan a cabo proyectos individuales y sumamente contrastantes, como el maestro Ridley Scott y su hermano idiota, Tony. El término Bros es, entonces, un ícono histórico de la cinematografía que la gran industria de Hollywood se ha dedicado a reproducir como una patente antológica. En ese tenor, los hermanos Wachowsky han comprobado que los genes dominantes en la consanguinidad fílmica son aquéllos que hacen a los hombres un poco más crueles, un poco más frágiles y, sobre todo, un poco más pendejos.
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