De los misteriosos sentimientos motivados por cumplir años, hay dos que debieran quedar en la siniestra lista de la ignominia. Hoy día que llego a los 32 se confirma la venta de Luciano Figueroa al Villarreal en una cantidad risible y, de nuevo, como ha ocurrido por más de tres décadas, recuerdo como un hombre cabal y conspicuo que Augusto Pinochet nació el mismo día que yo.
CAS
jueves, noviembre 25, 2004
viernes, octubre 22, 2004
Su precio, unos dólares
Todos sabemos que las tragedias de Shakespeare no son de Shakespeare sino de un desconocido que se llamaba exactamente igual. Es vox populi, también, que Jorge Luis Borges no era él sino un sagaz embaucador que se hacía pasar por el argentino y conmovía a la gente por estar ciego. Cervantes, por su parte, nunca escribió el Quijote; más bien fue el editor de las dos partes. Se rumora que pagaba muy mal las traducciones. Jonathan Swift no es autor de algo llamado Los viajes de Gulliver simplemente porque el gran capitán Lemuel Gulliver no escribía novelas de aventuras sino serios tratados de moral (Swift, a lo largo de su vida, fue especialista en dar gato por liebre). Pessoa, Lewis Carrol y Nerval nunca fueron ellos mismos sino que abusaron, sin el menor remordimiento, de la sensibilidad de personas dignas y trabajadoras a las que les fueron robados sus nombres. El Günther Grass que de repente se presenta con bombo y platillo a dar una conferencia es en realidad un doble perfecto que antes de conseguir este trabajo de alto riesgo era carnicero en Kreuzberg. Tampoco Alfredo Bryce Echenique es al que conocemos por las portadas de sus libros o por el famoso récord de haber bebido 17 martinis en dos horas en un hotel de Bogotá; el verdadero Bryce es una suerte de monje inca que vive en una cueva insalubre en los Andes peruanos. Ahí sus editores recogen su nuevo libro a cambio de un poco de queroseno y un par de botellas de pisco añejo. Stendhal, Neruda y Flaubert fueron, asimismo, autores apócrifos, máxime el último cuando dijo "Madame Bovary soy yo". Por eso, aquí, hoy y siempre, aquel interesado en los libros deberá asumir como mandamiento providencial la vieja frase de Hugo Loetscher en El inmune: "Allí donde se hable de amor de forma irregular y sin escrúpulos, cabrá sospechar con razón que el escritor se encuentra cerca. Rogamos una atención especial a este tipo de trampa".
CAS
Todos sabemos que las tragedias de Shakespeare no son de Shakespeare sino de un desconocido que se llamaba exactamente igual. Es vox populi, también, que Jorge Luis Borges no era él sino un sagaz embaucador que se hacía pasar por el argentino y conmovía a la gente por estar ciego. Cervantes, por su parte, nunca escribió el Quijote; más bien fue el editor de las dos partes. Se rumora que pagaba muy mal las traducciones. Jonathan Swift no es autor de algo llamado Los viajes de Gulliver simplemente porque el gran capitán Lemuel Gulliver no escribía novelas de aventuras sino serios tratados de moral (Swift, a lo largo de su vida, fue especialista en dar gato por liebre). Pessoa, Lewis Carrol y Nerval nunca fueron ellos mismos sino que abusaron, sin el menor remordimiento, de la sensibilidad de personas dignas y trabajadoras a las que les fueron robados sus nombres. El Günther Grass que de repente se presenta con bombo y platillo a dar una conferencia es en realidad un doble perfecto que antes de conseguir este trabajo de alto riesgo era carnicero en Kreuzberg. Tampoco Alfredo Bryce Echenique es al que conocemos por las portadas de sus libros o por el famoso récord de haber bebido 17 martinis en dos horas en un hotel de Bogotá; el verdadero Bryce es una suerte de monje inca que vive en una cueva insalubre en los Andes peruanos. Ahí sus editores recogen su nuevo libro a cambio de un poco de queroseno y un par de botellas de pisco añejo. Stendhal, Neruda y Flaubert fueron, asimismo, autores apócrifos, máxime el último cuando dijo "Madame Bovary soy yo". Por eso, aquí, hoy y siempre, aquel interesado en los libros deberá asumir como mandamiento providencial la vieja frase de Hugo Loetscher en El inmune: "Allí donde se hable de amor de forma irregular y sin escrúpulos, cabrá sospechar con razón que el escritor se encuentra cerca. Rogamos una atención especial a este tipo de trampa".
CAS
martes, octubre 19, 2004
Tagore revisitado
Rabindranath Tagore, el poeta. Difícil será encontrar a un escritor que conjugue tan intensamente las fantasías místicas y la labia de la poesía. Galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1913, después de un cruento debate entre los integrantes de la academia sueca, Tagore (Calcuta, 1861-1941) fue también un libre pensador que pugnaba por la independencia de su amada India y la emancipación cultural de su nativa Bengala. Si bien su lucha fue por la separación política y cultural de Occidente y Oriente en dos constructos distintos en el mundo, su labor seminal fue la revalorización y reivindicación de su propia cultura ante el mundo dominante. Aun cuando vivió varios años en Inglaterra, Tagore siguió escribiendo prácticamente todos sus textos en bengalí. El inglés podía ayudarle a ser conocido en otras partes, ¡en muchos otros lados!, pero sus argumentos para no hacerlo eran, sin embargo, irrefutables: "La música de las distintas naciones tiene una fundación psicológica común; no obstante, esto no significa que no exista una música nacional. Lo mismo opino acerca de la literatura". Dicho de otro modo: sólo aquel que conozca el bengalí entenderá con plena intensidad y palmaria profundidad, todas y cada una de sus líneas, de sus palabras adoloridas.
En una conversación sostenida en 1930 con H. G. Wells, el autor de La máquina del tiempo, progresista tecnológico irredento, le reclamaba a Tagore su negativa a que existiera un lenguaje común que predominara en el mundo, de tal forma que el entendimiento entre las distintas culturas fuera más extenso. Rabidranath respondía con sapiencia y tranquilidad abrumadora: "La tendencia en las civilizaciones modernas es hacer un mundo uniforme. Calcuta, Bombay, Hong Kong, son más o menos iguales, y usan máscaras que no representan a un país en particular [...] Nuestra fisonomía individual no necesita ser la misma. Dejemos a la mente ser universal". Está de sobra comentar que en él encontramos a uno de los primeros un globalifóbicos.
Fiel a una tradición hiératica que arrastra reminiscencias de los Vedas, pasión por los Upanishads y omnipresencia del Mahabarata, la conducta de Tagore fue en todo momento consecuente con su pensamiento. En 1919 renunció al título de Sir, que le había otorgado la corona británica en 1915, en protesta por la matanza que tropas inglesas realizaron en Amritsar: aproximadamente cuatrocientos indios que protestaban contra las leyes coloniales fueron acribillados. Este proceder no dejará de causar asombro, sobre todo porque fue también la bandera de uno de sus mejores amigos, y acaso también un discípulo: Mahatma Gandhi.
Gintajali es probablemente su obra más importante, y fue -en todo caso- la que le dio entrada en las letras occidentales. En inglés fue publicada en 1921 (ocho años después del Nobel); W. B. Yeats realizó el prólogo. Ya en pleno auge tagoriano, Ezra Pound escribió que siempre será mejor citar a Tagore que reseñarlo, en clara mención de que después de leerlo no hay nada más qué decir. En América fue traducido y celebrado por Pablo Neruda y Victoria Ocampo. Albert Einstein y Romain Rolland figuraron entre sus numerosos interlocutores, y hay transcripciones célebres de sus discusiones.
Tagore revisitado. Su importancia hoy día es vital; fue de los primeros en poner en entredicho el hoy tan mentado canon occidental. Su enseñanza final entre nosotros, inexorables occidentales, será que aun ganando un Nobel se puede seguir escribiendo en bengalí.
CAS
Rabindranath Tagore, el poeta. Difícil será encontrar a un escritor que conjugue tan intensamente las fantasías místicas y la labia de la poesía. Galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1913, después de un cruento debate entre los integrantes de la academia sueca, Tagore (Calcuta, 1861-1941) fue también un libre pensador que pugnaba por la independencia de su amada India y la emancipación cultural de su nativa Bengala. Si bien su lucha fue por la separación política y cultural de Occidente y Oriente en dos constructos distintos en el mundo, su labor seminal fue la revalorización y reivindicación de su propia cultura ante el mundo dominante. Aun cuando vivió varios años en Inglaterra, Tagore siguió escribiendo prácticamente todos sus textos en bengalí. El inglés podía ayudarle a ser conocido en otras partes, ¡en muchos otros lados!, pero sus argumentos para no hacerlo eran, sin embargo, irrefutables: "La música de las distintas naciones tiene una fundación psicológica común; no obstante, esto no significa que no exista una música nacional. Lo mismo opino acerca de la literatura". Dicho de otro modo: sólo aquel que conozca el bengalí entenderá con plena intensidad y palmaria profundidad, todas y cada una de sus líneas, de sus palabras adoloridas.
En una conversación sostenida en 1930 con H. G. Wells, el autor de La máquina del tiempo, progresista tecnológico irredento, le reclamaba a Tagore su negativa a que existiera un lenguaje común que predominara en el mundo, de tal forma que el entendimiento entre las distintas culturas fuera más extenso. Rabidranath respondía con sapiencia y tranquilidad abrumadora: "La tendencia en las civilizaciones modernas es hacer un mundo uniforme. Calcuta, Bombay, Hong Kong, son más o menos iguales, y usan máscaras que no representan a un país en particular [...] Nuestra fisonomía individual no necesita ser la misma. Dejemos a la mente ser universal". Está de sobra comentar que en él encontramos a uno de los primeros un globalifóbicos.
Fiel a una tradición hiératica que arrastra reminiscencias de los Vedas, pasión por los Upanishads y omnipresencia del Mahabarata, la conducta de Tagore fue en todo momento consecuente con su pensamiento. En 1919 renunció al título de Sir, que le había otorgado la corona británica en 1915, en protesta por la matanza que tropas inglesas realizaron en Amritsar: aproximadamente cuatrocientos indios que protestaban contra las leyes coloniales fueron acribillados. Este proceder no dejará de causar asombro, sobre todo porque fue también la bandera de uno de sus mejores amigos, y acaso también un discípulo: Mahatma Gandhi.
Gintajali es probablemente su obra más importante, y fue -en todo caso- la que le dio entrada en las letras occidentales. En inglés fue publicada en 1921 (ocho años después del Nobel); W. B. Yeats realizó el prólogo. Ya en pleno auge tagoriano, Ezra Pound escribió que siempre será mejor citar a Tagore que reseñarlo, en clara mención de que después de leerlo no hay nada más qué decir. En América fue traducido y celebrado por Pablo Neruda y Victoria Ocampo. Albert Einstein y Romain Rolland figuraron entre sus numerosos interlocutores, y hay transcripciones célebres de sus discusiones.
Tagore revisitado. Su importancia hoy día es vital; fue de los primeros en poner en entredicho el hoy tan mentado canon occidental. Su enseñanza final entre nosotros, inexorables occidentales, será que aun ganando un Nobel se puede seguir escribiendo en bengalí.
CAS
martes, octubre 05, 2004
Cinco de octubre de 2004
Hay gente que insiste en decirle a la banda "yo no soy pendejo". Hay otros que blanden un látigo afable y lo someten a la voluntad de los tibios ("I´m the author", they say). Existen aquéllos que roban alcantarillas, después van a la cárcel y, por alguna circunstancia divina, se hacen abstemios (de cierta manera huyen de la justica). Sabemos de los que vomitan ropa sucia o mean casas de menonitas insomnes; también subsiste la banda que nos obliga a decir (hoy día, sin importar las horas de la noche) que no son viejas tontas (aunque odien el mundo, goddamn). Habrá, según la intuición de algunos, una tersa savia, dos vasos de ron nicaragüense y una ficha de dominó que oficializará el sentido de la partida, aun cuando uno siga siendo estúpido y blasfeme palabras sucias al atardecer.
CAS
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lunes, septiembre 13, 2004
Los encuentros de escritores sirven para ver de nuevo a amigos queridísimos de toda la vida, conocer a los que serán nuestros nuevos enemigos y hablar en lo sucesivo de su exuberante estulticia, asumir los encontronazos íntimos con hombres, mujeres o quimeras al grito de "mi corazón está en casa pero mi coño no", constatar que los poetas son personas sensibles y respetables pero no escriben una sola línea de prosa decentemente, enumerar las veces que se preguntó "¿dónde está el whisky, badulaques?" o "¿quién ha osado beber de mi Tecate?" y dejar un insigne pedazo de nuestra sensibilidad vía una regurgitación bien puesta en el water del hotel. Lo demás es lo de menos.
CAS
CAS
martes, septiembre 07, 2004
lunes, agosto 30, 2004
El viernes pasado me operaron de los ojos. Al parecer todo salió bien, aunque nunca olvidaré el olor a carne quemada de cuando me aplicaron el láser. Al día siguiente fui a ver al oculista (siempre quise escribir esta expresión). La sala de espera estaba llena y tuvimos que esperar afuera del consultorio. Ahí, al fondo, en un lugar cercano a los elevadores y como quien planea una fuga, una doncella leía un libro. Lo reconocí por la portada y un frío incendiario se apoltronó en mi cuello. Era Ensayo sobre la ceguera.
CAS
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lunes, julio 26, 2004
Cursos y talleres para agosto y septiembre de 2004
Alguna vez un amigo me dijo que yo no hacía nada por mi autopromoción y por eso seguía viviendo donde vivo. Sin explicarle que la luz matinal por mi ventana me hacía sentir como la princesa Rapunzel, sólo le dije que era por modestia. Ahora, sin embargo, creo que he sido demasiado modesto, o idiota, y decidí cambiar un poco la dinámica, pues no quiero que mi nevera (y mi estómago, of course) permanezcan vacíos los próximos seis meses. Por eso, si es que existe algún interesado (siempre he preferido esta palabra a "ingenuo") en tomar algún cursito, va a continuación la información, con su link correspondiente, de las clases para el resto del año.
-Escritores suicidas
-Edgar Allan Poe revisitado
-Taller de redacción
-Cine y Literatura. Más allá de la tinta y el celuloide
Todos los cursos serán en el Distrito Federal, ergo, México City. Para abundar en cualquier información mi correo es cadelasierra@hotmail.com
Vale,
CAS
Alguna vez un amigo me dijo que yo no hacía nada por mi autopromoción y por eso seguía viviendo donde vivo. Sin explicarle que la luz matinal por mi ventana me hacía sentir como la princesa Rapunzel, sólo le dije que era por modestia. Ahora, sin embargo, creo que he sido demasiado modesto, o idiota, y decidí cambiar un poco la dinámica, pues no quiero que mi nevera (y mi estómago, of course) permanezcan vacíos los próximos seis meses. Por eso, si es que existe algún interesado (siempre he preferido esta palabra a "ingenuo") en tomar algún cursito, va a continuación la información, con su link correspondiente, de las clases para el resto del año.
-Escritores suicidas
-Edgar Allan Poe revisitado
-Taller de redacción
-Cine y Literatura. Más allá de la tinta y el celuloide
Todos los cursos serán en el Distrito Federal, ergo, México City. Para abundar en cualquier información mi correo es cadelasierra@hotmail.com
Vale,
CAS
martes, julio 20, 2004
As good as it gets
El verano en la Del Valle ha sido de desasosiego. Quizás no sea precisamente así, pero siempre quise utilizar esa palabra: d-e-s-a-s-o-s-i-e-g-o. Me suena como a una frase réproba: "De ésa, so ciego, ¿que no ves?" Hay otros términos que me atraen, pero más dichos que escritos. Cuando escucho "combustión" o "licuado" tengo la impresión de asistir al nacimiento de la teoría de la relatividad o a la culminación de un gol del Cruz Azul. Pero decía, pues: el verano ha tenido como común denominador la literatura y el alcohol. El objetivo inicial fue leer un libro diario, cosa que -aunque pedante- he llevado a cabo con suma diligencia. Eso, claro, cuando no interfiere otra de las intenciones veraniegas: un pomo diario. El alcoholismo, según rezan sus más fervientes denostadores, cercena un número inimaginable de neuronas y es una enfermedad que reprime la evolución de las sociedades. Tienen razón. Ahora bien, otra cosa es hacerles caso y tirar al retrete el bourbon que tengo frente a mí. Hace unas horas tuve una discusión con mi ex, que como toda ex cree poseer todavía autoridad para gritar improperios por el auricular o impedir el número indicado de sorbos de whisky en quince minutos.
-Ahora voy muy seguido a las cantinas -me dijo con sobrada suficiencia.
-¿Y por qué conmigo nunca quisiste ir? -pregunté indignado.
-Porque tenía migraña; aunque ahora ya sabemos que no era migraña sino neuralgia. Me inyectaron en la cabeza y ya estoy sana.
-¿Y qué bebes?
-Whisky con agua quina
-Ese trago te lo enseñé yo.
-Ya lo sé.
-¿Con quién vas?
-Con amigos.
-¿Qué amigos, si no tenías amigos?
-Qué te importa. Has de saber que ahora tengo un vida propia, ¿o crees que me iba a quedar esperándote toda la vida?
-Entonces veo que yo era el causante de todos tus males, ahora hasta te emborrachas.
-¡No seas ególatra! ¿Acaso crees que tú eres el centro del universo.
La psicología femenina, probablemente de una vehemente complejidad alejada de la futilidad masculina, es objeto de numerosos estudios académicos. Por lo general, las conclusiones pertinentes dejan más dudas que respuestas, aunque de alguna manera señalan el origen del entramado enigmático. La metodología al respecto debe centrarse, entonces, en tres mujeres primogenias: Helena de Troya, Eva de Adán y Blanca Nieves de los siete enanos. Asimismo, hay un elemento mediático, según he leído, que no debe perderse de vista: la manzana, o la idea de la manzana, o la flecha en la manzana. En fin, se dice que las investigaciones deben incluir sin falta, no sé bien a bien por qué, las historias personales de San Sebastián y de Guillermo Tell. La conclusión, que secundo firmemente desde mi penthouse en la Del Valle -hoy día en que debería estar en una playa nudista de Barcelona y no escribiendo memadas-, es: los hombres son seres inferiores.
Pero el verano se rompió técnicamente ayer. Hay que acotar que en la tarde llovió durante cinco horas seguidas, la luz se fue el mismo tiempo y los accidentes de tránsito estuvieron a la orden del día. Leí unos minutos con velas pero lo dejé, no tanto por forzar la vista como por pensarme como una lamentable musaraña. Entonces concluí que había dos posibilidades: sentarme en un sillón a ver llover o masturbarme. Escogí lo primero más por pereza que por otra cosa, al tiempo que sonaba el teléfono. Era Joe.
-¿Carlous?
-¿Joe?
-¿Cóumo estás? Oye, necesito que me hagas un favour. Mañana vienen a mi casa unos amigous a hacer una película pornou y necesitou que alguien se encargue de la iluminación.
-Ya. Y quieres que yo lo haga, ¿verdad?
-Sí. Me van pagar treinta mil pesos.
Quizás las explicaciones respecto de quién es Joe sobren, pero a lo mejor son menos aburridas que mi narración acerca de cómo caía la lluvia afuera de mi casa. Joe, como mucha gente que viene a México, es un gringo loco que llegó hace algunos años a reencontrarse con algo que él llamó en su momento "la madre ambiente". Por más que le insistí en que a lo mejor sería más apropiado si dijera "el padre ambiente", aun cuando no entendiera un carajo de lo que eso significaba, se negó rotundamente. "La madre ambiente, Carlos; es un asunto metafísico". Tiempo después entendí que su encuentro con esa señora era vestirse con bermudas hawaianas y mocasines, manejar un jeep del año 75, comprar aparentes antigüedades en Tepito y jugar tenis mal los sábados por la tarde. "Ve este daguerrotipou", me dijo una vez, "es original. En los Estadous Unidous lo podría vender diez veces mas carou. Si sigo así me puedou volver millonario en unous meses". Sobra decir que nunca se volvió millonario y más bien sus escasas llamadas eran para que le invitara una cerveza cuando no tenía dinero. De hecho vive de ser fotógrafo para algunas revistas de viaje y transar a uno que otro incauto que le pide videos para su boda. He olvidado decir que aparte es un disoluto miserable y de repente fotografía a mujeres encueradas. Las engaña con el viejo truco del desnudo artístico y de que él es el gran fotógrafo que puede catapultarlas a la fama, para lo cual su pendejo acento de gringo inofensivo le funciona perfectamente. Suele pagarles una miseria y después clava las imágenes en su computadora, en un acto de fetichismo que sólo entiende un oriundo de Iowa. Aunque no le hago mucho caso, se vanagloria de tener cien gigas de pornografía. Nunca supe, no obstante, que se dedicara ahora a hacer videos porno, aunque dicho sea de paso, era por todos conocido que se presentaba siempre como filmmaker y no como fotógrafo.
-De hechou es apenas el segundo que hago -respondió a mis dudas-. El primerou pensé que podía hacerlo solo pero la luz estuvou de la chingada.
Lejos de extrañarme que hubiera podido escogerme a mí, un simple maestro universitario de vacaciones-de-verano-sin-playa-y-con-azotea-diluviada, me llamó la atención su uso cada vez más adecuado de las maledicencias en español.
-Te doy seis mil varous si me ayudas -me sobornó el culero-. Son sólo unas horas.
-Ocho.
-Hechou -respondió rápidamente: seguro le habían ofrecido más dinero.
En realidad la idea de observar el making of de un video porno no es algo que me quite el sueño, pero necesito dinero para operarme los ojos y con esto junto lo necesario. Además hoy en la noche no tengo nada que hacer y una chelita mientras recuerdo mis años de luminotécnico cuando hacía teatro, no me caerá mal.
-Te veo en la noche, Joe.
-OK. Nada más hay una cousa, que sólo porque eres mi amigo te digo. La escena será entre dous chavas y un güey...
-Está bien, está bien, no me importan tus preferencias voyeuristas, Joe.
-Menos mal, Carlous. Sin embargou, lo que te quería decir es que las chavas son menores de edad, pero ya veo que eres igual de cinicou que yo. Te veo al ratou, pues -y colgó.
CAS
El verano en la Del Valle ha sido de desasosiego. Quizás no sea precisamente así, pero siempre quise utilizar esa palabra: d-e-s-a-s-o-s-i-e-g-o. Me suena como a una frase réproba: "De ésa, so ciego, ¿que no ves?" Hay otros términos que me atraen, pero más dichos que escritos. Cuando escucho "combustión" o "licuado" tengo la impresión de asistir al nacimiento de la teoría de la relatividad o a la culminación de un gol del Cruz Azul. Pero decía, pues: el verano ha tenido como común denominador la literatura y el alcohol. El objetivo inicial fue leer un libro diario, cosa que -aunque pedante- he llevado a cabo con suma diligencia. Eso, claro, cuando no interfiere otra de las intenciones veraniegas: un pomo diario. El alcoholismo, según rezan sus más fervientes denostadores, cercena un número inimaginable de neuronas y es una enfermedad que reprime la evolución de las sociedades. Tienen razón. Ahora bien, otra cosa es hacerles caso y tirar al retrete el bourbon que tengo frente a mí. Hace unas horas tuve una discusión con mi ex, que como toda ex cree poseer todavía autoridad para gritar improperios por el auricular o impedir el número indicado de sorbos de whisky en quince minutos.
-Ahora voy muy seguido a las cantinas -me dijo con sobrada suficiencia.
-¿Y por qué conmigo nunca quisiste ir? -pregunté indignado.
-Porque tenía migraña; aunque ahora ya sabemos que no era migraña sino neuralgia. Me inyectaron en la cabeza y ya estoy sana.
-¿Y qué bebes?
-Whisky con agua quina
-Ese trago te lo enseñé yo.
-Ya lo sé.
-¿Con quién vas?
-Con amigos.
-¿Qué amigos, si no tenías amigos?
-Qué te importa. Has de saber que ahora tengo un vida propia, ¿o crees que me iba a quedar esperándote toda la vida?
-Entonces veo que yo era el causante de todos tus males, ahora hasta te emborrachas.
-¡No seas ególatra! ¿Acaso crees que tú eres el centro del universo.
La psicología femenina, probablemente de una vehemente complejidad alejada de la futilidad masculina, es objeto de numerosos estudios académicos. Por lo general, las conclusiones pertinentes dejan más dudas que respuestas, aunque de alguna manera señalan el origen del entramado enigmático. La metodología al respecto debe centrarse, entonces, en tres mujeres primogenias: Helena de Troya, Eva de Adán y Blanca Nieves de los siete enanos. Asimismo, hay un elemento mediático, según he leído, que no debe perderse de vista: la manzana, o la idea de la manzana, o la flecha en la manzana. En fin, se dice que las investigaciones deben incluir sin falta, no sé bien a bien por qué, las historias personales de San Sebastián y de Guillermo Tell. La conclusión, que secundo firmemente desde mi penthouse en la Del Valle -hoy día en que debería estar en una playa nudista de Barcelona y no escribiendo memadas-, es: los hombres son seres inferiores.
Pero el verano se rompió técnicamente ayer. Hay que acotar que en la tarde llovió durante cinco horas seguidas, la luz se fue el mismo tiempo y los accidentes de tránsito estuvieron a la orden del día. Leí unos minutos con velas pero lo dejé, no tanto por forzar la vista como por pensarme como una lamentable musaraña. Entonces concluí que había dos posibilidades: sentarme en un sillón a ver llover o masturbarme. Escogí lo primero más por pereza que por otra cosa, al tiempo que sonaba el teléfono. Era Joe.
-¿Carlous?
-¿Joe?
-¿Cóumo estás? Oye, necesito que me hagas un favour. Mañana vienen a mi casa unos amigous a hacer una película pornou y necesitou que alguien se encargue de la iluminación.
-Ya. Y quieres que yo lo haga, ¿verdad?
-Sí. Me van pagar treinta mil pesos.
Quizás las explicaciones respecto de quién es Joe sobren, pero a lo mejor son menos aburridas que mi narración acerca de cómo caía la lluvia afuera de mi casa. Joe, como mucha gente que viene a México, es un gringo loco que llegó hace algunos años a reencontrarse con algo que él llamó en su momento "la madre ambiente". Por más que le insistí en que a lo mejor sería más apropiado si dijera "el padre ambiente", aun cuando no entendiera un carajo de lo que eso significaba, se negó rotundamente. "La madre ambiente, Carlos; es un asunto metafísico". Tiempo después entendí que su encuentro con esa señora era vestirse con bermudas hawaianas y mocasines, manejar un jeep del año 75, comprar aparentes antigüedades en Tepito y jugar tenis mal los sábados por la tarde. "Ve este daguerrotipou", me dijo una vez, "es original. En los Estadous Unidous lo podría vender diez veces mas carou. Si sigo así me puedou volver millonario en unous meses". Sobra decir que nunca se volvió millonario y más bien sus escasas llamadas eran para que le invitara una cerveza cuando no tenía dinero. De hecho vive de ser fotógrafo para algunas revistas de viaje y transar a uno que otro incauto que le pide videos para su boda. He olvidado decir que aparte es un disoluto miserable y de repente fotografía a mujeres encueradas. Las engaña con el viejo truco del desnudo artístico y de que él es el gran fotógrafo que puede catapultarlas a la fama, para lo cual su pendejo acento de gringo inofensivo le funciona perfectamente. Suele pagarles una miseria y después clava las imágenes en su computadora, en un acto de fetichismo que sólo entiende un oriundo de Iowa. Aunque no le hago mucho caso, se vanagloria de tener cien gigas de pornografía. Nunca supe, no obstante, que se dedicara ahora a hacer videos porno, aunque dicho sea de paso, era por todos conocido que se presentaba siempre como filmmaker y no como fotógrafo.
-De hechou es apenas el segundo que hago -respondió a mis dudas-. El primerou pensé que podía hacerlo solo pero la luz estuvou de la chingada.
Lejos de extrañarme que hubiera podido escogerme a mí, un simple maestro universitario de vacaciones-de-verano-sin-playa-y-con-azotea-diluviada, me llamó la atención su uso cada vez más adecuado de las maledicencias en español.
-Te doy seis mil varous si me ayudas -me sobornó el culero-. Son sólo unas horas.
-Ocho.
-Hechou -respondió rápidamente: seguro le habían ofrecido más dinero.
En realidad la idea de observar el making of de un video porno no es algo que me quite el sueño, pero necesito dinero para operarme los ojos y con esto junto lo necesario. Además hoy en la noche no tengo nada que hacer y una chelita mientras recuerdo mis años de luminotécnico cuando hacía teatro, no me caerá mal.
-Te veo en la noche, Joe.
-OK. Nada más hay una cousa, que sólo porque eres mi amigo te digo. La escena será entre dous chavas y un güey...
-Está bien, está bien, no me importan tus preferencias voyeuristas, Joe.
-Menos mal, Carlous. Sin embargou, lo que te quería decir es que las chavas son menores de edad, pero ya veo que eres igual de cinicou que yo. Te veo al ratou, pues -y colgó.
CAS
lunes, julio 05, 2004
"¿Eres De la Sierra?", me preguntó mientras se echaba un trago de charanda con jugo de naranja y acomodaba sus hermosas piernas de bailarina en el tapete. Yo, curiosamente, estaba con los pantalones abajo debido a un incomprensible juego de apuestas. Contesté sí al tiempo que, en un acto instintivo, ocultaba discretamente el abultamiento de mi entrepierna. Sólo torció un poco la boca como diciendo "lo sabía, hijo de la chingada" y no me dirigió más la mirada. El castigo más perverso de la velada, sin embargo, se lo llevó Fredy: le tocó bajarse los pantalones con todo y sus calzones con mancha amarilla. Fue obvio que el chavo de la esquina se enamoró de él. La semana pasada, después de 12 años, me encontré de nuevo a la bailarina. Fue en una de esas presentaciones de libros de los amigos. A la hora del vino, mientras platicaba con el autor (de un libro de cocina formidable), unas manos tomaron mis hombros y al oído escuché la frase de años atrás. "¿Eres De la Sierra?" (hubiera preferido, no obstante, un "¿eres tú, Carlos?"). Después de mirar que mis pantalones estuvieran en su sitio, me volví hacia ella. La mueca era la misma de la primera vez, aunque esa arruga que viene de la nariz y enmarca la boca era ya mucho más visible. Creo, aunque temo mucho equivocarme, que ahora la injuria maquinada mentalmente años atrás se había transformado en un "me da gusto verte, sobre todo con los pantalones arriba". Sonreí y brindé con ella. Después de recorrer su figura, me percaté que se sostenía en una muleta: le faltaba una pierna. Busqué el semblante adecuado para matizar mi sorpresa; nunca lo encontré.
CAS
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miércoles, junio 16, 2004
Una de diarios
Cuando apareció en México el periódico Reforma, éste se caracterizó por dos cosas memorables: 1) sus dueños se pelearon con los voceadores porque pretendían vender la publicación en días sagrados como 1 de mayo y 2) por sus exuberantes faltas de ortografía en encabezados a ocho columnas. A casi una década de vida, el Reforma sigue con una línea editorial bastante singular: todos sus encabezados empiezan con un verbo (una suerte de "pasado histórico" de alta escuela). Y si bien es probable que los dueños hayan tomado el nombre del diario por el Paseo de la Reforma inaugurado por don Porfirio y no por las leyes de Reforma, tan poco conocidas en ciudades prósperas como Monterrey, hay que reconocer que a veces las faltas de ortografía hacen ganar más dinero que escribir correctamente. No obstante, hay frases que merecen ser enmarcadas en letras de oro y ser subastadas entre los insignes miembros del gabinete foxista (está de más especular: todas se las llevaría Carlos Abascal; Lino Korrodi ya no está). Así, minutos después de explicarles a mis alumnas de redacción la diferencia entre "incluso" e "inclusive", me topé con el siguiente encabezado en la sección "Justicia" del Reforma: "Pierde mujer a hijo nonato al peregrinar". Ni Carlos Fuentes lo hubiera imaginado, señores, ni Carlos Fuentes.
CAS
Cuando apareció en México el periódico Reforma, éste se caracterizó por dos cosas memorables: 1) sus dueños se pelearon con los voceadores porque pretendían vender la publicación en días sagrados como 1 de mayo y 2) por sus exuberantes faltas de ortografía en encabezados a ocho columnas. A casi una década de vida, el Reforma sigue con una línea editorial bastante singular: todos sus encabezados empiezan con un verbo (una suerte de "pasado histórico" de alta escuela). Y si bien es probable que los dueños hayan tomado el nombre del diario por el Paseo de la Reforma inaugurado por don Porfirio y no por las leyes de Reforma, tan poco conocidas en ciudades prósperas como Monterrey, hay que reconocer que a veces las faltas de ortografía hacen ganar más dinero que escribir correctamente. No obstante, hay frases que merecen ser enmarcadas en letras de oro y ser subastadas entre los insignes miembros del gabinete foxista (está de más especular: todas se las llevaría Carlos Abascal; Lino Korrodi ya no está). Así, minutos después de explicarles a mis alumnas de redacción la diferencia entre "incluso" e "inclusive", me topé con el siguiente encabezado en la sección "Justicia" del Reforma: "Pierde mujer a hijo nonato al peregrinar". Ni Carlos Fuentes lo hubiera imaginado, señores, ni Carlos Fuentes.
CAS
jueves, mayo 27, 2004
Hacia el mar blanco en la bodega
Las andanzas de los últimos días han sido sinuosas. Recuerdo que vi cómo era mi ciudad hace un siglo. Un auténtico rastro pero dotado de hermosura. Además en una esquina del Centro Histórico perdí mi sombra; a la fecha no la he recuperado (sé que sólo a los boxeadores malos les sucede). Por suerte Dios tiene nuevo nombre y viste casaca azul (Luciano Figueroa, señores, no mamemos). Siendo sinceros, todavía hay un doctorado en puerta, dos amantes en espera de que alguien recorra el patio trasero de sus muslos y un poco de cerveza trigueña, ese néctar que hace de la villanía un estadio de bienaventuranza. Repito: perdí mi sombra como un memo cualquiera. Pero eso no es todo: desde hace unas semanas mi rostro ya no aparece en el espejo del cuarto de baño. Atónito, me vinieron a la mente vampiros invisibles. Entonces, así, como quien renace en un WC, intenté la vuelta de mi imagen al espejo. Después de horas sempiternas en las que mis manos ensangrentadas llenaron de círculos el azulejo, desistí. Por eso llevo casi un mes sin rasurarme y he tenido problemas con la policía; dicen que mi look Ahumada es políticamente incorrecto, que me ande con tiento (mi reino por el dormitorio dos). Por si fuera poco libré una orden de arrestó que libraron a mis espaldas (estaba en la barandilla y el MP que lo ordenó atrás de mí). Quizás sea un error y mi epitafio dirá que nunca aprendí a tocar con destreza el ukulele, pero regreso después de casi cinco meses para ver si acaso recupero la efigie en el espejo y evitar que en lugar de Carlos me llamen Hagrid (no obstante, el eterno retorno es uno de mis temas más queridos. Shit happens. Nadie, pues). Confieso, por último, que mis apreciaciones ante la vida cambian de acuerdo con las sabiduría de los grafittis de los baños de la facultad. La vez que vi "Piensa que en este momento tu novia puede estar cogiendo con otro güey", entendí a Proust y, por extensión, la vileza humana. Pero hay uno que sigo pensado muy seriamente, como si al leerlo me observaran desde una entidad divina (esas pavadas como pensar que al masturbarse uno está siendo observado por nuestro señor). El texto, ubicado apenas arriba del mingitorio de la derecha, reza: "Dios ha muerto", Nietzsche. Más abajo, ya casi llegando a los sensores de agua, hay otra pintita, con perdón de los entendidos, más reveladora: "Nietzsche ha muerto", Dios.
CAS
Las andanzas de los últimos días han sido sinuosas. Recuerdo que vi cómo era mi ciudad hace un siglo. Un auténtico rastro pero dotado de hermosura. Además en una esquina del Centro Histórico perdí mi sombra; a la fecha no la he recuperado (sé que sólo a los boxeadores malos les sucede). Por suerte Dios tiene nuevo nombre y viste casaca azul (Luciano Figueroa, señores, no mamemos). Siendo sinceros, todavía hay un doctorado en puerta, dos amantes en espera de que alguien recorra el patio trasero de sus muslos y un poco de cerveza trigueña, ese néctar que hace de la villanía un estadio de bienaventuranza. Repito: perdí mi sombra como un memo cualquiera. Pero eso no es todo: desde hace unas semanas mi rostro ya no aparece en el espejo del cuarto de baño. Atónito, me vinieron a la mente vampiros invisibles. Entonces, así, como quien renace en un WC, intenté la vuelta de mi imagen al espejo. Después de horas sempiternas en las que mis manos ensangrentadas llenaron de círculos el azulejo, desistí. Por eso llevo casi un mes sin rasurarme y he tenido problemas con la policía; dicen que mi look Ahumada es políticamente incorrecto, que me ande con tiento (mi reino por el dormitorio dos). Por si fuera poco libré una orden de arrestó que libraron a mis espaldas (estaba en la barandilla y el MP que lo ordenó atrás de mí). Quizás sea un error y mi epitafio dirá que nunca aprendí a tocar con destreza el ukulele, pero regreso después de casi cinco meses para ver si acaso recupero la efigie en el espejo y evitar que en lugar de Carlos me llamen Hagrid (no obstante, el eterno retorno es uno de mis temas más queridos. Shit happens. Nadie, pues). Confieso, por último, que mis apreciaciones ante la vida cambian de acuerdo con las sabiduría de los grafittis de los baños de la facultad. La vez que vi "Piensa que en este momento tu novia puede estar cogiendo con otro güey", entendí a Proust y, por extensión, la vileza humana. Pero hay uno que sigo pensado muy seriamente, como si al leerlo me observaran desde una entidad divina (esas pavadas como pensar que al masturbarse uno está siendo observado por nuestro señor). El texto, ubicado apenas arriba del mingitorio de la derecha, reza: "Dios ha muerto", Nietzsche. Más abajo, ya casi llegando a los sensores de agua, hay otra pintita, con perdón de los entendidos, más reveladora: "Nietzsche ha muerto", Dios.
CAS
martes, enero 06, 2004
Once upon a time
Un día lluvioso de 1924, Thomas Mann amaneció con el estómago sucio. Durante horas no pudo levantarse de la cama y blasfemó decididamente en contra de la existencia. En Francia, algunos años antes, Charles Baudelaire se había mandado hacer una levita con botones azules, según una pintura de Johann Wolfgang Goethe en la que el escritor alemán lucía radiante una prenda similar; más adelante, Baudelaire sería traicionado por su musa, la actriz negra Jeanne Duval, quien le había pedido que aceptara en casa a su primo por una temporada. Por supuesto, el primo era el amante de la Duval. En la efervescencia armada de la segunda guerra mundial, un país del trópico denominado México le declaró la guerra al Tercer Reich; cuando el Führer lo supo preguntó “¿Dónde está eso?” México, o eso, envió a la guerra el insigne Escuadrón 201; dos pilotos murieron de sendos síncopes antes de abordar sus cazas. El 26 de julio de 1952, un grupo emprendedor de jóvenes cubanos intentó tomar el cuartel Moncada de la ciudad de Santiago, la segunda en importancia de la isla. La experiencia, aunque planeada durante mucho tiempo, fue corta: uno de los automóviles en los que iban los jóvenes a hacer frente al ejército de Fulgencio Batista, se perdió al entrar en la ciudad; el resto del convoy se topó con dos camiones llenos de soldados; se espantaron; empezó la balacera; sólo dos insurrectos sobrevivieron. Uno de ellos sigue vivo hoy día y se le distingue como el “caimán barbudo”. También existió algo conocido como Waterloo; ahí, se dice, el mozalbete Fabrizio del Dongo buscaba una batalla sangrienta. La más mínima batalla hubiera bastado para saciar su sed aventurera. Encontró una: la de la derrota. Sin saberlo, había asistido a un momento medular de la historia del hombre. Todos somos Fabrizio del Dongo (y no Mohamed, como han sugerido algunos pillos embaucadores). Zorros y erizos isiahberlinísimos, claro. Una mañana soleada de la primera mitad del siglo XVI en el Perú, el obispo Valverde le entregó al emperador Atahualpa una Biblia. El gran señor de los incas observó con cuidado el libro; le dio vuelta; lo olió y escuchó diligentemente. Iracundo por sentirse timado, arrojó el objeto lo más lejos posible. Acto seguido, el comandante Pizarro ordenó a sus subalternos que, por haber imprecado e injuriado la palabra de Dios, apresaran al emperador. Una noche de calma, después de un combate funesto, Andrómaca le dijo a Héctor “Por favor no salgas a luchar mañana; te van a matar. Piensa en tu hijo, en tu padre, en el reino, en mí”. Héctor contestó sin pensar mucho “El destino de todo hombre está escrito: yo me voy a morir cuando me vaya a morir”. El 30 de octubre de 1938, Orson Wells realizaba una adaptación de la novela La guerra de los mundos de H. G. Wells para la estación de radio de la CBS. En un momento de iluminación, el gran Orson modificó un poco la historia original y dijo que los marcianos acababan de aterrizar en Nueva Jersey. Minutos después, la carretera federal a Washington se tapizó de autos repletos de familias que buscaban huir de los platillos voladores (en Latinoamérica, existen variaciones al respecto: para Cortázar se llamó “La autopista del sur”; para los mexicanos, Mecánica Nacional). Orson Wells fue obligado por un juez a dar una conferencia de prensa y desmentir lo que había dicho; no desmintió nada, sólo dijo que había narrado la historia tal cual. Un tal señor Wilson se levantó y lo increpó: “¡Pero nos hizo creer que eso había pasado!” Wells contestó: “En efecto, muy señor mío, sucedió así porque soy un excelente narrador y logro que se me crea, así como el papá lo hace con sus hijos al contarles Caperucita roja para que al final los niños sientan pavor por el lobo". Y si de miedo se trata, un día, un muchacho austriaco tan disímbolo como para apoyar el régimen de Slobodan Milosevic así como para hacer profundas novelas acerca del miedo de los porteros ante un penalty, decidió hablar por fin de su propio miedo (la melancolía del horizonte, suele decirse). Dijo, entonces, que no sabía qué era, pero el sentimiento respectivo era parecido al de Bambi. Peterhandkenitis. En 1936, la actriz infantil Shirley Temple presentó una demanda por libelo en contra del escritor inglés Graham Greene. En una reseña, publicada en Night and day, Greene escribió “con curvas a la Dietrich, atuendo y bailes insinuantes, la impoluta actriz infantil, al hacer girar su bien torneado trasero con experta lascivia, enardecía la lubricidad de incautos clérigos y exacerbaba los ardores mortecinos de hombres maduros”. La demanda quedó en el olvido y Greene, con los años, se enteró de que no era tan buen escritor como para obtener el Nobel. Durante muchas temporadas, una araña memorable tejió redes exquisitas sobre las ya hechas en vértices perfectos. Era negra y algunos la llamaban Lev, Lev Yashin. Sus precursores, hay que decirlo, habían sido otros personajes que solían vivir bajo esos tres memorables postes, no porque así lo desearan sino porque era la posición en la que menos se gastaban los zapatos. Uno era francés y se llamaba Albert; el otro, ruso o gringo o whatever y le decían Vladimir. A principios de la década de los 1990, el gran maestro holandés Marco Van Basten, después de regresar a las canchas por una lesión en la rodilla, y a pregunta expresa de cómo se sentía, respondió: “He podido volver a jugar, pero nunca más sin dolor”. Un día de otoño de 2003, el entrenador del Cruz Azul, el mejor equipo que jamás se haya parado en una cancha de futbol, acuñó una frase que ahora puede grabarse en letras de oro: “Todo está escrito pero no todo está leído”. En la ciudad donde juega el antes mencionado heroico equipo, un hombre de lacia cabellera y escasa resistencia al alcohol se robó la tapa de una alcantarilla perteneciente a la Nación. Se abrió el pantalón a sus anchas y la escondió en alguna parte de los calzones. Todavía se ignora cómo consiguió semejante hazaña. La coladera fue abandonada, sin mayor explicación, afuera de un penthouse en la colonia Del Valle de la ciudad de México (la gente insiste en llamarlo “dos pinches cuartos de azotea”). Ahí mismo, Juanita, una mujer que ha decido vivir más tiempo del debido, le seguirá haciendo la vida de cuadritos a un interfecto que a partir de hoy dejará de escribir una cosa llamada Del Valle notes.
CAS
Un día lluvioso de 1924, Thomas Mann amaneció con el estómago sucio. Durante horas no pudo levantarse de la cama y blasfemó decididamente en contra de la existencia. En Francia, algunos años antes, Charles Baudelaire se había mandado hacer una levita con botones azules, según una pintura de Johann Wolfgang Goethe en la que el escritor alemán lucía radiante una prenda similar; más adelante, Baudelaire sería traicionado por su musa, la actriz negra Jeanne Duval, quien le había pedido que aceptara en casa a su primo por una temporada. Por supuesto, el primo era el amante de la Duval. En la efervescencia armada de la segunda guerra mundial, un país del trópico denominado México le declaró la guerra al Tercer Reich; cuando el Führer lo supo preguntó “¿Dónde está eso?” México, o eso, envió a la guerra el insigne Escuadrón 201; dos pilotos murieron de sendos síncopes antes de abordar sus cazas. El 26 de julio de 1952, un grupo emprendedor de jóvenes cubanos intentó tomar el cuartel Moncada de la ciudad de Santiago, la segunda en importancia de la isla. La experiencia, aunque planeada durante mucho tiempo, fue corta: uno de los automóviles en los que iban los jóvenes a hacer frente al ejército de Fulgencio Batista, se perdió al entrar en la ciudad; el resto del convoy se topó con dos camiones llenos de soldados; se espantaron; empezó la balacera; sólo dos insurrectos sobrevivieron. Uno de ellos sigue vivo hoy día y se le distingue como el “caimán barbudo”. También existió algo conocido como Waterloo; ahí, se dice, el mozalbete Fabrizio del Dongo buscaba una batalla sangrienta. La más mínima batalla hubiera bastado para saciar su sed aventurera. Encontró una: la de la derrota. Sin saberlo, había asistido a un momento medular de la historia del hombre. Todos somos Fabrizio del Dongo (y no Mohamed, como han sugerido algunos pillos embaucadores). Zorros y erizos isiahberlinísimos, claro. Una mañana soleada de la primera mitad del siglo XVI en el Perú, el obispo Valverde le entregó al emperador Atahualpa una Biblia. El gran señor de los incas observó con cuidado el libro; le dio vuelta; lo olió y escuchó diligentemente. Iracundo por sentirse timado, arrojó el objeto lo más lejos posible. Acto seguido, el comandante Pizarro ordenó a sus subalternos que, por haber imprecado e injuriado la palabra de Dios, apresaran al emperador. Una noche de calma, después de un combate funesto, Andrómaca le dijo a Héctor “Por favor no salgas a luchar mañana; te van a matar. Piensa en tu hijo, en tu padre, en el reino, en mí”. Héctor contestó sin pensar mucho “El destino de todo hombre está escrito: yo me voy a morir cuando me vaya a morir”. El 30 de octubre de 1938, Orson Wells realizaba una adaptación de la novela La guerra de los mundos de H. G. Wells para la estación de radio de la CBS. En un momento de iluminación, el gran Orson modificó un poco la historia original y dijo que los marcianos acababan de aterrizar en Nueva Jersey. Minutos después, la carretera federal a Washington se tapizó de autos repletos de familias que buscaban huir de los platillos voladores (en Latinoamérica, existen variaciones al respecto: para Cortázar se llamó “La autopista del sur”; para los mexicanos, Mecánica Nacional). Orson Wells fue obligado por un juez a dar una conferencia de prensa y desmentir lo que había dicho; no desmintió nada, sólo dijo que había narrado la historia tal cual. Un tal señor Wilson se levantó y lo increpó: “¡Pero nos hizo creer que eso había pasado!” Wells contestó: “En efecto, muy señor mío, sucedió así porque soy un excelente narrador y logro que se me crea, así como el papá lo hace con sus hijos al contarles Caperucita roja para que al final los niños sientan pavor por el lobo". Y si de miedo se trata, un día, un muchacho austriaco tan disímbolo como para apoyar el régimen de Slobodan Milosevic así como para hacer profundas novelas acerca del miedo de los porteros ante un penalty, decidió hablar por fin de su propio miedo (la melancolía del horizonte, suele decirse). Dijo, entonces, que no sabía qué era, pero el sentimiento respectivo era parecido al de Bambi. Peterhandkenitis. En 1936, la actriz infantil Shirley Temple presentó una demanda por libelo en contra del escritor inglés Graham Greene. En una reseña, publicada en Night and day, Greene escribió “con curvas a la Dietrich, atuendo y bailes insinuantes, la impoluta actriz infantil, al hacer girar su bien torneado trasero con experta lascivia, enardecía la lubricidad de incautos clérigos y exacerbaba los ardores mortecinos de hombres maduros”. La demanda quedó en el olvido y Greene, con los años, se enteró de que no era tan buen escritor como para obtener el Nobel. Durante muchas temporadas, una araña memorable tejió redes exquisitas sobre las ya hechas en vértices perfectos. Era negra y algunos la llamaban Lev, Lev Yashin. Sus precursores, hay que decirlo, habían sido otros personajes que solían vivir bajo esos tres memorables postes, no porque así lo desearan sino porque era la posición en la que menos se gastaban los zapatos. Uno era francés y se llamaba Albert; el otro, ruso o gringo o whatever y le decían Vladimir. A principios de la década de los 1990, el gran maestro holandés Marco Van Basten, después de regresar a las canchas por una lesión en la rodilla, y a pregunta expresa de cómo se sentía, respondió: “He podido volver a jugar, pero nunca más sin dolor”. Un día de otoño de 2003, el entrenador del Cruz Azul, el mejor equipo que jamás se haya parado en una cancha de futbol, acuñó una frase que ahora puede grabarse en letras de oro: “Todo está escrito pero no todo está leído”. En la ciudad donde juega el antes mencionado heroico equipo, un hombre de lacia cabellera y escasa resistencia al alcohol se robó la tapa de una alcantarilla perteneciente a la Nación. Se abrió el pantalón a sus anchas y la escondió en alguna parte de los calzones. Todavía se ignora cómo consiguió semejante hazaña. La coladera fue abandonada, sin mayor explicación, afuera de un penthouse en la colonia Del Valle de la ciudad de México (la gente insiste en llamarlo “dos pinches cuartos de azotea”). Ahí mismo, Juanita, una mujer que ha decido vivir más tiempo del debido, le seguirá haciendo la vida de cuadritos a un interfecto que a partir de hoy dejará de escribir una cosa llamada Del Valle notes.
CAS
lunes, diciembre 29, 2003
jueves, diciembre 25, 2003
Cuernavaca I
Cuernavaca fue una ciudad planeada para diez mil habitantes; ahora tiene más de un millón y en temporadas vacacionales aumenta en un cincuenta o sesenta por ciento. Como la zona céntrica está enclavada en sendas barrancas, las veredas para pasar en auto no tienen marcha atrás (dijimos que eran diez mil habitantes, es decir, calles para una sola diligencia); esto, aunado a la omnisciencia de la policía de tránsito --en su mayoría compuesta por memos de época--, hace de mi pueblo natal una urbe incomprensible prefigurada por el caos y la zozobra. Durante muchos años Cuernavaca no tuvo un sistema de drenaje civilizado y los deshechos (léase excremento, orina y guacaras) se iban sin más a las barrancas. Y aunque fueran muy hondas, cuando uno pasaba por ahí debía abstenerse de prender un cerillo para no causar una explosión prodigiosa. El grave problema era que para llegar al desagüe principal, los desperdicios pasaban por numerosos y anchos riachuelos que se extendían a lo largo de la ciudad. Esto es: no había cañería alguna o sistema de entubado por el que pasara asépticamente aquellito. Por eso, los gobiernos locales solían arreglar esos "riachuelos" armando parques y zonas de recreación para maquillar los vertederos; no obstante, la fetidez y uno que otro mojón bien dado revelaban el engaño.
Varios inconvenientes alternos se sumaban a esta ya de por sí crítica situación. Al ser una ciudad mal planeada y, sobre todo, con una topografía sumamente accidentada, las temporadas de lluvia siempre fueron (y son) un suplicio mayúsculo. Sucedía lo siguiente: el drenaje era insuficiente para que circulara tal cantidad de agua, por tanto, en los días de tromba el vital líquido solía salir de las alcantarillas emulando géiseres mesiánicos. Sobra decir de qué iba acompañado semejante expulsión. A más de uno escuché decir "la tierra tiene disentería". Por ese motivo, y para evitar ahogarnos en nuestra propia mierda, alguna autoridad decidió abrir hoyos, de tamaño considerable y en "lugares inofensivos", para que el agua se fuera por ahí. Las consecuencias, por lo demás, siguen comentándose hoy día. La planeación de una ciudad así, en resumidas cuentas, debía ser distinta a la de cualquier lugar plano (hay ciudades planas con otros problemas; por ejemplo, la ciudad de México está en un lago y cada año sufre algunos centímetros de hundimiento. No estaba tan mal don José Vasconcelos cuando hablaba de la Atlántida como el origen de todo en su Raza cómica), pero en Cuernavaca esto nunca sucedió. En esas aciagas temporadas de lluvia, la montaña desborda su fogosidad y las calles en declive se convierten en el acto en ríos memorables. Hay, de hecho, propuestas específicas para, en esa temporada, hacer en Cuernavaca el campeonato nacional de rafting en lugar del río Balsas. Es probable que lo anterior suene a una irrisoria exageración. Impertérrito lector, créalo, no lo es. Por ejemplo, aquel día de esa tormenta espectacular una amiga se bajó del autobús. Había un torrente furioso en la calle. Mi amiga, con sus bien puestas y corpulentas piernas, lo desafió ("que me dura este charquito"). Sólo cuando logró agarrarse de un poste de luz doscientos metros más abajo entendió que con el maestro Tláloc no se jugaba. Su conclusión fue sabia "si no logro sujetarme a ese último poste, me ahogo". Por suerte sólo sufrió raspones y una que otra luxación (por lo demás, esta amiga es un caso perdido: un día se atropelló a sí misma con su auto, pero eso lo contaré en otra ocasión).
Pero no todos sufrieron la misma suerte. Cuando existían esos hoyos de los que hablaba, hubo mucha gente que al ser arrastrada por la violencia de la corriente, se iba por ahí. Los cadáveres eran encontrados cuatro colonias después, sin ropa y con mordidas de rata en el cuerpo. Los hoyos fueron tapados y ahora, por lo menos, la gente ya no acostumbra aparecer en esas ominosas alcantarillas. Todas esas situaciones hacen que Cuernavaca sea, por definición, un ciudad áspera para habitar en tiempo de lluvia. Sin embargo, hace poco sus habitantes fueron testigos de un suceso que la hace asumir más que nunca el mote de ciudad de los muertos (cabe mencionar que durante 22 años de mi existencia, viví en una casa que había sido cementerio prehispánico). Durante los últimos aguaceros, ésos que arrasaron varios poblados de México, el sur de la ciudad no se fue indemne: las calles se inundaron casi un metro en algunas zonas. Una de ellas fue la del panteón de La Paz, acaso el más grande de la región. El agua, en las partes más ostentosas del cementerio, sólo cubrió tumbas y criptas; empero, los predios populares no corrieron con tanta suerte. La tierra mal puesta sobre ataúdes de mala calidad provocó que éstos salieran a la superficie; obvio: al chocar con algún objeto sólido, las cajas se desbarataron y los esqueletos se desperdigaron por el afluente. A la mañana siguiente, ya que había escampado, los habitantes de la zona se transportaron al desenlace de una batalla prehispánica en la que se había olvidado enterrar los cadáveres: cráneos, fémures y columnas vertebrales adornaban las aceras en franca venganza contra los mexicanos por tener esa rara costumbre de burlarse de la muerte. La nota no apareció en ningún periódico; supongo que fue más por autocensura de los editores que por una orden explícita del gobierno. Entre la gente de esas colonias, se supo de la frase de un teporochín que acaso resumía con sapiencia el hecho: "No andaban muertos, andaban de parranda".
CAS
Cuernavaca fue una ciudad planeada para diez mil habitantes; ahora tiene más de un millón y en temporadas vacacionales aumenta en un cincuenta o sesenta por ciento. Como la zona céntrica está enclavada en sendas barrancas, las veredas para pasar en auto no tienen marcha atrás (dijimos que eran diez mil habitantes, es decir, calles para una sola diligencia); esto, aunado a la omnisciencia de la policía de tránsito --en su mayoría compuesta por memos de época--, hace de mi pueblo natal una urbe incomprensible prefigurada por el caos y la zozobra. Durante muchos años Cuernavaca no tuvo un sistema de drenaje civilizado y los deshechos (léase excremento, orina y guacaras) se iban sin más a las barrancas. Y aunque fueran muy hondas, cuando uno pasaba por ahí debía abstenerse de prender un cerillo para no causar una explosión prodigiosa. El grave problema era que para llegar al desagüe principal, los desperdicios pasaban por numerosos y anchos riachuelos que se extendían a lo largo de la ciudad. Esto es: no había cañería alguna o sistema de entubado por el que pasara asépticamente aquellito. Por eso, los gobiernos locales solían arreglar esos "riachuelos" armando parques y zonas de recreación para maquillar los vertederos; no obstante, la fetidez y uno que otro mojón bien dado revelaban el engaño.
Varios inconvenientes alternos se sumaban a esta ya de por sí crítica situación. Al ser una ciudad mal planeada y, sobre todo, con una topografía sumamente accidentada, las temporadas de lluvia siempre fueron (y son) un suplicio mayúsculo. Sucedía lo siguiente: el drenaje era insuficiente para que circulara tal cantidad de agua, por tanto, en los días de tromba el vital líquido solía salir de las alcantarillas emulando géiseres mesiánicos. Sobra decir de qué iba acompañado semejante expulsión. A más de uno escuché decir "la tierra tiene disentería". Por ese motivo, y para evitar ahogarnos en nuestra propia mierda, alguna autoridad decidió abrir hoyos, de tamaño considerable y en "lugares inofensivos", para que el agua se fuera por ahí. Las consecuencias, por lo demás, siguen comentándose hoy día. La planeación de una ciudad así, en resumidas cuentas, debía ser distinta a la de cualquier lugar plano (hay ciudades planas con otros problemas; por ejemplo, la ciudad de México está en un lago y cada año sufre algunos centímetros de hundimiento. No estaba tan mal don José Vasconcelos cuando hablaba de la Atlántida como el origen de todo en su Raza cómica), pero en Cuernavaca esto nunca sucedió. En esas aciagas temporadas de lluvia, la montaña desborda su fogosidad y las calles en declive se convierten en el acto en ríos memorables. Hay, de hecho, propuestas específicas para, en esa temporada, hacer en Cuernavaca el campeonato nacional de rafting en lugar del río Balsas. Es probable que lo anterior suene a una irrisoria exageración. Impertérrito lector, créalo, no lo es. Por ejemplo, aquel día de esa tormenta espectacular una amiga se bajó del autobús. Había un torrente furioso en la calle. Mi amiga, con sus bien puestas y corpulentas piernas, lo desafió ("que me dura este charquito"). Sólo cuando logró agarrarse de un poste de luz doscientos metros más abajo entendió que con el maestro Tláloc no se jugaba. Su conclusión fue sabia "si no logro sujetarme a ese último poste, me ahogo". Por suerte sólo sufrió raspones y una que otra luxación (por lo demás, esta amiga es un caso perdido: un día se atropelló a sí misma con su auto, pero eso lo contaré en otra ocasión).
Pero no todos sufrieron la misma suerte. Cuando existían esos hoyos de los que hablaba, hubo mucha gente que al ser arrastrada por la violencia de la corriente, se iba por ahí. Los cadáveres eran encontrados cuatro colonias después, sin ropa y con mordidas de rata en el cuerpo. Los hoyos fueron tapados y ahora, por lo menos, la gente ya no acostumbra aparecer en esas ominosas alcantarillas. Todas esas situaciones hacen que Cuernavaca sea, por definición, un ciudad áspera para habitar en tiempo de lluvia. Sin embargo, hace poco sus habitantes fueron testigos de un suceso que la hace asumir más que nunca el mote de ciudad de los muertos (cabe mencionar que durante 22 años de mi existencia, viví en una casa que había sido cementerio prehispánico). Durante los últimos aguaceros, ésos que arrasaron varios poblados de México, el sur de la ciudad no se fue indemne: las calles se inundaron casi un metro en algunas zonas. Una de ellas fue la del panteón de La Paz, acaso el más grande de la región. El agua, en las partes más ostentosas del cementerio, sólo cubrió tumbas y criptas; empero, los predios populares no corrieron con tanta suerte. La tierra mal puesta sobre ataúdes de mala calidad provocó que éstos salieran a la superficie; obvio: al chocar con algún objeto sólido, las cajas se desbarataron y los esqueletos se desperdigaron por el afluente. A la mañana siguiente, ya que había escampado, los habitantes de la zona se transportaron al desenlace de una batalla prehispánica en la que se había olvidado enterrar los cadáveres: cráneos, fémures y columnas vertebrales adornaban las aceras en franca venganza contra los mexicanos por tener esa rara costumbre de burlarse de la muerte. La nota no apareció en ningún periódico; supongo que fue más por autocensura de los editores que por una orden explícita del gobierno. Entre la gente de esas colonias, se supo de la frase de un teporochín que acaso resumía con sapiencia el hecho: "No andaban muertos, andaban de parranda".
CAS
martes, diciembre 23, 2003
miércoles, diciembre 17, 2003
martes, diciembre 16, 2003
lunes, diciembre 15, 2003
Saturday night live
¿Cómo narrarlo? Más allá de las convencionales rupturas de tiempo (ésas que ahora los jóvenes consideran iñarrituanas), partiré del origen: la imagen de la niña con los calzoncitos sucios, trepada en un árbol para ver los funerales de la abuela. Bueno, no es esa imagen pero una similar: Turner diciéndole al guitarrista de Café Tacuba "eres malísimo". Yoknapatawphacondesa. Y como la narración que se impone no es precisamente de cortes temporales sino estrictamente caliginosa, trataré de poner a consideración del lector una sucesión de figuras como si se las viera a través de un cristal empañado. Todo empezó en mi casita de la Del Valle, con el Fuc haciendo una exposición sobre la debacle priísta y Turner bebiendo de a vodka por minuto. El Herradura reposado, por su lado, quedó a la mitad y como ejercicio de política cartográfica enumeramos, como quien recita las preposiciones, los últimos diez secretarios de gobernación de este país. La comida nos agarró en La Barraca; comimos tortas inescrutables y paella fría. Fue entonces cuando vino uno de los puntos de ruptura: una mujer se acercó a la mesa; nos besó. Era Azul, pero no Azul la que le hizo una felación a Jermoc hace algunos años en una azotea, bajando me besó y ahora anda con un judicial, sino Azul de Coco, que en ese momento era como Azul y Buenas Noches porque el cabello ya no lo tenía de ese celeste intenso de cuando la conocimos y con el que no quiso bailar conmigo en un antro gay. Supimos quién era cuando vimos a Coco; nos increpó ("¿por qué no fueron a la venta de foto?"). No dijimos nada, pues en nuestros rostros era evidente la realidad cruda; Turner tuvo un conato de vómito. Ciao, ciao y un café. La Selva. Las revelaciones. Haré, sin embargo, un breve paréntesis para que se sepa un poco más acerca de uno de los convidados (el Fuc es un hombre serio: es un economista del Colegio de México que tiene como principal objetivo en la vida usar pantalones de pana y sacos de tweed; además empezó a utilizar anteojos, en parte porque hace intelectual y en parte porque el ocul(t)ista le dijo que de no hacerlo podía matar manejando a una mujer en silla de ruedas. Después de confesarme que ésa era su mayor ilusión, le hice entrar en razón y se compró los lentes. Bien, pues no se los compró una vez sino cinco en dos años. Los primeros fueron a imagen y semejanza de un muchacho que se llama Carlos Elizondo Serra Mayer, tecnócrata que aparecía en un programa que se llama Men and women in black y ahora es asesor foxista; después unos más baratos pero anaranjados y al final unos iguales a los de Henry Kissinger. El caso es que siempre los perdió: unos en el concierto del zócalo de Manú Chao, otros en un antro de ficheras, unos más se los rompí yo al comprobar que su armazón no era, como él había dicho segundos antes, "irrompible"; los últimos desaparecieron el sábado no sabemos en dónde. Perdón, lector, por el paréntesis, pero ya el maestro e.e. cummings lo había dicho: "La vida es un pequeño paréntesis"). El Centenario fue el siguiente paso y ahí se desgajaron las cosas. Tequilas, cervezas y vodka (sobra decir que les gané en dominó) De repente, como si las increpaciones fueran un designio celestial, un hombre feo (como Elba Esther pero en masculino) se acercó a la mesa. Le preguntó a Fuc si era tatuador (minutos antes había pintado en el brazo de Turner CON MI PLUMA CROSS algún símbolo diabólico). El dijo "sí". ¿Me puedes hacer uno aunque sea con pluma --MI PLUMA CROSS CON NUEVO REPUESTO--? Dijo cómo no. Le pintó algo; llegó su mujer, bueno, una niña que acababa de conocer que le besaba el cuello ("Tengo que llevarla a su casa temprano porque vive con sus papás", musitó minutos antes). Así, mientras el Fuc tatuaba a un güey desconocido con MI PLUMA CROSS CONOCIDíSIMA, yo le decía a la chavita que se echara una chela. "No puedo, apenas los conozco y... la verdad me dan miedo". Y cuando pensaba como un tipo como yo podía dar miedo llegó el güey de ¡Toques, joven, toques!... sí, el güey de los toques. Y Turner yo quiero; y el güey siendo tatuado o crossado, Yo también; a ver quién aguanta más, va, una apuesta, va, quien pierda invita la ronda que sigue. ¿Tú no quieres, Carlos? No, gracias, con tanto tequila adentro ahora mismo me rosariocastellanizo. Turner ganó; otra ronda. La niña le decía vámonos. El otro accedió; nos dio su tarjeta. Era editor. Publico bestsellers, mándenme uno. Dijimos que sí. Se fueron. El Fuc sonreía: sintió, con su obra, haber patentado una empresa como Publi Xlll pero en seres humanos.
El primer punto y aparte se debe a que en este momento debimos ir a dormir. Pero, como siempre, algún idiota dijo (es probable que haya sido yo) un último traguito, ¿no? Y mientras buscábamos un congal decente (un eufemismo en la Condesa) alguien tomo mi hombro. Sé, por las películas, que cuando alguien te hace eso es porque te van a pegar, entonces me adelanté. Cuando el puño estaba casi sobre el rostro del miserable, una vocecita dijo "¡Soy yo, Carlos, soy yo!". Era mi amigo Roberto Frías de Barcelona que departía en el antro de al lado con su chava, mi amiga Iliana, y otros cuates. Mua, mua, qué hacen aquí, cenando, ¿cuándo nos vemos? pronto, pronto, Me acuerdo, Roberto, de la vez que en Barcelona nos llevaste a tres bares inexistentes el mismo día, Sí, me acuerdo, lamento, por lo demás, no haberte traído tu absinth, Ejem, ejem, me esperan allá. Abrazos, besos, nos llamamos, bye. Turner y Fuc estaban en la barra. Yo les iba a decir que nos fuéramos, que ese no era el lugar indicado para beber, pero Fuc ya había pedido una bebida azul. El Fuc cada vez que va a algún antro pide siempre una bebida azul sin saber qué es, lo importante es que sea azul. Entonces, ya ahí, ordené un martini ("sin agitar, por favor, mano"). Mientras el dj que estaba enfrente de nosotros en la barra ponía lounge malo, terminábamos nuestros tragos rápidamente, cosa que lamentamos después por el dinero que tuvimos que pagar. Antes de irnos Turner dijo "ella quiera incorporarse a la plática". Atrás de mí había una mujer fatal tomado sola; me hice a un lado, la incorporamos; le pregunté si venía seguido, dijo que sí, diario, ¿Siempre te sientas en la barra? Sí, Sí, siempre se sienta en la barra, interrumpió el dj de enfrente con ojos saltones y espuma en la boca: es mi novia. Ah, la otra sonrió. Odié a Turner. Así, todavía sin saber lo que nos iban a cobrar después, hice una apoloradiografía de las barras de los bares gringos y europeos mientras la-novia-de-diskchucky asentía con pereza. Nos fuimos y entramos a un lugar donde nunca debimos hacerlo, entre otras cosas porque Turner tan pronto vio al guitarrista de Café Tacuba se le lanzó a la yugular ("¡Cómo puede haber alguien tan poco serio para titular un disco Oso!"). Rescatamos al pobre güey; Fuc se la llevó a la calle y yo me encontré al uruguayo (el uruguayo era novio de una amiga que había andado con el mayor dealer de Coyoacán y con el que Olis estuvo a punto de pelearse --sobra decir que yo también le iba a entrar-- un día que el dealer llevaba pistola y nosotros no. Dios bendito no pasó nada. Después el novio fue el uruguayo; recuerdo que en las fiestas aguantaba muy poco alcohol y solía recalar en el sillón de la esquina para dormirse. Tan pronto su novia lo veía ahí, muerto, solicitaba una charola llena de cubas. Acto seguido le habría la boca y le metía una tras otra. Una vez el pobre uruguayo tuvo una congestión). Hola hola, ciao ciao. Era necesario irse.
A la distancia, y al final de esta narración-terapia, es mi deber hacer una reflexión que nos ilustre dónde andamos; sobre todo evidenciar de nuevo la vileza humana y, por extensión, nuestra estulticia: ¿qué chingados hacíamos en la Condesa en antros insufribles, pagando a 95 varos el trago? Al día siguiente, delante de unas soberbias micheladas, nos lo preguntamos. Nadie supo la respuesta. Turner se miró el brazo y vio el crosstatuaje de Fuc. Ya casi no se percibía; se difuminaba en un palmo de piel blanca como la leche y nos hacía pensar, de nuevo, si lo vivido había sido real o una ilusión más, una trampa cotidiana del tiempo, de una perversión mnemotécnica. Cada quien dio su versión de las cosas. Las escenas venían por flashazos, por recortes transversales turbios. La memoria colectiva. Al final coincidimos que de todos modos había sido un sábado más y, como diría el Morc, el siguiente estaba cerca.
CAS
¿Cómo narrarlo? Más allá de las convencionales rupturas de tiempo (ésas que ahora los jóvenes consideran iñarrituanas), partiré del origen: la imagen de la niña con los calzoncitos sucios, trepada en un árbol para ver los funerales de la abuela. Bueno, no es esa imagen pero una similar: Turner diciéndole al guitarrista de Café Tacuba "eres malísimo". Yoknapatawphacondesa. Y como la narración que se impone no es precisamente de cortes temporales sino estrictamente caliginosa, trataré de poner a consideración del lector una sucesión de figuras como si se las viera a través de un cristal empañado. Todo empezó en mi casita de la Del Valle, con el Fuc haciendo una exposición sobre la debacle priísta y Turner bebiendo de a vodka por minuto. El Herradura reposado, por su lado, quedó a la mitad y como ejercicio de política cartográfica enumeramos, como quien recita las preposiciones, los últimos diez secretarios de gobernación de este país. La comida nos agarró en La Barraca; comimos tortas inescrutables y paella fría. Fue entonces cuando vino uno de los puntos de ruptura: una mujer se acercó a la mesa; nos besó. Era Azul, pero no Azul la que le hizo una felación a Jermoc hace algunos años en una azotea, bajando me besó y ahora anda con un judicial, sino Azul de Coco, que en ese momento era como Azul y Buenas Noches porque el cabello ya no lo tenía de ese celeste intenso de cuando la conocimos y con el que no quiso bailar conmigo en un antro gay. Supimos quién era cuando vimos a Coco; nos increpó ("¿por qué no fueron a la venta de foto?"). No dijimos nada, pues en nuestros rostros era evidente la realidad cruda; Turner tuvo un conato de vómito. Ciao, ciao y un café. La Selva. Las revelaciones. Haré, sin embargo, un breve paréntesis para que se sepa un poco más acerca de uno de los convidados (el Fuc es un hombre serio: es un economista del Colegio de México que tiene como principal objetivo en la vida usar pantalones de pana y sacos de tweed; además empezó a utilizar anteojos, en parte porque hace intelectual y en parte porque el ocul(t)ista le dijo que de no hacerlo podía matar manejando a una mujer en silla de ruedas. Después de confesarme que ésa era su mayor ilusión, le hice entrar en razón y se compró los lentes. Bien, pues no se los compró una vez sino cinco en dos años. Los primeros fueron a imagen y semejanza de un muchacho que se llama Carlos Elizondo Serra Mayer, tecnócrata que aparecía en un programa que se llama Men and women in black y ahora es asesor foxista; después unos más baratos pero anaranjados y al final unos iguales a los de Henry Kissinger. El caso es que siempre los perdió: unos en el concierto del zócalo de Manú Chao, otros en un antro de ficheras, unos más se los rompí yo al comprobar que su armazón no era, como él había dicho segundos antes, "irrompible"; los últimos desaparecieron el sábado no sabemos en dónde. Perdón, lector, por el paréntesis, pero ya el maestro e.e. cummings lo había dicho: "La vida es un pequeño paréntesis"). El Centenario fue el siguiente paso y ahí se desgajaron las cosas. Tequilas, cervezas y vodka (sobra decir que les gané en dominó) De repente, como si las increpaciones fueran un designio celestial, un hombre feo (como Elba Esther pero en masculino) se acercó a la mesa. Le preguntó a Fuc si era tatuador (minutos antes había pintado en el brazo de Turner CON MI PLUMA CROSS algún símbolo diabólico). El dijo "sí". ¿Me puedes hacer uno aunque sea con pluma --MI PLUMA CROSS CON NUEVO REPUESTO--? Dijo cómo no. Le pintó algo; llegó su mujer, bueno, una niña que acababa de conocer que le besaba el cuello ("Tengo que llevarla a su casa temprano porque vive con sus papás", musitó minutos antes). Así, mientras el Fuc tatuaba a un güey desconocido con MI PLUMA CROSS CONOCIDíSIMA, yo le decía a la chavita que se echara una chela. "No puedo, apenas los conozco y... la verdad me dan miedo". Y cuando pensaba como un tipo como yo podía dar miedo llegó el güey de ¡Toques, joven, toques!... sí, el güey de los toques. Y Turner yo quiero; y el güey siendo tatuado o crossado, Yo también; a ver quién aguanta más, va, una apuesta, va, quien pierda invita la ronda que sigue. ¿Tú no quieres, Carlos? No, gracias, con tanto tequila adentro ahora mismo me rosariocastellanizo. Turner ganó; otra ronda. La niña le decía vámonos. El otro accedió; nos dio su tarjeta. Era editor. Publico bestsellers, mándenme uno. Dijimos que sí. Se fueron. El Fuc sonreía: sintió, con su obra, haber patentado una empresa como Publi Xlll pero en seres humanos.
El primer punto y aparte se debe a que en este momento debimos ir a dormir. Pero, como siempre, algún idiota dijo (es probable que haya sido yo) un último traguito, ¿no? Y mientras buscábamos un congal decente (un eufemismo en la Condesa) alguien tomo mi hombro. Sé, por las películas, que cuando alguien te hace eso es porque te van a pegar, entonces me adelanté. Cuando el puño estaba casi sobre el rostro del miserable, una vocecita dijo "¡Soy yo, Carlos, soy yo!". Era mi amigo Roberto Frías de Barcelona que departía en el antro de al lado con su chava, mi amiga Iliana, y otros cuates. Mua, mua, qué hacen aquí, cenando, ¿cuándo nos vemos? pronto, pronto, Me acuerdo, Roberto, de la vez que en Barcelona nos llevaste a tres bares inexistentes el mismo día, Sí, me acuerdo, lamento, por lo demás, no haberte traído tu absinth, Ejem, ejem, me esperan allá. Abrazos, besos, nos llamamos, bye. Turner y Fuc estaban en la barra. Yo les iba a decir que nos fuéramos, que ese no era el lugar indicado para beber, pero Fuc ya había pedido una bebida azul. El Fuc cada vez que va a algún antro pide siempre una bebida azul sin saber qué es, lo importante es que sea azul. Entonces, ya ahí, ordené un martini ("sin agitar, por favor, mano"). Mientras el dj que estaba enfrente de nosotros en la barra ponía lounge malo, terminábamos nuestros tragos rápidamente, cosa que lamentamos después por el dinero que tuvimos que pagar. Antes de irnos Turner dijo "ella quiera incorporarse a la plática". Atrás de mí había una mujer fatal tomado sola; me hice a un lado, la incorporamos; le pregunté si venía seguido, dijo que sí, diario, ¿Siempre te sientas en la barra? Sí, Sí, siempre se sienta en la barra, interrumpió el dj de enfrente con ojos saltones y espuma en la boca: es mi novia. Ah, la otra sonrió. Odié a Turner. Así, todavía sin saber lo que nos iban a cobrar después, hice una apoloradiografía de las barras de los bares gringos y europeos mientras la-novia-de-diskchucky asentía con pereza. Nos fuimos y entramos a un lugar donde nunca debimos hacerlo, entre otras cosas porque Turner tan pronto vio al guitarrista de Café Tacuba se le lanzó a la yugular ("¡Cómo puede haber alguien tan poco serio para titular un disco Oso!"). Rescatamos al pobre güey; Fuc se la llevó a la calle y yo me encontré al uruguayo (el uruguayo era novio de una amiga que había andado con el mayor dealer de Coyoacán y con el que Olis estuvo a punto de pelearse --sobra decir que yo también le iba a entrar-- un día que el dealer llevaba pistola y nosotros no. Dios bendito no pasó nada. Después el novio fue el uruguayo; recuerdo que en las fiestas aguantaba muy poco alcohol y solía recalar en el sillón de la esquina para dormirse. Tan pronto su novia lo veía ahí, muerto, solicitaba una charola llena de cubas. Acto seguido le habría la boca y le metía una tras otra. Una vez el pobre uruguayo tuvo una congestión). Hola hola, ciao ciao. Era necesario irse.
A la distancia, y al final de esta narración-terapia, es mi deber hacer una reflexión que nos ilustre dónde andamos; sobre todo evidenciar de nuevo la vileza humana y, por extensión, nuestra estulticia: ¿qué chingados hacíamos en la Condesa en antros insufribles, pagando a 95 varos el trago? Al día siguiente, delante de unas soberbias micheladas, nos lo preguntamos. Nadie supo la respuesta. Turner se miró el brazo y vio el crosstatuaje de Fuc. Ya casi no se percibía; se difuminaba en un palmo de piel blanca como la leche y nos hacía pensar, de nuevo, si lo vivido había sido real o una ilusión más, una trampa cotidiana del tiempo, de una perversión mnemotécnica. Cada quien dio su versión de las cosas. Las escenas venían por flashazos, por recortes transversales turbios. La memoria colectiva. Al final coincidimos que de todos modos había sido un sábado más y, como diría el Morc, el siguiente estaba cerca.
CAS
sábado, diciembre 13, 2003
Las razones por las que los futbolistas mexicanos no tiene suerte en el extranjero son muy sencillas. Por ejemplo, Rafa Márquez no es titular en el Barcelona; para el partido de hoy frente al Español, por la lesión y suspensión de Puyol, pudo jugar de titular y en su posición natural de defensa central. Hace un momento empezó el segundo tiempo en Montjuic y a Márquez lo acaban de expulsar justamente. Por eso sabemos que en el caso del futbol mexicano, pase lo que pase, la suerte está echada.
CAS
CAS
jueves, diciembre 11, 2003
miércoles, diciembre 10, 2003
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Una vez, cuando era gobernador de Guanajuato, le preguntaron a Vicente Fox cuáles eran sus lecturas favoritas. Fox respondió, con toda seguridad como debe hacerlo un mandatario, que los libros sobre liderazgos internacionales: Mahatma Gandhi, Juan Pablo II, Vaclav Havel, Lech Walesa, Mihail Gorbachov; asimismo, dijo que le encantaba leer sobre los cristeros, "ésos son los que me inspiran, me dan fuerza, esa autenticidad de la gente humilde, esa entrega total y absoluta, esa pasión por luchar por un ideal..." Cuando le preguntaron de qué político o pensador había aprendido, no dudó en responder que de Tony Blair, Alberto Fujimori y William Clinton (El Nacional, Suplemento "Lectura", 16 de mayo de 1998). Por eso hay que seguir los consejos de Fox cuando dice que sin la lectura vamos a ser más felices.
CAS
Una vez, cuando era gobernador de Guanajuato, le preguntaron a Vicente Fox cuáles eran sus lecturas favoritas. Fox respondió, con toda seguridad como debe hacerlo un mandatario, que los libros sobre liderazgos internacionales: Mahatma Gandhi, Juan Pablo II, Vaclav Havel, Lech Walesa, Mihail Gorbachov; asimismo, dijo que le encantaba leer sobre los cristeros, "ésos son los que me inspiran, me dan fuerza, esa autenticidad de la gente humilde, esa entrega total y absoluta, esa pasión por luchar por un ideal..." Cuando le preguntaron de qué político o pensador había aprendido, no dudó en responder que de Tony Blair, Alberto Fujimori y William Clinton (El Nacional, Suplemento "Lectura", 16 de mayo de 1998). Por eso hay que seguir los consejos de Fox cuando dice que sin la lectura vamos a ser más felices.
CAS
lunes, diciembre 08, 2003
Gastritis
El reflujo viene como letra capitular en una edición decimonónica con lomo de oro: implacablemente. Sucede, entonces, el sudor y la falta de oxígeno por lo de la revolución interna. La opresión en el pecho, no está de más decirlo, es la del toro al ser marcado por un fierro al rojo vivo (quizá su nombre sea Asterión). Se dice, por tanto, que la única manera de calmar el estallido es atacarlo por dentro. ¿Cómo se apaga el fuego interior de una entraña indescifrable? La espada, Tristán, la imposibilidad. Y aunque el revulsivo sea contundente, los minutos de punzada son similares a parir un dragón. ¡Damas y caballeros, el parto del fuego! En sí, las tesis más arriesgadas revelan una postura conservadora. P-E-R-O-G-R-U-LL-O; explican un asunto acerca de hoyos, de úlceras dantescas duras de combatir. Haré, pues, una analogía: la ebullición en ascenso es como el instante antes de la muerte de los suicidas. El lago Wannsee y dos corazones detenidos o el buque Orizaba y un Hart Crane ahogado; quizás la sensación pueda ser la misma que observar a dos mariquitas pelear a orillas del río Neckar. Mi idea, sin embargo, es la siguiente: verter alcohol en la herida para cauterizar el pasado, al cabo es nuestro deber olvidarlo. El contraveneno correcto hay que llevarlo invariablemente en la cartera; es de sabor espeso y, se dice, hace que a los hombres les crezca el pecho, casi como senos de mujer lactante. Para aquéllos que duden del antídoto, diré hoy y siempre: va mi sable en prenda por una ranitidina.
CAS
El reflujo viene como letra capitular en una edición decimonónica con lomo de oro: implacablemente. Sucede, entonces, el sudor y la falta de oxígeno por lo de la revolución interna. La opresión en el pecho, no está de más decirlo, es la del toro al ser marcado por un fierro al rojo vivo (quizá su nombre sea Asterión). Se dice, por tanto, que la única manera de calmar el estallido es atacarlo por dentro. ¿Cómo se apaga el fuego interior de una entraña indescifrable? La espada, Tristán, la imposibilidad. Y aunque el revulsivo sea contundente, los minutos de punzada son similares a parir un dragón. ¡Damas y caballeros, el parto del fuego! En sí, las tesis más arriesgadas revelan una postura conservadora. P-E-R-O-G-R-U-LL-O; explican un asunto acerca de hoyos, de úlceras dantescas duras de combatir. Haré, pues, una analogía: la ebullición en ascenso es como el instante antes de la muerte de los suicidas. El lago Wannsee y dos corazones detenidos o el buque Orizaba y un Hart Crane ahogado; quizás la sensación pueda ser la misma que observar a dos mariquitas pelear a orillas del río Neckar. Mi idea, sin embargo, es la siguiente: verter alcohol en la herida para cauterizar el pasado, al cabo es nuestro deber olvidarlo. El contraveneno correcto hay que llevarlo invariablemente en la cartera; es de sabor espeso y, se dice, hace que a los hombres les crezca el pecho, casi como senos de mujer lactante. Para aquéllos que duden del antídoto, diré hoy y siempre: va mi sable en prenda por una ranitidina.
CAS
viernes, diciembre 05, 2003
jueves, diciembre 04, 2003
Parque México
El agua se acerca, me dijo. Tenía razón. Dejé de pensar en el sinnúmero de nimiedades que ataban mi memoria y nos levantamos. Sabes para qué sirven los parques, me preguntó. Alcé las cejas pensando que las maravillas son imposibles de enunciar porque se tratan de los juguetes de Dios. Pero ella esperaba que de mi boca saliera cuando menos una palabra. Para vivir, creo, contesté. Pareció satisfecha y seguimos caminando. Olía a lluvia. Más adelante concluí que acaso ella buscaba un respuesta más mundana, circunstancial. Rompí la estela del silencio de varios minutos y agregué: también para jugar, ¿no te parece? Sonrió complacida y se arropó entre mis brazos. Lo curioso fue que no abandonamos el parque, más bien dimos vueltas alrededor. Mientras su espalda se entibiaba con mi cuerpo, me acordé del complejo de surco del que me había hablado. Tres niños lozanos pasaron frente a nosotros persiguiendo una pelota gris. Ella apretó su cintura con la mía. No te parece simpático que se llame Parque México, preguntó. Asentí sin muchas ganas: sabía adónde encaminaba la plática y no quería llegar hasta ahí. Si los parques son para jugar, prosiguió, entonces lo que sucede aquí, en este lugar con este nombre, es el devenir de un espacio bienaventurado, extendido a muchos otros más, indivisibles y perversos. Todos ellos son el país del juego. Caminamos una hora más en silencio. La lluvia nunca llegó.
CAS
El agua se acerca, me dijo. Tenía razón. Dejé de pensar en el sinnúmero de nimiedades que ataban mi memoria y nos levantamos. Sabes para qué sirven los parques, me preguntó. Alcé las cejas pensando que las maravillas son imposibles de enunciar porque se tratan de los juguetes de Dios. Pero ella esperaba que de mi boca saliera cuando menos una palabra. Para vivir, creo, contesté. Pareció satisfecha y seguimos caminando. Olía a lluvia. Más adelante concluí que acaso ella buscaba un respuesta más mundana, circunstancial. Rompí la estela del silencio de varios minutos y agregué: también para jugar, ¿no te parece? Sonrió complacida y se arropó entre mis brazos. Lo curioso fue que no abandonamos el parque, más bien dimos vueltas alrededor. Mientras su espalda se entibiaba con mi cuerpo, me acordé del complejo de surco del que me había hablado. Tres niños lozanos pasaron frente a nosotros persiguiendo una pelota gris. Ella apretó su cintura con la mía. No te parece simpático que se llame Parque México, preguntó. Asentí sin muchas ganas: sabía adónde encaminaba la plática y no quería llegar hasta ahí. Si los parques son para jugar, prosiguió, entonces lo que sucede aquí, en este lugar con este nombre, es el devenir de un espacio bienaventurado, extendido a muchos otros más, indivisibles y perversos. Todos ellos son el país del juego. Caminamos una hora más en silencio. La lluvia nunca llegó.
CAS
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