Police station
CAS
Algunas notas desde la colonia Del Valle de la Ciudad de México, by CAS
-Pequeños, grandes huesos, cartílagos
aun hay jaulas más crueles.
Paciencia, blancos relámpagos
en la cárcel de mi carne.
Tórax, deja sin temor
que te llene el aire claro
¿No comprendes tú que el sol
te alcanza desde los cielos?
Escucha, húmero sombrío
la noche carnal es dulce.
No hay que pensar todavía
en la flauta de los muertos.
Y tú, rosario de huesos, columna vertebral,
que no desgranará ninguna mano,
aleja de nosotros esa hora enemiga,
roguemos por el río que nos riega la vida
y hacia nuestras pupilas inquieto se apresura.
Ignominia
La función de este tipo de notas ("Misterios y sinrazones del ser humano alimentaron a Lowry") es engrosar la estulticia de la humanidad. Es de sobra sabido la veneración a Malcolm Lowry de aquellos individuos que se sienten malditos, esto es, que se vanaglorian de grandes alcohólicos (¿quién podría enorgullecerse de ello?), que viven sus días a flor de piel o simplemente que le muestran al mundo su irreverencia porque nunca se pusieron una corbata. Lo que llama curiosamente la atención es que con normalidad se hable de la vida dipsómana de Lowry (murió ahogado en su propio vómito) y no de la grandeza de su única novela publicada en vida, Bajo el volcán (Ultramarina es un maquinazo de juventud). Ah, es cierto: se habla del Volcán porque se pretende a Lowry como un alter ego del Cónsul Geoffrey Firmin, el beodo protagonista de la novela al que matan en la cantina El farolito. Sucede, entonces, que se abandona el texto y se exaltan las virtudes etílicas de Lowry. Sin recalcar que habría que ser un soberano pendejo para pensar en esas cualidades como virtudes, hay gente que pretende inaugurar una religión lowriana, o por lo menos hacerlo santo (véase ese librín San Malcolm en las cantinas). A fuerza de ser sinceros, Lowry jamás hubiera sido mi amigo y los más probable es que, de conocerlo, hubiéramos terminado a las trompadas (pinche borracho). Pero como de tarados está lleno el mundo, dejemos que sigan publicándose notas de este tipo, sobre todo cuando se trata de periodistas con aspiraciones literarias (como casi todos) y que pueden decir que despachan en una cantina del centro de DF. Y así nada más, pues aquella persona que haya leído a conciencia el Volcán no tendrá escapatoria: odiará la novela como a los seres queridos y dejará por la paz a un tal Lowry que jamás escribió una novela llamada Bajo el volcán.
Jamás apareció qué quería oír. Sufro,
CAS
Existen estrategias tangenciales que bien podrían funcionar, entre otras, asumirse como Xavi Villarrutis y decirle en tono cavernoso "Mi voz quemadura" (usted podría sufragar la falta de concordancia de un poeta malo y recitarle también "Mi voz quema dura"); si ama los cómics, no hay de otra y bánquesela. Ruja: "I´m Hellboy and you're my girlfriend"; cuando es de esas mujeres autogestivas, como buena feminista, hay que acorralarla: dígale que es fantástica y oríllela a la autocalentada por convicción. Es muy probable que tarde o temprano brame: "¡Llamas a mí!". La última sugerencia de nota a pie es un tanto vulgar pero puede funcionar: llévela a un antro aburridísimo y grítele "Pero mi reina, ¡préndete!".
Pero si de detalles avezados se trata, regresaríamos al célebre díctum de Octavio Paz: "las palabras, esas putas". Comience tranquilo y recítele la frase de don Octavio sobre Jaime Torres Bodet: "Leer a Dostoievsky era esperar cada mañana el incendio del sol". Más adelante: "Tengo una llama doble que me consume y anhelaría compartirla contigo"; por último diga contundentemente: "Somos piedra de sol". Habrá que tener mucho cuidado y no exagerar la nota, pues le podría suceder lo que a Paz: en un arrebato de ardor interno, poético, por supuesto, el miserable reventó e incendió su departamento. Por eso, la enseñanza final que debería retomarse de Paz es decirle, simple y tautológicamente, "Puta". Ella arderá de coraje por la sibilina palabra y pensará de nuevo, con toda razón, que los hombres siguen siendo seres básicos, procaces y gélidos.
CAS
PD. Después de publicar lo anterior, llegó al blog un nuevo cibernauta con la siguiente pregunta: "¿Cómo le asen para calentar a una chava?". Chet.
pararse. La ecuación vial funciona a cabalidad: yo me baño con agua fría desde hace tres días y sufro en la ducha; no puedo cocinar (hoy en la mañana hice unos huevos en el horno de microhondas y desayuné pudín de huevos a la mexicana) y mi vecina Juanita sigue viva porque los microbuseros son unos ineptos que no pueden centrar a una pobre vieja de 132 años (llevaba mucho tiempo sin hablar de ella, pero eso no quiere decir que la haya extraído de mi lista de personas a las que hay que matar). Por si fuera poco estoy tomado metrodinazol, una medicina en principio para las amibas pero que el doctor me recetó porque no creía que fuera a dejar el trago. Si uno ingiere alcohol con metrodinazol es equivalente a tener un poco de nitroglicerina en el estómago, osease, por principo de cuentas no es aconsejable porque un movimiento en falso y ¡bum! Pero ese hombre de poca fe no creyó en la mía que quizás no mueve montañas pero sí a Juanita si estuviera al borde de un quinto piso. Ni modos, pues: ya tendré que desquitarme con mis estudiantes y ponerlos a leer a Braudel. Después de tanto tiempo de dar clases me he dado cuenta de que además de ahorrarse la terapia, los alumnos se convierten en el punching bag perfecto ante la vicisitudes cotidianas; no sólo se tira la energía negativa en el aula y se les reprueba: también te pagan por ello. Son rostros acompasados. La imágenes se pierden en un vértice invisible y piden paz. Atrás una iglesia cobija la indulgencia. También son mujeres. Y también son sujetos anónimos. Son retratos de personas muertas y con ellos se apela a su recuerdo. Algunas sonríen; otras asumen un semblante implacable que indica incertidumbre. Muchas de ellas sabrán que su cara ha sido atrapada en la eternidad cuando se vean en la plancha del Zócalo (el corazón de un país en forma de cuerno se diría: una plancha en la morgue). Toda sucesión de rostros expuesta en un espacio público implica, por principio, una circunstancia aciaga: desaparecidos, crímenes irresueltos, secuestrados, muertas en una ciudad fronteriza, acribillados en una terminal de tren o mineros asfixiados. ¿Quiénes serán estas miserables que ahora maquilan y maquillan la plaza pública? En el silencio llevarán la penitencia: el rezo es inevitable pues su adoquinado faccioso es el cimiento de la casa del Señor. Ésta es la imagen de una primera plana. Son mujeres y el decisivo obturador de una cámara fotográfica muestra que han muerto. Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. Pero de la muerte también se regresa y el pie de foto sugiere algo más: la expiación de nuestras mujeres ha pasado por la voluntad sobre su cuerpo (he aquí la perogrullada. Hela y hela). Entonces decidieron no morir y evitaron el óbito en vida de seres humanos inocentes. Ahora sabemos que sus facciones pueden ser captadas en lo sucesivo para asumir las muertes necesarias y que si bien la felicidad no es prohibirle a un cigoto que se desarrolle y nazca, tampoco lo es un niño no deseado. Son ellas, más de 11 mil mujeres, las que han decidido abortar de manera segura al amparo de una nueva legalidad. El collage del Zócalo no es ya más el recuerdo funesto de las injusticias sino la memoria intacta de aquéllas que han podido elegir y que también morirán en algún momento. Pero eso ya no importa.
CAS
Foto: Carlos Ramos Mamahua