CAS en Bellas Artes sobre Malcolm Lowry
lunes, enero 20, 2014
martes, octubre 15, 2013
viernes, octubre 11, 2013
Últimos textos en antologías
Carlos Antonio de la Sierra, "Los legionarios de Cristo. El cuento joven en México" en Alfredo Pavón (comp.) Historia crítica del cuento mexicano del siglo XX, Tomo II, Xalapa, Universidad Veracruzana, 2013, pp. 993-1003.
Carlos Antonio de la Sierra, "Bajo el volcán: la tragedia de Jacques Laruelle" en Sobre Lowry, Cuernavaca, La cartonera, 2012. pp. 29-40.
Carlos Antonio de la Sierra, "El maguey y la piedra. María de la Fuente y Pablo O'Higgins" en Más parejas en el arte mexicano, México, Arterisco, 2012, pp. 50-63.
CAS
martes, septiembre 03, 2013
Adiós,
mezcal
“Mezcal”, dijo el Cónsul. “Mezcal”, ha resonado
el balbuceo como evocación interminable. Hemos, pues, de brincar de un
sonambulismo a otro, driblar el despeñadero de la sobriedad, ahí donde la gente
era ecuánime y dichosa. Quien haya tomado un trago de mezcal nunca volverá a
ser el mismo. Y es en las comisuras donde empieza el milagro: la no sonrisa
horizontal donde los labios se humedecen y un aroma ignoto se refugia
tenuemente en la palidez del carmesí. El mezcal se toma con infinita paciencia
y ¡ay de aquel que ose arrebatar su cuerpo de un solo trago! Jamás se piensa en
él como un precario truco de magia: el elíxir se vierte como quien bebe la
eternidad y a su paso le da luz y color a la hidrografía de los paladares mundanos.
Beber mezcal no es cosa menor; vivir el mezcal es asistir al prodigio
inimitable de un estado mental, ahí donde la gota es río y el río zumo que se
desborda por labios descastados, desflorados por una humedad insomne, ésa de
los corazones de la tierra.
La
siguiente confesión será compartida: no hay aguardiente de agave que no genere
un silencio terrorífico. Pero ésos, como todos sus hermanos producidos en un
país en forma de cuerno, no tienen matices corporales, personalidad propia, y
se les conoce con el nombre genérico de mezcales. No obstante, y hay que decir
que acudiremos a un épico parto semántico, hay una diferencia de matiz en su
nomenclatura: no es lo mismo mezcales que mezcal (recuerdo esa anécdota del
amigo que llegaba a la casa y, a pregunta expresa de qué le gustaría tomar, contestaba
de inmediato: “Tequilas, por favor”). Por ello, en esa minucia lingüística
también está su esencia espirituosa: el mezcal se ingiere de uno en uno y en
cada vaso el venturoso bebedor se reconstruye internamente: una tinta indisoluble
tatúa su cuerpo por dentro. Primero se sentirán como diez metros de alambre de
púas; después como echarle alcohol a la herida abierta y centellante; ya en el
fondo, el líquido creará el hombre nuevo e ilustrado que habitará en el otro
lado de la piel (manchado y mancillado en la entraña, pues, para evitar
confusiones con los adoradores de la Ilustración). La historia del mezcal, a
diferencia de la del tequila que es inexistente, crece en la oscuridad de los
conductos sanguíneos de los personajes tocados por la divinidad; son anales
trasnochados y luctuosos que aceptan sin más una victoria pírrica. Soy hombre
sin razón. Soy hombre sin-sentido. Soy bebedor de mezcal y su historia creció
en mí como árbol adentro. Soy bebedor de mezcal y ya no hay resquicio dentro mío
para ser tallado. Soy un cauce rebasado. Soy hijo del aguardiente del no se
puede creer y sin embargo he creído en él. He tomado mezcal y mi acta de
defunción tiene una rúbrica anticipada.
Durante
mucho tiempo el mezcal me ha acompañado como escudero fiel. He degustado las mieles
de miles de piñas y en cada sorbo atestigüé un nuevo hechizo de la creación. He
acreditado la existencia de infinidad de cepas y acaso ya no hay más agave para
una garganta mallugada, una úvula enllagada, ensangrentada, en descomposición.
El mezcal es una bebida de fuegos imperecederos: un trago lo enciende; el otro
lo apacigua. Uno más lo renueva. Alguna vez dije que era una bebida de
cabotaje. Estaba equivocado: quien ha sido tocado por la sirena de su savia
jamás regresa a tierra firme. El mezcal es una bebida de mar abierto y abandono
absoluto: quien lo bebe se enfrentará a una brújula vacilante, el mismo mezcal
sin señal del norte. Si he de pensar en una figura alegórica, entonces me iré
con la del rescoldo interminable: ese espacio omnímodo, alejado de la
incandescencia y de la oscuridad plenas, que no termina por apagarse nunca.
Por
años he bebido mezcal, he escrito sobre él. ¿Por qué algo tan prosaico atrae la
suficiente atención para no dejar de pensarlo, sentirlo, padecerlo? He asistido
a sus embrujos y he fracasado en narrarlos, en dar cuenta de ellos al vislumbrarlos
como ecuaciones matemáticas. Pero no: ahí está su vigor como memoria inexpugnable
de la piel. Bastará arrojarme una brasa para hacerme rescoldo eterno, amante
mezcal y fuego invisible. Adiós, mezcal: soy hombre muerto y juro que por fin he
de dejarte en paz.
CAS
Texto publicado en el número 65 de la revista El jolgorio cultural.
viernes, agosto 09, 2013
CAS en la Capilla Alfonsina
LITERATURA Y TRANGRESIÓN
Autores
inconfesables: Georges Bataille.
En este ciclo,
Carlos Antonio de la Sierra hará una exploración por los autores que han sido considerados transgresores en la
historia de la literatura. Durante estas sesiones abordará la vida y obra de
personalidades como Emile Cioran, Stefan Zweig y Peter Handke, entre otros.
En esta
ocasión hablará sobre Georges Bataille, nacido en 1897 en Francia, y que fuera
considerado un pornógrafo por excelencia. A través de la literatura y el
ensayo, formuló una aguda crítica a la racionalidad de la palabra escrita y al
concepto clásico de sujeto. Buscó despojar a sus textos de toda retórica para
aproximarse a lo que él llamaba "la desnudez del ser".
Participa:
Carlos Antonio de la Sierra
Martes 13 de
agosto, 19:00 horas
CAPILLA
ALFONSINA, Benjamín Hill No. 122, Col. Condesa (Metro Patriotismo) Tel. 55 15
22 25
Entrada libre
CAS
sábado, julio 27, 2013
viernes, julio 26, 2013
Mis amigos muertos
Cada vez que ha fallecido un amigo, he escrito sobre él. Quizás pueda llamársele obituario, corona fúnebre, homenaje o simplemente recuerdo. Y lo he hecho porque acá, de este lado del túnel, es donde hay que valorar una vida transcurrida. ¿Habrán querido morirse? Sin duda que no. Pero qué más da: ya están muertos y jamás sabrán que lo están. Y sin embargo varios de ellos no hicieron mucho por mantenerse en esta ribera nuestra. ¿Se pueden criticar decisiones tan rotundas que acaso no pasen por la racionalidad? ¿Son conscientes acciones como beber días seguidos hasta llegar al hospital para que éste los expulse sólo a la morgue; para ser lo suficientemente descuidados y trabajar cerca de un cable de alta tensión sin resguardo alguno; o simplemente para lanzarse de un puente de sesenta metros directo al pavimento? No lo sé. Lo que sí sé es que esa gente a la que he amado y que ya no está con nosotros (ese plural que nos abarca y prefigura porque no somos los únicos en padecer la ausencia), hace que me dé cuenta, hoy más que nunca, que no me quiero morir; más allá de eso: que no quiero pasar a formar parte de un club de amigos muertos (por eso odié esa película La sociedad de los poetas muertos, porque ninguno de esos pendejitos supo valorar su propia vida. Poetas muertos... ya quisiera ver a esos bergantes, y a cualquiera que se considere maldito, frente al pelotón de fusilamiento); mucho menos que mi gente sufra por eso. Todos nos vamos a morir (y perdón si en este momento estoy exhibiendo una epifanía o haciendo una revelación última), pero a mí me falta mucho tiempo. Ignoro cuánto. Sin embargo si sé que no soy Héctor frente Andrómaca y que mi enemigo de mañana no es Aquiles. Las batallas también pueden evitarse, aunque ya nadie en su candor de capa y espada piense en uno; falta acaso entender las deserciones como los actos más honorables que existen. El punto es que no percibimos que acaso la idea del exilio es el paraíso, un estadio de bienandanza que se construye con otros pilares, con cimientos más profundos y briosos que los moralmente condenados. Hay que cruzar el Rubicón para entrar en el laberinto y encontrar en esa habitación sin salida lo que resta de vida: matar a Caronte para evitar el Hades; cohabitar con Asterión, pues, esa magnífica bestia que nos acompaña en todo espejo. He ahí la morada perfecta e imperecedera.
Yo quiero seguir vivo gracias a mis amigos muertos, a ésos a los que amé y me dieron el salvoconducto celestial para mantenerme en este lado del río (confío en el Miguel Strogoff que hay en alguna parcelita de mi alma). Julio, lo he dicho, es el mes que más detesto y el que más quiero. Hoy día, ahora que cae la tarde y no hay más que verde en mi mirada, es lo único que amo: es así porque sus días me han hecho tomar la decisión de llegar hasta el siguiente julio y seguirlo amando y odiando por igual.
CAS
jueves, julio 11, 2013
De escuderos y damas de compañía
Existen bebidas que se toman juntas pero no revueltas. Quizás
sea importante agregar que se beben a la vez pero no mezcladas, esto es,
funcionan como acompañantes, o como dirían los anglosajones: como chasers. El tequila, por ejemplo, suele
tener como cortesano un caballito de sangrita, preparado de jugo de tomate, limón, naranja y salsas picantes y
sazonadoras. Pero también puede estar escoltado por una rodaja de limón y una
pizca de sal. Después del trago de agave azul, una chupada de limón con sal
hará más dócil el tránsito y la nostalgia entre la una y las tres de la tarde
será breve. Hay personas que consideran el encuentro bucal con el cuerpo del
cítrico un acto rupestre y le apuestan al nacionalismo. Es la gente que en un
bar pide “Una bandera, por favor”. A su mesa llega un caballito de tequila
blanco, escudado a los lados por uno de sangrita y otro de jugo de limón. El
encuentro con el águila y su escudo será en la garganta del afortunado bebedor
tricolor, ahí donde su boca es ya un nuevo lago de Texcoco. Algunos otros
acostumbran sopesar el trago fuerte con una cerveza. En esta diligencia el
galope del agave se desliza más pausado, más a trote lento por las papilas pero
sin perder por completo la sensación de que ese recinto nunca más será el mismo.
El punto es irrelevante: un trago de cerveza tras un buen tequila perlado es
sólo una mutación inocua. El mezcal, por su parte, también tiene su comparsa.
Si bien, como el tequila, puede ser seguido por cerveza en cada trago para regular
su vigor, son infaltables unas rodajas de naranja y un poco de sal de gusano
para consumar el ritual, ése de cuando los sonidos de la tierra impregnan cada
palmo de su ruta hacia dentro. Básicamente todos los destilados de agave pueden
acompañarse con cerveza (un trago y un trago, para que no haya lugar a dudas y
la bienaventuranza fluya); son estas bebidas conversas las que ayudan a afinar
el espíritu agavero, esas dilectas damas de compañía y honestos escuderos de
sus caballitos, perdón, de sus caballeros andantes y su cabalgata interminable.
CAS
martes, mayo 14, 2013
Entre panistas te veas
CAS
En una entrevista que aparece en el último número de la revista Proceso, el presidente del PAN, Gustavo Madero, dice: "Lo único que me interesa es si estoy en el lado correcto o incorrecto de la historia". A esta ínclita conclusión arriba después de afirmar que el presidente de México, Enrique Peña Nieto, es un tipo afable y buen bato, y desacreditar la campaña panista durante las elecciones de "Peña miente". Los panistas se empeñan cotidianamente en poner a prueba su estupidez. Al final del día obtienen un éxito rotundo en dicha gesta: la estupidez se mantiene intacta. La frase de Madero, en el canal de la más fina sapiencia foxiana, sólo puede ser interpretada en dos sentidos: la historia la hacen los vencedores y yo quiero ser uno de ellos (los demás están muertos; la gran mayoría por cuernos de chivo) y el que se mueve no sale en la foto. Ésa ha sido la historia de este país. Después de las elecciones del año pasado, le dijeron a Madero que ahora él sería oposición. Indignado respondió: "Tú no me vas a decir si soy oposición o no". Cosas veredes en la viña del Señor. Cada vez que me topo con este tipo de declaraciones, regreso a mi profunda filiación marxista y recuerdo una frase del gran Maestro Groucho Marx: "Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar: es realmente un idiota".
CAS
lunes, abril 22, 2013
lunes, abril 01, 2013
Vuelos
Desde principio de año he tomado más o menos veinte aviones. Por consiguiente he estado en una decena de hoteles y mi cama empieza a reclamarme por sólo dormir en ella un par de veces a la semana (una ex la denominó, en claro homenaje a Alfredo Bryce Echenique, "la hondonada"). Jamás había volado tantas veces seguidas, lo cual significa que, con las horas de vuelo acumuladas, bien podría iniciar el trámite de mi licencia aérea, aunque fuera de aviador en alguna dependencia gubernamental. El punto es, sin embargo, que los aviones y yo tenemos algunas discrepancias notabilísimas. En resumidas cuentas no están hechos para mí. Al ser un hombre grande (y he de complementar por la exigencia natural de mi autoestima: un gran hombre as well), las incomodidades aéreas se potencian y sólo serían equiparables a la cámara de tortura diseñada por los surrealistas en los fabulosos veinte. He aquí mi confesión: sufro cuando vuelo. Y este acto de sinceridad no tiene que ver con aquello de echar a volar la imaginación o pavadas similares, como el personaje de esa película insufrible llamada El lado oscuro del corazón (ló único bueno de esa peliculita, más culita que peli, es la presencia de Mario Benedetti en la barra de un bar, borrachísimo y hablando alemán). En verdad sufro, y no hay forma de salir de ello, pues me niego a ir en autobús a sitios tan exóticos como Monterrey o Mazatlán. ¿Qué pasa entonces? No quepo en los asientos, ni a lo ancho ni a lo largo. Para muestra un botón. Hace algunos años volaba de Viena a Budapest, un vuelo corto en una zona más o menos civilizada del mundo. Todo iba bien hasta que vi que la aerolínea se llamaba Tyrolean Airways. Mal augurio. Después, cuando nos treparon al camioncito que lleva al avión, todos los pasajeros iban adivinando cuál sería nuestra aeronave. Lo hicieron hasta que llegamos al avión más alejado y del que todo mundo pensaba que era una suerte de restorán o un bar boutique del aire, pues nadie suponía que el cacharro pudiera volar. Era una carabela aérea, pues, un avión pequeño, como reliquia de la segunda Guerra Mundial, y de hélices, goddamn. Por suerte, antes de bajarnos para que abordáramos la carraquita, nos dijeron que nos regresarían a la sala porque la nave tenía algún imperfecto. Respiramos aliviados y volvimos a esperar. Después de veinte minutos el altavoz dijo que ya estaba nuestro avión. Misma dinámica: ¿cuál será? Es éste, es aquel...hasta que llegamos a la misma aeronave. Silencio. Incredulidad. Francisco José dies again. En fin, si se trataba de lo ídem, qué mejor que los Alpes para partirse el 10 de mayo y sentirse un poco la novicia rebelde. Al llegar a mi lugar, la viejita que le tocaba a mi lado ya había bajado el brazo del asiento (va una breve explicación que revele mi sentir del momento: normalmente pido siempre pasillo, la salida de emergencia o algún otro lugar que me dé más espacio. Cuando llego antes que el compañero de al lado, suelo subir el brazo. Esto no tiene más que un inocuo objetivo: apropiarme de la mitad del asiento del que ha osado compartir el viaje conmigo. No es abuso ni mucho menos: ellos normalmente tienen espacio de sobra). No hubo de otra más que intentar que la gravedad y mi esfuerzo (aunado a todo el peso de mi sensibilidad) hicieran lo suyo para encajar en el asiento. No lo logré. Pero nuestro avioncito, aunque pequeño, tenía unos ocho lugares de primera clase en los que sólo había una persona. Obviamente me moví a unos de ésos y ya estuve más cómodo. Lo estuve hasta que llegó la mesera y en el típico tono alemán derrotista de los austriacos, me dijo que yo no podía ir ahí, que me regresara a mi lugar. Entonces ardió Troya: me sulfuré como una decente ave de las tempestades de la Del Valle. Le contesté que yo había pagado un asiento en el que pudiera sentarme y no uno en el que me quedara con el culo a la mitad. Concluí como lo hubiera hecho el último expresidente de México: "Hágale como quiera". La mesera se puso de un rojo chispeante y estuvo a punto de espetarme un sheiße (pinches austriacos, por eso los invaden) pero se contuvo. Su venganza fue no darme nada de las viandas y alipuses correspondientes a primera. Pues bien, fue ahí donde pude constatar de nuevo la vileza humana y, por extensión, que en todos lados se cuecen habas. Por la ventana de primera observé cómo los técnicos austriacos se encargaban de arreglar la hélice izquierda. Cuando la probaron en algún momento funcionó pero después ya no quiso girar. Los austriaquitos se observaron mosqueadísimos y, después de un rato, concluyeron con la mirada y un like clandestino que el avión podía volar así, con dos hélices. Al ver esto, estuve a punto de hacer un motín pero me abstuve porque sería el único privilegiado en saber las razones de la caída del avión, claro, aunque no pudiera decírselas a nadie.
Así hay numerosas anécdotas sobre aviones y quizá la peor fue cuando en una turbulencia salieron las máscaras de oxígeno o aquella cuando el carrito asesino del chupe casi mata a una mesera porque se zafó el freno y se fue para atrás para atrás en caída libre. Se le estrelló a la altura del ombligo: ella sólo sacó la lengua y masculló un help me. En uno de los vuelos de este año me paré al baño. Sobra decir que es una experiencia dantesca cada vez que pretendo ingresar a una de estas cabinas. Después de lograrlo, y mientras le trataba de atinar al wc porque pasábamos por una zona de turbulencias relativamente moderada, hubo un saltito cuántico que no preví: las turbulencias pasaron de ser moderadas a completamente hijas de la chingada. Y ahí voy de una pared a otra del cuartito, de arriba abajo, izquierda derecha, y mojando todo el baño, naturalmente. Insisto en aquello de las cámaras de la tortura. Después de un rato salí vivo pero con una firme y compacta convicción: escribir un relato intitulado "Cómo ser madreado en el aire por un cuarto de baño". En ese tenor, creo que mi segunda confesión es irrelevante pero mi amor propio insiste en que la diga: ¡ODIO LAS TURBULENCIAS, COÑO! Ésa, y la próxima crónica sobre hoteles intitulada Hotelo y Desdémona are dead, son mis confesiones de la última SS. Así nomás. So be it que ya nos llamaron para abordar.
CAS
lunes, diciembre 31, 2012
El sol de invierno
Tengo apilados ante mí los siguientes libros:
-La idea fija de Paul Valéry
-El lenguaje del juego de Daniel Sada
-Kafka. Por una literatura menor de Gilles Deleuze y Félix Guattari en versión de Jorge Aguilar Mora
-Las lágrimas de eros de Georges Bataille
-Teorías del arte contemporáneo. Fuentes críticas y opiniones críticas de Herschel B. Chipp
-Los extranjeros. Por una ética de la solidaridad de Terry Eagleton
-Una relación perfecta de William Trevor
-Las palabras y las cosas de Michel Foucault
-Los Diarios de Andy Warhol
-Conversaciones con Picasso de Brassai
-Pieza única de Milorad Pavic
-Las instrucciones de uso de Georges Perec
-Dibujos y fragmentos póstumos de Charles Baudelaire
Todos, salvo el libro de Foucault, los compré el último mes. No revelaré cuánto gasté en ellos, sobre todo porque es sabido que ese dinero debí utilizarlo en zapatos y pantalones (labor, por lo demás, correspondiente a mis hermanas, que son las que siempre me procuran: les avergüenza tener un hermano parecido a un pordiosero o a Allen Ginsberg o a Karl Marx). Más allá de pensar en el orden, pues cada uno ocupa un lugar de acuerdo con ciertas necesidades, los libros puestos aleatoriamente en la mesa de jardín de mi casa constituyen una naturaleza muerta, un lúgubre bodegón que acompaña armónicamente el anticipado suicidio de las Nochebuenas de este año (todo mundo sabía que, again and again and again, serían atacadas por los duende perniciosos de Claus porque les encanta su lechita). El punto, sin embargo, es: ¿qué hacer con estos volúmenes? En realidad, y lo menciono como un acto de sinceridad subnormal, debería ser un poco más osado y dejar de leer volúmenes con volumen y aterrizar de una vez por todas en las bondades de los libros electrónicos. Evidentemente me he negado, pues los textos virtuales no permitirían esta distinguida composición plástica (amén de que con el libro de Baudelaire acabo de matar un par de cucarachas). Pero regresando al tema: ¿por dónde empezar? Está claro que algunos de ellos están ahí porque estoy preparando un seminario intensivo que impartiré en Monterrey los dos meses siguientes; pero los demás son autores que me causan infinito placer, aun cuando esta confesión pueda considerarse la mayor pavada morelense previa a la transición anual. Pues bien, creo que, por lo menos hasta este último de diciembre, no hay mejor cosa que despertarse para leer el caos dialógico de Valéry o la sapiencia ampulosa de Eagleton para hablar sobre Lacan y, but of course y en línea directa, SuperSlavojZizek. Estas lecturas se acompañan, está de más decirlo, con té de menta. Pero tenemos también la división Línea Maginot: Perec, Foucault, Bataille, Baudelaire y Brassai. Esté último, aunque húngaro, vivió casi toda su vida en Francia. ¿Qué hacer aquí? No existe otra opción: mezcal. Frisson y a sobrevivir, que el gusano mata. Por último dejamos para cuando cae el sol de invierno, que ya me está quemando la frente mientras escribo estas líneas, a los narradores serios. Sada(e), Trevor y Pavic se leen con un brandy, un chaser de agua mineral, un exprés corto y las galletas de chocolate con nuez que cocina mi hermana. Hoy en la noche cambiamos de año y los libros apilados en la mesa se harán más viejos; o también más nuevos, como el salto del caballo de ajedrez de la novela de Perec (esta pieza es la única del juego que está fuera del tiempo, que no de lugar, comarca donde nació el Chicharito Hernández). Creo que me ha alcanzado la digresión. Pero qué más puede anhelarse cuando se llega a los cuarenta: un poco de tolerancia por una barba claroscura y cloroscura y un buen Montepulciano o un Brunello de Montalcino para recibir un otro año. ¡Yamas!
CAS
lunes, noviembre 05, 2012
Así es...
El gran John Carlin sobre los árbitros de futbol:
"Perversa vanidad: todos los países se jactan de tener los peores árbitros".
CAS
El texto completo puede leerse aquí
El gran John Carlin sobre los árbitros de futbol:
"Perversa vanidad: todos los países se jactan de tener los peores árbitros".
CAS
El texto completo puede leerse aquí
martes, octubre 02, 2012
martes, septiembre 18, 2012
Balada del hombre piedra III
CAS
¿Cómo se lucha cuerpo adentro? ¿Cómo se conoce el arma que utiliza el rival cuando es una vaina imperceptible? ¿Cómo se allana la supervivencia contra el tigre cuando yo soy el tigre? ¿Qué hay en ese cuerpo mallugado que es incapaz de adiestrar el vestuario de su piel para que no se arrugue, no se carcoma, no se inmole? La psoriasis continúa. Cada mañana detecto una nueva placa, una flamante pústula que nutre mi transformación. Heme, mutatis mutandis, día a día más parecido a Gregorio Samsa, a Jeff Goldblum. Arráncame la escama se llamará mi siguiente libro. El caos de mi sistema inmunológico (nadie sabe para quién trabaja) aniquila las células buenas, los tejidos normales y los expulsa al exterior para hacer de mi piel una instalación posmoderna. Y la diferencia con los tatuajes es que el sufrimiento no viene de manera artificial; tampoco su evolución cotidiana es inducida. Mis manos y piernas evolucionan con mayor vigor que un body painting; su movimiento es más certero que la pintura de acción y su majestuosidad más irreverente que un Botero en la plancha del Palacio de Bellas Artes. Acaso la conversión a obra de arte también necesite sacrificios; asumir el dolor como quien decide cambiar de sexo o transformarse en el mineral preferido. La solución, sin embargo, la he vislumbrado los últimos días. Una mujer a la que amé y murió hace año y medio, me regaló una pomada mágica con sales del Mar Muerto (qué mejor antídoto para erradicar las células muertas de la piedra porosa en mis extremidades). En su momento la utilicé y no pasó nada. Ahora, como ajuste de cuentas desde el más allá, ha empezado a funcionar y la roca parece mimetizarse con la piel. De ahora en adelante no habrá fuerza omnímoda que me impida la lucha contra el ángel para descoyuntar mi cadera, trozar mis ligamentos, rozar de nuevo la humanidad perdida. Aunque mis fauces sean las de un caimán indómito que se muerde a sí mismo, venceré aquí o allá, en la insondable nocturnidad bajo piel, al Dios invisible que me devora desde adentro.
CAS
lunes, agosto 13, 2012
CAS en el CCE
Hemos empezado un taller de iniciación a la creación literaria en el Centro Cultural España (atrás de Catedral). Hay de entrada buenos augurios. Sólo espero que los textos toleren los malévolos sablazos de tinta para no engrosar el volumen intitulado "De cómo fui desertor antes que escritor".
CAS
viernes, julio 27, 2012
Siempre 26 II
Ayer regresé a la barra. Ya no estaba Benito: Robert, el cantinero que tiempo atrás se había convertido en el de todas mis confianzas, había regresado de su día de descanso.
─Qué onda, Robert, ¿te acuerdas de mí? ─apelé a esa circunstancia extraña de la vida que nos hace creer inolvidables─. Estuve aquí hace dos años.
─Perdón, señor, no me acuerdo ─con falsa incredulidad─. ¿Sabe la cantidad de personas que han pasado por aquí en los últimos dos años?
─Lo sé, Robert ─inicié el contraataque─. Pero te vas a acordar porque me dijiste que yo era el único en este lugar que tomaba el whisky solo con un chaser de agua mineral. Además te daba buenas propinas.
─Ah, como que me empiezo acordar ─comprobando la ínclita frase de Piporro de "With the money dance the dog".
─Te aseguro que así será, Robert. Dame un etiqueta negra doble, por favor. Pero antes de eso, ando haciendo una encuesta: ¿por quién votaste?
─Pues por Peje, señor, ¿por quién va a ser? Pero ese pendejo de ahí voto por el PAN.
─¿Quién es?
─Mi jefe.
─No te preocupes, Robert, todos los jefes son iguales: suelen alcanzar un grado de estulticia inusitado.
Y así transcurrió la noche, con Robert sin permitir que mi vaso de scotch se vaciara y quejándose por no tener un chalán que le lavara los vasos, yo bebiendo esos vasos inacabables y pensando en que las mujeres son crueles y el jefe panista en la hesitación absoluta por no saber qué diablos estarían diciendo sobre él esos dos pendejos de la esquina.
Y siempre 26.
CAS
jueves, julio 26, 2012
Siempre 26
Desde hace 15 años llevo un diario de viaje. Lo empecé en Montreal. Como viajaba solo y tenía mucho tiempo para reflexionar seriamente sobre los diminutos shorts y sucintas faldas de las quebecois, los festivales de verano y la muestra completa de Alberto Giacometti en el museo de Beaux Arts, me pareció adecuado registrar esas experiencias. Y a la fecha lo he seguido, aunque sin regresar religiosamente sobre mis pasos: no he releído una sola línea de esos cuadernos (no quiero espantarme de las fechorías lingüísticas de un escritor incipiente). Así, cada verano escribo las tribulaciones de un escritor demediado (uno de los oficios que más respeto es el de mediero; es más: en mi otra vida seguro fui uno). Cada año escribo que julio es el mes que más me gusta y más odio. Y éste no será la excepción. Quizás hoy día en que me encuentro en una maravillosa bahía de Huatulco debería sólo ceñirme a las bondades del mes, pero no es así: ¡cómo podría ser así si un país en forma de Cuerno está por hundirse y hacer de Estados Unidos y Canadá un nuevo continente! Pero independientemente de ello, hoy hay por primera vez sol y, salvando las distancias porque aquí no hay ninguna Derek 10 (¿acaso te sientes el único, Diego?), me siento un poco Dudley Moore y un poco Brian Dennehy, o la síntesis de ambos, aunque con traje de baño (tengo una diseñadora-costurera que me los hace a la medida) y el agua que sube y baja indiferente, con la gran testarudez propia de la marea del Pacífico, y un aire cálido y frío, que atenta en contra de la brisa convencional, ese airecito que uno espera para ser acariciado (ah qué palabra tan soez para apelar a la actividad del viento). Y ya son de nuevo dos, tres tónicos como amatistas, y los que faltan a la orilla del mar y allá en el bar, porque acá tenemos una barra beatífica y un cantinero fundamental que es más Benito Juárez que Brian Dennehy, pero al que yo le insisto que en nombre de la patria me sirva otro whisky 12 años, que no sea así, que le redacto una nueva ley de Reforma, o que si quiere simplemente tomamos la avenida y hacemos un planctón (si estamos en el mar, chingao). Y él tan fácil, vanagloriando su máxima sobre el respeto y la paz, me sirve otro etiqueta negra doble, para luego hablar de nuevo sobre el amor (¿de qué hablamos cuando hablamos de amor, Maestro Carver?). Pero en la barra estoy solo: a nadie le interesa estar ahí. Y Bomberito, No se preocupe, Señor: todo va a estar bien. No me digas Señor, Benito. Me llamo Carlos. O qué:te gustaría que te dijeran Brayan. ¡No, qué pasó Señ... Carlos! Y así ha empezado la semana de finales de julio, que ya se va con el pelón de las ofertas y los pasos de fuego, y el grito enhiesto de un país que pensó ingenuamente en una utopía llamada esperanza. No mames, pinche Benito, si la onda es contigo. Y un nuevo 12 años doble, double , como tú, dos Benitos. Y por la nada se sabe de aquellas argucias, de aquellas triquiñuelas perniciosas que nos harán más hombres porque los errores serán señalados, degustados; por todas las veces que mencioné tu nombre para olvidarlo por siempre (soy el pozolero del amor). Pero también soy de esa banda de descastados, ese grupúsculo malsano de los que sólo en julio escriben tu nombre para decir morituri te salutant. Y siempre 26.
CAS
lunes, julio 02, 2012
Elecciones III
Si una profesión no fue hecha para mí es esa de ser pitoniso. Y como hay que adoptar el lenguaje televisivo desde ya ya ya, no me queda más que apelar a la conocida invocación al Chapulín colorado: ¿Y ahora quién podrá defendernos? Como supongo que ese bicho subnormal jamás lo hará, habría que pensar en otros personajes menos valientes pero acaso más efectivos para enfrentarse al Copete asesino: la abeja Maya, Katy la Oruga, la Hormiga Atómica o de perdis Pepe Grillo.
lunes, junio 25, 2012
Elecciones II
El último fin de semana estuve dando un curso en Cuautla. Independientemente de que la gente del hotel donde me hospedé haya pretendido matarme al dejar una laja suelta (pisé la piedra, ésta se fue el fondo con mi pierna y un esguince de segundo grado), no pude faltar a mi espíritu coyuntural y democrático. El ejercicio fue el mismo: un simulacro de elecciones. He aquí la evidencia:
Peje 13 votos
Josefina 3 votos
EPN 2 votos
Quadri 0 votos
Nulos 2 votos
El Peje sigue ganando.No conozco a nadie que vaya a votar por Peña Nieto (bueno, ni siquiera aquellos que reciben el mote de "mis conocidos"). A una semana de las elecciones la suerte está echada. Y creo que no hay vuelta de hoja: a menos de que algo siniestrísimo ocurra (como un enfrentamiento dantesco aunque desigual entre un dinosaurio y un pejelagarto), López Obrador será el nuevo presidente de este país.
CAS
martes, junio 12, 2012
Elecciones
El fin de semana estuve impartiendo un curso en Los Mochis. Como no he conocido a nadie que vaya a votar por Enrique Peña Nieto (aunque las encuestas lo sigan ubicando arriba), decidí proponer un ejercicio democrático: un simulacro de elección entre los integrantes del taller. Así, armamos una pequeña urna y cada quien depositó en ella un papelito con el nombre de su candidto. Cabe acotar que, históricamente, Sinaloa ha sido un bastión priista y nuestro grupo era más bien heterogéneo, de orígenes y filiaciones diversas. El resultado, que comparto a continuación, si bien no definitivo, sí es un termómetro sintomático de lo que ocurre más allá del centro del país:
Peje: 18 votos
Copetes boy 9 votos
Chepina: 4 votos
Quadro: 1 voto
Nulos: 3 votos
La euforia que se desató en la clase después de conocer los resultados fue inesperada, acaso por estimar que todavía hay esperanza, acaso porque aunque sean ficticias y mínimas las alegrías siempre hay que gozarlas. En el barullo, escuché una voz anónima llena de incredulidad: "¿por qué los intelectuales votan por López Obrador". Y sin embargo, en ese grupito plácido y cálido de Mochis, no había ningún intelectual. Era, Dios bendito, pura gente común y corriente.
CAS
lunes, junio 04, 2012
martes, mayo 22, 2012
viernes, mayo 18, 2012
Balada del hombre piedra II
Nuevos brotes adoquinan el pavimento de mi piel. Desde que me quitaron la mancha voraz del labio, la aparición de la escama no había sido tan violenta, tan visible. Se lo dije a Homero y peló los ojos: "Sí, las últimas gotas que te receté fueron para tratar de esparcir las placas y que no se manifestaran tan ferozmente en un solo lugar. Espero que desaparezcan". Hace cuatro meses de eso y los brotes, en efecto, se han esparcido pero no se han ido. En la espinilla y sus alrededores han florecido otras membranas rasposas; también un par en los muslos. El hormigón en los nudillos ha aumentado y las ranuras de las articulaciones me hacen tener las manos eternamente extendidas: si las cierro como para protestar en el primero de mayo o para lanzar unos bien puestos y contundentes caracoles, el surco se abre y la sangre brota como una afrenta abierta hacia las flexiones del mundo. Y el dolor vuelve a ser extensivo al resto del cuerpo porque las manos enllagadas ya son de comarcas fosilizadas, grutas insomnes; mi piel es guante y sigue siendo una fantasía lacerante. Y un sufrimiento lánguido, tenue, versátil. Ahora ya veo que el sangrado es permanente; mi hemofilia, sin embargo, es mental. El último dermatólogo al que vi dijo que me asoleara con frecuencia. Veinte minutos diaros, concluyó con la sapiencia de alguien que jamás ha tenido un problema en la piel. He intentado hacerlo pero, en la confusión de los carácteres, ya estoy de nuevo todo lo iguana que se puede y por el tamaño ya no soy el Guapo Ben ni Mafafa Musguito sino el célebre aunque erróneamente vilipendiado Maestro Godzilla, o su huella y osamenta (preferiría os amante), y sin japoneses a la vista; siendo sinceros se me antojan más unos aqueos, de ahí que envidie también al gran Polifemo y su festín de casi la tripulación completa (no os fiéis de los borregos), ésa que se comió en cachitos, aunque eso sí, siempre dejó los fémures para el final. Los rayos solares no han resuelto nada y ya soy vaca de sol y tendré que enfrentarme de nuevo a ese bergante malnacido que tenía una mujer que tejía y destejía (las malas lenguas, querido Ulises, ésas que siempre tendrán que ser cortadas, dicen que Penélope jamás tejió y destejió en solitario).
Hoy día la psoriasis tiene una nueva residencia: el cuero cabelludo. Cuando tenía veinte años, me preocupaba quedarme calvo: tenía poco cabello y se me caía en manojos cada vez que lo lavaba. Me unté todo lo indicado: jabón de cacahuananche, jitomate saladet, yogurt de búlgaros, epazote fermentado. Nada sirvió. Decidí, entonces, que si tenía que quedarme calvo no importaría. Santo remedio: desde esa imberbe edad tengo el mismo cabello. Ahora, con la dilecta Vía Appia que ha surgido en mi parietal, esas épocas de desesperación me vienen con suma nostalgia y asumo de nuevo soy una víctima más de Medusa (Laocoonte sin vástagos). Tengo una enfermedad crónica, autoinmune, sin origen preciso. Se dice que es más común en gente gorda, aunque no está muy claro. El punto nodal es que los seres humanos, fieles a su costumbre de sentirse hechos a imagen y semejanza de Nuestro Señor, pretenden ser él y siempre tienen una solución al respecto: "Es nervioso", apuntan con docta suficiencia. "Ponte esta crema; es buenísima". "Tómate dos litros de este té y te desaparecerá luego luego". Como la edad me ha eximido de esa extraña cualidad por la que cayeron grandes civilizaciones llamada rebeldía, me he vuelto crédulo y le entro con intrepidez a todo. Y lo hago con asidua volición para que puedan cumplirse correctamente los augurios. A la fecha nada ha funcionado pero, por primera vez y sin traicionar mi agnóstico alien interior (y el exterior también, por aquello de las escamas), ando con la fe intacta. La grieta sigue y vuelvo a ser hombre roca que se acerca al oceano: un Juan Soriano viviente. Ya soy coral de dos piernas y un nuevo tripulante del Holandés Errante (part of the ship, part of the crew). Heme arrecife.
CAS
sábado, abril 14, 2012
miércoles, abril 11, 2012
Cristiano Ronaldo
CAS
Después de ganarle al Atlético de Madrid, anotar un hat trick y exhibir la fortaleza de su cuadríceps para deleite de sus fans, el modesto Cristiano Ronaldo dijo en una entrevista: "Le pegué bien y el balón hizo lo que tenía que hacer". Así es: Ronaldo es un jugador tan insoportable que termina cayendo bien. Un mal necesario, pues. Y también una bestia amaestrada para pegarle a la redonda.
CAS
lunes, marzo 26, 2012
Balada del hombre piedra
Hombre piedra. Porque es la piel abandonada; más bien la que ha desatendido su humanidad para hacerse reptil. Mi mutación es paulatina, como si de emparentar con una estalactita se tratara. Es primero el cocodrilo en movimiento; después mimetizado con el fruto de la caverna. En la antigüedad solía confinarse a los leprosos a las catacumbas, lugares mohosos donde la luz del sol era una utopía. Ahí permanecían porque habían sido tocados por el dedo gangrenado de la divinidad, por la llaga indemne de los altísimos, el vacilar omnímodo de los nortes. Y ahí morían: con la mancha blanca en la carne y la carne en la mancha blanca. Ahora en mi talante hay variaciones (siempre las hubo pero no en mis manos): la psoriasis la padecen aquéllos que han despertado el monstruo adentro, el alien encapsulado en busca de la luz matinal, el sistema inmunológico compartiendo el disfraz del cuerpo mallugado. Soy hombre piedra, piedra porosa, piedra de la piel caída, cambio de piel. Soy serpiente mineral escrita por sí misma. Soy medusa prosa. Soy el guapo Ben. Hablaré del nacimiento de la escama. En la coyuntura, ahí dónde se distinguen los hombres de los animales, el pellejo deja su membrana de poros y sufre la metamorfosis. Dura poco y su alumbramiento es imperceptible. De pronto la capa epidérmica se ha decolorado y el blancuzco adoquina las falanges de un presidiario inocente (las grietas de Lord Byron en el castillo de Chillón). Y el tac, tac, tac pavimenta mi silueta cada nacimiento del sol. Por eso en las mañanas, manos y codos me dicen que la única manera de bajar de la cama, de la excama, es arrastrándome. Soy un ofidio informe y el pecho tierra es mi hábitat, una nueva evolución de esta tierra y esta Tierra. Ésa es la batalla cotidiana: luchar contra el lagarto interior para recuperar mi piel. Pero soy ranuras de sangre, humanidad incomprendida, insuficiente. Y soy escama que sigue. Y duele como el carajo pero ya soy dolor. Hombre piedra, pirita piedra, pirita piedra, pirita hombre. ¡Ayúdame, pinche palabra! Soy mármol de zarpas enllagadas, de codos graníticos. Soy cuero enmohecido y curtido de los amaneceres lánguidos (esa extraña cecina del Bajío). Soy roca y su caída. Sísifo andrógino. ¿Desaparecerá la escama? Yo volveré a quitarla y sangrarán sus surcos centelleantes. Y ella saldrá otra vez para hacerme hombre piedra, piedra hombre y reptil vibrante. Y estaré, lo sabemos, todo lo iguana que se pueda. Quizás ser caimán no sea tan malo.
Hombre piedra. Porque es la piel abandonada; más bien la que ha desatendido su humanidad para hacerse reptil. Mi mutación es paulatina, como si de emparentar con una estalactita se tratara. Es primero el cocodrilo en movimiento; después mimetizado con el fruto de la caverna. En la antigüedad solía confinarse a los leprosos a las catacumbas, lugares mohosos donde la luz del sol era una utopía. Ahí permanecían porque habían sido tocados por el dedo gangrenado de la divinidad, por la llaga indemne de los altísimos, el vacilar omnímodo de los nortes. Y ahí morían: con la mancha blanca en la carne y la carne en la mancha blanca. Ahora en mi talante hay variaciones (siempre las hubo pero no en mis manos): la psoriasis la padecen aquéllos que han despertado el monstruo adentro, el alien encapsulado en busca de la luz matinal, el sistema inmunológico compartiendo el disfraz del cuerpo mallugado. Soy hombre piedra, piedra porosa, piedra de la piel caída, cambio de piel. Soy serpiente mineral escrita por sí misma. Soy medusa prosa. Soy el guapo Ben. Hablaré del nacimiento de la escama. En la coyuntura, ahí dónde se distinguen los hombres de los animales, el pellejo deja su membrana de poros y sufre la metamorfosis. Dura poco y su alumbramiento es imperceptible. De pronto la capa epidérmica se ha decolorado y el blancuzco adoquina las falanges de un presidiario inocente (las grietas de Lord Byron en el castillo de Chillón). Y el tac, tac, tac pavimenta mi silueta cada nacimiento del sol. Por eso en las mañanas, manos y codos me dicen que la única manera de bajar de la cama, de la excama, es arrastrándome. Soy un ofidio informe y el pecho tierra es mi hábitat, una nueva evolución de esta tierra y esta Tierra. Ésa es la batalla cotidiana: luchar contra el lagarto interior para recuperar mi piel. Pero soy ranuras de sangre, humanidad incomprendida, insuficiente. Y soy escama que sigue. Y duele como el carajo pero ya soy dolor. Hombre piedra, pirita piedra, pirita piedra, pirita hombre. ¡Ayúdame, pinche palabra! Soy mármol de zarpas enllagadas, de codos graníticos. Soy cuero enmohecido y curtido de los amaneceres lánguidos (esa extraña cecina del Bajío). Soy roca y su caída. Sísifo andrógino. ¿Desaparecerá la escama? Yo volveré a quitarla y sangrarán sus surcos centelleantes. Y ella saldrá otra vez para hacerme hombre piedra, piedra hombre y reptil vibrante. Y estaré, lo sabemos, todo lo iguana que se pueda. Quizás ser caimán no sea tan malo.
CAS
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