CAS sobre Lolita en la Capilla Alfonsina
CAS
lunes, julio 21, 2014
sábado, julio 12, 2014
jueves, julio 03, 2014
Brasil 2014
No he escrito nada sobre el
Mundial de futbol. Tampoco lo haré ahora sustancialmente y con buen juicio porque para eso tenemos a Juan
Villoro. Lo que sí haré, hoy que estamos a un día de los cuartos de final, será un vaticinio implacable y, según mi leal saber, vigoroso. Alea jacta est y que la historia me absuelva.
Brasil despertará y goleará a Colombia (con que hicieran que se reeligiera
Santos y se acelerara el proceso de paz fue suficiente). Los alemanes tendrán un
partido épico contra Francia y harán que nunca más suene la marsellesa en la
insigne tierra de Guimaraes Rosa: el espíritu de Harald Schumacher se impondrá
sobre el de Patrick Battiston y volaran de nuevo dientes sobre la tersa gama de
una cancha de futbol. Holanda, muy a mi pesar, se encargará de fulminar el
sueño tico jugando basura, como lo ha hecho todo el torneo. Eso sí, una basura
mecánica, anaranjada y radioactivísima. Los diablos rojos belgas no podrán con la
rugosidad argentina, sobre todo porque la albiceleste tiene a Dios (el Bien siempre gana) y a un aspirante a serlo que también es hijo Di María. En semifinales Brasil sabrá que
los únicos niños del Brazil son cariocas y dará cuenta de los germanos (aunque sufra mi amigo Jerónimo, ínclito teutón de Ecatepec). En el camino, el gran
Miroslav Klose superará al gordito Ronaldo como el mayor anotador en las copas del
mundo. Argentina, por su parte, dejará en el camino a Holanda, país que jamás
ganará una copa del mundo 1) porque es un pueblo que históricamente no ha sufrido y 2) por
ojetes. En la final soñada Brasil-Argentina no habrá un nuevo maracanazo: Neymar
se echará el equipo al hombro y la mandará guardar un par de veces; Messi se desesperará, tirará una patada de otro
partido y será sancionado con la roja, y Di María sabrá que nos es hijo de esa
María y que su ciudad natal, Rosario en la mano, sólo le servirá para las cuentas y padres
nuestros ahora que el Madrid lo venda en 50 kilos. El diseño perfecto funcionará:
Brasil ganará la copa del mundo y su mote cambiará de pentecostés, perdón, pentacampeón, al de hexacampeón o ese país que, sólo por su garotas, tenía la obligación de beber su sexta copa mundial.
CAS
jueves, junio 19, 2014
Adiós, querida Ana
El cielo ya no es de este mundo. O es acaso que el mundo ya
no le pertenece a este cielo. ¿Cómo aceptar la fragilidad humana si no existe
un orden específico que prefigure su finitud? Somos quebradizos, limitados,
inverosímiles. Allá en los suspiros está la morada de nuestras sombras. ¿Cómo
aceptar las reglas de un juego que proyecta el azar como broma sin sentido? Se
dice que así son las cosas pero nunca por qué son así. O más allá y por último:
¿por qué se van los justos? Por qué se esfuman las personas ecuánimes, íntegras,
antes de tiempo. ¿Cuándo es bueno morir? Sin duda no a los 35 años. Sin duda no
cuando se tiene una vida larga y beatífica por delante. Sin duda nunca cuando
hablamos de un corazón de implosiones amorosas que revitalizaba a los otros cada
nacimiento del sol. Sin duda jamás para que ese corazón haya explotado por
capricho de quién sabe quién para dejar por siempre sus tañidos largos y dichosos.
Ana Santos, mi querida, amada amiga, fuiste tú la guardiana de ese músculo de
bienandanza y humanidad que tuvo el infortunio de detenerse hace un par de días
para dejarnos en la más desoladora orfandad. Hay un pedazo de alma que nos han
quitado. Ayer, sin embargo, soñé con un corazón que latía: era el tuyo como
parte del mío y son(ñ)aban al unísono en un solo compás; eran tus golpes de
pecho que hacían en mí una evocación dilatada y genial. Eras tú y la memoria
eterna, pues el olvido, conmigo y el cielo nuevo, será una quimera vil, una
utopía abyecta que abanderaré mientras haya vida breve. Somos tu gente y negaremos
tu partida: no habrá manera de cercenar el recuerdo como se lo hace con la
guillotina sobre un cuello tierno. ¿Vale la pena preguntarse por qué? ¿Es
relevante decir por qué te adelantaste a un territorio en el que todos tarde o
temprano deberemos checar tarjeta? ¿Es el lamento necesario cuando ya no estás
y jamás volveremos a ver tus ojos claros y sedosos que desplegaban sapiencia y
bondad? Ana, amada amiga: simplemente saliste del paréntesis de la vida para
entrar en otro que por ahora todavía no conocemos, pero donde en algún momento
cohabitaremos armónicamente como puntos suspensivos. Cerremos pues los
corchetes del paréntesis de tu vida y sigamos con la nuestra sin ti pero
contigo, ahí donde el recuerdo tiene peso específico y finca la trascendencia
vivencial de los seres humanos: mi memoria, pues, es tuya. Ana querida, el
punto final de tu vida es el inicio de tu verdadero relato, el grito escrito de
la remembranza que te hará inmortal entre nosotros, que te dotará de la eternidad
que alcanzan sólo los augustos, los probos. Yo sólo te digo que no habrá día en
que no piense en ti, pues has reservado un espacio afable en la mente y el
corazón de este cuerpo mallugado. Brindo contigo con un whisky12 años como lo
hicimos tantas veces en tantas partes, pues la finitud del cuerpo es también la
perennidad de la palabra, la memoria y el amor.
CAS, Tepic, 18 de junio de 2014
miércoles, junio 11, 2014
jueves, abril 03, 2014
martes, febrero 25, 2014
Del DF para Nayarit (ese priorato llamado estado)
CAS
para M,
Siempre se ha pensado en esa práctica insana de los juicios en silencio. En México es el pan nuestro de todo día. Pero qué pasa cuando la revelación es tan evidente que, como diríamos acá, no deja pie con bola (mi siguiente libro se llamará De la taciturnidad como estruendo). Hay que sufrir, pues.Y ser escépticos. Allá ellos (mis alumnos siempre me preguntan entre este "allá" o este "haya" o esta "aya" o este "halla". Mis alumnos son idiotas y hay que responderles. Y vuelvo a sufrir, qué más...). Pero más ALLÁ de todo esto, es necesario matizar puntos o claves o rutas o... algo, GODDAMN. En este país hay una cosa llamada Tepic: inentendible espacio como muchas otras cosas del universo (como que exista el América, pues). Pero en esa parcela malsana que se ve desde afuera, hay resquicios, intersticios para decirlo como lo manda correctamente el lenguaje, que hacen mantener la memoria, el sueño y la sensibilidad de una comunidad. Ahí donde quizá el mote más común sea Melanie habrá algo distinto, más pegado al sol como una vaca, más embutido (como lo que sale de una vaca), más sentido y más abierto a ese territorio a veces ignoto pero ambulable por algunos seres humanos. Por eso hay que hablar de ello, pa que sea viviente, pa que sea resistente, pa que se murmure de él y sea verbalizado. Dale, dale, pues, que de ahí somos todos...
CAS
lunes, febrero 10, 2014
viernes, febrero 07, 2014
martes, octubre 15, 2013
viernes, octubre 11, 2013
Últimos textos en antologías
Carlos Antonio de la Sierra, "Los legionarios de Cristo. El cuento joven en México" en Alfredo Pavón (comp.) Historia crítica del cuento mexicano del siglo XX, Tomo II, Xalapa, Universidad Veracruzana, 2013, pp. 993-1003.
Carlos Antonio de la Sierra, "Bajo el volcán: la tragedia de Jacques Laruelle" en Sobre Lowry, Cuernavaca, La cartonera, 2012. pp. 29-40.
Carlos Antonio de la Sierra, "El maguey y la piedra. María de la Fuente y Pablo O'Higgins" en Más parejas en el arte mexicano, México, Arterisco, 2012, pp. 50-63.
CAS
martes, septiembre 03, 2013
Adiós,
mezcal
“Mezcal”, dijo el Cónsul. “Mezcal”, ha resonado
el balbuceo como evocación interminable. Hemos, pues, de brincar de un
sonambulismo a otro, driblar el despeñadero de la sobriedad, ahí donde la gente
era ecuánime y dichosa. Quien haya tomado un trago de mezcal nunca volverá a
ser el mismo. Y es en las comisuras donde empieza el milagro: la no sonrisa
horizontal donde los labios se humedecen y un aroma ignoto se refugia
tenuemente en la palidez del carmesí. El mezcal se toma con infinita paciencia
y ¡ay de aquel que ose arrebatar su cuerpo de un solo trago! Jamás se piensa en
él como un precario truco de magia: el elíxir se vierte como quien bebe la
eternidad y a su paso le da luz y color a la hidrografía de los paladares mundanos.
Beber mezcal no es cosa menor; vivir el mezcal es asistir al prodigio
inimitable de un estado mental, ahí donde la gota es río y el río zumo que se
desborda por labios descastados, desflorados por una humedad insomne, ésa de
los corazones de la tierra.
La
siguiente confesión será compartida: no hay aguardiente de agave que no genere
un silencio terrorífico. Pero ésos, como todos sus hermanos producidos en un
país en forma de cuerno, no tienen matices corporales, personalidad propia, y
se les conoce con el nombre genérico de mezcales. No obstante, y hay que decir
que acudiremos a un épico parto semántico, hay una diferencia de matiz en su
nomenclatura: no es lo mismo mezcales que mezcal (recuerdo esa anécdota del
amigo que llegaba a la casa y, a pregunta expresa de qué le gustaría tomar, contestaba
de inmediato: “Tequilas, por favor”). Por ello, en esa minucia lingüística
también está su esencia espirituosa: el mezcal se ingiere de uno en uno y en
cada vaso el venturoso bebedor se reconstruye internamente: una tinta indisoluble
tatúa su cuerpo por dentro. Primero se sentirán como diez metros de alambre de
púas; después como echarle alcohol a la herida abierta y centellante; ya en el
fondo, el líquido creará el hombre nuevo e ilustrado que habitará en el otro
lado de la piel (manchado y mancillado en la entraña, pues, para evitar
confusiones con los adoradores de la Ilustración). La historia del mezcal, a
diferencia de la del tequila que es inexistente, crece en la oscuridad de los
conductos sanguíneos de los personajes tocados por la divinidad; son anales
trasnochados y luctuosos que aceptan sin más una victoria pírrica. Soy hombre
sin razón. Soy hombre sin-sentido. Soy bebedor de mezcal y su historia creció
en mí como árbol adentro. Soy bebedor de mezcal y ya no hay resquicio dentro mío
para ser tallado. Soy un cauce rebasado. Soy hijo del aguardiente del no se
puede creer y sin embargo he creído en él. He tomado mezcal y mi acta de
defunción tiene una rúbrica anticipada.
Durante
mucho tiempo el mezcal me ha acompañado como escudero fiel. He degustado las mieles
de miles de piñas y en cada sorbo atestigüé un nuevo hechizo de la creación. He
acreditado la existencia de infinidad de cepas y acaso ya no hay más agave para
una garganta mallugada, una úvula enllagada, ensangrentada, en descomposición.
El mezcal es una bebida de fuegos imperecederos: un trago lo enciende; el otro
lo apacigua. Uno más lo renueva. Alguna vez dije que era una bebida de
cabotaje. Estaba equivocado: quien ha sido tocado por la sirena de su savia
jamás regresa a tierra firme. El mezcal es una bebida de mar abierto y abandono
absoluto: quien lo bebe se enfrentará a una brújula vacilante, el mismo mezcal
sin señal del norte. Si he de pensar en una figura alegórica, entonces me iré
con la del rescoldo interminable: ese espacio omnímodo, alejado de la
incandescencia y de la oscuridad plenas, que no termina por apagarse nunca.
Por
años he bebido mezcal, he escrito sobre él. ¿Por qué algo tan prosaico atrae la
suficiente atención para no dejar de pensarlo, sentirlo, padecerlo? He asistido
a sus embrujos y he fracasado en narrarlos, en dar cuenta de ellos al vislumbrarlos
como ecuaciones matemáticas. Pero no: ahí está su vigor como memoria inexpugnable
de la piel. Bastará arrojarme una brasa para hacerme rescoldo eterno, amante
mezcal y fuego invisible. Adiós, mezcal: soy hombre muerto y juro que por fin he
de dejarte en paz.
CAS
Texto publicado en el número 65 de la revista El jolgorio cultural.
viernes, agosto 09, 2013
CAS en la Capilla Alfonsina
LITERATURA Y TRANGRESIÓN
Autores
inconfesables: Georges Bataille.
En este ciclo,
Carlos Antonio de la Sierra hará una exploración por los autores que han sido considerados transgresores en la
historia de la literatura. Durante estas sesiones abordará la vida y obra de
personalidades como Emile Cioran, Stefan Zweig y Peter Handke, entre otros.
En esta
ocasión hablará sobre Georges Bataille, nacido en 1897 en Francia, y que fuera
considerado un pornógrafo por excelencia. A través de la literatura y el
ensayo, formuló una aguda crítica a la racionalidad de la palabra escrita y al
concepto clásico de sujeto. Buscó despojar a sus textos de toda retórica para
aproximarse a lo que él llamaba "la desnudez del ser".
Participa:
Carlos Antonio de la Sierra
Martes 13 de
agosto, 19:00 horas
CAPILLA
ALFONSINA, Benjamín Hill No. 122, Col. Condesa (Metro Patriotismo) Tel. 55 15
22 25
Entrada libre
CAS
sábado, julio 27, 2013
viernes, julio 26, 2013
Mis amigos muertos
Cada vez que ha fallecido un amigo, he escrito sobre él. Quizás pueda llamársele obituario, corona fúnebre, homenaje o simplemente recuerdo. Y lo he hecho porque acá, de este lado del túnel, es donde hay que valorar una vida transcurrida. ¿Habrán querido morirse? Sin duda que no. Pero qué más da: ya están muertos y jamás sabrán que lo están. Y sin embargo varios de ellos no hicieron mucho por mantenerse en esta ribera nuestra. ¿Se pueden criticar decisiones tan rotundas que acaso no pasen por la racionalidad? ¿Son conscientes acciones como beber días seguidos hasta llegar al hospital para que éste los expulse sólo a la morgue; para ser lo suficientemente descuidados y trabajar cerca de un cable de alta tensión sin resguardo alguno; o simplemente para lanzarse de un puente de sesenta metros directo al pavimento? No lo sé. Lo que sí sé es que esa gente a la que he amado y que ya no está con nosotros (ese plural que nos abarca y prefigura porque no somos los únicos en padecer la ausencia), hace que me dé cuenta, hoy más que nunca, que no me quiero morir; más allá de eso: que no quiero pasar a formar parte de un club de amigos muertos (por eso odié esa película La sociedad de los poetas muertos, porque ninguno de esos pendejitos supo valorar su propia vida. Poetas muertos... ya quisiera ver a esos bergantes, y a cualquiera que se considere maldito, frente al pelotón de fusilamiento); mucho menos que mi gente sufra por eso. Todos nos vamos a morir (y perdón si en este momento estoy exhibiendo una epifanía o haciendo una revelación última), pero a mí me falta mucho tiempo. Ignoro cuánto. Sin embargo si sé que no soy Héctor frente Andrómaca y que mi enemigo de mañana no es Aquiles. Las batallas también pueden evitarse, aunque ya nadie en su candor de capa y espada piense en uno; falta acaso entender las deserciones como los actos más honorables que existen. El punto es que no percibimos que acaso la idea del exilio es el paraíso, un estadio de bienandanza que se construye con otros pilares, con cimientos más profundos y briosos que los moralmente condenados. Hay que cruzar el Rubicón para entrar en el laberinto y encontrar en esa habitación sin salida lo que resta de vida: matar a Caronte para evitar el Hades; cohabitar con Asterión, pues, esa magnífica bestia que nos acompaña en todo espejo. He ahí la morada perfecta e imperecedera.
Yo quiero seguir vivo gracias a mis amigos muertos, a ésos a los que amé y me dieron el salvoconducto celestial para mantenerme en este lado del río (confío en el Miguel Strogoff que hay en alguna parcelita de mi alma). Julio, lo he dicho, es el mes que más detesto y el que más quiero. Hoy día, ahora que cae la tarde y no hay más que verde en mi mirada, es lo único que amo: es así porque sus días me han hecho tomar la decisión de llegar hasta el siguiente julio y seguirlo amando y odiando por igual.
CAS
jueves, julio 11, 2013
De escuderos y damas de compañía
Existen bebidas que se toman juntas pero no revueltas. Quizás
sea importante agregar que se beben a la vez pero no mezcladas, esto es,
funcionan como acompañantes, o como dirían los anglosajones: como chasers. El tequila, por ejemplo, suele
tener como cortesano un caballito de sangrita, preparado de jugo de tomate, limón, naranja y salsas picantes y
sazonadoras. Pero también puede estar escoltado por una rodaja de limón y una
pizca de sal. Después del trago de agave azul, una chupada de limón con sal
hará más dócil el tránsito y la nostalgia entre la una y las tres de la tarde
será breve. Hay personas que consideran el encuentro bucal con el cuerpo del
cítrico un acto rupestre y le apuestan al nacionalismo. Es la gente que en un
bar pide “Una bandera, por favor”. A su mesa llega un caballito de tequila
blanco, escudado a los lados por uno de sangrita y otro de jugo de limón. El
encuentro con el águila y su escudo será en la garganta del afortunado bebedor
tricolor, ahí donde su boca es ya un nuevo lago de Texcoco. Algunos otros
acostumbran sopesar el trago fuerte con una cerveza. En esta diligencia el
galope del agave se desliza más pausado, más a trote lento por las papilas pero
sin perder por completo la sensación de que ese recinto nunca más será el mismo.
El punto es irrelevante: un trago de cerveza tras un buen tequila perlado es
sólo una mutación inocua. El mezcal, por su parte, también tiene su comparsa.
Si bien, como el tequila, puede ser seguido por cerveza en cada trago para regular
su vigor, son infaltables unas rodajas de naranja y un poco de sal de gusano
para consumar el ritual, ése de cuando los sonidos de la tierra impregnan cada
palmo de su ruta hacia dentro. Básicamente todos los destilados de agave pueden
acompañarse con cerveza (un trago y un trago, para que no haya lugar a dudas y
la bienaventuranza fluya); son estas bebidas conversas las que ayudan a afinar
el espíritu agavero, esas dilectas damas de compañía y honestos escuderos de
sus caballitos, perdón, de sus caballeros andantes y su cabalgata interminable.
CAS
martes, mayo 14, 2013
Entre panistas te veas
CAS
En una entrevista que aparece en el último número de la revista Proceso, el presidente del PAN, Gustavo Madero, dice: "Lo único que me interesa es si estoy en el lado correcto o incorrecto de la historia". A esta ínclita conclusión arriba después de afirmar que el presidente de México, Enrique Peña Nieto, es un tipo afable y buen bato, y desacreditar la campaña panista durante las elecciones de "Peña miente". Los panistas se empeñan cotidianamente en poner a prueba su estupidez. Al final del día obtienen un éxito rotundo en dicha gesta: la estupidez se mantiene intacta. La frase de Madero, en el canal de la más fina sapiencia foxiana, sólo puede ser interpretada en dos sentidos: la historia la hacen los vencedores y yo quiero ser uno de ellos (los demás están muertos; la gran mayoría por cuernos de chivo) y el que se mueve no sale en la foto. Ésa ha sido la historia de este país. Después de las elecciones del año pasado, le dijeron a Madero que ahora él sería oposición. Indignado respondió: "Tú no me vas a decir si soy oposición o no". Cosas veredes en la viña del Señor. Cada vez que me topo con este tipo de declaraciones, regreso a mi profunda filiación marxista y recuerdo una frase del gran Maestro Groucho Marx: "Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar: es realmente un idiota".
CAS
lunes, abril 22, 2013
lunes, abril 01, 2013
Vuelos
Desde principio de año he tomado más o menos veinte aviones. Por consiguiente he estado en una decena de hoteles y mi cama empieza a reclamarme por sólo dormir en ella un par de veces a la semana (una ex la denominó, en claro homenaje a Alfredo Bryce Echenique, "la hondonada"). Jamás había volado tantas veces seguidas, lo cual significa que, con las horas de vuelo acumuladas, bien podría iniciar el trámite de mi licencia aérea, aunque fuera de aviador en alguna dependencia gubernamental. El punto es, sin embargo, que los aviones y yo tenemos algunas discrepancias notabilísimas. En resumidas cuentas no están hechos para mí. Al ser un hombre grande (y he de complementar por la exigencia natural de mi autoestima: un gran hombre as well), las incomodidades aéreas se potencian y sólo serían equiparables a la cámara de tortura diseñada por los surrealistas en los fabulosos veinte. He aquí mi confesión: sufro cuando vuelo. Y este acto de sinceridad no tiene que ver con aquello de echar a volar la imaginación o pavadas similares, como el personaje de esa película insufrible llamada El lado oscuro del corazón (ló único bueno de esa peliculita, más culita que peli, es la presencia de Mario Benedetti en la barra de un bar, borrachísimo y hablando alemán). En verdad sufro, y no hay forma de salir de ello, pues me niego a ir en autobús a sitios tan exóticos como Monterrey o Mazatlán. ¿Qué pasa entonces? No quepo en los asientos, ni a lo ancho ni a lo largo. Para muestra un botón. Hace algunos años volaba de Viena a Budapest, un vuelo corto en una zona más o menos civilizada del mundo. Todo iba bien hasta que vi que la aerolínea se llamaba Tyrolean Airways. Mal augurio. Después, cuando nos treparon al camioncito que lleva al avión, todos los pasajeros iban adivinando cuál sería nuestra aeronave. Lo hicieron hasta que llegamos al avión más alejado y del que todo mundo pensaba que era una suerte de restorán o un bar boutique del aire, pues nadie suponía que el cacharro pudiera volar. Era una carabela aérea, pues, un avión pequeño, como reliquia de la segunda Guerra Mundial, y de hélices, goddamn. Por suerte, antes de bajarnos para que abordáramos la carraquita, nos dijeron que nos regresarían a la sala porque la nave tenía algún imperfecto. Respiramos aliviados y volvimos a esperar. Después de veinte minutos el altavoz dijo que ya estaba nuestro avión. Misma dinámica: ¿cuál será? Es éste, es aquel...hasta que llegamos a la misma aeronave. Silencio. Incredulidad. Francisco José dies again. En fin, si se trataba de lo ídem, qué mejor que los Alpes para partirse el 10 de mayo y sentirse un poco la novicia rebelde. Al llegar a mi lugar, la viejita que le tocaba a mi lado ya había bajado el brazo del asiento (va una breve explicación que revele mi sentir del momento: normalmente pido siempre pasillo, la salida de emergencia o algún otro lugar que me dé más espacio. Cuando llego antes que el compañero de al lado, suelo subir el brazo. Esto no tiene más que un inocuo objetivo: apropiarme de la mitad del asiento del que ha osado compartir el viaje conmigo. No es abuso ni mucho menos: ellos normalmente tienen espacio de sobra). No hubo de otra más que intentar que la gravedad y mi esfuerzo (aunado a todo el peso de mi sensibilidad) hicieran lo suyo para encajar en el asiento. No lo logré. Pero nuestro avioncito, aunque pequeño, tenía unos ocho lugares de primera clase en los que sólo había una persona. Obviamente me moví a unos de ésos y ya estuve más cómodo. Lo estuve hasta que llegó la mesera y en el típico tono alemán derrotista de los austriacos, me dijo que yo no podía ir ahí, que me regresara a mi lugar. Entonces ardió Troya: me sulfuré como una decente ave de las tempestades de la Del Valle. Le contesté que yo había pagado un asiento en el que pudiera sentarme y no uno en el que me quedara con el culo a la mitad. Concluí como lo hubiera hecho el último expresidente de México: "Hágale como quiera". La mesera se puso de un rojo chispeante y estuvo a punto de espetarme un sheiße (pinches austriacos, por eso los invaden) pero se contuvo. Su venganza fue no darme nada de las viandas y alipuses correspondientes a primera. Pues bien, fue ahí donde pude constatar de nuevo la vileza humana y, por extensión, que en todos lados se cuecen habas. Por la ventana de primera observé cómo los técnicos austriacos se encargaban de arreglar la hélice izquierda. Cuando la probaron en algún momento funcionó pero después ya no quiso girar. Los austriaquitos se observaron mosqueadísimos y, después de un rato, concluyeron con la mirada y un like clandestino que el avión podía volar así, con dos hélices. Al ver esto, estuve a punto de hacer un motín pero me abstuve porque sería el único privilegiado en saber las razones de la caída del avión, claro, aunque no pudiera decírselas a nadie.
Así hay numerosas anécdotas sobre aviones y quizá la peor fue cuando en una turbulencia salieron las máscaras de oxígeno o aquella cuando el carrito asesino del chupe casi mata a una mesera porque se zafó el freno y se fue para atrás para atrás en caída libre. Se le estrelló a la altura del ombligo: ella sólo sacó la lengua y masculló un help me. En uno de los vuelos de este año me paré al baño. Sobra decir que es una experiencia dantesca cada vez que pretendo ingresar a una de estas cabinas. Después de lograrlo, y mientras le trataba de atinar al wc porque pasábamos por una zona de turbulencias relativamente moderada, hubo un saltito cuántico que no preví: las turbulencias pasaron de ser moderadas a completamente hijas de la chingada. Y ahí voy de una pared a otra del cuartito, de arriba abajo, izquierda derecha, y mojando todo el baño, naturalmente. Insisto en aquello de las cámaras de la tortura. Después de un rato salí vivo pero con una firme y compacta convicción: escribir un relato intitulado "Cómo ser madreado en el aire por un cuarto de baño". En ese tenor, creo que mi segunda confesión es irrelevante pero mi amor propio insiste en que la diga: ¡ODIO LAS TURBULENCIAS, COÑO! Ésa, y la próxima crónica sobre hoteles intitulada Hotelo y Desdémona are dead, son mis confesiones de la última SS. Así nomás. So be it que ya nos llamaron para abordar.
CAS
lunes, diciembre 31, 2012
El sol de invierno
Tengo apilados ante mí los siguientes libros:
-La idea fija de Paul Valéry
-El lenguaje del juego de Daniel Sada
-Kafka. Por una literatura menor de Gilles Deleuze y Félix Guattari en versión de Jorge Aguilar Mora
-Las lágrimas de eros de Georges Bataille
-Teorías del arte contemporáneo. Fuentes críticas y opiniones críticas de Herschel B. Chipp
-Los extranjeros. Por una ética de la solidaridad de Terry Eagleton
-Una relación perfecta de William Trevor
-Las palabras y las cosas de Michel Foucault
-Los Diarios de Andy Warhol
-Conversaciones con Picasso de Brassai
-Pieza única de Milorad Pavic
-Las instrucciones de uso de Georges Perec
-Dibujos y fragmentos póstumos de Charles Baudelaire
Todos, salvo el libro de Foucault, los compré el último mes. No revelaré cuánto gasté en ellos, sobre todo porque es sabido que ese dinero debí utilizarlo en zapatos y pantalones (labor, por lo demás, correspondiente a mis hermanas, que son las que siempre me procuran: les avergüenza tener un hermano parecido a un pordiosero o a Allen Ginsberg o a Karl Marx). Más allá de pensar en el orden, pues cada uno ocupa un lugar de acuerdo con ciertas necesidades, los libros puestos aleatoriamente en la mesa de jardín de mi casa constituyen una naturaleza muerta, un lúgubre bodegón que acompaña armónicamente el anticipado suicidio de las Nochebuenas de este año (todo mundo sabía que, again and again and again, serían atacadas por los duende perniciosos de Claus porque les encanta su lechita). El punto, sin embargo, es: ¿qué hacer con estos volúmenes? En realidad, y lo menciono como un acto de sinceridad subnormal, debería ser un poco más osado y dejar de leer volúmenes con volumen y aterrizar de una vez por todas en las bondades de los libros electrónicos. Evidentemente me he negado, pues los textos virtuales no permitirían esta distinguida composición plástica (amén de que con el libro de Baudelaire acabo de matar un par de cucarachas). Pero regresando al tema: ¿por dónde empezar? Está claro que algunos de ellos están ahí porque estoy preparando un seminario intensivo que impartiré en Monterrey los dos meses siguientes; pero los demás son autores que me causan infinito placer, aun cuando esta confesión pueda considerarse la mayor pavada morelense previa a la transición anual. Pues bien, creo que, por lo menos hasta este último de diciembre, no hay mejor cosa que despertarse para leer el caos dialógico de Valéry o la sapiencia ampulosa de Eagleton para hablar sobre Lacan y, but of course y en línea directa, SuperSlavojZizek. Estas lecturas se acompañan, está de más decirlo, con té de menta. Pero tenemos también la división Línea Maginot: Perec, Foucault, Bataille, Baudelaire y Brassai. Esté último, aunque húngaro, vivió casi toda su vida en Francia. ¿Qué hacer aquí? No existe otra opción: mezcal. Frisson y a sobrevivir, que el gusano mata. Por último dejamos para cuando cae el sol de invierno, que ya me está quemando la frente mientras escribo estas líneas, a los narradores serios. Sada(e), Trevor y Pavic se leen con un brandy, un chaser de agua mineral, un exprés corto y las galletas de chocolate con nuez que cocina mi hermana. Hoy en la noche cambiamos de año y los libros apilados en la mesa se harán más viejos; o también más nuevos, como el salto del caballo de ajedrez de la novela de Perec (esta pieza es la única del juego que está fuera del tiempo, que no de lugar, comarca donde nació el Chicharito Hernández). Creo que me ha alcanzado la digresión. Pero qué más puede anhelarse cuando se llega a los cuarenta: un poco de tolerancia por una barba claroscura y cloroscura y un buen Montepulciano o un Brunello de Montalcino para recibir un otro año. ¡Yamas!
CAS
lunes, noviembre 05, 2012
Así es...
El gran John Carlin sobre los árbitros de futbol:
"Perversa vanidad: todos los países se jactan de tener los peores árbitros".
CAS
El texto completo puede leerse aquí
El gran John Carlin sobre los árbitros de futbol:
"Perversa vanidad: todos los países se jactan de tener los peores árbitros".
CAS
El texto completo puede leerse aquí
martes, octubre 02, 2012
martes, septiembre 18, 2012
Balada del hombre piedra III
CAS
¿Cómo se lucha cuerpo adentro? ¿Cómo se conoce el arma que utiliza el rival cuando es una vaina imperceptible? ¿Cómo se allana la supervivencia contra el tigre cuando yo soy el tigre? ¿Qué hay en ese cuerpo mallugado que es incapaz de adiestrar el vestuario de su piel para que no se arrugue, no se carcoma, no se inmole? La psoriasis continúa. Cada mañana detecto una nueva placa, una flamante pústula que nutre mi transformación. Heme, mutatis mutandis, día a día más parecido a Gregorio Samsa, a Jeff Goldblum. Arráncame la escama se llamará mi siguiente libro. El caos de mi sistema inmunológico (nadie sabe para quién trabaja) aniquila las células buenas, los tejidos normales y los expulsa al exterior para hacer de mi piel una instalación posmoderna. Y la diferencia con los tatuajes es que el sufrimiento no viene de manera artificial; tampoco su evolución cotidiana es inducida. Mis manos y piernas evolucionan con mayor vigor que un body painting; su movimiento es más certero que la pintura de acción y su majestuosidad más irreverente que un Botero en la plancha del Palacio de Bellas Artes. Acaso la conversión a obra de arte también necesite sacrificios; asumir el dolor como quien decide cambiar de sexo o transformarse en el mineral preferido. La solución, sin embargo, la he vislumbrado los últimos días. Una mujer a la que amé y murió hace año y medio, me regaló una pomada mágica con sales del Mar Muerto (qué mejor antídoto para erradicar las células muertas de la piedra porosa en mis extremidades). En su momento la utilicé y no pasó nada. Ahora, como ajuste de cuentas desde el más allá, ha empezado a funcionar y la roca parece mimetizarse con la piel. De ahora en adelante no habrá fuerza omnímoda que me impida la lucha contra el ángel para descoyuntar mi cadera, trozar mis ligamentos, rozar de nuevo la humanidad perdida. Aunque mis fauces sean las de un caimán indómito que se muerde a sí mismo, venceré aquí o allá, en la insondable nocturnidad bajo piel, al Dios invisible que me devora desde adentro.
CAS
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