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miércoles, julio 22, 2009
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lunes, julio 13, 2009
VIII. Entre aguas
miércoles, mayo 20, 2009
VII. De gatos y sueños
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lunes, mayo 04, 2009
VI. Aujourd'hui on the rocks
Las últimas cinco novelas que he leído empiezan en la mesa de un bar. Mis amigos, seres básicamente inestables, dicen que no se trata de ninguna novela sino de mi vida cotidiana. No es así: por alguna razón mística, las mesas están, los beodos también y lo tragos van desde anís hasta ajenjo; además se habla de quinina, una de mis palabras favoritas y que es el principal ingrediente del agua quina; también, por extraña añadidura, del vodka y gin tonics. La quinina, como bien saben los ingleses y ahora deberían saberlo mejor por ese extraño virus que mutó en los cerdos para luego ir a los verdaderos cerdos, se usaba en el siglo XIX y principios del XX para prevenir enfermedades apocalípticas como el paludismo. Cuando, en 1783, a Johann Jacob Schweppe se le ocurrió poner anhídrido carbónico en el agua embotellada, y más adelante quinina al refresco de naranja, no sólo concibió el agua quina sino que inició la decadencia del imperio inglés en las colonias de ultramar. En sus ratos de ocio, los soldados al servicio de la corona británica decidieron mezclar ginebra con quina al son de "God save the queen", y ya no murieron de malaria o paludismo sino de congestiones alcohólicas. Los ingleses, más que los rusos o los polacos, son los mayores borrachos de la historia. En el siglo XIX inventaron un trago llamado grog -de ahí el término grogui-, que consiste en ron, azúcar, un poco de limón y agua hirviendo. Era el trago por excelencia de la estirpe decimonónica de distinguidos y facundos sirs como Walter Raleigh y Francis Drake (piratas mal habidos con licencia real). El único problema de los ingleses fue que nunca supieron beber alcoholes serios; cuando lo hicieron, siempre se emborracharon de manera epifánica para terminar de dos formas: lamiendo las banquetas de su cuadra o ahogados en las olas de su propio vómito. De ahí que sean sólo grandes bebedores de pints de cerveza tibia, y ya, como el gran maestro Paul Gascoigne, al que por lo menos deberían construirle una estatua. Mucho se rumora que por ebrios fueron acribillados por los zulús cuando pretendían apropiarse del sur de África. Las narraciones británicas de la guerra contra los zulús en 1879 son reveladoras. La estrategia zulú era llevar a cabo la llamada formación “cuerno de búfalo”: rodear el campamento rival y atemorizar psicológicamente a sus contrincantes con el sonido intermitente de los tambores cada vez más cerca de las filas enemigas. Después de un par de horas, los zulús masacraron a los británicos, en parte porque eran más, en parte por la ineptitud militar y arrogancia infinita del comandante inglés, Lord Chelmsford, y en parte porque los british habían tenido una ferviente velada de gin and tonics.
El primer punto y aparte tiene una razón sustancial de ser, o del ser, como se le quiera ver (al cabo sabemos que también es sustancia). He aquí, pues, mi primera confesión y mea culpa de la temporada: normalmente sólo leo a escritores ingleses que, sé de antemano, escribieron novelas que empiezan o terminan en la barra o mesa de un bar. Cuando el bar aparece a la mitad es un poco más complicado, pues tengo que fumarme novelas enteras para encontrar esos momentos de androginia perfecta representados por el sonido de un vaso que choca con una mesa de madera. Es una aventura similar a las películas de Stephen King, que uno ve simplemente para encontrar esa escena de cinco segundos que es, sin exaltar la nota, de una épica sublime. Shit happens. Como los últimos días han sido de guardar, no porque lo haya dicho uno de los presidentes más ineptos que se recuerden en la historia de un país en forma de cuerno, sino porque no se puede hacer nada, me he dedicado a la contemplación pírrica y a depurar un coctel en el que venía trabajando desde hacía tiempo. Segunda confidencia: he llegado a la perfección en el preparado de margaritas. Hoy día, en el que los tapabocas son la prenda ideal de la temporada primavera-verano y en el que el deporte nacional por antonomasia es deshojar la margarita, hay que estar al tiro y ponerse las pilas. No os diré la receta secreta porque me ha quedado sin neuronas (como es evidente) tratando de llegar al toque excelso, pero sí puedo anticipar un elemento nodal: la alberca. No hay vuelta de hoja (menos de márgaras): las margaritas se paladean mejor dentro de una piscina (desde luego que no vacía, como me acababa de sugerir un distinguido y rupestre camarada). Como algunos mexicanos se caracterizan por su hombría ("yo me tomo el tequila solo. Ése es un trago para viejas pendejas"), otros por su honorabilidad bolchevique ("ese coctel es una invención gringa para promover el imperalismo a través del alcohol suave; además sólo lo beben yanquis gordos con camisas de palmeras") o por su distinguida estulticia ("no mames, la güera me pidió que le preparara una margarita y yo jamás he bebido otra cosa que no sea Tecate"), habría que empezar a derruir algunos mitos y reivindicar otros. En principio: las margaritas no son mexicanas; fueron inventadas en Ciudad Juárez pero por un gringo. El lugar de la antes mencionada gesta se llama el Kentucky bar y está a escasos metros de la frontera con El Paso. Como suele suceder, los inventos siempre son mejores en otros lados y no en el lugar de origen (insignes son los casos de los chocolates en México o las pizzas en Italia); así, el único placer de degustar una margarita en el Kentucky es el de estar en el lugar primigenio de uno de los grandes cocteles de la historia. Y ya. El toque fino pasa, entonces, por la alberca y por la cantidad de hielo que se le ponga. Además de que hay que utilizar sal gruesa en su justo medio y servirlas en las copas adecuadas. En realidad mi trauma con las margaritas viene desde la vez que una gringuita en Carolina del Norte, al enterarse de que yo era mexicano, cruzó la sala de la fiesta donde estábamos y me entregó un mix de Margarita, un tequila de medio pelo y una licuadora. Acto seguido, con sonrisa de trombonista de la banda de la escuela, dijo: "Haz margaritas". Yo, sintiéndome miembro honorable de la casa Gryffindor, las hice sin varita mágica. Nada mal salieron, aunque era una mezcla de supermercado (de hecho acabo de darme cuenta que empiezo a repetirme en las aburridas historias que cuento. Esa anécdota la había contado aquí. Cuando se acaben las palabras, pues). De la contemplación pírrica no hablaré porque todavía no sé bien a bien qué quiero decir con eso.
El segundo y último punto y aparte tiene que ver con varios temas. Uno, con lo que una amiga me dijo hace algunas semanas: "Qué bueno que escribes así, en un parrafito. Así no da flojera leerte". Como éste es el tercer párrafo, tengo la certeza de que no le apetecerá fumarse este infumable texto (a quien haya llegado hasta acá también habrá que decirle que se aprovecha mejor el tiempo viendo Los Beverly de Peralvillo) y, por consiguiente, tengo la obligación moral de hablar mal de ella ahora que no se dará cuenta. Como no es mi intención hacer leña del árbol caído, sólo diré, a propósito del número de páginas que deben leerse, que la antes aludida muchacha sólo lee libros si no tienen más de 150 páginas. Se sabrá, entonces, con lo que se ha cultivado. Una vez le dije que se había perdido el Quijote y me dijo que sí lo había leído, que había comprado en el puesto de periódicos una versión de 40 fascículos. Antes este tipo de confidencias me hubiera causado un síncope fulminante pero ahora con la invención de la margarita perfecta sólo levanto mi copa y brindo por tiempos mejores. Así, sin más, esta botella al mar ha servido para una intensa reflexión inocua en la que los días de guardar se han ido rápidamente. De hecho han estado acompañados de tres conspicuos sucesos que me han alegrado las tardes en mi veranda: Real Madrid 2, Barça 6, Manny Pacquiao KO en dos a Ricky Hatton y Andrés Iniesta y su delirante gol en Stamford Bridge (la mejor definición de don Andrés está aquí). Ahora sólo queda regresar a dar las clases para reprobar a mis alumnos, esperar que el Cruz Azul contrate a un entrenador intrépido, seguir escribiendo parrafadas para evitar que la gente se entere cuando hablan mal de ella y orar por que a uno no lo vuelvan a calificar como un hombre "inteligente" o "interesante". Si se me quiere endilgar algún adjetivo, last but not least, el único que aceptaré en lo sucesivo será audaz. Tschüß.
sábado, abril 18, 2009
Police station
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jueves, marzo 26, 2009
IV. Circuito interior
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lunes, marzo 23, 2009
III. Psoriasis
-Pequeños, grandes huesos, cartílagos
aun hay jaulas más crueles.
Paciencia, blancos relámpagos
en la cárcel de mi carne.
Tórax, deja sin temor
que te llene el aire claro
¿No comprendes tú que el sol
te alcanza desde los cielos?
Escucha, húmero sombrío
la noche carnal es dulce.
No hay que pensar todavía
en la flauta de los muertos.
Y tú, rosario de huesos, columna vertebral,
que no desgranará ninguna mano,
aleja de nosotros esa hora enemiga,
roguemos por el río que nos riega la vida
y hacia nuestras pupilas inquieto se apresura.
CAS
domingo, marzo 15, 2009
II. Temporada Radiohead
Si la vida es un juego, ¿habrá algo más que ganar que la vida misma? Naturalmente es un juego que se puede ganar, aunque siempre se pierda en el último minuto (seleccione su segundo). La ventaja es que, como Sísifo y su piedra, siempre empezará de nuevo.
-¿Quiénes son esos güeyes de Radiohead?
-Pues la banda más influyente de los últimos años.
-¿Son buenos?
-Sí, tienen algunos discos redondos -chet.
-Mirá, vos. Ya estoy viejo, mano.
-Estamos viejos, man.
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martes, marzo 10, 2009
I. Bombastic
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martes, enero 20, 2009
-¿Dónde está el dinero, pinche viejo?
-Aquí no hay dinero, cabrones de mierda.
-¿Dónde está el dinero o quemamos tu pinche casa?
-Yo sé quiénes son ustedes -le dijo a los enmascarados-. Tú eres de tal rancho y tú eres hijo de Pedro, el que vive atrás del Bordo. Así que los dos y ustedes también van y chinguen a su madre.
-Vas a ver, hijo de tu pinche madre.
Uno de ellos tomó un barril de petróleo y bañó al viejo de pies a cabeza. Acto seguido prendió un cerillo y se lo paseó por la cara.
-Nos vas a decir dónde está el dinero, cabrón, si no te prendemos.
-Mátenme, cabrones, y van a chingar a su madre.
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sábado, enero 03, 2009
Ignominia
La función de este tipo de notas ("Misterios y sinrazones del ser humano alimentaron a Lowry") es engrosar la estulticia de la humanidad. Es de sobra sabido la veneración a Malcolm Lowry de aquellos individuos que se sienten malditos, esto es, que se vanaglorian de grandes alcohólicos (¿quién podría enorgullecerse de ello?), que viven sus días a flor de piel o simplemente que le muestran al mundo su irreverencia porque nunca se pusieron una corbata. Lo que llama curiosamente la atención es que con normalidad se hable de la vida dipsómana de Lowry (murió ahogado en su propio vómito) y no de la grandeza de su única novela publicada en vida, Bajo el volcán (Ultramarina es un maquinazo de juventud). Ah, es cierto: se habla del Volcán porque se pretende a Lowry como un alter ego del Cónsul Geoffrey Firmin, el beodo protagonista de la novela al que matan en la cantina El farolito. Sucede, entonces, que se abandona el texto y se exaltan las virtudes etílicas de Lowry. Sin recalcar que habría que ser un soberano pendejo para pensar en esas cualidades como virtudes, hay gente que pretende inaugurar una religión lowriana, o por lo menos hacerlo santo (véase ese librín San Malcolm en las cantinas). A fuerza de ser sinceros, Lowry jamás hubiera sido mi amigo y los más probable es que, de conocerlo, hubiéramos terminado a las trompadas (pinche borracho). Pero como de tarados está lleno el mundo, dejemos que sigan publicándose notas de este tipo, sobre todo cuando se trata de periodistas con aspiraciones literarias (como casi todos) y que pueden decir que despachan en una cantina del centro de DF. Y así nada más, pues aquella persona que haya leído a conciencia el Volcán no tendrá escapatoria: odiará la novela como a los seres queridos y dejará por la paz a un tal Lowry que jamás escribió una novela llamada Bajo el volcán.
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martes, diciembre 30, 2008
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jueves, diciembre 25, 2008
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lunes, diciembre 15, 2008
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viernes, diciembre 12, 2008
Perdón, había jurado no volver a hacerlo pero mi conciencia es demasiado tibia. Palabras clave (all of them) por las que Del Valle notes apareció por última vez en un buscador:
Jamás apareció qué quería oír. Sufro,
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viernes, diciembre 05, 2008
Existen estrategias tangenciales que bien podrían funcionar, entre otras, asumirse como Xavi Villarrutis y decirle en tono cavernoso "Mi voz quemadura" (usted podría sufragar la falta de concordancia de un poeta malo y recitarle también "Mi voz quema dura"); si ama los cómics, no hay de otra y bánquesela. Ruja: "I´m Hellboy and you're my girlfriend"; cuando es de esas mujeres autogestivas, como buena feminista, hay que acorralarla: dígale que es fantástica y oríllela a la autocalentada por convicción. Es muy probable que tarde o temprano brame: "¡Llamas a mí!". La última sugerencia de nota a pie es un tanto vulgar pero puede funcionar: llévela a un antro aburridísimo y grítele "Pero mi reina, ¡préndete!".
Pero si de detalles avezados se trata, regresaríamos al célebre díctum de Octavio Paz: "las palabras, esas putas". Comience tranquilo y recítele la frase de don Octavio sobre Jaime Torres Bodet: "Leer a Dostoievsky era esperar cada mañana el incendio del sol". Más adelante: "Tengo una llama doble que me consume y anhelaría compartirla contigo"; por último diga contundentemente: "Somos piedra de sol". Habrá que tener mucho cuidado y no exagerar la nota, pues le podría suceder lo que a Paz: en un arrebato de ardor interno, poético, por supuesto, el miserable reventó e incendió su departamento. Por eso, la enseñanza final que debería retomarse de Paz es decirle, simple y tautológicamente, "Puta". Ella arderá de coraje por la sibilina palabra y pensará de nuevo, con toda razón, que los hombres siguen siendo seres básicos, procaces y gélidos.
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PD. Después de publicar lo anterior, llegó al blog un nuevo cibernauta con la siguiente pregunta: "¿Cómo le asen para calentar a una chava?". Chet.
viernes, noviembre 21, 2008
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jueves, noviembre 06, 2008
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domingo, octubre 12, 2008
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viernes, septiembre 26, 2008
pararse. La ecuación vial funciona a cabalidad: yo me baño con agua fría desde hace tres días y sufro en la ducha; no puedo cocinar (hoy en la mañana hice unos huevos en el horno de microhondas y desayuné pudín de huevos a la mexicana) y mi vecina Juanita sigue viva porque los microbuseros son unos ineptos que no pueden centrar a una pobre vieja de 132 años (llevaba mucho tiempo sin hablar de ella, pero eso no quiere decir que la haya extraído de mi lista de personas a las que hay que matar). Por si fuera poco estoy tomado metrodinazol, una medicina en principio para las amibas pero que el doctor me recetó porque no creía que fuera a dejar el trago. Si uno ingiere alcohol con metrodinazol es equivalente a tener un poco de nitroglicerina en el estómago, osease, por principo de cuentas no es aconsejable porque un movimiento en falso y ¡bum! Pero ese hombre de poca fe no creyó en la mía que quizás no mueve montañas pero sí a Juanita si estuviera al borde de un quinto piso. Ni modos, pues: ya tendré que desquitarme con mis estudiantes y ponerlos a leer a Braudel. Después de tanto tiempo de dar clases me he dado cuenta de que además de ahorrarse la terapia, los alumnos se convierten en el punching bag perfecto ante la vicisitudes cotidianas; no sólo se tira la energía negativa en el aula y se les reprueba: también te pagan por ello. domingo, septiembre 21, 2008
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sábado, septiembre 13, 2008
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miércoles, septiembre 10, 2008
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lunes, septiembre 08, 2008
El doctor me auscultó durante treinta segundos.
-Es una infección muy grave que no se quita con antibióticos. Necesitas cirugía.
-Si tú lo dices doc, está bien: cirugía, pues. ¿Cuál es el riesgo?
-En principio el riesgo debería ser mínimo pero el absceso que tienes es muy grande. He ahí la gravedad de la operación
-¿Para cuándo sugieres, entonces?
-Lo antes posible, es muy peligroso lo que tienes. ¿Hoy en la noche?
-Hoy en la noche.
-Déjame hablar al hospital para ver si tienen quirófano [...] Ok, ya está: la operación está programada para las 9 de la noche.
-Está bien.
-Vete a tu casa, tómate un vaso grande de agua e ingresa al hospital por urgencias a las 5:30 para que te hagan los análisis preoperatorios.
Eran las tres y media y había mucho tráfico.
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Tránsito preoperatorio I
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martes, agosto 19, 2008
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jueves, agosto 14, 2008
Son rostros acompasados. La imágenes se pierden en un vértice invisible y piden paz. Atrás una iglesia cobija la indulgencia. También son mujeres. Y también son sujetos anónimos. Son retratos de personas muertas y con ellos se apela a su recuerdo. Algunas sonríen; otras asumen un semblante implacable que indica incertidumbre. Muchas de ellas sabrán que su cara ha sido atrapada en la eternidad cuando se vean en la plancha del Zócalo (el corazón de un país en forma de cuerno se diría: una plancha en la morgue). Toda sucesión de rostros expuesta en un espacio público implica, por principio, una circunstancia aciaga: desaparecidos, crímenes irresueltos, secuestrados, muertas en una ciudad fronteriza, acribillados en una terminal de tren o mineros asfixiados. ¿Quiénes serán estas miserables que ahora maquilan y maquillan la plaza pública? En el silencio llevarán la penitencia: el rezo es inevitable pues su adoquinado faccioso es el cimiento de la casa del Señor. Ésta es la imagen de una primera plana. Son mujeres y el decisivo obturador de una cámara fotográfica muestra que han muerto. Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. Pero de la muerte también se regresa y el pie de foto sugiere algo más: la expiación de nuestras mujeres ha pasado por la voluntad sobre su cuerpo (he aquí la perogrullada. Hela y hela). Entonces decidieron no morir y evitaron el óbito en vida de seres humanos inocentes. Ahora sabemos que sus facciones pueden ser captadas en lo sucesivo para asumir las muertes necesarias y que si bien la felicidad no es prohibirle a un cigoto que se desarrolle y nazca, tampoco lo es un niño no deseado. Son ellas, más de 11 mil mujeres, las que han decidido abortar de manera segura al amparo de una nueva legalidad. El collage del Zócalo no es ya más el recuerdo funesto de las injusticias sino la memoria intacta de aquéllas que han podido elegir y que también morirán en algún momento. Pero eso ya no importa.
CAS
Foto: Carlos Ramos Mamahua
