viernes, mayo 28, 2010

Le pain et le lait

Mi primo Xavier de la Vega y el buen Carim Azeddine presentarán su documental El pan y la leche en el festival Distrital de la ciudad de México. Para los interesados en los temas sobre la migración mexicana hacia Estados Unidos, van las fechas, horarios y salas de la exhibición:

2 de Junio - CCU Tlatelolco - 17:00 hrs
3 de Junio - Cinemark Pedregal - 19:00 hrs.
5 de Junio - Lumiere Reforma - 16:00 hrs.

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viernes, mayo 07, 2010

Sólo un café

Le dio la chupada al cigarro y miró el cielo, como anhelando que la lluvia inexistente trabara las palabras. Adolorido la miró de nuevo y tiró la colilla con el índice. El aire era tenue y amable: el Gaby’s fue nuevamente testigo de silencios inconclusos. Ella puso la mano en el hombro de él y lo apretó un poco. Así, con la complacencia revelada en ese tendón desconcertado, ella musitó desviando la mirada: "Aprende a perdonarme".
CAS

martes, abril 20, 2010

Escribir

José Emilio Pacheco, en la entrevista que le hicieron en Madrid previa al recibimiento del premio Cervantes, dijo: "Escribo porque me ocurre algo y no pienso si eso cabe dentro de una definición". Más adelante agregó que le parecía legítimo recibir el premio sobre todo ahora que el pago por escribir casi ha desaparecido. En mis clases de redacción en la UNAM, les digo siempre a mis alumnos que eviten palabras vagas como "cosa" o "algo", verbos obtusos como "suceder" u "ocurrir" o calificativos vacíos como "interesante" o "lindo". Pero al leer las líneas de José Emilio, no cabe duda que sus palabras le atinan a cabalidad al sentido de la escritura. ¿Por qué se escribe? Porque algo nos pasa. ¿Qué es eso? Quién sabe, aunque la fibra sensible que genera la prestidigitación tenga un origen. Escribo porque me ocurre algo es hacerlo por saberse vivo; es entregarse a un palmo de papel blanco e iniciar una confesión inocua sobre el goce del olor a café o pasmarse con el rostro de una mujer bella; estremecerse con la imagen de dos hombres colgados en un puente de Cuernavaca o indignarse por la muerte de niños que, aunque el adjetivo sea una redundancia, son inocentes; también, por qué no, aceptar que ahí donde nos tocó vivir es un arma de doble filo, una cimitarra infiel que cambia su hoja afilada con destreza camaleónica. Por eso se escribe: porque existe un respeto absoluto por el llanto y la risa; el dolor y la fruición; el odio y el amor. Polaridades que se alojan en precipicios insomnes. Y no nos interesa que la conjugación imaginaria de un "yo ocurro" o un "yo sucedo" como antes se lo hacía como un "j' accuse", no exista en los cánones de las greguerías convencionales. Escribir es la labor inacabada de una mano perdida en Lepanto. Escribir balancea la temperatura del cuerpo; escribir es el barco a la deriva que ve la isla a lo lejos; escribir, como el futbol y otras tantas actividades que los humanos realizan porque su placer es infinito, es una forma artera de vida que enmascara la memoria. La sapiencia de su historia estará en las miles de palabras superpuestas que guardan las yemas de los dedos. Las huellas digitales, el tacto imperceptible y las palabras simultáneas.

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martes, abril 13, 2010

Rothenberg

Quizás uno de los poetas estadounidenses más importantes de la actualidad sea Jerome Rothenberg. Su espectro sensible trasciende los limbos de su propia cultura y desanida el sentido único, unidireccional, de la poesía. En sus palabras confluyen mundos, voces invisibles, que le dan eco a su halo anglosajón. Hablamos, pues, de un poeta cultural, si la tautología es tolerable. De él ha dicho Eliot Weinberger: "Es un recluta que voluntariamente se ha enlistado para prolongar la vanguardia". Su canto embiste las bayonetas de mira chueca, los arcabuces humedecidos por la fragilidad de lo contencioso.

Conocí a Jerome Rothenberg hace como diez años. Había venido a México a dar algunas lecturas de su poesía más reciente. Después de una de esas veladas que deviene en tertulia de amigos, fuimos a tomar unos tragos. Al cabo de cinco martinis, y como la travesura perfecta de un viejo pícaro, deslizó por debajo de la mesa un folletito fotocopiado del tamaño de un boleto de cine. "Es mi última publicación", me dijo. "Es el último que me queda y no se lo quiero dar a ninguno de estos insoportables. Cabe destacar que los organizadores de la lectura, y que estaban ahí, eran de Letras libres. Durante años el folletito fotocopiado estuvo perdido en algún vericueto de antimateria de mi biblioteca; pero ahora, como las mudanzas sirven tanto para perder cosas como para recuperarlas, me he encontrado la minúscula publicación de Rothenberg.

Se trata del volumen The Leonard Project. 10+2 poems, poemas visuales que originalmente fueron presentados en formato de 18 por 24 pulgadas en la exposición A supper with Leonardo en Florencia. La muestra duró de septiembre de 1998 a enero de 1999. Rothenberg lo imprimió después en pequeña escala, sin fines de lucro y para regalárselo a los amigos a quienes pudiera interesarle. Yo fui uno de los afortunados y lo reproduzco a continuación.

I will create a fiction which shall express great things





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miércoles, abril 07, 2010

U turn

No hay piel humana que se mantenga sin cicatrices. Cuando parece que las llagas están por difuminarse, sucede que, por una evolución estrictamente divina, se recalcan sus sombras enardecidas y regresan a su morada epidérmica. Estigmas les dicen y se recrean como sangre encapsulada. A mí, sin embargo, las marcas divinas no me reaparecen en las manos o antebrazos como le sucede a la estirpe de Nuestro Señor. A mí, a diferencia de la visibilidad ecuánime de los estigmas cristianos, las marcas me salen en las lonjas y, aunque no son muy estéticas, adquieren una voluminosidad excelsa que un andrógino envidiaría. Quizás la cura venga de realizarme una liposucción y preparar jabones afrodisiacos con la grasa que salga de la cirugía; así podría tallarme in situ pero por fuera de la piel (la imagen no me convence porque la piel siempre está por fuera pero valga la licencia poética onda Xavi Villarrutis porque hace mucho calor). Como Nuestro Señor acaba de morir, y para evitar la lipo que haría de mí un chicharrón inolvidable, pretendí revivir el viacrucis con caídas y crucifixión incluidas. Bueno, con una diferencia de matiz: revivir el viacrucis tirándome en forma de cruz en el jardín y la alberca de mi casa de Cuernavaca. Pero más o menos seguí el ritual de la semana mayor: jueves santo de eucaristía con vodkas tónics y panecitos con queso de cabra y jamón serrano (tampoco hay que exagerar la nota); viernes de crucifixión tirado de cara al sol y dejando un pedazo de mi alma en un rincón de pasto seco (aunque hacía la cruz tirado en el jardín, he de decir que la sensación era de una verticalidad espigadísima); sábado de gloria acompañado por el inefable "¡agua, mi niño!" (aquí no sólo hay que compartir el pan y las pizcas sal, sino la sal misma en cantidades discrecionales, como las partidas secretas de Fecal); y el domingo de Pascua, estadio de resurrección, resucitación y posibilidad de checarse los estigmas. Como de medias vueltas está llena la vida de los hombres que jamás leerán a Og Mandino, mis estigmas no aparecieron a razón del sufrimiento por la semana santa sino por aquella extraña estupidez que he venido repitiendo rutinariamente los últimos años: me pasé el limón de las micheladas por la lonjas; éstas, a su vez y caprichosamente, fueron expuestas al sol en un momento nodal de la pasión y el cuerito se expandió como si los duendes epidérmicos estuvieran inflando un condón cubano. Por eso las semanas santas no sirven para emular a Jesucristo a la ligera (para eso existe gente preparadísima en Iztapalapa), sino para cuidarse de la languidez cutánea, la deshidratación del alma y de las voces del más allá que no hacen más que recordar que el dolor y las penurias existen independientemente de la voluntad propia.

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jueves, marzo 11, 2010

Template

Es por todos sabido que no soy un hombre de muchos cambios. Viví, por ejemplo, 12 años en el mismo departamento y jamás cambié de lugar la cama (tengo un amigo que durante un mes movió ocho veces sus muebles porque estaba en desacuerdo en cómo se veían. Al final decidió dejarlos como al principio, se sentó en el sofá y se puso a pensar con alegría en sus viejos días de revolucionario doméstico). Tampoco, por insistir en la testarudez, cambio mucho mi forma de vestir (casi no compro ropa) ni busco nuevas rutas cuando tengo que ir al metro. Mi coche, por lo demás, es del año 97, y las posibilidades de comprar otro, más allá de ser practicante de una actividad de alto riesgo llamada inopia, tienen que ver más con que me gusta y corre bien (bueno, una vez estuve a punto en desperdigarme en más partes que una granada de fragmentación porque se rompió la dirección del volante. Pero Dios es grande y me pasó a diez por hora). Así, nunca me había puesto a pensar si era necesario modificar el diseño de este sitio: estaba tan acostumbrado al fondo amarillo orín que obvié considerar lo desagradable que era. Hoy día, después de que he acomodado mis libros por secciones, orden alfabético y constatar una vez más la ruindad humana por los volúmenes que me faltan, decidí que era hora de transformar un poco la imagen del blog. He aquí, pues, un lugarcito del ciberespacio más amable, ligero a las miradas inocentes, que ya no hará ver los textos como letras pasadas por yema de huevo. Porque no puedo permitirme perder mucho tiempo, escogí el modelo básico; asimismo, as usual, el texto predominará sobre la imagen (aquí hay que decir que, como no soy un tipo de muchos cambios, seguiré sin tener hi-fi, myspace, facebook, twitter o alguna de esas rusticidades que llenan mi correo de basura). Alea jacta est y dolce vita a la nueva plantilla.

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lunes, marzo 01, 2010

Carlos Montemayor, el hombre congruencia

Los hombres justos siempre se van antes de tiempo. Los hombres justos apelan a la existencia de los otros, a su humanidad, a su figura auténtica en el mapa de bienaventura. Y las palabras de los hombres justos, como lo fugitivo, permanecerán hasta que la voz no exista. Conocí a Carlos Montemayor a mediados de los noventa. Yo colaboraba para una revista francesa sobre América Latina y los editores, extasiados por una rebelión indígena de enmascarados (no olvidemos que Montaigne, para escribir su ensayo "De los caníbales", no estuvo en América; a sus indios los vio en las pasarelas de las cortes francesas), me pidieron un artículo sobre el zapatismo. Carlos recién había publicado Chiapas: la rebelión indígena de México y naturalmente era una obligación entrevistarlo. El editor de Joaquín Mortiz me pasó su teléfono e hice una cita. Ese día Carlos me recibió amablemente en su casa. Si bien no recuerdo a profundidad la entrevista (la cinta debe de estar en algún hoyo negro de mi biblioteca) tengo presente la insistencia de Montemayor en el reconocimiento de los pueblos indios a partir del Convenio 169 de la OIT de 1989. No había vuelta de hoja: ahí, decía Carlos, estaba la clave para dejar de preguntarse chabacanamente quiénes eran indios y quiénes no. De ese primer encuentro saqué conclusiones encontradas: se trataba de un hombre extraordinariamente inteligente pero de un trato con las personas no precisamente afable. Cuando le conté a Juan Domingo Argüelles mi encuentro con él, simplemente me dijo: "No te preoucupes, Montemayor es como el Tomás Boy de la literatura".

El destino, sin embargo, hizo que tuviera la oportunidad de conocerlo y pudiera cambiar mi opinión inicial. Y aquí sí podré decir sin cortapisas: si algún maestro tuve, no en la escritura, no en la literatura, no en la vida mundana sino en las consideraciones intelectuales como una esfera global e ineludible de la que participan activamente todas las expresiones humanísticas, ése fue Carlos Montemayor. En 2000, él y Alí Chumacero me otorgaron la beca del Centro Mexicano de Escritores. Fue ahí donde, a lo largo de un año, pude conocer a sus anchas a ese hombre cabal y consecuente que ya no está con nosotros. Porque Montemayor si algo ostentó fue abanderar la congruencia como estandarte inexorable de vida mañana tras mañana. Todos lo miércoles del señor nos reuníamos en esa casita de la colonia Villa de Cortés a tallerear los avances del proyecto que habíamos presentado. El mío era un ensayo sobre Graham Greene en México. Después de los comentarios de los becarios sobre los textos presentados, hablaban Alí y Carlos. La dinámica era muy sencilla: era como la relación que existe entre el policía bueno y el malo. "Maestro Alí", le daba la palabra Carlos, quien se encargaba de moderar las sesiones. Mientras Alí hacía dos o tres comentarios sobre la redacción de los trabajos, siempre aderezados con confesiones vitales como decir "Juan Rulfo era mi empleado", Carlos hacía una lectura más acuciosa. Y nadie salía vivo. Su espíritu crítico abarcaba varios senderos y su mirada era implacable, contundente, lapidaria. No se detenía en la forma; iba mucho más allá y visualizaba los textos desde una perspectiva total. Y tampoco tenía pelos en la lengua: a una compañera la hizo llorar cuando le dijo "No sé por qué le dimos la beca".

Como cada dos meses los becarios y tutores íbamos a cenar a la fonda de Santo Domingo para, según esto, departir tranquilos alejados de los sablazos del taller. La primera vez que fuimos fue reveladora. Carlos saludó a los meseros por su nombre y, después de que habíamos ordenado los tequilas y whiskies, tomó una carta. Con ese don de mando que siempre tuvo, sugirió a manera de orden: "Yo creo que lo ideal es pedir varios platos para que comamos de todo". Naturalmente tampoco nos preguntó nuestra opinión sobre los platillos y ordenó cuatro o cinco para que fueran al centro de la mesa. Acto seguido, tomó un trago de su tequila, se secó las comisuras con la servilleta de tela y dijo Con permiso. Se paró y se le acercó al pianista a decirle alguna cosa. Dos minutos más tarde estaba cantando arias de ópera y canciones populares mexicanas. No era un virtuoso del canto pero lo hacía bastante bien. Naturalmente Alí, que también había sido su maestro, no lo dejaba de molestar: "Es un protagonista. Hablemos de toros". Carlos regresaba a la mesa y después de los Felicidades, Maestro, muy bien, nos preguntaba sobre nosotros. Una nueva cualidad: le interesaba mucho saber qué pasaba con los jóvenes. Un día, durante esas veladas en la Hostería, vio que me tomaba el tequila de un trago. "¿Por qué hace eso, Carlos?", me preguntó. "Porque el primer shot de tequila debe ser de un jalón, Maestro", contesté. Después de unos segundos de observarme como quien seguramente observa a un imberbe mozalbete que no sabe nada sobre la vida, agregó: "Qué raro es usted, tocayo". Con el tiempo, cuando se abandonan las redes de la estulticia, se sacan las conclusiones pertinentes: sólo los springbreakers se beben el tequila de un trago.

Es muy probable que si algo envidiaban mis amigos fue mi relación con Montemayor: no había uno solo que no lo admirara. "Lo puedo invitar a cenar", les dije un día. Le pregunté a Carlos que le parecía y me dijo que estaría muy bien, que le pusiéramos fecha. Y le hicimos la cena. Y vino con ídem. Y todos los amigos tuvieron algo que preguntarle. Y él respondió a todo, generoso. Así era Carlos: tenía una extraña manera de relacionarse con los demás, pero una vez que se le hallaba el modo era bondadoso, cordial y, sobre todo, conocedor de un sinnúmero de temas. Sabio, pues. Ese día le dije que Xóchitl Gálvez había estado a punto de ir a la cena y, en un acto de sinceridad, espetó: "Qué bueno que no vino, tocayo: se habría convertido usted en mi peor enemigo". Montemayor, Hombre congruencia, Hombre coherencia.
Son pocas las muertes, fuera de la familia, que me han cimbrado tanto. El problema es que con el fallecimiento de Carlos Montemayor no sólo perdimos a un gran amigo; también al intelectual más importante que tenía este país. En una ocasión le preguntaron a Octavio Paz cuál era el papel del intelectual en una sociedad. Paz, riguroso y sin pensarlo, respondió: "El papel del intelectual es de denuncia". Carlos Montemayor escribió libros nodales de la literatura mexicana, pero fue ante todo un visionario que combatió activamente las injusticias que ocurren cotidianamente en México: un hombre que iluminó esos rincones del ostracismo adonde los simples mortales llegan sólo cuando están muertos. La mirada oblicua, la mirada sana, la mirada íntegra. Ciao, Maestro, ya nos tomaremos un tequilita, a sorbos pausados y prudentes, como deben ser el canto y la reflexión.

CAS

martes, febrero 16, 2010

Balas y gestos

México, que en numerosas ocasiones hemos dicho es un país en forma de cuerno, subsiste a las vicisitudes cotidianas por un error de cálculo. Cuando a un conocido idiota se le ocurrió narrar el cuento del mundo, tuvo a bien indicar que habría una parcela del territorio narrativo que estaría destinada a ser como la Atlántida: hundida en las profundidades de algún oceano maligno. El error de cálculo fue que no lo hizo con el cuerno sino con Haití. Como el agua escasea en el mundo no se lo pudo hundir: bastó un movimiento leve, aunque esquizofrénico, de uno de los cordeles más lánguidos del titiritero. Y la tierra se movió a sus anchas. Esa secuencia incorrecta de paralaje fue intuida, sin embargo, por uno de los filosófos y escritores mexicanos más reputados: don José Vasconcelos. El antes mencionado personaje no sólo acuñó el lema de la UNAM ("por mi raza hablará el espíritu"), le regalaron un arma (revólver negro calibre 38) con la que a la postre su amante, María Antonieta Rivas Mercado, se pegó un tiro en la catedral de Notre Dame, y editó una gran colección de clásicos literarios cuando era Secretario de Educación; también escribió un libro intitulado La raza cómica. En él, con profunda destreza, aseguraba que el origen de América era la Atlántida, "la civilización misteriosa de los hombres rojos". Así, pues, el espíritu de los mexicanos hablaría por la raza atlántica (seguramente algún acucioso observador habrá notado que Fidel Herrera tiene escamas). Por último, en los primeros años de la Gran Guerra, don José dirigió la revista Timón, publicación que tuvo sólo 16 números por su filiación abiertamente pronazi. El gobierno mexicano la censuró.

Ese gobierno mexicano, que en otras tantas ocasiones ha censurado expresiones menos inicuas que las opiniones de un libre pensador, no censuró o prohibió o evitó, por ejemplo, que un secretario de Gobernación muriera en un avionazo a tres cuadras del Periférico. Pero como es el país del Cuerno, la historia se repite: herederos legítimos de las glorias de Pasifae, los mexicanos somos Minos guadalupanos. Pues bien: el administrador del cuerno (que le roba su vestimenta a ese muchacho llamado Tontín, amigo de Blanca Nieves) tiene un nuevo secretario de Gobernación, individuo que en sus años mozos fue el doble de las escenas peligrosas de Pedro "El Malo" (sobre todo en esos pasajes en los que le iba como en feria gracias a la astucia de Mouse). Entre los dos han concluido que el país necesita, para que su escenificación sea digna del Globe Theatre, dos elementos nodales para subsistir: los gestos y las balas. Cuando don Plutarco Elías Calles, en su famoso discurso de la creación del PNR en 1929, dijo que el país había pasado del México de las balas al México de las instituciones, inauguró lo que a la luz de los hechos, el tiempo y otras triquiñuelas de la historiografía tradicional, se conoce como eufemismos a la mexicana (don Plutarco, conocedor bien de su ascendencia, mantuvo durante varios años una Vida paralela llamada Maximato). Las balas siguieron tras las bambalinas de la institución y la imagen y situación del país quedaron enmascaradas en un nuevo eufemismo que se llamó "Milagro mexicano" (quizás, no obstante, el mayor pistolero incógnito, continuador de la saga de hermanos incómodos iniciada por Eufemio Zapata y Gustavo A. Madero, haya sido el célebre Maximino Ávila Camacho).

A la fecha, Tontín II and Big Bad Pete han llevado la misma estrategia de siempre pero con una diferencia de matiz: ahora las balas matan a la gente en las plazas públicas y su pirotecnia es transmitida por la televisión en vivo; los gestos ("renuncio al PAN") son parte de un show mediático exornado por la muchas veces citada religión porsmoderna: el cinismo. Mirad: os narraré un caso puntual. En diciembre pasado en Cuernavaca hubo un "operativo exitoso" en el que se acribilló a uno de los narcotraficantes más buscados del país. El presidente, que estaba en Europa, se mofó del éxito del numerito y felicitó a los marinos que participaron en la masacre. A la vez, lamentó la muerte de uno de ellos en el tiroteo y mencionó su nombre completo. Al día siguiente, la familia del marino malogrado fue masacrada por las huestes del capo caído en combate. El presidente no lo dijo pero para sus adentros sabía que era un "collateral damage" (como el de esa mujer que, días antes en otro operativo, había sido asesinada como por quinientos impactos de arma de alto poder). El gobierno mexicano, en lo sucesivo, fue felicitado por muchos países por su férrea y enérgica lucha contra el narcotráfico.

Pasemos a la lectura de los hechos. El presidente dice, naturalmente, que fue un operativo exitoso (Calderón es un muchacho que creció viendo películas de Hollywood y siempre quiso que en México hubiera un secuencia peligrosa en la que las fuerzas armadas bajaran a rapel en un edificio. El presidente, también, es muy amigo de Bruce Willis, a quien le retencanta destruir edificios inteligentes, ah, pero hacerlo descalzo, si no, no). También se jacta de que fue el mayor golpe de su gobierno a los cárteles malignos. Veamos: ¿quién en su sano juicio puede pensar que el operativo funcionó a cabalidad cuando mataron a los delincuentes? Los mataron cuando estaban en un pinche departamento, sí, de súperlujo, pero -así como hipótesis de trabajo- en el que algún momento se les acabarían las balas (amén de que hay gases para dormir a la gente momentáneamente, no el sueño eterno, ínclito lector). Además, quien se encargó de la toma de los Altitude fue la marina (nuevo eufemismo que me hace pensar a los marineros como los hombres pájaro de Flash Gordon o como protagonistas de una nueva versión de las Pirañas voladoras). El ejército, por estar metido hasta el pescuezo en el crimen organizado, fue relegado. De hecho se rumora que el comandante a cargo de la División militar de Cuernavaca iba a comer, el día del enfrentamiento, con el mal habido Beltrán Leyva pero le avisaron que no fuera horas antes del asalto. Por ello, en resumidas cuentas, se trata de una guerra frontal con todas sus credenciales: en la guerra se mata al enemigo; en un estado de derecho, se le detiene, se le juzga y, quizás, se le encarcela. Por eso las reglas del narco, ante la inexistencia de un estado de derecho y en el entendido de que el gobierno actúa igual, no deberían ser tan escandalosas.

Después de eso Cuernavaca fue militarizada. Se instalaron retenes con soldados enmascarados que empezaron a detener a la población para buscar un posible arsenal de AK-47 en las guanteras (¿Militares enmascarados? ¿No se quejaba de esto el gobierno federal cuando los zapatistas se levantaron en armas? Den la cara, decían. Ahora solamente no sabemos quiénes nos paran: si no lo hacemos, corremos el riego de competir con el queso gruyere más grande el mundo. Los gestos que, en lo sucesivo, se vislumbraron en mi ciudad natal fueron implacables. En las dos entradas principales a Cuernavaca hay sendas glorietas con las estatuas de la Paloma de la Paz y de Emiliano Zapata. Como había que defender la ciudad, el ejército, fiel al designio de la primera estrofa de himno nacional, colocó sendos tanques en las glorietas. Pero como hubiera sido muy agresivo apuntar hacia los recién llegados por las carreteras, ubicaron los cañones con dirección al cielo. Como detalle curioso hay que decir que la dirección de los cañones pasaba, en ambas glorietas, por descabezar al Zapata y desplumar a la Paloma de la paz. Los tanques (¡Viva México, chingao!) le apuntaban a las estatuas.

Quizás el simbolismo de los dos gestos esté de más radiografiarlo, pero fue un hecho que cualquiera que pasara por ahí hubiera podido interpretar: ni Zapata ni paz. Pero qué nos extraña, si así han sido los últimos cuatros años. Y se nos anunció desde el principio: el traje que Calderón le robó a Tontín fue una chaqueta y un quepí militares (también, a diferencia de la fábula, se sabía que el rey iría desnudo antes de ponerse su traje invisible). Un nuevo gesto que nadie pasó por alto. La frase que a la fecha se ha visto como colofón a esta historia trágica, fueron las palabras de la semana pasada del presidente: "La sociedad tiene que ayudarnos en la lucha contra la delincuencia". La sugerencia gubernamental es que cada mexicano salga a las calle con un arma y sin ningún gesto fundamentado en un marco legal, balée al delincuente, que es el vecino, porque los miró feo. Así es el México de hoy día; no es el de las instituciones sino el de las balas y gestos, una comarca de incertidumbre en la que no se sabe con quién está el enmascarado, pues como en las películas de policías y ladrones, se desconoce su verdadero rostro. Habría que releer a Rodolfo Usigli y su Gesticulador, darle una connotación nueva, más audaz, y renombrarlo, sin más, El gesticulador premoderno y los nuevos señores de la Atlántida.

CAS

viernes, febrero 12, 2010

Del Valle notes

Hace casi ocho años empecé con el sitio Del Valle notes. El subtítulo del blog sugería, en mayor o menor medida, lo que hasta hoy ha sido este espacio cibernético: "Algunas notas desde la colonia Del Valle de la ciudad de México". Naturalmente los textos eran escritos desde un penthouse de la colonia en cuestión, dónde se veían, en días claros, los volcanes del oriente (en realidad, todo mundo lo sabe, eran dos pinches cuartos de azotea, pero también, everybody knows, se estaba más cerca de Dios). Se trataba también de un recinto que mi amigo Juan me había adaptado ex profeso, ergo, la única historia de sus paredes hasta ahora fue la que adoquinó mi cotidianidad durante 12 años. Así, la vida de ese deptito atestiguó, en la voluptuosidad de sus muros, pláticas incansables, miles de botellas vacías bebidas en su mesa de madera, bailes licenciosos en esa parcelita que era a la vez cocina, hall y biblioteca e historias lascivas escritas en cada rinconzuelo, en cada orificio piadoso de su epidermis. Ahora, después de más de una década, he abandonado ese recinto mágico y he movido mis ronquidos a un lugar más amplio que me permitirá ver mis libros sin padecer el amontonamiento, las filas dobles, o la necedad de intercalar volúmenes decimonónicos entre botellas de absinth; también, podré cocinar a mis anchas sin ahumar los sillones de salsa pomodoro y no guardaré la pimienta -que mis amigos siempre me roban- en el lugar de los vasos whiskeros; por último, me hará valorar el presente (valoración que pasa por poner un tubo de table dance en la sala) viendo los atardeceres del poniente en un flamante sillón rojo que siempre quise tener. Por eso este blog se mantiene, pues sigo en la Del Valle, ya no desde el atalaya pero sí desde un ventanal que Voldemort y Potter envidiarían para batirse en un duelo de varitas mágicas. También aquí, donde ahora me toca vivir, veré todas las veces que Dios descienda y toque con su palma afable a los nuevos bienaventurados que habitarán un penthouse del Eje 6, un templo que jamás dejará de oler a palabras beatíficas, cebada amaderada y sexo incandescente.

CAS

martes, diciembre 15, 2009

La espina y el óbito

Mi papá era cantante de ópera y murió a los 58 años de un infarto. En sus buenas épocas, digamos entre los veinte y 45, llegó a pesar 170 kilos. Por el obesidad le fue muy difícil interpretar óperas completas. Sólo hizo una, Tosca de Puccini, y la representó como 15 veces. Pero ésa es otra historia, secundaria se diría cuando hay que hablar de las cosas que vienen a cuento. Entonces era gordo, muy gordo, una cualidad que socialmente le endilgaba la etiqueta de outsider. Durante muchos años mi papá vivió con un estigma que prefiguró sus mañanas: un médico le había dicho que con ese sobrepeso no pasaría los treinta años. Al cumplir 31, un peso se le quitó del exceso y siguió su vida normal. Tuvo hijos de bien, trabajó día a día por su comunidad y fue un hombre que supo amar y ser amado. El día de su muerte fue vibrante observar a cientos de personas llorar en el velorio. Porque mi papá si algo tuvo fue buscar siempre el bien común, empezando por los suyos.
Pero no todo fue miel sobre hojuelas cuando traspasó ese deadline con el que había vivido por culpa de un médico inepto: sus padres también murieron prematuramente. Un día, mi Ava, mi abuela, salió a comprar cigarros a la tienda. Tenía un resfriado incipiente y afuera se caía el cielo por un aguacero soberbio. Jamás volvería a pasar nicotina por sus pulmones: antes de llegar al abastecimiento se desplomó sobre una banqueta de la calle Manizales; tres horas después moría de pulmonía en un hospital de la colonia Lindavista de la ciudad de México. Tenía 47 años. El golpe fue duro para todos (yo tenía tres años y apenas lo recuerdo), en particular para mi papá: un nuevo umbral fatal se le había impuesto aleatoriamente en el camino que tendría que recorrer. Y era el referente de la madre pero también el halo de su familia materna: por alguna razón misteriosa y en distintas circunstancias, la mayoría de hermanos, primos, tíos de esa parcela genealógica había muerto antes de los cuarenta años. Mi abuela había sido la excepción. Durante mucho tiempo mi papá creyó que no pasaría la barrera de los 47 (los destinos, por suerte, siempre le juegan tretas insondables a las creencias).
Tres años más tarde su padre, mi abuelo, había ido al cine Futurama con su nueva y joven novia (como treinta años menor que él). En la taquilla sufrió un infarto fulminante y murió en brazos de la chamaca pero no soltó los boletos para ver Tiburón. Tenía 58 años. Había un nuevo límite que aparecía como horizonte invisible para mi padre, una edad que sólo pasaría por un mes para, como quien se sabe ya cumplidor de una labor beatífica, morir tranquilo. El 18 de enero de 2001 mi papá cumplíó 58 años; el 6 de febrero del mismo año, a las 11 de la noche, su corazón dejaba de latir en un hospital del ISSSTE. Por la mañana lo había llevado al hospital en ambulancia. Al llegar a la clínica, su presión cardiaca era cero. Nadie sabe cómo sobrevivió hasta la noche. Pero lo importante fue que por lo menos había llegado a 58. Antes de eso, en sus últimas navidades y durante una reunión con los amigos, se habló de los deseos para el siguiente año. En general los anhelos fluctuaron entre ganar dinero y bajar de peso. Cuando le llegó el turno a mi papá, su petición fue sencilla pero implacable: "Que mis hijos logren realizar sus deseos en la vida". La frase tomó por sorpresa a los convidados, que no veían un horizonte más amplio que la tortita de camarón. ¿Qué había, sin embargo, en esa aspiración: un augurio, un vaticinio, una intuición? Jamás lo sabremos.

Tengo 37 años y muchas veces me han dicho que moriré joven (tengo sobrepeso, soy hipertenso, tengo hígado graso y algunas otras curiosidades como ser prediabético o ser dignatario de una enfermedad incurable llamada psoriasis). Cada vez que me lo vaticinan, una incandescencia turbia se apodera de mis mejillas y se traslada lentamente al estómago como si fuera un vaso de loción amarga. También me han dicho que me abandonarán antes de verme morir (no soportaría verte agonizar, suelen decir). Y naturalmente también hay dolor. Pero nunca será esa daga ígnea que fustigó a mi papá hasta que él dejó de respirar. En realidad me duele por lo que él sufrió: pensando que moriría antes de tiempo y no vería a sus hijos crecer. Lo hizo pero nunca sin dolor. Y no se vale. Fue la espina y el óbito de las mañanas frías. A final de cuentas, jóvenes, viejos, niños, y con la frase de Héctor a Andrómaca en los míos labios, todos nos vamos a morir cuando nos vayamos a morir.
CAS

miércoles, diciembre 09, 2009

Sweet december II

Estoy calificando los trabajos de mis alumnos. Imparto una clase en la UNAM llamada Historia de la Cultura en España y América Latina. Desconozco si la seguiré dando el siguiente semestre pero por lo menos he de decir que suelo divertirme horrores con mis alumnos. Su sino es trágiquísimo: no sólo tienen un maestro despiadado (ya alguien me ha llamado el Gigante egoísta) sino que es el único grupo que toma clase en la H. Facultad de Filosofía y Letras los viernes de 6 a 9 de la noche (ahí sí: quedarse en casa viendo un partido de los Tecos es menos patético). No sé a ciencia cierta cuáles sean los comentarios sobre mi persona, yo, hombre íntegro, de una pieza (porque los hay de varias, como Agustín Carstens, que tiene la mitad de su bondadosa masa en México y la otra en la Islas Caimán) pero en los pasillos de la Facultad se rumora que soy un perro de presa, lo cual, está mal que un servidor lo diga, es una falacia vulgarísima: me vendría mejor "un desollador mal habido". La dinámica de la clase, no obstante, es muy sencilla: ellos leen, discutimos los temas propuestos para cada sesión, si no leen naturalmente no tienen por qué asistir, si no tienen la asistencia necesaria reprueban y si no hacen el trabajo final también. Simple y llano. Bien. El trabajo final es sobre alguno de los temas trabajados durante el curso, el que sea o el que Dios grande les haya dictado avant la lettre (es obvio que los que no han sido iluminados suelen tener más problemas. Son ellos a los que suelo decirles "ilústrense un poco, queridos estudiantes"). Se trata de un ensayo de cinco cuartillas, no dos ni tres, ni veinte ni cuarenta: cinco, como los dedos que tiene una mano, aunque aquel insigne luchador llamado el Mocho Cota se hubiera indignado. So, give me five, please. Y una de bibliografía. Y ya. La razón por la que insisto en la magnitud del trabajo es porque, a diferencia de muchos maestros de la Facultad que tienen algo llamado Gato de Cheshire o que simplemente otorgan calificaciones por el peso del trabajo en la báscula, yo los leo. No es momento de ponernos a lamentarnos por mi épica estulticia al hacerlo rutinariamente, pero lo hago. Entonces sólo cinco cuartillas (quizás soy reiterativo pero la historia reciente me ha orillado a la insistencia, por lo tanto, de nuevo: "cinco hojas, por favor; no más, no menos"). Estoy corrigiendo los trabajos y ya me he encontrado uno de siete y uno de ocho. La pregunta es: ¿cuál es el sentido de la evolución humana? Es muy probable que aparte de ser considerado un pedestre profesor que mastica alumnos, me halle más cerca de un Australopithecus que de un homo sápiens cómun y corriente. Pero de ahí a no poder comunicar una aritmética básica que hasta un mandril congoleño entendería, es una gran distancia. En las horas inmediatas sucederán dos cosas: me asumiré de nuevo como un primate desgarbado onda el maestro Kong y suavizaré las escalas entre uno y ocho (los dieces son más bien un sueño guajiro de Tomás Moro) o que me digan que le van al Cruz Azul y nos quitamos de problemas.

CAS

lunes, noviembre 16, 2009

Hígado graso

Hay seis imágenes en el ultrasonido. Están el pancreas, los riñones, la vesícula biliar, la vena porta y el hígado. Se resiste su belicosidad fotográfica porque, es sabido, son órganos necesarios para llevar una vida apacible. En realidad son tomas de película de terror (a nadie le haría gracia pensar en su alien adentro, aunque sea ese pequeño priista que todo mexicano carga en sus entrañas). A simple vista los datos del ultrasonido no muestran diferencias entre las proyecciones; pero por una segunda mirada, más acuciosa y naturalmente copiada del entrecejo de Hugh Laurie, se pretende sacar conclusiones avezadas. Esta última intención es una soberana pavada, pues no somos médicos y necesitamos la sapiencia de un especialista (no hay que olvidar que Dr. House, como Superratón, no existe). Entonces se pasa a leer con cuidado el diagnóstico inicial del encargado del laboratorio. Los resultados del Ultrasonido Hepatobiliar son los siguientes:

-Hepatopatía difusa, sugestiva de esteatosis

-Riñones con proceso inflamatorio

-Abundante gas en la cavidad abdominal, sugestivo de patología intestinal

-Vesícula biliar y vías biliares sonográficamente normales

En este momento Sigourney Weaver ha sido asesinada prematuramente y el alien ha tomado el control de la película, ese vientre entumecido, esa escalopa sanguínea que mantiene el trote cansino a capa y espada. Lancelot hepático. La religión del agave ha sufrido su primera baja. La siguiente semana cumplo 37 años y tengo algo llamado hígado graso. Para evitar adquirir el amarillo dantesco de los Simpsons, he iniciado la lucha contra el Ángel, también llamado, como Dios, gusano de maguey.

CAS

lunes, noviembre 02, 2009

Todo a pulmón



Así es, pequeña D, la vida a veces oscila entre un curado de apio y otro de piñón. Salú por esa viscosidad gloriosa.
CAS

martes, octubre 27, 2009

El agricultor
Entre sus múltiples ocupaciones, Jacinto Modesto tenía la de olvidar su historia reciente. Para ello, con precisión matemática, había diseñado un sistema en el que el sueño constituía un componente capital: cuando el sol estaba por ocultarse, Jacinto aromatizaba su casa con efusiones de epazote hervido y se recostaba en su cama de madera; después, con la naturalidad alcanzada tras años de práctica, jugaba a soñar. Pero no era un sueño en el que controlara por completo los hilos de la ficción; se trataba, por el contrario, de una estrategia disuasiva que pretendía confundir al verdadero sueño de su inconsciente. Jacinto le llamaba error americano, pues consideraba su sistema como un juego de béisbol. Esa mínima expresión lúdica que incorporaba al mecanismo onírico era su bateador designado. El procedimiento nocturno (entre otras minucias distinguido por el brote simultáneo de dos Jacintos) hacía que, por una reacción estrictamente química, al siguiente día no recordara lo ocurrido antes de esa mañana. Para evitar la desaparición definitiva de su historia previa, enfrente de su cama tenía una pizarra en la que escuetamente había escrito detalles sobre su vida que le permitieran sobrevivir el trajín cotidiano. El texto empezaba: "Te llamas Jacinto Modesto. Eres agricultor y tienes propensión al epazote". Más adelante estaba escrita una breve descripción sobre sus múltiples ocupaciones y un matiz particular en cierta técnica para poder olvidar. Al final se leía: "La noche te absolverá". Jacinto Modesto fue feliz durante muchos años. Pero una mañana fresca, de cúmulos empenachados por un gris violento, Jacinto amaneció ciego. Intentó pararse y tuvo la misma sensación de un bebé cuando sale del útero materno. Lo detuvo un miedo encanecido y se desplomó sobre el camastro: quedó inmóvil el resto del día. En la noche, ante el inminente desamparo de la respiración, tuvo el único destello que lo vinculó con su pasado: recordó el olor del epazote. Sonrió, y con la justeza unánime de una corte de notables, Jacinto Modesto cerró los ojos.

CAS

domingo, octubre 11, 2009

Cinismo, la religión intocable

"Una cadena vale lo que su eslabón más débil", decía Lenin (una de las pocas frases célebres de don Vladimir). Felipe Calderón está hablando sobre el golpe a la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Todavía no acaba su mensaje y es la mayor muestra de cinismo que he escuchado desde hace como 35 años (tengo 36). Para el presidente las verdaderas causas del catarrito (acordémonos que fue una tosecita carstensiana, que en buen español se llama tsunami financiero en un corno tropical) es Luz y Fuerza (perdón pero los locutores de noticias son analfabetas; acabo de escuchar a uno que se refirió a la quiebra de la empresa paraestatal como "decreto expropiatorio"). También, el antes mencionado personaje, que suele robarle las prendas de vestir a Tontín de Blanca Nieves, dijo que no era una empresa rentable, que no producía lo necesario para mantenerse (como Microsoft) y que recibía un subsidio mayor al de la UNAM. Me parece muy bien pero es un disparate. En efecto: el gobierno subsidiaba una empresa que le pertenecía, para lo cual aportaba una cantidad determinada al consumo de cada contrato, esto es, existía un subvención estatal a la energía eléctrica. Que no fuera una empresa rentable tenía que ver con las tomas piratas como diablitos, desperdicio de energía (a mayor gasto mayor subsidio) y de repente por ineficiencia, cualidad extensiva a la burocracia en general. Lo curioso fue que no hubo una inversión considerable que mitigara esos vicios.
Vamos a ver: es obligación del Estado -está en la Constitución- asignarle un subsidio a la energía eléctrica en el entendido de que los precios de la misma son altísimos; por eso vivimos en una república federal y existen recursos de otros ámbitos para ser destinados a los servicios públicos que así lo requieran, como el metro del DF. En ese sentido es una nueva tontería argumentar que se trata del doble del presupuesto de la UNAM (dinero que no es una dádiva para la Universidad; es una obligación del Gobierno dárselo. Nueva actitud cínica: los conspicuos panistas pretenden reducirle la partida presupuestaria a la Universidad). Entre mañosos te veas (¿y cuánto es por el rescate carretero o por las exenciones fiscales de los grandes contribuyentes?). Además el argumento final de Felipe, que naturalmente se caracteriza por su cinismo implacabalísimo, es que de seguir subsidiando Luz y Fuerza ¡se tendrían que aumentar los impuestos! ¡NO MAMEMOS, PINCHE GÜEY DESVERGONZADO, DESVENTURADO Y DESVERGADO! Perdón por mi exceso de sutileza pero es inconcebible. Pero ahí no termina la cosa: al declararse en quiebra, que sería la figura jurídica adecuada (nueva desfachatez), el gobierno ofrece liquidar conforme a la ley a los trabajadores. Está muy bien, salvo por un detalle: ¿cuando se les acabe la liquidación de qué van a vivir 66 mil trabajadores y sus familias? Más allá de eso: no crearán antigüedad, por tanto el Estado no pagará sus jubilaciones, y tampoco se les darán prestaciones constitucionales; también se desarticulará uno de los sindicatos más fuertes que hay en el país. Cualquier parecido con ley del ISSSTE, afores, Fobaproa no es coincidencia (al respecto, recuerdo que cuando el Fobaproa se hizo deuda pública, Guillermo Ortiz, secretario de Hacienda y mejor conocido como Roban, dijo "el Fobaproa no lo pagará el pueblo, lo pagaran los contribuyentes". Menos mal). La cereza en el pastel fue cuando Tontín conminó a los trabajadores recién despedidos a que regresaran a trabajar en la CFE para aportar sus conocimientos en la materia; por último, que si querían laborar como pequeños empresarios en la distribución y venta de energía eléctrica también lo podrían hacer.
En fin, todo esto sucedió el mismo día en que una selección de futbol vestida de verde calificó al Mundial de Futbol, un bunch de desarrapados decía "Viva México" en el Ángel de la Independencia y un pelotón de mil efectivos de la Policía Federal tomaba las instalaciones de un lugar que daba de sesenta mil fuentes de trabajo. Pero como los miembros de gabinete son estultos de época, piensan que los ciudadanos creerán que el rey va vestido con un traje de piedras preciosas: se habla de Luz y Fuerza como una empresa ajena a ellos o que era un sindicato plagado de privilegios (aunque la indemnización ofrecida sea excesivamente privilegiada); pero no se señala que, al ser el gobierno el prestador del servicio de energía eléctrica, éste no mejorará si no hay una inversión adecuada para que la estructura cambie (a menos de que Felipe ya haya firmado en lo oscurito un contrato con el mago de Oz, el Genio de la lámpara o, de perdis, Harry Potter). Una cadena vale lo que su eslabón más débil, decía Lenin. Con la extinción abrupta de Luz y Fuerza se corta por lo más delgado. Y la cadena ya está rota.

CAS

martes, octubre 06, 2009

Instantáneas del Defe VI

-¡Súbale, súbale! Directito al metro Nativitas. Sin asaltos, sin tráfico, sin choques! ¡Súbale, súbale!

Después de que ha entrado el pasaje, el chalán del chofer sube una pierna y permanece por algunas cuadras con medio cuerpo fuera del pesero. Tras subir a nuevos pasajeros, dice “ya estuvo” y se acomoda con diligencia enfrente del conductor. Una vez hallado el lugar ideal, comienza a abrir y cerrar las piernas como puertas cabalísticas que invitan a alguna evolución pecaminosa. Adquiere su mayor distinción por la paleta tutsi pop que no se saca de la boca.

–No mames, güey –no hay duda: la paleta semeja un testículo en el cachete–. Tuvo, ca’on.

–¿Sí?

–Sí, no mames, güey –dijo con seguridad implacabilísima–. Pero la culpa la tuvo el Mai.

–¿Qué hizo el güey?

–Pinche culero, sus pinches mamadas de siempre.

–Sí, ya me imagino.

–Y pues le dije que no mamara, que le parara a su pinche nave porque si no a puro pan y verga me lo iba a tener.

–Pos sí, pinche puto.

–Y parece que se alivianó; pero que no mame, güey, si nomás me tiré una vez a su pinche vieja.

–A güevo, pinche pasado de verga.

–¡No mames, güey: ahí viene. Clávate ahorita, güey, en chinga. No lo dejes pasar.

La bola en las mejillas y su oscilación inquebrantable desapareció en el rostro del hombre de la esquina; una vez que estuvo en igualdad de circunstancias, como por un resorte fue expulsado de nuevo hacía fuera del microbús.

–No mames, la neta le faltan güevos a ese güey. ¡Súbale, súbale! Directito el metro Nativitas. Sin asaltos, sin tráfico, sin choq...
CAS

viernes, septiembre 18, 2009

Chilango bad boys

Era cumpleaños de Groucho y, como buen sonorense afincado en el Defe, sabía que el único lugar donde podía degustar una correcta nalga de vaca de un kilo era un restaurante con carne de Sonora. Y fue la única costumbre que mantuvo de su estado natal (todo mundo sabe que cualquier lugar pasando el Toreo de Cuatro Caminos es Alaska), pues las bermudas las abandonó cuando una novia de la Universidad del Claustro de Sor Juana abrió su guardarropa y descubrió que sólo había bermudas, tenis y un pantalón roto. Ah, y gorras de beisbol. La susodicha salió en puntas de pie del vestidor, al día siguiente cambió todas las clases que tomaba con él y cuando lo veía cerca enviaba a un grupo de matones de a la vuelta del Claustro para que lo mantuvieran alejado. Años más tarde los desaguisados siguieron. Su mayor dolor, confesado en una larga sesión de bacanoras dobles, fue cuando un empleado de Office Max, que le llevaba un escritorio recién comprado, se cayó por la escalera de caracol de su casa. El resultado fue devastador: el escritorio pasó por encima del cargador y tiró un librero que estaba al lado de la escalera. Hasta aquí Groucho sólo hubiera corrido a patadas al chalán sin darle propina. Pero las consecuencias siguieron: el librero, con toda su colección de malas traducciones de Anagrama, se había desplomado en cámara lenta sobre las sillas Gehry de cartón corrugado que le habían mandado unas semanas atrás y por las que había pagado una millonada. Groucho agarró en vilo al muchacho sin percatarse de si estaba fracturado o algo, lo sacó de su casa y lo estrelló contra el parabrisas más cercano. Acto seguido, habló a Office Max para decirles que iniciaría una demanda en su contra. El litigio continua y Groucho insiste en que tiene buenas posibilidades de ganar. Pero antes de eso era su cumpleaños y había ido a festejarlo con su hermano, F, y con su novia del momento, M.

Después del atracón carnívoro, seis tintorros y un pomo de bourbon canadiense, lo digno era seguirla en casa de Groucho en la Del Valle.

–Estamos muy borrachos –le dijo Groucho a su hermano–. Deja el coche aquí y mañana pasamos por él. Al cabo estamos a cinco cuadras.

–No mames, güey –contestó F con la sapiencia del beodo que sabe lo que dice–. Si estoy bien. Puedo manejar sin pedos. O no, ¿M?

–Yo creo que sí, amor –asintió M, pasándole la mano por la cintura–. Deja que maneje, no pasa nada.

Groucho concedió mientras observaba que los valets parking sonreían siniestramente alzando los hombros.

Avanzaron un par de cuadras con la bien conocida destreza de un borracho al volante: en zig-zags, pasándose los altos y rechinando los rines contra la banqueta. Entonces ahí, sobre División de Norte, a un par de cuadras de la casa, un automovilista despistado que iba en el carril central recordó que tenía que doblar a la izquierda e hizo la maniobra defeña por antonomasia: se le metió a F en su carril sin poner la direccional o algún aviso civilizado. F, también sonorense, que almuerza todos los fines de semana en el Rosita de la Portales y que cuando se case antes de jardín y alberca tendrá un corral para su caballo aunque sea en un departamento, dijo ni madres y aceleró: el coche compacto de aquel que había osado invadir un carril ajeno quedó en forma de escuadra. Al Montecarlo 1981 de F ni siquiera le tembló el quemacocos. Lo que ocurrió después forma ya parte del adoquinado ominoso de una colonia panista de la ciudad de México.

M dijo Vámonos, que la culpa la tuvo ese güey, y Groucho, No mamen, espérense, que tal si está muerto, No lo está, dijo F, mira nomás, sólo tiene unas gotitas de sangre en la ceja y puede mover el brazo. Yo digo que nos pelemos, pinche pendejo, Sí, vámonos. Además ya estamos bien cerca de la casa y nadie vio nada, Órale, pues, pero en chinga, no vaya ser que llegue la patrulla y nos apañe a todos. Acuérdense que estamos bien pedos. Ándale, güey, por allá antes de que… “El Montecarlo blanco oríllese. No puede irse. Oríllese”.

En la confusión del choque ninguno notó a la patrulla de enfrente que había sido testiga del accidente. “Oríllese, no queremos utilizar la fuerza”. Se miraron temerosos sin decir una palabra. Acto seguido, F comprobó que dentro de un coche la democracia es una perfecta utopía y que existen jerarquías mundanas: manda quien tenga el volante. El Montecarlo arrancó sin rumbo claro, y en un raudo gesto le asignó a la insigne avenida de División del Norte (¡damm!, si al menos don Doroteo hubiera sido sonorense) los calificativos rápida y furiosa. Los policías prendieron torreta y sirena, pidieron refuerzos y comenzó la persecución. ¡Toma Gabriel Mancera, No, síguete derecho, Aquí a la derecha, Vamos a la casa, No mames, van a saber dónde vivo. No se te ocurra, cabrón, Pues pa’dónde, güey, dime, ojete. Ya traemos tres patrullas encima, Aquí, en chinga, date vuelta, No mames, güey, viene una patrulla de frente, Mete reversa, mete reversa, cabrón, nos van a apañar, Ora síguete otra vez derecho, No mames, y esos güeyes de dónde salieron, Son judas, cabrón, No mames, nos van a matar, Métete en Nicolás San Juan, no mames, cuál es ésa, La que viene, Aquí, aquí. Dobla, cabrón, No mames qué es ese ruido, ¿Cuál?, No mames, ÉSE. No mames, nos están disparando y M, ¿de veras?, Sí, párate, güey, Párate, nos van a matar, No oigo nada, Párate, hijo de la chingada!

El Montecarlo se detuvo a la altura del Club Suizo de San Borja, exactamente enfrente de un oxo. El dependiente, pensando que venían por él, se había escondido debajo de la caja registradora. Las patrullas rodearon el Montecarlo.

–¡Bájense, hijos de su pinche madre! ¡Bájense, si no quieren que los plomeemos!

–Cuando se bajen, tírense al piso –ordenó Groucho.

–Párense, ojetes. Las manos atrás de la cabeza. ¡Dónde están las armas!

–¿Cuáles armas? No traemos armas.

–No se hagan pendejos. ¿Dónde están las armas?

–Pues aquí están –dijo Groucho, agitándose los genitales.

–¡No te hagas el chistoso, pinche puto! –culatazo en el vientre, mientras F estaba detrás de una patrulla siendo golpeado en el cráneo por judas y preventivos.

–¿Cómo se llaman?

Groucho contestó con su nombre su pila y M, después de unos jaloneos con las policías con honorables ¡Suéltame, pendeja!, dijo: “Me llamo África Dorian”, al tiempo que Groucho la veía con ojos empistolados pues el arma que no era la suya estaba en su sien. M, África o lo que fuera, sólo respondió con tono gangsteril de altos vuelos: “Todo fue tu culpa, pendejo”.

El caos del momento se aclaró los días posteriores. La persecución había iniciado, en efecto, porque unas briagos se habían dado a la fuga. Los policías preventivos, testigos presenciales del desaguisado, llamaron a los refuerzos. Pero en el proceso persecutorio se toparon con una patrulla de judiciales que, a su vez, llamó a sus propios refuerzos. La colonia Del Valle de la ciudad de México se transformó, por unos minutos aciagos, en un espectáculo de luz y sonido que envidiaría Quetzalcóatl. Ambos cuerpos policiacos se dieron a la tarea de detener a los forajidos. Como un Montecarlo era un auto compacto que naturalmente pasaba por cualquier callejón estrecho (así estaba redactado en el parte policiaco, presentado días después), los bandoleros lograron escabullirse; lograron hacerlo hasta que respondieron con armas de fuego, según la versión de ambas corporaciones. Es probable que alguno de los integrantes de las policías, al saberse idiota porque unos briagos en un yate sobre ruedas les estaban viendo la cara, haya iniciado el tiroteo. Pero las verdaderas razones fueron reveladoras: tanto judiciales como preventivos pensaron que las balas provenían del interior de un Montecarlo blanco 1981, manejado por maleantes que quién sabe qué habían hecho pero debían ser masacrados. Así empezó el fuego cruzado y los maleantes se detuvieron; más adelante los golpearon pero dejaron ir a dos de ellos: F, golpeado y lo que fuera, sólo pasó una noche en los separos, pagó su multa y salió sin mayor problema. ¿Qué sucedió en realidad? Como no había ningún indicio de que los pasajeros del Montecarlo hubieran realizado balazos, cuando ambas corporaciones detuvieron el vehículo, empezó el jaloneo entre ellas para llevarse a los malhechores. Pero el saldo ya no era blanco: en el fuego cruzado un policía preventivo había sido herido en un hombro, a una mujer judicial le habían fracturado un brazo en el alboroto y otro preventivo, al querer sacar su pistola de la funda, se había disparado accidentalmente en el pie y se estaba desangrando. El Montecarlo fue decretado por el seguro con pérdida total y en el peritaje las autoridades concluyeron que el vehículo había recibido 64 impactos de bala de distintos calibres. Groucho dijo después que uno de ellos le había pasado a diez centímetros de la cabeza; además insistió en que alguna divinidad desubicada pero bondadosa lo quería y que en lo sucesivo lo más cercano que estaría de un corte sonorense sería el pasto que comiera el animal en turno.

Del insigne acontecimiento se desprendieron varias situaciones: cinco policías fueron consignados penalmente por lo ocurrido y su lugar de residencia en la actualidad es el Reclusorio Norte; además, cada seis meses más o menos, Groucho recibe la visita tanto de judiciales como de preventivos que lo conminan a ir a declarar por haber sido testigo presencial. Pasan por él a su casa, lo llevan a los juzgados del Reclusorio y lo regresan al terminar su declaración. Por supuesto que no puede aplicar al pie de la letra la máxima básica de “jamás subirse a una patrulla”, sobre todo porque cuando pasan por él los policía son lo suficientemente cuidadosos en dejar al descubierto su pistola. Como es común en este país, el proceso penal sigue, y mientras se determina quiénes son los verdaderos culpables, los policías siguen en la cárcel. Hoy día, Groucho recuerda aquel evento como nebuloso, como si hubiera ocurrido en otra vida. La única evidencia del día de cuando pudo pasar, ahí sí, a esa otra vida, es la nota que apareció en La Prensa unos días después y que Groucho guarda como fetiche a la mitad de un libro de Danilo Kiš. Hay una imagen de Groucho y su novia dentro de una patrulla; abajo, el pie de foto y el inicio eterno de la rueda de la fortuna: “África Dorian, líder de una de las mayores bandas de delincuencia organizada en la ciudad, y uno de sus secuaces”.
CAS

lunes, septiembre 07, 2009

Instantáneas del Defe V

Tan se mueven con pulcritud por cordones desgastados como visualizan los alientos cotidianos desde su atalaya encubierta. Son los amos cromáticos y en la grasa llevan la penitencia de sus cepillos ilustrados. Para ellos mirar hacia arriba no es sinónimo de sumisión obtusa sino de certera bonhomía: son los guardianes de los pasos, los cancerberos del avance perpetuo. El visto bueno, entonces, les viene con naturalidad desgarbada: sólo un golpecito bondadoso en el empeine y ya está, joven. En su cajón o en su silla vigorizan y encumbran la profesión; además saben, como otras tantas verdades en el mundo, que quien no lea La Prensa jamás será un bolero.

CAS

viernes, septiembre 04, 2009

Incredulidad compartida

Palabras clave por las que Del Valle notes apareció por última vez en un buscador de la red: "¿Por qué Felipe Calderón nos odia y nos quiere destruir?". Chez pas.

CAS

sábado, agosto 15, 2009

Botellas al mar

IX. The last empty bottle


La isla se acerca al continente. Los últimos meses a la deriva, en aguas cerriles y turbulentas, parecen eclipsarse. He retomado el cabotaje. Y aunque la costa se vea a lo lejos y esporádicamente se pierda, la corriente ahora es clemente (decidí ponerle un altar a Bartolomé Díaz y ha funcionado). La isla se acerca al continente. Pero no se mueve sino que el puente creado por las botellas ha hecho un paso viable y seguro. Behring de cristal. Hace ya años del naufragio y el ropaje está marchito; la piel, lo suficientemente rugosa para encender un cerillo. Pero todos los días por la mañana aparecían una nueva botella y un papiro amarillento expulsados de la arena tras unos meses de germinación artificial (nunca, extrañamente, vi su desove). Y ahí se iban las notas de ayuda, notasdelvalluda, fatuas, abatidas, sucias; pedazos de papel en un recinto en donde lo único permitido era aguardiente enmohecido. La mímesis con la isla fue, entonces, natural: tomé el timón de sus palmeras y navegamos a babor. El viaje no fue, sin embargo, el deseado. Muchas veces estuve por zozobrar pero la sapiencia y fortaleza de mis cumbres rocosas lo impidieron. Yo isla evité el naufragio día a día. Largos fueron los años hasta que la circularidad de mi trayectoria (nunca me decidí a ir a estribor) se volvió monótona, letárgica, literalmente sin sentido. Fue así cuando desde mis cavernas más afligidas, mis riachuelos más celosos, mi frondosidad más hermética, grité para no ser oído: “¡No seré más un tubo de ensayo!”. Escuchado por la divinidad debida, dejé de ser isla humana, hombre roca, reptil pensante y y fui de nuevo corazón latente y latiente. Aunque todavía no puedo ver, escuchar, o no distingo el olor a café ni registro el rostro de una mujer bella, ya se acerca el día en que el cabotaje me arrastre a la corriente justa y pueda acercarme a un cabo beatífico, un puerto que me bastará verlo en el horizonte para tener la certeza de que ya no hay palmeras colgando de mis omóplatos, playas cristalinas en lugar de piernas y arrecifes malsanos en la pared plegada de mi frente. La isla se acerca al continente. Va la última botella vacía, la que se hundirá al instante y no terminará el puente. No importa, pues como en una fotografía de Cartier Bresson, también se puede brincar el charco.

CAS

jueves, agosto 06, 2009

Guardagujas

Échale un ojo al
Guardagujas, nuevo suplemento cultural de La Jornada Aguscalientes que dirige mi amigo Edilberto Aldán. Alea jacta est, pues.

CAS

miércoles, julio 22, 2009

Nazareth

El hombre de calzón azul iba hacia adelante. El menor alcance de sus brazos lo obligaba a batirse en el terreno corto. El contrincante, más alto y con extermidades más largas, pretendía imponer el ritmo de la pelea pero el ímpetu y las agallas jalicienses de su rival se lo impedían. En uno de los primeros rounds, el hombre de calzón rojo, a sabiendas de que tenía el apoyo de su gente y sin perder la oportunidad, por segunda vez, de enfrentarse al hijo de una leyenda boxística, sacó bufonescamente su lengua bípeda y se la mostró con ojos abotagados al otro boxeador. Nadie vaticinaba que sería su última burla en un ring (la vida, se sabe, es la metáfora perfecta de un cuadrilátero de boxeo). El hombre de calzón rojo, rústico aprendiz de una familia de estetas, acudió al golpe por antonomasia patentado por su padre: el gancho al hígado. No funcionó. Fue así, como una pelea preliminar en Puerto Vallarta se convirtió en algo que con el tiempo se llamará El club de las cabezas danzantes. Los golpes venían de todas partes en combinaciones bastardas que hubieran aturdido a los grandes campeones del pugilismo: los volados terminaban en jabs misteriosos; los uppers se transformaban en golpes de conejo; los rectos inconcebiblemente se volvían ganchos al cuerpo. Fue al final del cuarto de los seis rounds cuando los semblantes entonaron la oda de agradecimiento a las musas de la arena. El hombre de calzón rojo conectó al de azul una, dos, tres veces; la testa se le iba para atrás como pupilo del Exorcista y regresaba mágicamente a su lugar. Otro golpe, ahora con la parte interna del guante, con lo que fuera porque, sabía, que una de las dos cabezas terminaría rodando por el ring. El referee detuvo la pelea: el hombre de calzón rojo había ganado por knockout técnico. Nunca, sin embargo, pudo derribar a su rival. El hombre de calzón azul fue llevado a su esquina para ser revisado; nadie sabía qué le pasaba. Lo único visible fue que se sentaba en una cuerda cada vez más abajo. Llegó a la lona. Jamás estaría otra vez de pie: tres días después moría de una derrame cerebral. Sus ojos, antes de cerrarse por última ocasión, los había postrado, como el Minotauro, en el rostro desfigurado de su redentor.

CAS

lunes, julio 13, 2009

Botellas al mar

VIII. Entre aguas

Julio es el mes que más me gusta. También el que quisiera suprimir del calendario. Es un periodo de impasse en el que básicamente no ocurre nada: hay vacaciones, es cierto, y uno las puede utilizar para trabajar o verse el dedo gordo el pie (se trata de una contradicción nauseabunda pero los que nos dedicamos al negocio de la escritura o de la academia siempre anhelamos estos momentos para terminar los proyectos pendientes. En realidad nunca hacemos nada y los mediodías se van entre un pulque de apio y otro de avena). En julio las cosas son ambiguas: el dilema es salir de vacaciones o ver llover. En época de crisis, en la que las distracciones se han acabado (no hay influenza, elecciones ni futbol, porque eso de la Copa de Oro no es futbol), a lo que puede aspirarse es a lanzar volados en la lluvia con una de esas monedas de veinte pesos en las que sale Octavio Paz. No hay vacaciones pero se puede escribir un soneto intitulado "I'm gambling in the rain with Peace". Pero más allá de eso, en julio pueden hacerse varias cosas: aprovechar las ofertas de la Comercial y comprarse camisetas de dos por uno (ésa es una parte nodal de mi naturaleza que mi desarrapados amigos no entienden: uso camiseta debajo de la camisa, pañuelo y billetera -además de cartera; voy al barbero, me pongo loción y algo que ellos en su vida usarían: desodorante. Dicen que no hay cosa más desagradable que una camiseta de cuello en V, a lo cual respondo que seguramente tienen calvicie infantil en el pecho o que nunca se han puesto una guayabera. Cosas veredes); también, llegar a la preparación de la pizza perfecta. Emiliano, amigo de origen argenmex, compró un terreno en Tlayacapan. Antes de construir la casa, diseñó y armó lo más importante: el asador. Él y una inconforme Ana tuvieron que acampar varias semanas al amparo de brasas revolucionarias y choripanes nocturnos. Ahora hay casa, asador y en estos días está por terminar el horno. Durante una semana tendremos un encierro onda La gran comilona (averígüelo, Vargas) y trataremos de llegar a la pizza perfecta. Por excepción, caeremos en las provocaciones machinas y habrá una competencia para ver quién hace la mejor pizza y quién el mejor asado. Otra posibilidad es encontrar el mejor mezcal. Como en todo post soy capturado por mi hemisferio derecho, hago una pausa sentimental para hablar de las mieles agaveras.

El mezcal, ya lo decía ese viejo bribón de Cheshire, hace brincar de un sonambulismo a otro. El primer trago, largo, certero, crea anticuerpos contra la exaltación de los músculos. Como otras tantas veces, hace de la carne un cuerpo cruel. Ahí está la creación de puentes entre onirismos perversos. ¿Qué pasa entonces? Que se camina dormido, que los silencios tenues, descollantes, inútiles en la confrontación etílica cara a cara, sobran. Otro mezcal y el universo se torna verde. Pero dígale que no, no al vaso que ya está lleno otra vez sino a la estampa clorofílica que no comprende el farewell. En julio el mezcal sabe distinto a los demás meses. La humedad hace que la caída por la garganta sea más lenta; la bebida adquiere una densidad misteriosa que queda en el paladar y forma estalactitas: la úvula se calcifica y se reproduce con diligencia. El bebedor de mezcal en el verano tiene grutas milenarias en su esófago, cuevas por las que no pasa cualquier brebaje. De ahí que se hable con voz cavernosa, de ahí que se le diga que tiene lagañas en las carcajadas. Por eso hay que empezar siempre por un minerito para abrir paso a lo que venga, dinamite la rugosidad de las cuerdas vocales y nos hagan seres humanos otra vez. Ya después vendrán las pechugas, los añejados. El mezcal se empieza a tomar a la una de la tarde, quizás no con el sol a plomo pero sí con el fuego fatuo de nuestros cuerpos aromatizando la atmósfera. También por eso el buen mezcal se mezcalará con la temperatura del ambiente y, en lugares beatíficos como Oaxaca o Cuernavaca, su consistencia será de una tibieza incómoda, una sensación de estar echándose un huevo pasado por agua (como sucede con el primer trago de pulque). Pero entonces el sabor sale al quite y grita a los sures que no hay bebida más potente e incendiaria. ¡Si habita un gusano en sus profundidades, pardiez! Y la borrachera es otra, más elástica pero unidireccional; más robusta pero introspectiva; más sapiente pero explosiva. ¡Déme, pues, el mezcal exacto para esta garganta gangrenada y le diré qué hace a un hombre!

Julio es el mes que más me gusta; también el que más odio. Se odia lo que se acaba, pues se aspira a que los momentos de felicidad se extiendan para siempre. De mis mayores momentos felices fueron en dos islas griegas, Santorini y Folegandros. Había amigos, cerveza. tzatziki, tintorros fríos, ouzo, raki, arena roja, negra, y otra vez amigos. Ya escribiré ampliamente sobre ese viaje, que fue en julio, agosto, ya no lo sé, pero será un tiempo que, en algún arrebato de paciencia enmascarada, borraré del calendario.

CAS

miércoles, mayo 20, 2009

Botellas al mar

VII. De gatos y sueños

Mi primer y único libro de cuentos se llama Cuentos de cuarto de baño. Fue, naturalmente, el típico lapsus de un joven-man-cebo al que se le cuecen las habas por publicar. Tenía 22 años. El primer cuento del volumen es sobre un tipo que, en un sueño, se ahoga en sus propios orines. Lamentable. Como ya lo sugería el gran Luigi Pirandello, hoy en la mañana desperté con una sensación similar a la de ese personaje (me buscó por años y el miserable por fin me encontró), no por tener una regresión húmeda a la lactancia sino por el sueño que tuve ayer. Lo he intitulado "Del onirismo mal entendido. Borges estaba equivocado". Ocurrió así. Me paré a orinar a media noche. Cuando levanté la tapa vi que dentro del inodoro estaba un gatito, un cachorrito que no podía salir y pedía ayuda con miaus tenaces. Como no tenía la menor intención de convertirme en salvavidas de gatos en mis propios orines y tampoco ganas de echar unos lodos que le sirvieran de troncos para no ahogarse, le jalé a la palanca para que se fuera. Craso error: el gatito logró driblar el remolino y salir del escusado. Me miró con obscenidad. Acto seguido, en una sucesión extravagante aunque armónica, varios gatitos mojados salieron del fondo de escusado. Había negros, blancos, cafés; uno dorado de pelo resplandeciente con el que me pasó por la mente hacerme una bufanda; bicolores, etc. Los últimos en salir fueron unos siameses que, de todos, fueron los que me parecieron más simpáticos. Lo fueron hasta que, en una abierta confirmación de que si la Tierra es invadida por extraterrestres los gatos serán sus primero cómplices, me brincaron: se me lanzaron furibundos pero no para sacarme los ojos o algún tipo de maniobra más honorable. No. Se avalanzaron sobre salva sea la parte y, cada uno como pudo pero con elegancia, se colgó de mi escroto. Sin saberlo, los siameses habían inaugurado una nueva profesión: voladores de Papantla en mi genitales. Fue muy doloroso. Pero lo que verdaderamente me dio miedo fue cuando los vi con intención de dejar el vuelo y practicar el alpinismo en lo más apreciado de mi virilidad. Desperté. De inmediato, teniendo un deja vú no mío sino de un sujeto mal habido llamado John Wayne Bobbit, revisé que todo estuviera en su lugar. Sí: era una pesadilla. De eso hace algunos minutos y está claro que los gatos se metieron en mis sueños por lo que alguna vez hice con uno de sus familiares. La conclusión es única, implacable y terriblemente desoladora: los gatos dominan el mundo, incluso el de los sueños. Beware.

CAS

lunes, mayo 04, 2009

Botellas al mar

VI. Aujourd'hui on the rocks

Las últimas cinco novelas que he leído empiezan en la mesa de un bar. Mis amigos, seres básicamente inestables, dicen que no se trata de ninguna novela sino de mi vida cotidiana. No es así: por alguna razón mística, las mesas están, los beodos también y lo tragos van desde anís hasta ajenjo; además se habla de quinina, una de mis palabras favoritas y que es el principal ingrediente del agua quina; también, por extraña añadidura, del vodka y gin tonics. La quinina, como bien saben los ingleses y ahora deberían saberlo mejor por ese extraño virus que mutó en los cerdos para luego ir a los verdaderos cerdos, se usaba en el siglo XIX y principios del XX para prevenir enfermedades apocalípticas como el paludismo. Cuando, en 1783, a Johann Jacob Schweppe se le ocurrió poner anhídrido carbónico en el agua embotellada, y más adelante quinina al refresco de naranja, no sólo concibió el agua quina sino que inició la decadencia del imperio inglés en las colonias de ultramar. En sus ratos de ocio, los soldados al servicio de la corona británica decidieron mezclar ginebra con quina al son de "God save the queen", y ya no murieron de malaria o paludismo sino de congestiones alcohólicas. Los ingleses, más que los rusos o los polacos, son los mayores borrachos de la historia. En el siglo XIX inventaron un trago llamado grog -de ahí el término grogui-, que consiste en ron, azúcar, un poco de limón y agua hirviendo. Era el trago por excelencia de la estirpe decimonónica de distinguidos y facundos sirs como Walter Raleigh y Francis Drake (piratas mal habidos con licencia real). El único problema de los ingleses fue que nunca supieron beber alcoholes serios; cuando lo hicieron, siempre se emborracharon de manera epifánica para terminar de dos formas: lamiendo las banquetas de su cuadra o ahogados en las olas de su propio vómito. De ahí que sean sólo grandes bebedores de pints de cerveza tibia, y ya, como el gran maestro Paul Gascoigne, al que por lo menos deberían construirle una estatua. Mucho se rumora que por ebrios fueron acribillados por los zulús cuando pretendían apropiarse del sur de África. Las narraciones británicas de la guerra contra los zulús en 1879 son reveladoras. La estrategia zulú era llevar a cabo la llamada formación “cuerno de búfalo”: rodear el campamento rival y atemorizar psicológicamente a sus contrincantes con el sonido intermitente de los tambores cada vez más cerca de las filas enemigas. Después de un par de horas, los zulús masacraron a los británicos, en parte porque eran más, en parte por la ineptitud militar y arrogancia infinita del comandante inglés, Lord Chelmsford, y en parte porque los british habían tenido una ferviente velada de gin and tonics.

El primer punto y aparte tiene una razón sustancial de ser, o del ser, como se le quiera ver (al cabo sabemos que también es sustancia). He aquí, pues, mi primera confesión y mea culpa de la temporada: normalmente sólo leo a escritores ingleses que, sé de antemano, escribieron novelas que empiezan o terminan en la barra o mesa de un bar. Cuando el bar aparece a la mitad es un poco más complicado, pues tengo que fumarme novelas enteras para encontrar esos momentos de androginia perfecta representados por el sonido de un vaso que choca con una mesa de madera. Es una aventura similar a las películas de Stephen King, que uno ve simplemente para encontrar esa escena de cinco segundos que es, sin exaltar la nota, de una épica sublime. Shit happens. Como los últimos días han sido de guardar, no porque lo haya dicho uno de los presidentes más ineptos que se recuerden en la historia de un país en forma de cuerno, sino porque no se puede hacer nada, me he dedicado a la contemplación pírrica y a depurar un coctel en el que venía trabajando desde hacía tiempo. Segunda confidencia: he llegado a la perfección en el preparado de margaritas. Hoy día, en el que los tapabocas son la prenda ideal de la temporada primavera-verano y en el que el deporte nacional por antonomasia es deshojar la margarita, hay que estar al tiro y ponerse las pilas. No os diré la receta secreta porque me ha quedado sin neuronas (como es evidente) tratando de llegar al toque excelso, pero sí puedo anticipar un elemento nodal: la alberca. No hay vuelta de hoja (menos de márgaras): las margaritas se paladean mejor dentro de una piscina (desde luego que no vacía, como me acababa de sugerir un distinguido y rupestre camarada). Como algunos mexicanos se caracterizan por su hombría ("yo me tomo el tequila solo. Ése es un trago para viejas pendejas"), otros por su honorabilidad bolchevique ("ese coctel es una invención gringa para promover el imperalismo a través del alcohol suave; además sólo lo beben yanquis gordos con camisas de palmeras") o por su distinguida estulticia ("no mames, la güera me pidió que le preparara una margarita y yo jamás he bebido otra cosa que no sea Tecate"), habría que empezar a derruir algunos mitos y reivindicar otros. En principio: las margaritas no son mexicanas; fueron inventadas en Ciudad Juárez pero por un gringo. El lugar de la antes mencionada gesta se llama el Kentucky bar y está a escasos metros de la frontera con El Paso. Como suele suceder, los inventos siempre son mejores en otros lados y no en el lugar de origen (insignes son los casos de los chocolates en México o las pizzas en Italia); así, el único placer de degustar una margarita en el Kentucky es el de estar en el lugar primigenio de uno de los grandes cocteles de la historia. Y ya. El toque fino pasa, entonces, por la alberca y por la cantidad de hielo que se le ponga. Además de que hay que utilizar sal gruesa en su justo medio y servirlas en las copas adecuadas. En realidad mi trauma con las margaritas viene desde la vez que una gringuita en Carolina del Norte, al enterarse de que yo era mexicano, cruzó la sala de la fiesta donde estábamos y me entregó un mix de Margarita, un tequila de medio pelo y una licuadora. Acto seguido, con sonrisa de trombonista de la banda de la escuela, dijo: "Haz margaritas". Yo, sintiéndome miembro honorable de la casa Gryffindor, las hice sin varita mágica. Nada mal salieron, aunque era una mezcla de supermercado (de hecho acabo de darme cuenta que empiezo a repetirme en las aburridas historias que cuento. Esa anécdota la había contado aquí. Cuando se acaben las palabras, pues). De la contemplación pírrica no hablaré porque todavía no sé bien a bien qué quiero decir con eso.

El segundo y último punto y aparte tiene que ver con varios temas. Uno, con lo que una amiga me dijo hace algunas semanas: "Qué bueno que escribes así, en un parrafito. Así no da flojera leerte". Como éste es el tercer párrafo, tengo la certeza de que no le apetecerá fumarse este infumable texto (a quien haya llegado hasta acá también habrá que decirle que se aprovecha mejor el tiempo viendo Los Beverly de Peralvillo) y, por consiguiente, tengo la obligación moral de hablar mal de ella ahora que no se dará cuenta. Como no es mi intención hacer leña del árbol caído, sólo diré, a propósito del número de páginas que deben leerse, que la antes aludida muchacha sólo lee libros si no tienen más de 150 páginas. Se sabrá, entonces, con lo que se ha cultivado. Una vez le dije que se había perdido el Quijote y me dijo que sí lo había leído, que había comprado en el puesto de periódicos una versión de 40 fascículos. Antes este tipo de confidencias me hubiera causado un síncope fulminante pero ahora con la invención de la margarita perfecta sólo levanto mi copa y brindo por tiempos mejores. Así, sin más, esta botella al mar ha servido para una intensa reflexión inocua en la que los días de guardar se han ido rápidamente. De hecho han estado acompañados de tres conspicuos sucesos que me han alegrado las tardes en mi veranda: Real Madrid 2, Barça 6, Manny Pacquiao KO en dos a Ricky Hatton y Andrés Iniesta y su delirante gol en Stamford Bridge (la mejor definición de don Andrés está aquí). Ahora sólo queda regresar a dar las clases para reprobar a mis alumnos, esperar que el Cruz Azul contrate a un entrenador intrépido, seguir escribiendo parrafadas para evitar que la gente se entere cuando hablan mal de ella y orar por que a uno no lo vuelvan a calificar como un hombre "inteligente" o "interesante". Si se me quiere endilgar algún adjetivo, last but not least, el único que aceptaré en lo sucesivo será audaz. Tschüß.
CAS

sábado, abril 18, 2009

Botellas al mar V

Police station

K se hizo para atrás en la silla y se subió la minifalda. Tenía las piernas cruzadas y el triángulo diminuto formado por el calzón rojo dejaba salir un mechón imberbe en el bajo vientre. "Me bronceé bien, ¿verdad?", dijo mientras tapaba sus piernas. "No lo sé", musitó Q, al tiempo que suavemente le levantaba de nuevo la falda. K insistió en el fulgor de su piel tostada y movió un poco el calzón rojo hacia un costado. Ahora el mechón creaba un contraste entre la piel pálida y la cobriza: en el inicio del monte de Venus se atisbaba la intersección perfecta del vello púbico. "Muévelo un poco más", paladeó Q. Con la intensa delicadeza de dos mujeres que se enseñan sus bondades, K jaló un poco más la prenda escarlata y el ángulo inferior del triángulo se transformó en una línea eterna que ya mostraba el rocío de sus riberas. Q se quitó la blusa y lanzó la pregunta retórica: "¿Te gustan mis tetas?" ¿Te gustan las mías?, recibió como respuesta. Fue así como el triángulo de la tela roja convirtióse en un rectángulo humedecido; después, en oscuridad capilar que demandaba con urgencia un índice, un anular. Q y K se desnudaron pausadamente y cada una, en un descenso divino y armónico, fue en busca del pezón ajeno. El intercambio sutil de comisuras, de lenguas humectadas en esa semilla láctea, fue por unos segundos eternos una oda a la cadencia. Y ya con los dedos paseándose por dos vulvas inflamadas, buscaron una cama donde pudieran gozar la horizontalidad, la turgencia de sus cuerpos encendidos. Fue ahí cuando el hombre, que hasta ese momento era sólo un comedido observador, fue llamado a completar el nuevo triángulo. Dejó en la mesa el bourbon que había mantenido en la mano, repitió Roxanne en el estéreo y asistió en ayuda de dos canoas que habían iniciado su naufragio.

CAS

jueves, marzo 26, 2009

Botellas al mar

IV. Circuito interior

Era una escalera interna de caracol. Entre la columna y la pared había muy poco espacio. Al subirla, blasfemé a la mitad: me había quedado atorado. Alguien me empujó de las nalgas y desde arriba me jalaron cuatro, cinco manos. Me destrabaron. Le pregunté al dueño si había otra manera de bajar. No. El departamento tenía dos niveles: en el primero estaba sólo la recámara; en el segundo, la estancia y un ventanal faraónico por el que se veía la ciudad y su encumbramiento. Dos horas antes, T había recibido una llamada. Es Clément, dijo. Tiene una fiesta cerca del Circuito. Me acordé de mis años mozos, ésos en los que los reventones salían debajo de cualquier piedra y llegábamos sin ser invitados para tomar el control del sitio. Un amigo conquistaba el estéreo; otro iniciaba el dancing; había uno que se hacía cargo del reven en la cocina. A mí siempre me tocó el asalto al bar. Nuestro lema, del cual dejábamos registro momentáneo en la ventana empañada, era "Salsa o muerte". Una vez adueñados del terreno, y habiendo instalado el cuartel general, empezaban los divertimentos. Nuestro juego favorito era quién se ligaba a la chava más guapa; si tenía novio, la emoción era doble. El problema era que el amigo con quien llevaba a cabo dicha gesta, tenía las prácticas por antonomasia del mal jugador: el miserable, después de agotar las estrategias acostumbradas y las chavas no cedían, lanzaba su última carta: se les hincaba y les decía que estaba dispuesto a ser su esclavo. Yo jamás me permití este tipo de prácticas desleales en un juego justo y por esa razón siempre perdí al son de dos contra uno (había algunas que lo pateaban cuando hacía eso y yo aprovechaba la oportunidad. Recuerdo a una peruana llamada Lucía. Sublime). ¿Vamos?, dijo T. Está bien.

En el trayecto T y M hicieron dos o tres llamadas mientras se metían mano por cualquier rendija de su ropaje. Adelante íbamos Z y yo, tranquilos, como debía ser; yo, por cierto, siempre consecuente con mi bien reconocida reputación de hombre íntegro. En ese momento me acordé de cuando Z me dijo "Vamos a dar vueltas al Ángel de la Independencia para que te haga una paja". Me negué. Ya en la fiesta, con la ciudad a los pies, el tecno estruendoso haciendo palpitar el ventanal como luna en el agua, la luz de neón de un espectacular de Samsung que me hizo sentir Atari y Harrison Ford, supe de esas llamadas entre jugos lascivos: M y T, la manera mexicana de decir MIT, le habían hablado al dealer. Tres horas antes también le habían hablado, los había despachado y todos quedaron contentos (como el nombre del antro que tendré que poner en algún momento: "Todos contentos y yo también"). Pero había una diferencia de matiz: no le habían llamado a ése sino a otro. En resumidas cuentas habían conectado al hijo. Ah. Sí, es también muy bueno. Además llega mucho más rápido que su papá. Es más, lo acabamos de invitar a la fiesta para que no nos haga falta nada. Ah.

Cada vez que le digo Morc que ya estamos viejos, se me queda viendo fulminantemente y dice No mames, siempre dices lo mismo. Es cierto. Pero lo estoy. No sólo no entré por una escalera de caracol (no soy lo que se podría decir obeso-obeso sino bajo de tórax) y tenía diez años más que cualquiera de los convidados sino que además sus prácticas nocturnas distaban mucho de las nuestras: ahora se invitaba a los dealers a las fiestas para no tener ningún desaguisado, erizado o lo que fuera. Lo demás fue lo común de todos los reventones: se fue el agua y una mujer con diarrea tuvo a bien florear el escusado; el dueño, algo así como Frank Poncharello joven, tenía resuelta la situación: en la bañera había 15 garrafones de agua La Purísima perfectamente formados; intenté hacerla de DJ pero la mezcladora había sido copada por los amigos del dealer (ninguno mayor de veinte años y, eso sí, todos con pistola); aventuré una idea sobre el suicidio que fue generalizadamente rechazada (un quinto piso y balcón, qué más); estoicamente quise salvar a Z porque había por lo menos cinco desarrapados queriéndosela ligar y una española que fue a por ella desde que llegamos y le metió mano dos o tres veces; M me preguntó en el baño si había tenido tríos (M, que es chef y aspira a cocinar una placenta); el trago se acabó y recordé que había una Caribe Cooler en mi chamarra. Salud y ya sin trago y el oxo enfrente. ¿Quieres más chelas?, dijo M. Oui y mientras tanto pues el Antillano con agua (pinches chamacos, cómo beben esto). Pas mal, pas mal. Y Z y un nuevo alfabeto: "¿Ya nos vamos?". Esperá 15 minutos. Volvete a dormir. YZ "ya pasó una hora". "Me voy". Y yo a por ella ("¡Empújenme para poder bajar"!). Siempre haces lo mismo. Mais oui. Perdón, será la última vez. Y el sol a plomo de las diez de la mañana y la música arriba (tengo que tomar ese estéreo. Chet. Pero no tengo ipod. Chet, chet). Me voy. Esperá, no llores. Cómo me dices eso si estás igual. Z, don´t go; Z... Le hablé a M para que me abriera y ayudara a pasar por la escalera. Ya en el balcón, los coches se perdían debajo del puente; iban y venían con la certeza de las línas rectas. Benditos balcones. Benditas verandas. Circuito interior de los cuerpos inermes; lo canales espurios por donde se dice que transita la vida. Era el ciruito interior, botella al mar hasta que se mezcló con plancton insano. Ábrete vena. Vámonos, cabrones, maestro Burroughs. Pero no hay salida. Circuito interioricemos.

CAS

lunes, marzo 23, 2009

Botellas al mar

III. Psoriasis

Hombre piedra. Porque es la piel abandonada; más bien la que ha abandonado su humanidad para hacerse reptil. El punto es el siguiente: la mutación es paulatina, como si de emparentar con una estalactita se tratara. Es primero el cocodrilo en movimiento; después mimetizado con el fruto de la caverna. En la antigüedad solía confinarse a los leprosos a las catacumbas, lugares mohosos donde la luz del sol era una utopía. Ahí permanecían porque habían sido tocados por el dedo gangrenado de la divinidad, por la llaga indemne de los altísimos, el vacilar omnímodo de los nortes. Y ahí morían: con la mancha blanca en la carne y la carne en la mancha blanca. Hoy día hay variaciones (siempre las hubo pero no en mis manos): la psoriasis la padecen aquéllos que han despertado el monstruo adentro, el alien encapsulado en busca de la luz matinal, el sistema inmunológico compartiendo el disfraz del cuerpo mallugado. Hombre piedra, piedra porosa, piedra de la piel caída, cambio de piel. Serpiente mineral escrita por sí misma. Medusa prosa. Hablaré del nacimiento de la escama. En la coyuntura, ahí dónde se distinguen los hombres de los animales, el pellejo deja su membrana de poros y sufre la metamorfosis. Dura poco y su alumbramiento es imperceptible. De pronto ya la capa epidérmica se ha decolorado y el color blancuzco adoquina las falanges de un presidiario inocente. Tac, tac, tac. En las mañanas, manos y codos me dicen que la única manera de bajar de la cama es arrastrándome. Casaurio. Ésa es la batalla cotidiana: luchar contra el lagarto por recuperar mi piel. Y hay ranuras de sangre. Y hay humanidad incomprendida, insuficiente. Y la escama sigue. Y duele como el carajo. Hombre piedra, pirita piedra, pirita piedra, pirita hombre. Ayúdame, Supervielle.


-Pequeños, grandes huesos, cartílagos
aun hay jaulas más crueles.
Paciencia, blancos relámpagos
en la cárcel de mi carne.

Tórax, deja sin temor
que te llene el aire claro
¿No comprendes tú que el sol
te alcanza desde los cielos?

Escucha, húmero sombrío
la noche carnal es dulce.
No hay que pensar todavía
en la flauta de los muertos.

Y tú, rosario de huesos, columna vertebral,
que no desgranará ninguna mano,
aleja de nosotros esa hora enemiga,
roguemos por el río que nos riega la vida
y hacia nuestras pupilas inquieto se apresura.


Escucho a Jazz is Dead al tiempo que observo mis manos enllagadas, los codos graníticos. Tomaré de nuevo mi energía líquida pasada por pelo de oso polar y esperaré a que la escama desaparezca. Pero volveré a quitarla y sangrarán sus surcos centelleantes. Y ella saldrá otra vez para hacerme hombre piedra, piedra hombre y el reptil vibrante. Quizás ser caimán no sea tan malo.

CAS

domingo, marzo 15, 2009

Botellas al mar


II. Temporada Radiohead

Si la vida es un juego, ¿habrá algo más que ganar que la vida misma? Naturalmente es un juego que se puede ganar, aunque siempre se pierda en el último minuto (seleccione su segundo). La ventaja es que, como Sísifo y su piedra, siempre empezará de nuevo.

-¿Quiénes son esos güeyes de Radiohead?

-Pues la banda más influyente de los últimos años.

-¿Son buenos?

-Sí, tienen algunos discos redondos -chet.

-Mirá, vos. Ya estoy viejo, mano.

-Estamos viejos, man.

La vida, decía ese magnífico bribón e. e. cummings, es un breve paréntesis. Sin despreciar a mi querido maestro, he de decir que para mí es más bien un párrafo, un fragmento indisoluble que busca un punto y aparte. A paso de cangrejo nos movemos los condenados de la tierra; entre cimarrones y la poesía de Octavio Paz; entre el salvajismo de las mujeres tontas; entre el orgullo y la dejadez en una facultad de letras; entre el murmullo y la redondez de un mundo que sigue siendo cuadrado; entre la pestilencia de los alientos y la tersa calma de la mirada depositada en la mesa de un bar. ¡Doy mi cuello, señor, por evitar las parrafadas!
Entonces te dicen nos estamos yendo; hemos acelerado el trote del corcel (caballos desbocados. Mishima y su sable). Temporada Radiohead y un cuarto de hotel. Temporada Radiohead y el lamido de las banquetas (es orín de perro, joven. Pero sabe dulce. Es de un perro diabético, joven). ¡Jamás volveré a ir a por un mezcal! Que se silencien los agaves y su ruido de hombres. ¿Eres Paula o Paola? El nombre que quieras, mi vida. Si quieres puedes llamarme Sherezada. Nos estamos yendo. Pero si es así, ¿de dónde vienen las lágrimas? Farewell. ¡Dadme un mezcal y perdonaré vuestra ingratitud! Pero si tú eres ése, el luchador (odio tu novela). Dejá el personaje, man. Dejalo, ya pasaron más de diez años. El radio y la cabeza. Y los lugares distintos que serán los mismos. Ahí con Sísifo y su piedra; con los regaderazos sin agua; con la placidez, la compañía y la amistad; ahí donde el juego continuará hasta que no exista más un vaso de whisky, un verso libre que me dé una lágrima y el placer, ¡el placer, chingao!, de seguir chancleando en esta comarca bienaventurada. It´s just a game, man, just a game.

CAS