martes, septiembre 27, 2011

El ermitaño

Hay un terciario que me cree Jesucristo, lo cual, como tú sabes, todavía no soy.
Malcolm Lowry, "Carta a Conrad Aiken", 1937.

El cuerpo parece salirse de sí mismo (deja la roca en las extremidades). La pesadez doblega la entereza, y la necesidad de moverse se ancla sin éxito en el eje de las piernas. Se dice que el hombre está solo (¿cuál será la escrupulosa definición de soledad?). Lo cierto es que las evacuaciones han regresado a su intermitencia voluntaria: hay una decantación del alma que sospechosamente hace pensar que ésta existe.

El problema ha sido, como siempre y acaso nunca más, los principios dobles. Al comienzo, pues, estaba una carta sin destinatario y de remitente dudoso. Se rumora, y es una hipótesis asequible, que Dios antes de crear el mundo, la escribió. La incógnita, y ésa es naturalmente el secreto de la creación, es a quién estaba dirigida (quizás el mayor misterio hierático junto al origen de la esposa de Seth). En ella se narraba la epifanía por la que se creó el universo. Antes de eso, y puesto que hablamos de un personaje omnipotente, Nuestro Señor inventó el lenguaje (más tarde lo atomizaría con una broma tan feroz como categórica llamada Babel). Yo soy el que soy (el antecendente inmediato de You know who, alias el Maestro Voldemort) concibió el lenguaje para poder expresarse con espontaneidad y reflexionar sobre su labor. Las conclusiones de los expertos sobre el episodio son reveladoras: Dios le escribió la carta a una mujer y le confió su mundo nuevo: fue incapaz de quedarse callado sobre la existencia y autoría de su obra maestra; también, por adición natural que hubiera entendido un niño recién nacido (detalle que no estuvo contemplado en la Creación*), fue la confirmación de que Nuestro Señor estaba enamorado.

Creo que hoy día, en las postrimerías de septiembre, ésa es mi condición: ser como Dios y su soledad pero sin ser él, ostentar en las llagas de los dedos una carta sin destinatario y remitente, estar enamorado sin saber de qué (ya decir quién sería de un optimismo crudelísimo) y, como no le ocurriría a ninguna divinidad seria, padecer las inclemencias de un estómago sucio.

CAS


*De hecho, ésta es una nueva confirmación de que el actual debate en México sobre el aborto, sobre todo si pensamos en la postura y ¿razonamientos? de los católicos, no ha lugar. Si a Dios le hubiera interesado el tema como condición sine qua non de la Creación, hubiera fecundado un cigoto para colocarlo ex profeso en el vientre de sus confianzas (sobra decir que también manufacturado por él). En cambio, optó por crear a un hombre a su imagen y semejanza (claro que fue sutilmente travieso: no lo hizo Dios) y a una mujer que moldeó de una costilla del susudicho, como si fuera res, y no de una porción mínima del cerebro o el corazón (de ahí que se desprenda la conocida tesis de que Nuestro Señor es el primer machista que conocemos). Por eso Dios, como su viejo camarada de grandes batallas, el Diablo, siempre ha sido un gran lingüista. De esta manera, se concluye que la fecundación (hoy día le llaman concepción; de cariño le podríamos decir Conchita) es el mito genial de la creación y el argumento subnormal, apócrifo y baladí de los antiabortistas (amén de que no hablan de los cien mil espermatozoides que asesinó un cabrón fratricida en la carrera por echarse el óvulo).

sábado, julio 30, 2011

Diario de la Toscana II

Mi sobrino Noel no habla español; el italiano es su primera lengua y Nicla, su mamá, le ha hecho aprender francés. Noel tiene debilidad por dos personajes indiscutiblemente célebres: el maestro Alessandro del Piero y las iguanas guerrerenses. También, a su escasa edad, ha cometido un triste y lamentabilísimo error del que se arrepentirá el resto de sus días: en una decisión tan rotunda como ridícula, ha concluido que su equipo de futbol en México serán los Mininos de la UNAM (uno más: ¡mi reino por un poco de inteligencia en este mundo!). Noel tiene ocho años y el otro día fuimos a jugar futbol al parque. Ahí me enteré de una segunda, penosa, equivocación: me confesó que si a algún jugador mexicano escogería en su videojuego de futbol, ése sería un conocido traidor llamado Paco Palencia. Pero Noel es un buen niño: lo único que pide cuando vamos al súper es un chocolate Kínder, ésos que tienen un juguetito para armar en sus entrañas. Como está de vacaciones me llevó a conocer el museo de sitio del anfiteatro romano que está detrás de su casa. De hecho, cuando Nicla se enoja con su hijo, suele arrojarle los juguetes al anfiteatro, ahí donde épicos gladiadores godoteaban estoicos para jugarse la vida. Él naturalmente se enoja y lanza un ¡Vaffanculo! y alguna increpación en español (las majaderías tepiteñas son los únicos términos en mexicano que conoce. De hecho se le ha desarrollado el hábito de pinchearme con lingüística suficiencia). Pero el último gran problema de Noel no tiene que ver con sus preferencias futbolísticas (olvidaba mencionar que cuando le dije que había escogido el equipo equivocado y le hablé de la eterna seguridad que le daría irle a la gloriosa Máquina Celeste, espetó con certeza etrusca: "¡Pinche Cruz Azul!") es que en su repertorio de canciones sólo existen dos: "Redemption song" y "La marsellesa". Ambas las tararea o canta según su estado de ánimo y no hay poder humano que lo calle o le haga cambiar de canción (bueno, dos veces entonó el "Guacaguaca" de Shakira con ilustres gritos toscanos). Pero lo realmente calamitoso de esa tendencia de Noel por el himno francés es que me he cachado cantándolo más de una vez, bueno tarareándolo porque desconozco su libertaria letra. Eso, a su vez, ha provocado dos situaciones siniestrísimas: que odie a los franceses un poco más y el reconocimiento apriorístico de que el 5 de mayo jamás existió y todos llevamos un pequeño Abraracurcix en nuestro ser. Cuando Noel vaya a México, para que entienda de una vez por todas cómo están las cosas y, como si fuera un Alex Nadsat DeLarge posmoderno, le haré pasar por sesiones intensivas de partidos del Cruz Azul (ya tengo las gotas para los ojos). La música de fondo no será la novena de Beethoven sino una refinada selección de Juanga y Los Tigres del Norte. A ver de qué cuero salen más correas, pues.

CAS

martes, julio 26, 2011

Diario de la Toscana I

La psoriasis ha brotado de nuevo. Su presentación es más violenta, más escandalosa. Desde que abandoné las gotas de mi energía líquida pasada por pelo de oso polar, la grieta se ha endurecido y profundizado. La lucha es entre dos paredes babilónicas al interior de mis nudillos. Además he vuelto a sudar por las noches. La almohada amanece húmeda en su totalidad, como si la hubiera hecho naufragar en el bidé de la casa: todo hogar italiano tiene uno; de hecho los habitantes de aquí se sorprenden cuando se enteran de que en otros lados (todos los demás países, por ejemplo) no suelen existir. Nicla, la esposa de mi primo Michael, me pregunta desconcertada: "¿Cómo se lavan la cola cuando van a salir?".

El sudor no es cosa nueva: de día, cuando la conciencia evita el sueño del naufragio, el agua salada brota de igual forma, como si se exprimiera una esponja, como si se expulsara la vida. La grieta y el oceano nocturno no han eclipsado, sin embargo, la felicidad cotidiana: esa sensación de bienestar y fruición que sólo ocurre cuando las piezas del rompecabezas vivencial se colocan correctamente con los ojos cerrados.

CAS

martes, julio 19, 2011

Apuntes teutones

Desde la segunda Guerra Mundial, Alemania es un país que no está acostumbrado a perder (creo que en la gran Guerra tampoco lo estaba pero lo tomaron con sabiduría ecuménica). De las tantas actividades en la vida hay una en la que particularmente no le suceden los fracasos muy a menudo: el futbol. Como todavía es julio, mi mes favorito y el idóneo para los lugares comunes, me iré con el célebre del exfutbolista inglés Gary Lineker: "El futbol es un juego de 11 frente a 11 en el que siempre gana Alemania". Aunque, insistiremos en ello, hace ya algún tiempo que los anales no merecen su presencia grabada en letras doradas. El punto es que últimamente suelen salir vencidos, aunque mientras participen en un torneo el pueblo alemán siempre tendrá la firme certeza e inmarcesible convicción de que el tarro será levantado (por favor, si son visigodos posmodernos: dejémosle las copas a los franceses). El Mundial de 2002 me tocó durante un largo viaje por Europa. Después de ver la final Brasil-Alemania con unos amigos en Maastricht, por obra y gracia de algún holandés que detectó el 15 por ciento de mi sangre alemana (los holandeses practican un oído peculiar hacia los alemanes por 1.-Holanda no es un país y 2.-cuando los han invadido, en particular los alemanes, no han metido las manitas y acto seguido les entregan el país), me embriagó con un coctel que incluía Amstel, Heineken y un hash marroquí dudosísimo y me depositó en el primer tren a Munich. Amanecí en la estación bávara sin saber bien a bien dónde estaba hasta que una multitud enclavada en el centro de la estación hizo el favor de, por sus loas, darme razón del lugar. Había una pantalla gigante a la mitad del pasillo principal en la que se transmitían escenas de la llegada de un avión. La gente estaba a la expectativa y vio atenta y en silencio el aterrizaje de la aeronave, cómo se acomodó al lado de la pista y el momento en que se abrió la puerta principal. Se trataba de la llegada de la selección alemana de futbol a su tierra. En condiciones normales, el primero en salir hubiera sido el entrenador, en esa época el gran maestro Rudi Vöeller; pero no fue así. En un acto que sólo se interpreta como una reafirmación nacionalista o un misterioso gesto de indulgencia nibelunga, Vöeller tomó del brazo al capitán del equipo, Oliver Kahn, y lo lanzó al ruedo como primer espada para bajar del aeroplano. Recordemos que Kahn (ningún parentesco, concesivo lector, con el Gran Gengis), en la final de ese Mundial, había cometido un error grosero en el primer gol de Brasil, que le abrió el camino a la verdamarela para conquistar el pentacampeonato. Así las cosas, Kahn se presentó en su país y, sin haber tocado tierra, recibió la más larga ovación que ha existido para alguien que en otro contexto merecería la horca (fue un yerro imperdonable para alguien que se vanagloriaba de ser el mejor portero del mundo). Ahí, en la estación de trenes de Munich, atestigüé de nuevo los contrastes mundanos de la vida: los alemanes recibían con furor a un héroe trágico y el portero, cual avestruz resucitada salida de una obra de Peter Handke, saludaba a la plebe como hijo pródigo (cabe señalar que, aunque capitán, Kahn tenía serías dificultades para hilar dos frases seguidas en su idioma natal; para ser más específicos, se expresaba peor que Bastian Schweinsteiger, nuevo portador del gafete, que en su juventud había sido pastor de ovejas en las dehesas de Bavaria). Un dato fundamental que ejemplifica la debacle teutona del siglo XXI fue que en 2006, cuando el Mundial se celebró en Alemania, festejaron el tercer lugar como si hubieran su primer campeonato.

Pues bien, hace algunos días estaba en Alemania. Fui a visitar a mi amigo Jerónimo que vive en Dusseldorf. Ahí me alcanzó Anne, amiga berlinesa y ciudadana del mundo, que hacía un curso como negociadora (os lo juro) en un pueblo rabón cerca de Colonia. Como es de sobra sabido, en estos días se festeja el Campeonato femenil de futbol en Alemania y el pueblo alemán tenía otra oportunidad de reafirmación nacionalista: los automóviles, como en 15 de septiembre, mostraban ufanos su bandera tricolor en el parabrisas. Al llegar a Dusseldorf, el tema natural de conversación fue el Mundial Femenil: Jermoc, en un plan categóricamente germanófilo pero con sapiencia contundentísima, me platicó todos los detalles de la selección femenil alemana: que la portera era novia de la defensa central y la celaba por los fajes que les metía a las delanteras; que la mejor jugadora, Birgit Prinz (creo que era su fan porque se llama igual que su esposa) la habían sentado por sus malas actuaciones y que al día siguiente SU selección golearía a Japón para que de una vez por todas los nipones entendieran cuál había sido el único pilar trascendental del Eje Berlín-Roma-Tokio. Cuando llegó Anne, mi sorpresa se incrementó: mi muy querida amiga Anófeles Becker estaba al tanto de todo y, cómo no, también esperaba con ansiedad el encuentro. Decidimos, entonces, ir a un tugurio llamado Zakk, en donde una semana después tocaría Molotov. En el escenario habían colocado una pantalla gigante (les reteencantan ese tipo happenings a los alemanes) y el público se sentó en unas banquitas de madera puestas muy artesanalmente y que seguro quitarían para recibir a los merluzos decadentes de Molotov-que-le-van-a-los-Mininos. Ante ese ritual a gran escala, no me quedó de otra que reccionar con el mayor decoro al que aspira un mexicanito en el extranjero:

-Yo le voy a Japón.

Jermónimo y Anófeles se miraron con el máximo gesto piadoso del Ruhrgebiet y siguieron bebiendo su Franciscana. Cuando cayó el gol de la japonesas hubo un rumor de incomprensión y un grito ahogado del mexicanito que, aunque fervoroso, no era estúpido porque obviamente en el congal había un habitación en donde se podía armar, ipso facto, una cámara de gas. Jermoc empezó a exigir en fino mexicano "Mete a Birgit, pendeja; métela" y Anófeles a hacer un ejercicio tántrico para evitar las lágrimas. La árbitra pitó el final del partido y, contrariamente a lo que hubiera pensado, ningún corazón a la orilla del Rhin dejó de latir; estaba ante una nueva y ya conocida realidad de los alemanes en el deporte: esa común, aunque triste sensación, de acostumbrarse a perder. Saliendo del Sakk no hubo ningún auto con banderita, ningún claxon que se perdiera en su carrera ni una sola voz anónima dicendo prost que retumbara en esa célebre cantina del mundo llamada Dusseldorf. Jermoc y Anne caminaron delante de mí sin decir palabra. Yo me apiadé de su desgracia hasta que el sentido común pudo más que la taciturnidad de la noche: "Pues una última chela, ¿no?". Ellos, como la única frase que alguna vez citaré de Benedetti, cerraron los párpados pesados como juicios.

CAS

lunes, julio 18, 2011

Brasil-Paraguay


¿Cómo se puede ganar cuando tienes en tu equipo a un Ganso, un Pato, un Lucas y encima de ellos (o abajo, para que no terminen chorreados) a Elano (que dejó fuera a Kaká)? ¿O cómo se puede ganar cuándo tienes en la portería a un hombre Justo? You tell me...

CAS

martes, julio 05, 2011

Diario helvético I

Como los suizos son personas con déficit anual de sol, cuando suele salir, ora sí que a flor de piel, no pierden un instante para disfrutar de sus bondades. Estoy en una playa sui géneris a orillas del río Ródano en Ginebra. La diferencia con las del Defe es que aquí hay agua natural pero no arena artificial: les bastan unos tablones de unos cuantos metros para poder hacinarse felizmente. Al ser la puesta del sol a las diez de la noche, la gente viene a darse un raudo chapuzón saliendo del trabajo. Lo de raudo es al pie de la letra: estoy viendo a tres muchachas que llegaron hace 15 minutos; prestas se encueraron, se tendieron diez minutos para, digamos, un tostado a fuego lento, dijeron merde cuando uno de los pocos gordos que hay en este país las salpicó y ahora se han vestido (de oficinistas de nuevo) y ya se van con la piel a medio cocer, cruda, para ser más precisos. Un detalle, no obstante, que atisbo en este momento, es que la corriente del río es de eyaculación precoz: rápida y furiosa. Cuando alguien se lanza un clavado, en dos segundos ya está a diez metros del lugar de acuatizaje; otra minucia (que también voy descubriendo) es que se puede nadar armónicamente con los patos, hacer gárgaras al alimón con ellos y retarlos a una carrera parejera (¡si es Suiza, for Christ's sake!, el territorio donde el papa escoge a sus efebos, perdón, a su guardia de honor para llevarla al Vaticano). Mañana regresaré ya con traje de baño y les enseñaré a los patos helvéticos una evolución que, seguramente, incluso los de su especie desconocen en estos lares de calles trapeadas: nadar como el pato Lucas: de muertito y echando un chorro de agua hacia arriba.

CAS

jueves, junio 09, 2011

Diseases

1) Llevo dos semanas enfermo: un bicho desconocido ha atacado alguno de mis intestinos y me ha causado una briosa infección (la flora intestinal se ha convertido en fauna silvestre integrada por esas bisagras entre ambos mundos llamadas plantas carnívoras y solitarias golosas). El retrete es ahora mi mejor amigo. Cada 15 minutos me recibe afable con un cortés Welcome back. La comida, por el contrario, es de esos personajes que con el tiempo adquieren el apelativo de enemigos íntimos; males necesarios, pues. El antibiótico que me recetaron no hizo el efecto esperado y me atemoriza que en cualquiera de esas febriles evacuaciones se me vaya por ahí algo más que líquido amarillo, algo así como la parte ecuménica de mi integridad. Como nada funciona, he intentado desempacharme a cucharazos de aceite de oliva y reconstruir la flora con lactobacilos. Esperaré unos días, si no, mi nuevo nombre será, sin más, el de ese personaje de Astérix llamado correctamente Acidonítrix.

2) Hace unas semanas fui con Homero, mi médico brujo, y me dijo que la psoriasis la trataríamos con un método distinto: descargas eléctricas con su flamante Rife machine, mejor conocida como "beam ray machine". Cabe destacar que Royal Raymond Rife fue un célebre inventor que pretendía curar algunas enfermedades a través de frecuencias eléctricas inducidas; éstas eran elaboradas ex profeso para aniquilar los microbios causantes de la patología. Así, Rife confiaba en mitigar enfermedades como el cáncer a través de frecuencias hertzianas. Sin embargo, su máquina no tuvo el impacto necesario en su época (los treinta del siglo pasado) porque fue víctima de una conspiración organizada por la American Medical Association. Según consta en el libro The cancer cure that worked de Barry Lynes, la "beam ray machine" en efecto curaba el cáncer pero la AMA se encargó de desprestigiar a Rife para hacerlo pasar como un charlatán. El tema es que la máquina de Rife se ha vuelto a poner de moda y he recibido mis primeras descargas eléctricas. Como llevo semanas sin beber una gota de alcohol no corro el riesgo de chayocastellanizarme.

3) Antier regresé con Homero. Simplemente iba a que me dieran choques eléctricos en las manos por lo de la psoriasis, pero le platiqué de mi épica conversión al Hombre líquido de los X-Men y que recién había dejado un pedazo de mi alma en su aséptico baño, no una vez sino twice. Olvida por ahora la psoriasis, dijo. Me acosté en la mesa de exploración, hizo los pases mágicos de rigor y dijo ya está: tienes una variante de salmonela. Ésta es tu medicina y vamos a darte unas frecuencias. Fue así como una vez más fui testigo de una nueva vejación a mi honor. Me acostaron bocarriba, me pusieron placas metálicas en la espalda baja y en el vientre y me rodearon con toallas húmedas como si fuera un pinche Niño envuelto; las descargas empezaron como si quisieran hacer de mi torax un pollo a la parrilla. Fue media hora de ignominia que me ha costado superar. Ahora regresaré un par de semanas más para continuar con las frecuencias de las manos, aunque nadie me quitará de la mente que la salmonela será de hoy en adelante una anguila eléctrica en el lugar destinado a los intestinos de los seres humanos.

CAS

viernes, junio 03, 2011

El regreso del Jamaicón

En España hay un reality show, en el que intervienen jóvenes futbolistas, llamado Cracks TV. No sé bien a bien en qué consista pero parece que la idea es que los nuevos valores del balompié muestren su destreza ante la mirada televisiva del respetable. El formato incluye tanto a chamacos españoles como de ultramar. Por ejemplo, hay un panameño, un argentino, un colombiano y... un mexicano (como en los chistes, but of course). El programa está apadrinado por la sapiencia del maestro Zinedine Zidane y la realeza del príncipe Enzo Francescoli. Pues bien, lo realmente trágico del tema es que el mexicanito en cuestión, Diego Martínez, forma parte de la sub-17 de la heroica Máquina Azul. Como el verano se acerca (incluido el mes de mi relación amor-odio: julio), he terminado el semestre con los neardentales de mis alumnos y lo único que hago es preparar mi viaje al Festival de Jazz de Montreux (un eufemismo nuevo del dolce far niente), entré en la página del concursillo. El párrafo principal dice así:

"Son cinco los días que llevan los 18 cracks de esta edición viviendo esta gran experiencia. En el día de hoy, sobre el césped, se ha podido comprobar cómo la competición se endurece cada vez más. El míster, Lobo Carrasco, advierte: "El que no cumpla sus objetivos personales saldrá de la Academia". Fuera del terreno de juego, Israel, el granadino del Centro de Menores, se mostraba entusiasmado por la sensación de libertad que siente dentro de la Academia; en contraposición, el mexicano Diego rompía a llorar acordándose de sus seres queridos".

Como se verá, el fantasma del Jamaicón Villegas sigue merodeando a los mexicanos en el extranjero; sin embargo, ahora las diferencias son acaso de matiz. El joven Martínez no lloró por su mamacita, los tacos, la birria que no había comido o por la "cena de rotos" que debía engullir; el llanto del cementerito vino porque extrañaba... a su novia, y pensaba naturalmente que estaba siendo engañado (claro, él, entre puros hombrecitos, cómo podría engañarla). Y luego de cinco días. Cuando yo era estudiante en la facultad, había una pinta en uno de los mingitorios que rezaba: "Piensa que en este momento tu novia puede estar cogiendo con otro güey". Todo mundo trazaba la sonrisita típica de "sí, como no", aunque para sus adentros también todos pensaban que era algo probabilísimo. Las lágrimas del cementerito no vinieron de extrañar el arrumaco con la damisela sino de que intuía su posible faena con un minotauro defeño. Ya veremos cómo le va en su reality, aunque yo, y no es que sea mala persona sino que estoy harto de golpes, lágrimas y subcampeonatos, le escribiré a Billy para que a la brevedad posible transfiera al chamaco a las fuerzas básicas del América.

CAS

jueves, mayo 05, 2011

Últimos tragos

¿Cómo se detecta el dolor ajeno? O más aun: ¿debería vislumbrarse el sufrimiento de los otros para evitar que se lancen por la borda? Hart Crane y el Orizaba eterno. He de decir, puesto que el metal ardiente no intercambia la piel que carboniza, que lo primero es imposible y lo segundo, innecesario. Hablemos, pues, del dolor. A veces se presenta como daga incadescente que tiene a bien hacer un tour licencioso por el hígado y el páncreas. Pero también está ya no la flama sino el pesar sobre la sien, ése que cuestiona si la cabeza puede mantenerse en su sitio. Guillotina de algodón. Y aunque pueda hablarse de miedo, sí, ese temor inmarcesible como el de Bambi, hay una sensación más como de desapego a la entraña, a los rápidos del caudal sanguíneo. Porque tampoco es la puñalada en el vientre; es más bien el descenso inmaculado, la caída libre en repetición eterna. El dolor viene de la conciencia de Sísifo y está en el insólito y petulante cerro donde la piedra es mundo (un nuevo calvario para Atlas). Por eso las decisiones últimas, como los buenos tragos, vienen de esa minúscula y cotidiana actividad de abrir los ojos y cerrarlos. ¿Por qué temerle a la muerte si tiene ganada la carrera parejera? La ecuación es absolutamente justa y pertinente: si nunca más volveré a vivir sin dolor, ¿vale la pena entregarse las horas que restan a una batalla que se tiene perdida de antemano? No lo sé. Lo que sí sé es que uno no está solo, y en la medida en que uno abandone el frente renunciará, asímismo, al último retazo de humanidad. ¡Exijámosle piedad al carnicero en turno! Abandero, pues, una máxima que acaso me acerque más al ataúd: lo importante son los seres humanos. El problema es cuando uno cree que está por encima del otro, en cualquier perímetro, en cualquier aventura. El problema viene cuando se pretende hacer las veces de la divinidad correspondiente y se aseveran cosas como Tú no tienes que sufrir por eso o Yo tengo la respuesta a lo que te pasa. Ahí es cuando uno está sólo y solo (¡devuélveme mis tildes, pinche RAE!) ¿Cómo se detecta, se identifica el dolor ajeno? Su imposibilidad hace que la intenciones se pierdan en la voluptuosidad perniciosa de la buena voluntad. Las pieles, como los rostros, están diseñados para cuerpos específicos. Fuimos, ante todo, sastres de nosotros mismos. ¿Hay que vislumbrar el sufrimiento de los otros? Es intrascendente. Ante ello, la única opción es el silencio, y escuchar atentos cuando el cuerpo mallugado lo ruegue, con la sapiencia y templanza amoral de aquellos que pretenden convertirse en compañeros de viaje.

CAS

martes, mayo 03, 2011

Obsama

Mucha tinta correrá después del asesinato de Osama Bin Laden. A mí sólo se me ocurren tres preguntas ingenuas, dos de orden legal y una moral: en un estado de derecho, ¿es un acto de justicia asesinar a un ser humano sin un juicio previo? ¿Enviar un comando a un país extranjero para matar a un supuesto líder terrorista no se llama, en buen español, violación de la soberanía de una nación, ergo, invasión? ¿Después de un asesinato, independientemente de que el abatido haya sido Lucifer (aunque hay quienes consideran viable la muerte del Diablo), no es un acto de bonhomía y nobleza entregar el cadáver a los deudos para llevar a cabo sus exequias? En fin, se trata sólo, insisto, de preguntas ingenuas pero que acaso no habría que soslayar. Una última duda: ¿y si utilizaron un doble y en unos días se difunde un nuevo video de Bin Laden? Como dice Robert Fisk, ni la Divina Providencia será suficiente para ayudarle y Barack Obama perderá la siguiente elección.

CAS


PS. Ora sí la última pregunta ingenua: ¿se merece el premio Nóbel de la paz una persona que ordena la muerte de otra?

martes, marzo 29, 2011

Misiva en solidaridad con Javier Sicilia

Ayer fue encontrado sin vida Juan Francisco Sicilia Ortega, hijo de nuestro querido amigo Javier Sicilia. El cuerpo de Juan Francisco fue hallado en un automovil en Temixco, Morelos, junto a los de otras seis personas; estaba amarrado de las extremidades y con signos de asfixia. También tenía el tiro de gracia. Más allá de condenar firmemente el asesinato y no dejar de sorprenderme por la ominosa violencia que se vive cotidianamente en este país, me sumo con el corazón en la mano al duelo de Javier y le ofrezco mi solidaridad absoluta. La mayor injusticia en el asesinato de Juan Francisco viene de que los padres no tienen por qué ver morir a sus hijos. Cuando un orden natural de las cosas se ve vulnerado, la marcha atrás nos hace pensar de nuevo en nuestra poquedad, en la miseria endémica a la que sigue siendo lanzado el ser humano. No hay mayor dolor que la muerte de un hijo, una hija, y uno no tendría por qué enfrentarlo. Pero es en estos instantes de zozobra aparentemente implacable en los que la humanidad debe mantenerse a flote y sincerarse con ella misma. Que el abatimiento y la mancilla fortalezcan nuestro talante; que se haga de él un bastión de resistencia indómita. ¡Fuerza, Javier, que tú como hombre de fe sabes que, aun con dolor, la vida, tu vida, Maestro, sigue hacia adelante!

Carlos Antonio de la Sierra

viernes, marzo 04, 2011

Conclusiones

Hablemos sobre el amor:

(...), (...), (...), (...), (...) ...

CAS

martes, febrero 22, 2011

México-Francia I
El pastelazo de Sarkozy

Normalmente una de las máximas que enarbolo en la vida es el viejo y conocido refrán de "No hay que hacer leña del árbol caído". El problema es que a veces el árbol nos mira inclemente como ese ojo buitresco estilo Poe y hay que astillarlo hasta que se vaya su aserrín entre las manos. Sobre el último affaire México-Francia, a propósito del conspicuo caso Florence Cassez, pongo a consideración de los lectores las siguientes apreciaciones. Primero los antecendentes: el gobierno mexicano, al obedecer a los intereses mediáticos de la televisión, armó un show en tiempo real para la detención de la banda de secuestradores en la que participaba Cassez. Una aprehensión de rutina se magnificó ominosamente como si fuera boda de Lucero y Mijares pero con dimensión internacional. Primer error. En consecuencia, al encargado de la logística del numerito, Genaro García Luna, lo premiaron más tarde con la Secretaría de Seguridad Pública Federal. Desde ese momento el gobierno francés le dio particular seguimiento al proceso de su compatriota. Después de algunos meses, y con la presencia de pruebas contundentísimas, Florence Cassez fue consignada a sesenta años de prisión. Hace unos días, en una segunda instancia, le fue negado un amparo judicial. El gobierno de Nicolás Sarkozy, entonces, se paró de pestañas y, valiéndose del Tratado de Estrasburgo, exigió la repatriación de Cassez para que pagara su condena en Francia. Aquí hallamos el primero meollo jurídico: ningún tratado que se haya firmado con otro país (estuve a punto de escribir con "un país extrajero") puede estar por encima de la Constitución mexicana. El argumento, por tanto, de que con base en ese tratado se tendría que trasladar a Cassez a Europa, queda sin validez porque vulnera el Estado de derecho en México (en este caso la acepción "Estado de Derecho" si ha lugar). En ese sentido, el Tratado de Estrasburgo queda simplemente como pauta o, como dirían los gringos, como un guideline.

¿Qué ha pasado? Sarkozy, un hombre que ha confeccionado el traje perfecto para una cualidad de altos vuelos (taradez), ha insistido en la repatriación de Cassez y ha asegurado que no cejará en esfuerzos para hacer que la francesa, de la que en varias ocasiones ha sugerido su inocencia, regrese a casa. Como el pinche soldado Ryan, pues. No sé, en todo caso, si se trate de un acto poscolonial, pero a lo mejor empiezan con congelar las exportaciones de perfumes y cognac a un país en forma de cuerno. Las consecuencias no fueron tan obvias como se esperaban: en un gesto propio sólo del mayor idiota del universo, Sarkozy decidió dedicarle el año de México en Francia a Florence Cassez. Así, una mujer delincuente, consignada por secuestro en un país soberano, sería recordada, en otro, en todos los eventos relacionados con esos festejos. En México es una criminal; en Francia, el gobierno francés pretendía que se la viera como una mártir. El gobierno mexicano, no por una luminosidad inusitada sino por sentido común de kindergarden, se retiró de las galas galas con todo y los cuatrocientos, quinientos, actos programados. Hoy, por ejemplo, fue cancelado el primero: una conferencia de José Emilio Pacheco. El argumento de la cancillería mexicana fue muy simple: ése no era el acuerdo inicial, amén de que había sido Francia quien había invitado ex profeso a México para dedicarle el 2011. Las pérdidas, por lo demás, serán millonarias.

Conclusiones: tan malo el pinto como el colorado. Si se hubiera seguido de oficio natural la detención de Cassez, sin la pirotecnia mediática de la televisión, otra cosa hubiera pasado. No lo sé a ciencia cierta, pero intuyo que hay más franceses en cárceles mexicanas. Por otro lado, más allá del Estrasburgo, ¿por qué una delincuente que cometió un delito en un país determinado, tendría que saldar su pena en otro? Desde luego que se apela a los derechos humanos, a que estando en su patria podría ser visitada por su familia, a que estaría en el hábitat de su lengua madre y pavadas por el estilo. Pues no: si se comete el crimen en ese lugar pagas tu culpa en ese lugar, sobre todo cuando se sabe que los reclusorios en Francia están mucho mejor que en México; eso al margen de que en una hábil y marrullera prestidigitación se le pudiera reducir la pena (los sistemas judiciales son distintos y el delito de secuestro no es grave en Francia) e incluso conmutársela. Por último, Sarkozy se las ha ingeniado para armar un vodevil lamentabilísimo para ocultar su pugna con el poder judicial francés (su divorcio con los jueces y magistrados es muestra palmaria de su enconada estulticia), su manipulación política en Túnez y Egipto y su baja popularidad para buscar la reelección de 2012. A la luz de los hechos, y traicionando la estirpe de De Gaulle y Abraracúrcix, podemos hablar del último pastelazo de Sarkozy.

CAS

martes, febrero 15, 2011

Ronaldo



Hace unos días el mejor delantero de la historia del futbol anunció su retiro: Ronaldo Luiz Nazario de Lima, Ronaldo. Máximo goleador de las copas del mundo, en su último partido había sido despedido entre insultos por los hinchas del Corinthians: el Timao, equipo del que era la gran estrella junto a otro veterano, Roberto Carlos, había sido eliminado de la Copa Libertadores de América. Unas semanas después, Ronaldo, en rueda de prensa, le informaría al mundo su retiro de las canchas. Las razones fueron muy sencillas: más allá de que a los 34 años ya no estaba para sobrellevar la alta competencia, tenía una enfermedad que había mantenido en la opacidad de su vida privada: hipotiroidismo. La prescripción ante la patología es ingerir hormonas tiroideas para contrarrestar los efectos. Sin embargo, Ronaldo se enfrentaba a un problema: esas hormonas están prohibidas por el reglamento antidopaje que regula el futbol profesional. Por eso el carioca se veía con notable sobrepeso en sus últimos partidos. Ahora el secreto ha sido revelado y O fenômeno, un apodo que a mí nunca terminó de gustarme, se ha ido del futbol. Cuando empezaba su carrera, a los veinte o 21 años, un médico determinó que las rodillas del futbolista se acabarían no más allá de los 25; esto debido a la exposición al alto rendimiento que había tenido desde los 16, edad en la que el cuerpo humano todavía está en desarrollo. A los 24 años, la rodilla de Ronaldo estalló en pedazos la primera de muchas veces. Antes de los 27 en lugar de articulación tenía un polvorín en todos los sentidos de la santa palabra. Y aun así regresó a jugar al futbol y convertirse en el bandeirante de acaso las mayores experiencias estéticas que han tenido los aficionados del futbol en las últimas dos décadas. Dichosos somos quienes los vimos acariciar la caprichosa. Y también lo hizo fuera de las canchas. Para conocer un poco más del Ronaldo ser humano, podría leerse la crónica que hace unos cinco años hizo sobre él Juan José Millás en la revista Semanal de El país. Al César, pues, lo del César: difícilmente existirá otro jugador que amalgame con tanta prestancia y sapiencia la técnica depurada, la potencia en driblar enemigos y la precisión para besar las redes. Ahí tuvo Ronaldo su morada: en la summa de esa extraña actividad en peligro de extinción llamada jogo bonito.

CAS

martes, febrero 08, 2011

CAS en Cuernavaca



Más información aquí o aquí o aquí o aquí.

CAS

martes, enero 18, 2011

Homenaje a Carlos de la Sierra Ferrer

El Centro Morelense de las Artes del estado de Morelos invita al


HOMENAJE

AL

MTRO. CARLOS DE LA SIERRA FERRER


a diez años de su fallecimiento



Participan:

Miguel Ángel Cañizo
Fernando Díez de Urdanivia
Raúl Moncada Galán
Leonor Orduña Cano


Modera:

Carlos Antonio de la Sierra



Viernes 4 de febrero de 2011, 18:00 hrs.
Auditorio Carlos de la Sierra Ferrer del Centro Morelense de las Artes
Av. José María Morelos #263, Col. Centro, Cuernavaca, Morelos
Vino de honor



La vida breve. El mejor argumento del ser humano para combatir la certeza de su finitud es el recuerdo. Éste se potencia por las virtudes trascendentales que nutren a algunas personas: la solidaridad, el afecto, la sapiencia, la integridad. Carlos de la Sierra enarboló con prestancia esas cualidades. Ahora, a diez años de su fallecimiento, el valor de sus actos dispone la palestra perfecta para un homenaje justo, inevitable; la evocación obligada de una comunidad que honra, una vez más y para siempre, a un hombre que dedicó su vida a la cultura, a su difusión, a cobijar las probidades de los seres humanos como urgencia vital. Diez años es nada, y en esa década encapsulada por remembranzas beatíficas, está aquella, digna y categórica, llamada huella imperecedera: la marca inefable de un hombre justo. No hay legado sin memoria. Ahí, en esa minucia universal que nos devuelve la humanidad, se ubica la insigne figura de Carlos de la Sierra: en la conciencia memoriosa de todos los que fuimos tocados por su ecuanimidad y nobleza. Celebremos, pues, al Maestro.
CAS

jueves, enero 13, 2011

De El sueño del celta de Mario Vargas Llosa

Recordó la frase del carcelero: "Estoy seguro que Alex murió virgen". Pobre muchacho. Llegar a los diecinueve o veinte años sin haber conocido el placer, aquel desmayo afiebrado, aquella suspensión de lo circundante, esa sensación de eternidad instantánea que duraba apenas el tiempo de eyacular y, sin embargo, tan intensa, tan profunda que arrebataba todas las fibras de su cuerpo y hacía participar y animarse hasta el último resquicio del alma.

CAS

miércoles, enero 12, 2011

2011

Se dice que como se empieza un nuevo año así será hasta el siguiente. Si suceden cosas buenas, según esa dilecta apreciación, éstas se expandirán como moho a los próximos meses (es cierto: la hipérbole del moho no es la apropiada. Digamos que como el Yogurt asesino de las películas de serie B). Si hay malas, el resto del año será calamitoso, impío. Y así y así. Como no pertenezco o practico alguno de esos gamberrismos llamados redes sociales, el momento terapéutico de mis desgracias suelo prologarlo en este humilde espacio. Lo siguiente tiene que ver de nuevo con un atentado hacia mi persona que me orilló a acuñar un neologismo que me acompañará hasta el siguiente idus de enero: miserabilidad. Todo sucedió así: fui al dentista. Es por todos sabido que simplemente hablar del antes mencionado personaje nos haría pensar en una tragedia de dimensiones épicas. Lo peor, sin embargo, es cuando se cree que uno ya tocó fondo y aparece, como la escena que dejaron fuera de la película Armageddon, una perforadora con la firme convicción de ir al subsuelo de la desgracia. La metáfora, aunque suene asoladora, funcionó visual y perfectamente conmigo. Fui al dentista y dijo Hay un pedazo de esa muela fracturado; hay que sustraerlo. Pongo a consideración los antecedentes sobre la muela mal habida. En principio confesaré que, por una minucia genética, me arreglan los dientes desde los ocho años, por tanto no he podido librarme de los dentistas en toda mi vida. Pues bien, con este último el tratamiento ha durado más de año y medio y sigo viéndolo, entre otras cosas, por el flamante descubrimiento de la muela astillada. Como durante largas jornadas había sido trabajada con amalgamas e incrustaciones, la pieza adquirió la forma del cráter del Popocatépetl y su fumarola, ergo, se trataba de un objeto discapacitado para lo que fue creado: morder cacahuates japoneses. Eso independientemente de que en cualquier momento podía hacer erupción y se me saliera por ahí un pedazo de pulmón. El doctor dijo Vamos a salvar esa pieza. Pongamos un endoposte y luego una corona. Hizo las dos cosas y, como buen dentista, se vanagloriaba de que su trabajo había sido impecable. Qué bien quedó, se jactaba (hay que decir que en una de las tantas sesiones, el buen hombre me incrustó el endoposte de otro paciente con un pegamento que anunciaría Godzila gritando ¡Pega de locura! Tardó dos horas en quitarlo). Pero, como uno podrá imaginar, la operación no había sido el consabido éxito sino un soberano fracaso inducido por esa ínclita asociación conocida como "Haga patria: mate a un escritor". Regresé con él después de unos meses y le dije que me dolía. Cómo, si está perfecta. ME DUELE, DOCTOR (aquí eso de medir uno noventa y pesar 135 kilos tiene un efecto implacabilísimo). Bueno, vamos a quitar la corona y vemos cómo evoluciona, Profesor ("Profesor", aunque no tengo nada contra los maestros normalistas, hay niveles). Regresé a los 15 días. Me sigue doliendo, doctor. Qué barbaridad. Pues quitemos el endoposte. Después de luchar un poco contra él, lo despegó y fue cuando detectó la fractura. Hay que sustraer ese pedazo pero mantendremos el otro para salvar su muela. ¿Quiere que lo hagamos ahora? Haga lo que tenga que hacer, doctor, sintiéndome Paquirri después de ser corneado. Así empezó una de las batallas más memorables que se recuerden al interior de un hocico morelense: El dentista enguantado VS La muela astillada. Me puso la suficiente anestesia para paralizar un mamut y comenzó el combate. Pinzas y ¡Sal, maldita! Y la cabeza de un lado a otro. Y una vocecita agnóstica cuando salían las pinzas, Me duele. Más anestesia y Saaaaaaaaaal, miserable, de una vez por todas. Cabeza izquierda, derecha, Linda Blair y la sangría perfecta, SAAAAAAAAAAL, encima de mí emulando al domador que mete la cabeza en el león (dentista fauces adentro). ¡SAAAAAAAAAAAAAL, CABRONA! La lucha fue de tal envergadura que el rostro del doctor cuando por fin sustrajo la pieza semejaba una felicidad mayor que cuando firmó su divorcio. Mire, aquí está, me la enseñó con los guantes ensangrentados. La mitad de muela, en efecto, había sido desembuchada al fin de mi encía, y el doctorcito la exhibía como trofeo de la Liga Cañera de futbol. Veremos cómo evoluciona, sostuvo estoico ante su victoria naturalmente pírrica. Salí del consultorio mancillado, con la camisa roja, mientras el dentista le decía a su chalana, Trapéame la sangre del suelo para que entre el siguiente paciente. Hoy día el hoyo se mantiene, pues hay que esperar a que cicatrice la herida. Como la curación que me puso se cayó de inmediato, ahora, si uno es cuidadoso y se asoma por el orificio con la lamparita adecuada, es probable que me alcance a ver el esternón. Ante semejante ultraje, la única forma de sobrellevar la cotidianidad de la grieta es apelando al heroico "Nocturno del hueco" de Federico García Lorca:

Yo.
Con el hueco blanquísimo de un caballo,
crines de ceniza. Plaza pura y doblada.

Yo.
Mi hueco traspasado con las axilas rotas.
Piel seca de uva neutra y amianto de madrugada.

Toda la luz del mundo cabe dentro de un ojo.
Canta el gallo y su canto dura más que sus alas.

Yo.
Con el hueco blanquísimo de un caballo.
Rodeado de espectadores que tienen hormigas en las palabras.

En el circo del frío sin perfil mutilado.
Por los capiteles rotos de las mejillas desangradas.

Yo.
Mi hueco sin ti, ciudad, sin tus muertos que comen.
Ecuestre por mi vida definitivamente anclada.

Yo.
No hay siglo nuevo ni luz reciente.
Sólo un caballo azul y una madrugada

CAS

miércoles, diciembre 22, 2010

38

III

Siempre he sido fanático de las películas sobre desastres de la Tierra. Cada vez que dan en la televisión una que no conozco, la veo con decidida volición pase lo que pase (en la pantalla y en mi sillón). Disfruto sobremanera las mil formas en que Nueva York es destruida (antes del atentado a las Torres gemelas, Manhattan había sido pulverizada en el cine como diez mil veces), que un meteorito caiga en la Torre Eiffel, que un volcán arrase con una Pompeya artificial hecha ex profeso en un estudio de Hollywood o que un tsunami hunda Japón para hacerlo un nuevo reino de atlantes rasgados. Ahora bien, a pesar de ser catástrofes casi apocalípticas, en todas, por aquello de las profecías insospechadas, hay un vislumbrín esperanzador que da cierta tranquilidad. Ninguna, por ejemplo, habla de una Estrella de la Muerte que acabe completamente con la Tierra, como le sucediera al mal habido planeta Alderaan. De ser así, ipso facto, la pantalla del cine se pondría en negro y en lugar de créditos habría una voz respirada en un esnórkel diciendo Welcome to the dark side of the force. Las películas sobre siniestros son, pues, un mecanismo que el ser humano exterioriza para darse cuenta de que, por más jodido que esté, la luz se hallará al final del túnel. Claro, eso porque no se ha leído suficientemente a Ciorán.
Hoy día que la temperatura en la ciudad de México es propia del capítulo de cuando los glaciales nos alcanzan, hay que ser justos y poner los puntos finos sobre las íes de la coyuntura. He de hacer, por principio de cuentas, una confesión capital: mi idilio más largo no es ni con una mujer ni con un amigo ni con una marmota; es, por desequilibrado que parezca, con mis plantas. Con ellas llevo alrededor de 16 años y me han seguido, fieles, nobles y bondadosas, a todos los parajes adonde las he arrastrado. Hablo con ellas cotiadianamente y mi discurso tiene tal potencia precopulativa que en la misma maceta nacen sus retoños. Después de un tiempo tengo que cambiar al vástago de maceta para emanciparlo y que se incorpore como planta adulta a una morada lozana, apacible. Son ellas, acaso, las que le dan alegría centrífuga a esta comarca. Por eso son las mejores compañeras que existen: no gritan que no las quieres o rompen la última vajilla de la casa y tampoco ladran o cagan sistemáticamente el hall. Pero hay que tratarlas bien. Una Cuna de Moisés que recién llegó (tengo como cuatro más) es de contentillo: si pasa una semana sin que le ponga agua, sus hojas amanecen en el suelo. Sin embargo, si la riego casi todos los días, florecen sus tallos en un par de horas. Bandera blanca. Pero nada más pasa con esta nueva: las demás ya están acostumbradas al entorno crápula y su presencia apela al sosiego, a la compañía que no pide nada. Por hacer una comparación grotesca, es lo que sucede con los perros viejos y los cachorros. He ahí la conclusión: la finalidad será residir, en lo sucesivo, plantas adentro.

Hace unas semanas cumplí 38 años y uno comienza a tener certezas, entre otras, la pasión por los filmes en los que se atenta contra la Tierra y la adoración apolínea por las plantas (aunque se intuya, es importante señalar que la tierra de éstas es con te minúscula). En unos días será otro año y de nuevo la rueda de la fortuna girará en contrasentido (______Transportarán un cadáver por expreso). Tengo 38 años y una flamante certidumbre: la mejor película sobre desastres se llama la Biblia. Por primera vez la he empezado a estudiar de principio a fin: el volumen ocupa la cabecera de la mesa del comedor y es un libro para leerse al alba, escuchando a Corelli, con el primer café del día. Me han dicho que hay episodios en los que salen plantas; espero ver alguna, aunque sea la cuna de Moisés, para decirle Yo soy el que soy y riego el jardín.

CAS

viernes, diciembre 03, 2010

38

II

El sábado pasado tuve un accidente: me fui de hocico en la escalera metálica de mi casa de Cuernavaca. Por alguna evolución que no puedo entender, antes de poner las manos caí de rodillas. Naturalmente éstas se vieron afectadas por todo el peso de mi sensibilidad y el resultado fue devastador: no pude caminar en dos días y la costra de sangre me dura hasta la fecha. Sin embargo, cuando me siento reaparece el sangrado y el pantalón se tensa en carmesí como cuando se estrangula al miserable que no nos ha dicho dónde están las joyas. Las rodillas son miembros delicados, quizás la maquinaría más compleja del cuerpo humano; además tienen una de mis partes más favoritas: los meniscos. El dolor de hinojos es el mayor que he experimentado (bueno, además del conocido absceso por el que visité el quirófano hace un par de años). La primera vez que tuve una lesión en la rodilla fue jugando futbol. Estaba en Campeche con mis compañeros de la licenciatura. Íbamos, inconcebiblemente, a un congreso de latinoamericanistas en Mérida y la escala natural era la ciudad amurallada. No sé cómo alguien consiguió una cancha profesional de futbol para echar una cáscara y como éramos jóvenes, esbeltos (iba a decir bellos pero nel: había cada ejemplar en mi generación que... bueno) todos nos apuntamos. Eran las 12 de la noche y nos la habían prestado hasta las dos. Invitamos a jugar a los choferes de nuestro camión para que se completaran los equipos: uno tenía 21 años y el otro 17 (luego nos enteramos de que éste sólo tenía tres meses de haber aprendido a manejar). Pues bien, las acciones se desarrollaron así: yo perseguía por el callejón del área a un rival que tenía la bola; frente a mí venía corriendo el segundo chofer recién-aprendidito-a-manejar. Era inminente que le quitaríamos el esférico. No obstante, nunca conté con que el rival fuera un zidancito de Ecatepec: dribló al conductorcillo y su rodilla, que debió ir a parar a la de Zidane, fue a la mía. Suelo, dolor y un par de lágrimas. El resto del viaje me la pasé, como diría Rafa Puente, "cojeando visiblemente". Lo que ocurrió después forma parte de los más oscuros episodios que se recuerden en la medicina deportiva (perdón por la redundancia: todos sabemos que la medicina deportiva es todo menos blancuzca). Como no mejoraba mi mamá dijo Ve con el doctor Millán. Al principio renegué un poco pero concedí. El doctor Millán era un siniestro personaje que trabajaba con mi mamá cuando ella era directora del Centro cultural y deportivo del ISSSTE. Como quería quedar bien con la jefa y no quería meterse en broncas, Millán me utilizaba como un bisoño mensajero en pro de su causa. Un día fui a verlo porque había tenido un esguince en un torneo de judo. En lugar (había escrito luger en vez de lugar. Ah, mis instintos suicidas) de revisarme el tobillo con propiedad o ponerme una dosis adecuada de rayos infrarrojos, dijo Ven, siéntate. Acto seguido sacó de su escritorio unas pastillas amarillas. ¿Ves esto?, dijo pegándoles como si preparara una jeringa: son óvulos espermaticidas. Cuando estés por tener tu primera relación sexual, agarras uno así, lo metes en la vagina, te esperas veinte minutos y ensartas a la vieja. Yo acabo de regresar de Cuba y, como allá está muy cabrón, les metía de a dos o tres. Toma, llévate esta caja. Con el miedo propio de un mozalbete de 13 años que cargaba el arma secreta para acabar con la humanidad, al salir de su oficina busqué el bote de basura más cercano. En lo sucesivo, cada vez que lo encontraba me echaba una mirada cómplice. ¿Qué? ¿Ya?, me inquiría con suficiencia ginecológica. Así que cuando mi mamá dijo Llámale, no me hizo mucha gracia, pero era el único especialista que más o menos conocía. Además ya tenía 19. En esas épocas, Millán era nada menos que el médico de los gloriosos Cañeros del Zacatepec. Le hablé y dijo Vente al Coruco Díaz, aquí tengo todo lo necesario para atenderte. El Coruco es el célebre estadio de los Cañeros donde atrás de la tribuna de sombra está la iglesia del pueblo y a un lado el chacuaco del ingenio. Llegué a la enfermería donde despachaba y dijo Siéntate, ahora vuelvo. Mientras lo esperaba, desfilaron tres o cuatro jugadores que habían jugado en primera y arrastraban sus glorias en un equipo mediocre de segunda división. Me veían indiferentes y sólo me decían "Qué onda" levantando las cejas. Millán regresó y de un recipiente como urna para cenizas y del que salía el vapor necesario para el baño de King kong, sacó una toallita anaranjada. Fue malabareándola con sobrada pericia hasta llegar a mí. Sin decir absolutamente nada, y en franca confirmación de que uno no debe pasar a mejor vida sin matar a un médico, aunque sea deportivo, la lanzó sobre mi rodilla inflamada. Ahí, en la enfermería de los Cañeros del Zacatepec, comprobé, la primera de muchas veces, lo difícil que era ser hombre. El maldito fomento se iba fundiendo en un sólo cuerpo con mi piel ya carcomida y yo no hice nada: ¡aguanté como los machos! Como los macho idiotas porque veía cómo salía humito de la mía rodilla cauterizada. Mientras Millán atendía a los jugadores que habían llegado con golpes seguro más serios, yo, en esa mesa de exploración decimonónica, me convertí en el más digno y avanzado antecedente de Dr. House y su pierna mallugada. No moví la toallita porque mantuve hasta el final la tesis de que para aliviar el dolor había que sufrir un poco más, como cuando se le echa limón a la herida, pues. Minutos después Millán pasó a mi lado y enunció esa innoble frase que condenó a los Cañeros a jamás volver a ser un equipo decente: "Si está muy caliente puedes moverla, ¿eh?". Cuando quitó el fomento dijo Ah, te quemaste tantito pero no pasa nada. Me infiltró la rodilla y no sentí la inyección. Salí del Coruco con quemaduras de segundo grado y una certeza contundentísima: escribir mal sobre Millán lo que restaba de mi vida. El colofón de la historia estuvo signado, digamos, por una suerte de falta de destreza que hizo que me lastimara la otra rodilla. Unos meses después del episodio del Coruco, yo estaba en la heroica Santa María La Ribera esperando una llamada (esas actividades rupestres que se llevan a cabo cuando uno es subnormal, ergo, joven mancebo). El telefonazo (consideremos que en esas lejanas épocas casi nadie tenía celular) sería de la mejor jugadora morelense de softbol (siempre he tenido debilidades por las deportistas). Eran las diez de la noche y me estaba duchando. Cuando sonó el teléfono, salí del baño sin secarme y en frontal empelotamiento adánico sólo para lograr una evolución que un juez de barra fija hubiera calificado con diez: la rapidoestupidez de mi corrida hizo que me resbalara, diera dos vueltas en el aire en posición C y cayera sobre el mosaico de cuadros con la rodilla buena. El dolor fue el mismo. Ahí ya no me importó la jugadora ni sus strikes ni sus spikes: blasfemé en contra del inicio de la creación porque ora sí que ni yendo de hinojos a Chalma salvaría los ídem. Un par de años pasó para que las rodillas volvieran a estar más o menos bien. El sábado pasado tuve un accidente: me fui de hocico en la escalera y comprobé una vez más que el dolor físico, así como se lo padece, es un simple objeto decorativo que cubre el traje de carácter que hemos escogido para salir hincados al escenario de la vida.

CAS

jueves, noviembre 25, 2010

38

I

De un tiempo a la fecha las mañanas en la Del Valle ostentan un viso riguroso: son de una sospechosa dualidad que va de la melancolía al júbilo. En el vaivén, hay una estación inconclusa en el claroscuro. Es un asiento sobrecogedor. Enfrente de mi ventanal se levantan, imponentes, una araucaria de diez pisos, una palmera de exuberancia defeña y un laurel bondadoso que atestigua la conducta de sus compañeras desde una atalaya arrogante. Por eso me ha negado a ponerle cortinas o persianas a la estancia de mi nuevo departamento: es irrelevante que los vecinos de otros edificios me vean paseándome en pelotas si cada mañana tengo la compañía visual de estos Ents de la inversión térmica. Son ya diez meses aquí y las cosas han ido bien en general. Los vecinos de la puerta de al lado son buenas personas: tienen dos hijas y un perrito faldero que al verme en el edificio me sobaja con digna indiferencia y cuando me lo encuentro echando unos lodos en el parque de Pilares, me ladra con un sólo rasgo elocuente: quedarse con un pedazo generoso de mi espinilla. El marido me cae muy bien; aunque no platicamos mucho, alguna vez en el elevador me contó que tiene una empresa de fumigaciones. No quise preguntarle más, no vaya a ser que yo le resulte insoportable y llame a sus chalanes para hacerle un trabajito al next door boy. Ella es muy simpática. Bien a bien no sé qué haga pero suelo encontrármela en el parque con el perro, en el Starbucks, en el Sam's, en fin, esos lugares que yo y ciertas mujeres frecuentamos a mediodía. Con ella me quejo de que el recibo de la luz llegó muy alto, charlamos sobre la boda de Peña Nieto y temas fundamentales por el estilo (dicho sea de paso, la luz, en efecto, es más cara desde la desaparición de Luz y fuerza, y el servicio mucho peor: por lo menos en esta colonia nos quedamos sin electricidad tres veces diaras). La única frase directa que me ha dicho es "te gusta mucho el reventón, ¿verdad?". He pensado en invitarlos algún día a tomar una copa y departir abiertamente sobre el clima, pero reculo (siempre había querido utilizar este trascendental verbo) cuando recuerdo que mis amigos son neardentales beodos y mis amigas amazonas fundamentalistas. Las niñas, por su lado, son un tema aparte: engañan a sus papás diciéndoles que ya se van a dormir; apagan la luz y desde una rendijita de su persiana documentan cada una de las bajezas y suciedades que ocurren más allá de un ventanal sin cortinas donde cohabita una fauna fantástica. Pero el punto significativo del nuevo edificio son los porteros. Hay uno que está durante el día y otro en la noche; son compadres y, ante los inquilinos, funcionan con la rutina del policía bueno y el policía malo; los dos conocen ya a la perfección a la gente que llega y se va de mi departamento (con algunos ya son íntimos). Trabajan juntos desde hace muchos años y no hay ningún lazo de parentesco entre ellos. Y como las coincidencias no existen sino que todo ha sido prefigurado por la varita mágica de nuestro Señor, los dos se llaman Celedonio. Inspirados en la ascendencia buñueliana de Catherine Deneuve, uno es Cele de día y el otro, Cele de noche.
CAS

viernes, noviembre 19, 2010

CAS en Bellas Artes



La sombra del caudillo.
Cinema Palacio / La novela de la Revolución

La película basada en la novela de Guzmán es una fuerte crítica al caudillismo que imperaba en México después de la revolución y que marcó el inicio del poder dentro de las esferas militares.

La sombra del caudillo (1960)
Dirección: Julio Bracho / Guión: Julio Bracho y Jesús Cárdenas, sobre la novela homónima de Martín Luis Guzmán

Participan: José Antonio Valdés y Carlos Antonio de la Sierra
Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes
Martes 23 de noviembre de 2010, 19:00 horas
Ciudad de México
Sobre mis sediciosas apreciaciones en relación con el asesinato de Pancho Serrano, y a propósito de la película de Julio Bracho y la novela de Martín Luis Guzmán, pícale aquí.
CAS

lunes, noviembre 08, 2010

CAS en la Condesa


CAS
Al volante

Las historias de las personas que manejan pueden contarse por montones. Las hay trágicas, tristes, cómicas, peligrosas, indiferentes, estúpidas. Puede haber muchas más, pero cada quién habla como le ha ido en la feria y los carritos chocones. Empecé a manejar a los 13 años y a casi tres décadas he tenido diversas tribulaciones con el volante. Hoy día, cuando el Bicentenario es ya un credo pagano, pondré a consideración del lector algunas de ellas, sobre todo por la experiencia epifánica que tuve antier en la carretera. Expondré previamente dos gestas centrales a partir de las que, en mi científica y audaz perspicacia, hallaremos el hilo conductor-que-ya-no-tuvo-hilo-ni-güey-al-volante a lo recientemente acontecido. No hablaré, por tanto, de la única vez que me quedé dormido en la carretera por unos segundos: no vale porque tenía 19 y alcancé a despertar cuando el camellón estaba a tres centímetros del cofre; tampoco la vez que llovió más que en Tlacotalpan y mi Rambler Classic del año 76 la hizo de yate urbano en la insigne colonia Carolina de Cuernavaca; mucho menos de las felaciones que mujeres suicidas llevaron a cabo abanderando ese sui géneris síndrome llamado Von Kleist: nos matamos los dos para que no ames a nadie más; ni siquiera la ocasión que driblé rocas de un metro cuando Nuestro Señor empezó a tirarlas desde los cerros de la Autopista del Sol México-Acapulco (como escena apocalíptica, antes de que me roqueara la montaña, los autos que me habían rebasado estaban llantas arriba o con el toldo abajo como si fueran una V). Pero paso al contenido trascendental de mi confesión.

Hace unos diez años fui a una boda (esa extraña y misteriosa actividad por la cual han caído grandes civilizaciones denominada matrimoniarse). Antes de señalar con diligencia la historia del volante, diré que fue esa coyuntura en la que el tequila Jimador dejó de ser cien por ciento agave para transformarse en alcohol del 96 (casi tan malo como el Appleton). Pues los festejados dieron Jimador sin saber esa reciente bajeza. Después me enteré de que la mitad de la fiesta había terminado congestionada en el hospital, entre otros un amigo que en unos meses perdería la gubernatura de Morelos. Lo que a mí me ocurrió fue un poco menos digno. Salí de la boda y pedí mi coche. Ya adentro, y confirmando aquella vieja frase de "me dio el aire", tuve a bien asistir al culminante desmoronamiento de mi honor. Iba manejando tranquilo cuando, dos minutos después de haberme subido y como una acción inmediata de causa y efecto, como cuando se le echa fuego al alcohol o como cuando se le engaña a la novia diciéndole tuve un quever con alguien más y hay un ojo lloroso, vomité el parabrisas de mi Spirit gris 1993. De todas las veces en las que me vi con la obligación de desembuchar un pedazo avinagrado de mi alma en algún recinto desdichado, mi estómago siempre me había avisado y la regurgitación tardaba lo suficiente para no rociar de desazón al respetable. Sucedió en una iglesia zapatista de San Cristóbal de la Casas, en el Superama de Eje Central y Churubusco y en una casa de menonitas en Ciudad Cuauhtémoc. En las tres hubo una notificación previa de los jugos gástricos. Pero esta vez no fue así; salió de la nada y fue a parar al parabrisas como caca de pájaro pero por dentro, bueno, como cien cacas de pájaro. Con sabiduría onettiana, aduje que ya no importaba nada y vomitaría a mis anchas sin temor al repudio social o a la inmundicia que le causaría a mi automóvil. Durante cinco minutos seguí manejando con acuciosa pericia y vomitando con pundonor épico. Y no me paré. Fue entonces cuando, confiado en que dentro de un auto uno está al amparo de las adversidades climáticas, prendí los limpiadores. Todo siguió igual pero sentí un respiro mesiánico: mi coche me había llovido y en sus entrañas habitaba el hijo del Monstruo de la Laguna Verde. Este infeliz episodio tuvo sus consecuencias: perdí un traje recién comprado por el que había pagado lo que jamás pagaré por otro (ninguna tintorería quiso aceptármelo aun cuando ya le había quitado los grumitos de Pato a la naranja con un trapo mojado) y el Spirit siguió oliendo a guácara durante dos años. Nunca he vuelto a tomar Jimador, aun cuando ya diga de nuevo que es cien por ciento de agave. Y sin embargo, había asistido como testigo solidario a mi propia erupción.

Otra vez iba manejando en la carretera y sobrevino lo que el mécanico había vaticinado si no sometía mi Chevy azul del 97 a una cirugía puntual: me descloché (para los amos y señores de los albures, no es que me esté albureando a mí mismo, pero es una frase más sencilla que "se rompió el clutch de la unidad por la luminosa memez del suscrito"). El coche dejó de acelerar y tuve que orillarme (no sin antes eludir a sendos idiotas que no me dejaban pasar al carril de baja velocidad). Por suerte un Ángel verde pasaba por ahí y me empujó hasta la ciudad más cercana para revalidar mi clutch. Las consecuencias de cambiarle la antes mencionada pieza fueron desventuradas y casi fatales. De entrada, de nuevo en la carretera, el coche se movía discretamente de un lugar a otro y no obedecía a cabalidad las órdenes del volante. No le puse atención al hecho: seguramente se trataba de una tomadura de pelo de mi inconsciente porque recién había leído "El jardín de los senderos que se bifurcan". Fue hasta que regresaba de dejar a una novia que vivía en Echegaray (menudencias inexplicables de los amores, concesivo lector) que tuve a bien ya no desclocharme (lo cual hubiera estado muy bien) sino que se me rompiera la dirección del vehículo. Para los iniciados, que se rompa la dirección es, en terminos visuales, cuando el Coyote se quedaba con el volante en la mano en un precipicio ante la sorna malévola del Correcaminos (quizás el personaje que encabece la lista de dibujos animados a los que hay que matar). Perdí el control a diez por hora en una vuelta en U (Dios bendito). Tuve que hablarle a mi amigo Fuc que andaba por ahí para que me ayudara a empujarlo y con las manos direccionar las llantas para que no se movieran como lombriz a la que se le ha echado sal. Cuando lo llevé a arreglar, el mécanico especialista en direcciones, suspensiones y demás me dijo que cuando le habían cambiado el clutch, el chalán en turno había dejado UNA tuerca a medio poner. Si le pasa esto en la carretera, se mata, dijo con rotunda indiferencia al tiempo que le firmaba el boucher. Regresé, pues, con el mecánico del clutch. Lo insulté diciéndole que estuvo a punto de matarme. Dijo que no había sido su culpa sino del chalán que había rearmado las piezas. "Tráiganme a ese pendejo", espetó con superioridad automotriz. Trajeron al chalán. Otros dos lo agarraron. "Pártele su madre" dijo obviando cualquier eslabón de la cadena socrática de injusticias. "No mames, güey", le dije mientras abandonaba el taller como alma en pena. Ale jacta est.

Hace un par de días viajaba de la ciudad de México a Cuernavaca. Manejaba mi heroico Chevy azul del 97 cuando ocurrió una desavenencia típica de Stan Laurel, Chevy Chase o el Señor Barriga: intenté mantener parados unos botes con chicharrón en salsa verde que le llevaba a mi madre. La evolución, que dos segundos después confirmé como un docto acto suicida, fue pasar el brazo izquierdo entre mi asiento y la puerta, mientras mantenía el control del coche con la mano derecha. Paré el chicharrón, que no sé qué duende pernicioso me metió en la cabeza que mi madre tenía que probar, y cuando intenté sacar el brazo, éste, bondad graciosa, no quiso salir. Traté de todas las formas posibles y el brazo, como el dinosaurio, se quedó ahí. Recordemos que yo iba en el carril de alta velocidad y la única posibilidad de que recompusiera las formas era abriendo la puerta. Pero a 140 por hora y sin poder cambiar velocidades o poner una direccional, amén de que mi torso me provocaba una palanca al brazo que envidiaría el Dr. Wagner y dicha autopista tiene curvas que no gratuitamente se llaman La pera, era imposible y hubiera patentado un segundo y estupidísimo acto suicida. Fue así cuando no lamenté medir uno noventa (como me sucede a menudo en los aviones o en los peseros defeños): tocado por un espíritu de habilidad zidanesca, controlé el volante con las piernas mientras con la mano derecha abría la puerta un poco y lograba sacar el brazo sometido por las ominosas fuerzas de un chicharrón en salsa verde. Naturalmente el auto se pandeó un poco pero ya había sido tocado por la pericia de la divinidad y pude pasar de un carril a otro sin que un pendejo de ésos que suelen rebasar por la derecha me partiera en trocitos. Al llegar a Cuernavaca, los dos botes de chicharrón yacían, cual instalación posmoderna o guácara de utilería de película de serie B, abiertos de par en par en el piso de atrás.

Manejar es una de las rusticidades de la vida que merecen atención especial (Fuc, a quien le encantan las estadísticas, me dijo que en México hay más muertes por accidentes automovilísticos que por asesinatos violentos): los descuidos intempestivos y las circunstanciales intromisiones de la comida indigerible pueden ser letales. And yet, and yet, la rueda, como la vida, seguirá sus vueltas azarosas.

CAS

jueves, octubre 28, 2010

Alí

La partida de Alí Chumacero nos deja como la palabra perfecta que invariablemente faltará en un texto: un vacío ponzoñoso, ilegible. Porque su obra siempre estuvo ahí: tres libros nodales de la poesía mexicana publicados hace más de cincuenta años. Y ya. Alí, a diferencia de Juan Rulfo, toleró más tiempo los neurasténicos reclamos por que escribiera más. No lo hizo. Y tampoco fue necesario. La lobreguez que hoy día se padece va más hacia la orfandad ineluctable con la que nos atiza la muerte de los seres queridos, que a las palabras nunca confeccionadas como versos.

Cada vez que hablo de un amigo que se nos adelanta, sobre todo si es célebre, intento no caer en el mal gusto genérico de decir el Amigo y yo. Pero con Alí no podrá ser de otra manera porque, aunque lo conocí ya al final de su vida y lo dejé de ver los últimos años, fue para mí una enseñanza nodal en mi proceso como escritor: un hombre que entendió que la vida se encontraba en la mundanidad inmediata de un whisky 12 años; en un pase de torero sólo narrado por un egregio bardo de Acaponeta y en la savia, etérea y sabrosa, de una burla puesta en el lugar debido. Ése era Alí: un personaje cuya actuación se salía del guion predestinado para las figuras emblemáticas de la poesía; un ironista que compartió su sabiduría con los jóvenes y dejó, allá en la palestra, la rupestre reverencia de la alta literatura. Cuando le preguntaban qué haría con su biblioteca de cuarenta mil tomos, siempre respondió: “A veces me dan ganas de leerla”.

Durante 2000 tuve la dicha de compartir con Alí momentos inolvidables. Me habían otorgado la beca del Centro Mexicano de Escritores y los jóvenes escritores seleccionados teníamos que acudir todos los miércoles del Señor al taller para que trituraran nuestros textos. Los tutores eran Alí y Carlos Montemayor (otra pérdida lamentabilísima; año aciago para las letras mexicanas, pues) y las sesiones, sin la participación diligente y bondadosa de Alí, se hubieran llamado Desolle al escritorcillo allá en el désolé Monte Mayor. La crítica de Alí siempre estuvo orientada a señalar pequeños desaciertos en cuanto a la estructura de nuestros textos y en algunos casos errores de redacción que un especialista jamás enunciaría con tan elegante y avezado tacto. Le gustaba conversar sobre toros y muchas veces platicamos al respecto, en particular cuando íbamos a cenar a la Hostería de Santo Domingo. Decía, “Mientras Carlitos [así le llamaba a Montemayor] se avienta sus cinco arias de ópera de rigor, vamos a hablar de Rodolfo Gaona”.

Numerosas son las anécdotas con Alí, desde que un reputado escritor me quiso pegar en esa biblioteca de cuarenta mil ejemplares porque confundí el partido comunista con un partido de futbol (“¡Como en los viejos tiempos!, ¿verdad Alí?”, le decía al Maestro mientras éste bebía un scotch 12 años, siempre arriba de 12, sin hacerle caso), hasta nuestras aventuras en Ciudad Juárez (aunque creo que de estas últimas sí narraré una). Era un encuentro de escritores jóvenes y el invitado especial era Alí. Él tenía 82 pero, como lo fue hasta su muerte, era un roble ufano a quien el trago y la dolce vita lo mantenían como de treinta. Bastaba con darle un abrazo para saber de su fortaleza. Después de las mesas de trabajo, con algunos amigos escritores de toda la república, tomamos una habitación del hotel. Invitamos a Alí: fue con una de las niñas organizadoras (la pobre había pensado “a este viejito con dos tragos lo tumbo”. Ah, la juventud). Mientras departíamos, Alí le dijo “Vámonos a mi cuarto”. La otra contestó “Ay, Maestro qué cosas dice”. Él, obstinado como quien espera lustros un “natural” apolíneo, insistió; acto seguido se besaron. Ninguno de los escritorcillos que recomponíamos la literatura como rimbauds posmodernos lo podíamos creer: el gran Maestro Chumacero no sólo nos aventajaba años luz con su lírica arrolladora de sólo tres poemarios (había compañeros que ya habían publicado ocho) sino que nos daba miles de vueltas en ese universo sublime e incomprensible llamado mujeres (siempre decía, con su fina ironía, que la única mujer buena era la ajena o que lo único bueno del matrimonio era la viudez, aunque el muerto fuera uno). Alí se fue solo del cuarto y la niña permaneció muerta (sólo porque se trataba de Juárez, “muerta” es un eufemismo de “borrachísima sobre una cama”). Eran las seis de la mañana y teníamos que estar a las nueve en la inauguración de un parque que llevaría el nombre del Maestro. Alí se presentó impecablemente vestido de traje y sin rastro de la batalla de horas atrás. Lo envidiamos. En general siempre se mostró amable con los jóvenes, salvo cuando se le faltaba al respeto. Si alguien, imberbe, estúpidamente, osaba preguntarle por Rulfo, su respuesta era implacable, letal: “Rulfo era mi empleado”.

Ciao, mi querido Maestro. Extrañaré tu ironía, las pláticas sobre toros, los scotchs de necesario añejamiento, al buen bebedor que habitaba en las barricas de roble de los grandes conversadores; pero sobre todo hará falta la sapiencia y amabilidad de los momentos de coexistencia de cuando le otorgaste tu amistad a un enconado aspirante a escritor. Ya nos veremos en algunos años (muchos, espero y tocando madera), con Carlos también, en esa mesa rectangular donde nos conocimos y hablamos harto y con fruición delirante sobre las fecundas e inagotables bondades de la vida.
CAS

miércoles, octubre 20, 2010

En busca del libro perdido

Por algún tipo de ociosidad insalubre (mi amigo Morc la llama penquear, una nueva acepción de tan cumplidor y respetable verbo), encontré una página en la que se ofrece un lote de libros. El precio por los más de 120 libros de numerosos autores es de... ¿999$? Ah, chingá, hace dos días costaba 1200$. El punto, sin embargo, no es ése: el lote está integrado por acreditados y valiosos escritores como Pamuk, Cortázar, Fuentes y Paz, y otros no tanto, como ese capcioso bergante que regentea un sitio nocivo llamado Del Valle notes. También se venden por separado, así que si existe alguna persona mal de la cabecita como para tenerme en su biblioteca, con que se abstenga de comprar una Coca cola de dos litros puede conseguir uno de mis libros en 15 bicentenarizados pesos. Pero como por lo menos la operación es menos incivil que encontrarse los libros propios autografiados en librerías de viejo, haré un jueguito como si fuera ¿Dónde está el piloto?, Buscando a Wally o Looking for Richard: tomando las fotos de ese stock y metonímicamente hablando(sea paciente, que llegará pronto a los cien pesos), tenga la amabilidad de encontrar a CAS:







PS. Como no faltará el incrédulo que considere que soy un penqueador profesional y todo lo anterior fue inventado, la información completa sobre los libros puede encontrarse aquí.

CAS

martes, octubre 19, 2010

Dream

Ayer tuve un sueño que no sé cómo tomar: Evo Morales me invitaba a su casa en alguna cima inacabada del Potosí. Naturalmente vivía en condiciones precarias pero tenía alberca. Él se metía a nadar por la mañanas y, a pesar de sus notables inmersiones, su cabello seguía en su sitio (ya sabemos las razones del porqué don Evo tiene tanto cabello). En algún momento de mi estancia, y como una deferencia a la calurosa hospitalidad del presidente boliviano, tuve que sumarme a la defensa de la montaña cuando un ejército de capitalistas malsanos pretendía tomarla. Los encargados de la resistencia, y a los que debí ponerme a sus órdenes, eran los hijos de Evo: uno se llamaba Pueblo y el otro Feliz. Así, defendimos firmemente el pico potosino y en la madrugada, tras la victoria ante el embate de las fuerzas malignas, vitoreamos con felicidad a nuestros insignes mariscales: "¡Viva Pueblo Feliz!".

lunes, octubre 18, 2010

Feria Internacional del Libro del Zócalo

Presentación del libro Ciudad Mirada. Narraciones sobre la ciudad de México.





Enrique Romo, CAS, Eduardo Antonio Parra, Federico Campbell y Eduardo Clavé.
CAS

martes, septiembre 28, 2010

Salsa europea

Es por todos sabido que en esa ecuación del varo mata carita, el verbo mata cara, etcétera, el que lleva las de ganar es una figura de entendidas mañas y licenciosos recursos: el bailarín. No hay mujer que se le resista; así, mientras él le asesta una evolución camaronera, ella invariablemente le lanzará a la yugular: “¿Así como bailas haces el amor?”. El bailarín responderá con un fallo vulgarísimo: “Averígualo, Nena”. Si pensamos, por ejemplo, en un bailador de salsa, éste tendrá la ventaja de exhibirse inicialmente con una mujer fea pero que baila muy bien; acto seguido, el personal femenino pasará a solicitar sus servicios, y peleárselos, en cada nueva rola.
Durante años con mis amigos (antes de que fuéramos aburridos y estudiáramos doctorados) asumimos la salsa como una forma vehemente de vida; pensamos que acaso las vicisitudes cotidianas podrían desaparecer entre la gracia de una vuelta doble o la voluptuosidad de un medio paso entre el cuerpo del otro (una simbiosis fugaz que no se encuentra en ningún otro estadio humano). Nuestro lema era “Salsa o muerte” y lo dejábamos diligentemente escrito en el vidrio empañado del departamento de cincuenta metros donde se realizaban las mencionadas gestas. Eran las épocas del “Procura” de Chichi Peralta y “Somos lo que hay” de Manolín el Médico de la Salsa. De hecho con María, una griega sublime que vivió muchos años en México, acuñé el verbo procurar. Cada vez que sonaba la distinguida rola del maestro Peralta, nos parábamos a bailar sin importar que ella estuviera frente al Hombre-de-su-vida o yo en pleno coito en el clóset de los dueños de la casa. Un día, sin embargo, le fallé. Yo hacía mi luchita con alguien más y, al oír la música, María se paró ipso facto a buscarme. Cuando vio que yo ya procuraba en la pista pero sin ella, una lágrima descendió por su pómulo helénico y se quejó de mí con todo mundo llamándome ojete.
Por todas esas razones espirituales que me apegan sobremanera a la salsa, la última vez que estuve en Europa resolví hacer un estudio antropológico en dos vertientes cognoscitivas: 1) probar todas la cervezas de los bares en que recayera y 2) bailar salsa en cada uno de dichos tugurios si el ambiente, el personal y el dj-que-normalmente-es-un-idiota lo permitían. Como el estudio fue todo un éxito, es menester narrar, por primera vez, mis impresiones al respecto. Léase lo siguiente escuchando la mejor rola de salsa jamás compuesta: “Llorarás” de Oscar de León.
En Ámsterdam no hubo posibilidad de bailar con nadie; el lugar brasileiro estaba vedado para los blancos: a las holandesas lo único que les interesaba era bailar con negros que lo hacían pésimo y a ellos, a su vez y por dimensión desconocida, fornicar con ellas, aunque mal; en Graz tuve a bien bailar con una eslovaca que tenía un marido guatemalteco. Él me vio y dijo Tú sabes bailar, ¿verdad? Bueno… Es mi esposa: baila con ella. Ante tal ofrecimiento (eso de aceptar a las esposas ajenas nunca ha sido mi fuerte), tuve que ir a la pista inexistente con la eslovaca que había estado en algún lugar del trópico y había aprendido salsa de salón. De notable rigidez pero sonriente, la eslovaca hizo que por primera vez me aplaudieran en mi tour salsero europeo. Cuando terminamos, un venezolano que también estaba ahí, un glorioso antro cubano llamado Cohibar, tuvo que salir con la típica guarrada sudamericana: “Yo anduve con ella antes qué el: es la que mejor lo chupa de todo Graz.” El venezolano se mofaba de haber sido baterista de Falco y Opus, insignes por un one-hit wonder. Se lo informaba con inexplicable orgullo a quien entrara en el bar: le decía al cantinero “pásame mis discos”. El cantinero obedecía y él mostraba su foto difusa en la portada del acetato. Fue hace mucho tiempo; era muy joven, se justificaba.
Quizás fue en Atenas donde tuve la primera experiencia concupiscente de mi estudio antropológico. Estábamos comiendo en casa de un amigo y él insistentemente nos comentaba que faltaban las mujeres más guapas de la fiesta: “Son locutoras. Vienen cuando acaben de chambear”. Al poco tiempo, las locutoras, que ya nos habían saludado en su programa de radio (“Un saludo a los amigos mexicanos que están en casa de Costas. No se vayan. Ya no tardamos”), llegaron a la fiesta como Ángeles de Charlie del Pireo: auto convertible y rubia, morena y trigueña. Y como era Grecia, parrilla, cerveza, ouzo y vino tinto frío. Y entonces la salsa. Chet. Y la morena a por todos los mexicanitos. Doble chet. Y ella, introduciendo su muslo en la entrepierna: Dance me. Y uno bailándola a toda máquina and she, harder, Dance me harder. Y su cuerpo suave, con la flor de piel de un vestido ligero que no escondía nada abajo, Dance me, my love. A Beeeeeeeeeeeeeeer, please. Ok, darling, but first Daaaaance me. No, eso no fue salsa pero no importó. Y se lo hizo a los tres mexicanitos que tuvimos a bien ir a un asado espartano en la cuna de la civilización. Dance me. La manzana de la discordia. Helena. Eva. Blanca Nieves. La decadencia de Occidente fue por una mujer. Dance me. Efgaristó.
Las secuelas no se hicieron esperar. Santorini: Margarita, María y Dimitra en la playa; Folegandros, mi María bartender y tú bailas, ¿verdad? Oui. Lo sabía, poniendo al Buenavista Social Club. Te invito un trago y luego volvemos a bailar (y el corazón afuera no por el tema romántico sino por el infarto cercano. Ya desde entonces estaba viejo). Otra vez. Y en Praga, mientras un amigo saudiárabe que había conocido en la barra me hablaba mal de su papá (le tenía que cargar su bloody baggage), un checo en docto inglés Tú bailas, ¿no es así? (again and again and again. How do you now, man? It is obvious). De nuevo las lonjas y el rostro abotagado no funcionaron para enmascarar lo obvious. My girlfriend is a salsa teacher. Chet. And here we go. Bailé con la salsa teacher, de salón obviously, y nos aplaudieron, y otra rola y I think we´re dancing very close and your boyfriend is watching us, pero sin decírselo, y así y así. Gracias, gracias. Bailas muy bien me dijo el saudiárabe en la barra. Más o menos, man, no hay que exagerar. México, gran país, ¿eh? Más o menos. Corona, gran cerveza, ¿verdad? Bueno… Dos Coronas y dos tequilas (Cuervo especial, ¡damn!). Pagó con petroeuros, se echó el tequila de un trago y se fue diciéndome You´re really my friend, man. La maestra de salsa seguía con el novio en una esquina haciéndome ojitos. Huí antes de que se le ocurriera llegar a la barra para proponerme un trío.
La salsa en Francia tiene sus asegunes: en general no se baila bien pero hay lugares especializados en los que se salsea como en los mejores clubes latinoamericanos. En Grenoble buscamos afanosamente uno de ellos en esos automóviles pequeñitos cuya única explicación de su existencia es que su dueño paga un karma por votar por Le Pen. Tras una hora perdidos, llegamos muertos de sed: era un galerón con olor a camembert habilitado como salón de baile. Momó, un amigo músico al que había conocido dos horas atrás, me dijo Te apuesto una cerveza a que no bailas con esa mujer. Naturalmente esa mujer era la mejor bailarina del lugar. Vas a perder, Momó. Está bien, si lo que me quieres decir es que te da miedo… Regresando de la pista: mi chela, Momó. Golpe de suerte, pero a que no sacas a esa otra. Por esa testarudez propia de los franceses, que provocó entre otras cosas algo llamado Waterloo, Momó me pagó todas las cervezas de la farra. Al final, para sus adentros, le escuché su única frase en inglés de la noche: I have a family to feed… ¡Merde!
Madrid fue el único lugar donde mi presencia resultó anodina (pinches cubanos), así que sólo diré que en los cinco antros de salsa que visité, ninguna persona fue a por mí con aquello de Tú bailas y, de las españolitas que invité a bailar, sólo dos dijeron sí y ninguna de ellas quiso seguir la siguiente canción. En el reino de los ciegos el tuerto es rey, se dice. I agree. La última ciudad de mi experimento fue Berlín. Volví por mis fueros: mi amiga Anne y yo sorprendimos con nuestros doctos pasos (bueno, los míos, pero ella, inteligente, se dejaba llevar) a unos alemanitos que hacían una fiesta en un squat. De hecho había sido la primera vez que se escuchaba un poco de salsa en el squat. Nos aplaudieron y nos invisibilizaron en el acto. Seguro dijeron algo así como “por eso en sus países hay dictaduras”.
Las conclusiones, aunque rupestres, son reveladoras: en Europa es mejor beber cerveza que bailar salsa, sobre todo cuando las salsas escasean y no hay posibilidad de armar una decente michelada. Después, que el dancing, como muchas otras rugosidades en esta vida, es una actividad peligrosa en la que no debería caer todo el peso de nuestra sensibilidad (sobre todo la mía de 130 kilos); por último, y sin contradicción manifiesta, se trata nomás de un reducto de lascivia expuesta, intercambio inocuo de sudores amotinados y la plataforma del vaivén eterno de las entrepiernas; ellos, como los andróginos, nos recordarán al final que los dos cuerpos son, last but not least, una sola figura en movimiento.
CAS

lunes, septiembre 27, 2010

El Teletón en versión de El Fisgón (pincha las imágenes para hacerlas grandes)



CAS