Es por todos sabido que en esa ecuación del varo mata carita, el verbo mata cara, etcétera, el que lleva las de ganar es una figura de entendidas mañas y licenciosos recursos: el bailarín. No hay mujer que se le resista; así, mientras él le asesta una evolución camaronera, ella invariablemente le lanzará a la yugular: “¿Así como bailas haces el amor?”. El bailarín responderá con un fallo vulgarísimo: “Averígualo, Nena”. Si pensamos, por ejemplo, en un bailador de salsa, éste tendrá la ventaja de exhibirse inicialmente con una mujer fea pero que baila muy bien; acto seguido, el personal femenino pasará a solicitar sus servicios, y peleárselos, en cada nueva rola.
martes, septiembre 28, 2010
Es por todos sabido que en esa ecuación del varo mata carita, el verbo mata cara, etcétera, el que lleva las de ganar es una figura de entendidas mañas y licenciosos recursos: el bailarín. No hay mujer que se le resista; así, mientras él le asesta una evolución camaronera, ella invariablemente le lanzará a la yugular: “¿Así como bailas haces el amor?”. El bailarín responderá con un fallo vulgarísimo: “Averígualo, Nena”. Si pensamos, por ejemplo, en un bailador de salsa, éste tendrá la ventaja de exhibirse inicialmente con una mujer fea pero que baila muy bien; acto seguido, el personal femenino pasará a solicitar sus servicios, y peleárselos, en cada nueva rola.
lunes, septiembre 27, 2010
CAS
miércoles, septiembre 15, 2010
CAS
viernes, septiembre 10, 2010
La colonia Roma es uno de los ejemplos más emblemáticos de la transformación que ha tenido el país durante los últimos años. Reflejo de una comarca en transición constante, la Roma se vierte sobre la cotidianidad actual como resabio nostálgico del México de la bonanza. El paseo literario que sugerimos es un viaje por los vericuetos de la epidermis romana a través de una de sus obras literarias más significativas: Las batalla en el desierto de José Emilio Pacheco.
martes, septiembre 07, 2010
CAS
lunes, junio 28, 2010
CAS
sábado, junio 19, 2010
No es un día humano. Las aceras se caminan con pesadumbre y el pavimento es un enemigo nocivo de donde sale aire caliente. El tránsito es aletargado. M piensa que no es normal el fuego en sus pies (aunque siempre ha sido así). Es el mediodía del 22 de junio de 1986 y para ir a su casa debe pasar por un costado del estadio Azteca (Mis suelas son un hervidero). Maldito futbol, injuria de nuevo mientras acelera el paso. El último examen de segundo de secundaria lo respondió a regañadientes. Sabe que no lo aprobará. También sabe que ya no importa. Filtra Maradona y el defensor inglés rebana el balón. Va Shilton –que creerá este muchacho, que le puede ganar al por... Brinca Diego y... ¡GOOOOOOOOL! El arbitro señala la media cancha. ¡GOOOOOOOOOOL! Shilton reclama. ¡GOOOOOOOOOL de ARGENTINA! ¡Diego Armando Maradona lo ha hecho! Los ingleses protestan pero tenemos al mejor jugador del mundo. ¡Gracias, Dios, por darnos esa mano! Son esos ingleses, los que tanto nos han hecho sufrir (“Soldadito argentino, sé que te vas a morir...”). La revancha es justa. Gracias, Diego. M escucha el estallido del estadio y se tapa los oídos, impaciente, abrumada. Maldito J: muérete donde estés. M se toma inconscientemente el vientre mientras pasa por una tienda de electrodomésticos. La gente observa el partido en las televisiones de los aparadores. M piensa que están a la espera de una llamada divina que jamás recibirán. Un mareo obtuso le viene por el sol, al tiempo que en su mente aparece un dios de carne y hueso. Retarda el vómito más por debilidad que por capricho. En casa encuentra a su hermano y amigos frente al televisor. Pasa sin saludarlos. De pronto, como si de un alarido bajo tierra se tratara, reconoce la señal aguardada desde siempre: “Fue con la mano”. Quizás fue la voz de su madre, acaso la de algún amigo adolescente que alcanzaba la clarividencia por la embriaguez de un vaso de cerveza. Pero ya no importa, ya no ...la va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del futbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga... En la cocina, M deja las llaves de la casa en un cajón. Después entra en su cuarto y cierra la puerta con suavidad, como si fuera de noche y no quisiera despertar a nadie. Se desploma sobre la cama: las ganas de vomitar han pasado pero el desagravio sigue en su cuerpo (“un palmo más de piel en el vientre; dos meses”) ...¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... y ¡GOOOOOOL...! ¡GOOOOOL...! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el futbol! ¡Golazo! ¡Diego! ¡Maradoooooona! ¡Es para llorar, perdónenme...! Las lágrimas resbalan por el pómulo de M y con la lengua atestigua de nuevo su sabor salado. Así es la vida: salada, como el agua del mar que nunca conocí. M se levanta y se quita el uniforme escolar (que se arrugue). Desnuda frente al espejo, ve su piel morena y el incipiente vello del pubis. Se pasa la mano por el monte de venus y después dócilmente por el clítoris. Comienza a sentir placer y se estremece, se ruboriza. Cuántos usos tienen las manos de ¡Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos...! ¡Barrilete cósmico...! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina.... Argentina 2 - Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona...! Ya en el baño, abre la llave de la tina (los ataúdes se eligen). Gracias, Dios, por el futbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2, Inglaterra 0... Después de todo no hace falta ser Dios para tomar la decisión correcta. M toma la navaja y hace una pequeña hendidura en las venas de una mano (el puño apretado), con sutileza, con pulcritud, como quién rebana con finura un ajo tierno (las manos de Dios). El agua se enrojece azarosamente: no hará falta el tiempo de compensación para que la grana alcance su más intenso fulgor.
CAS, Del Valle, marzo de 2006.
lunes, junio 07, 2010
En mi ciudad natal, Cuernavaca, ha habido un cambio notabilísimo en la dinámicas cotidianas desde que la Marina mexicana asesinó Arturo Beltrán Leyva en unos departamentos de superlujo que, dicho sea paso, fueron construidos por los hijos de Marta Sahagún. A partir de ahí, una ola de violencia urbana se desató en Cuernavaca. A dos hombres los colgaron de un puente en el libramiento que lleva a Acapulco y luego jugaron tiro al blanco sobre los cuerpos inertes; al director del penal de Atlacholoaya lo asesinaron, partieron su cuerpo en pedacitos y lanzaron los fragmentos en distintas partes (perdón por la figura retórica tan de mal gusto pero era ineluctable). La cabeza fue encontrada en una bolsa de súper; un comando armado tomó por sorpresa un antro propiedad de un miembro de la familia Ortiz Mena y, sin más, le prendieron fuego con los empleados adentro. Éstos son hechos conocidos sobre todo por su espectacularidad, pero las muertes son el pan cotidiano en la ciudad. Lo increíble de la situación es que el gobierno federal no considerara qué pasaría al dejar acéfalo el control de una plaza tan importante para el narcotráfico: ahora los subalternos se la disputan a punta de balazos, intimidaciones y violencia urbana, en una franca competencia por ver quién es el sicario más despiadado. Un viernes, hace algunos días, todos los restoranes, antros, etc., cerraron a las ocho de la noche y la capital morelense se hizo una ciudad fantasma. ¿Cuál fue la respuesta del gobierno federal? Militarizar las calles. Ahora hay retenes, tanques de guerra apuntándole a la estatua de Zapata y comandos militares que transitan la ciudad con armas largas a la espera que su docto criterio les diga quién es un narco. Hay un detalle que no es menor: usan máscara.
Qué un ejército esté en las calles sucede cuando un país le apunta a la ingobernabilidad o para acallar las voces críticas que se manifiestan en contra de un régimen autoritario, como en las dictaduras. Y en ambos casos, aun cuando exista gente que justifica la mano dura, siempre habrá abusos, ultrajes. Un soldado está entrenado para matar, no para salvaguardad la seguridad de la sociedad, de los ciudadanos. La última muestra de la postura institucionalizada del gobierno llamada cinismo, fue el dictamen de la PGR sobre los niños que fueron asesinados por militares el 2 de junio en Reynosa. El parte de la Procuraduría fue que los miembros del Ejército balearon a los jóvenes, perdón, "sicarios", porque ellos les dispararon primero. Los niños (de 13, 15 y 17 años) atacaron a los infortunados soldados y éstos, defendiendo a su patria, los masacraron. El mensaje de la PGR es implacable: mitiguemos el hecho porque eran sicarios; hay que matarlos porque, como Beltrán Leyva, son una peste social. El tema es trágicamente significativo: 1) no se mata a un presunto delincuente o criminal; se le atrapa y se le juzga (si se cree en instituciones democráticas, en buen español, matar es condenable por donde se le vea. Claro que en México eso de instituciones democráticas es la ilusión del mago más diestro); 2) como quien hace justicia son los soldados, no hay necesidad de que les disparen para responder baleando civiles: en la disciplina castrense basta no obedecer la orden "Deténganse" para ser pasados por las armas; 3) mataron a niños, por más que se diga que son sicarios son por principio niños y lo seguirán siendo hasta por los menos la mayoría de edad. Por eso hay límites de edades, por eso hay cárceles para niños y cárceles para adultos, y por eso hay que negarse con firmeza para que no se adelante la mayoría de edad.
CAS
viernes, mayo 28, 2010
Mi primo Xavier de la Vega y el buen Carim Azeddine presentarán su documental El pan y la leche en el festival Distrital de la ciudad de México. Para los interesados en los temas sobre la migración mexicana hacia Estados Unidos, van las fechas, horarios y salas de la exhibición:
2 de Junio - CCU Tlatelolco - 17:00 hrs
3 de Junio - Cinemark Pedregal - 19:00 hrs.
5 de Junio - Lumiere Reforma - 16:00 hrs.
CAS
viernes, mayo 07, 2010
Le dio la chupada al cigarro y miró el cielo, como anhelando que la lluvia inexistente trabara las palabras. Adolorido la miró de nuevo y tiró la colilla con el índice. El aire era tenue y amable: el Gaby’s fue nuevamente testigo de silencios inconclusos. Ella puso la mano en el hombro de él y lo apretó un poco. Así, con la complacencia revelada en ese tendón desconcertado, ella musitó desviando la mirada: "Aprende a perdonarme".
martes, abril 20, 2010
CAS
martes, abril 13, 2010












CAS
miércoles, abril 07, 2010
CAS
jueves, marzo 11, 2010
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lunes, marzo 01, 2010
El destino, sin embargo, hizo que tuviera la oportunidad de conocerlo y pudiera cambiar mi opinión inicial. Y aquí sí podré decir sin cortapisas: si algún maestro tuve, no en la escritura, no en la literatura, no en la vida mundana sino en las consideraciones intelectuales como una esfera global e ineludible de la que participan activamente todas las expresiones humanísticas, ése fue Carlos Montemayor. En 2000, él y Alí Chumacero me otorgaron la beca del Centro Mexicano de Escritores. Fue ahí donde, a lo largo de un año, pude conocer a sus anchas a ese hombre cabal y consecuente que ya no está con nosotros. Porque Montemayor si algo ostentó fue abanderar la congruencia como estandarte inexorable de vida mañana tras mañana. Todos lo miércoles del señor nos reuníamos en esa casita de la colonia Villa de Cortés a tallerear los avances del proyecto que habíamos presentado. El mío era un ensayo sobre Graham Greene en México. Después de los comentarios de los becarios sobre los textos presentados, hablaban Alí y Carlos. La dinámica era muy sencilla: era como la relación que existe entre el policía bueno y el malo. "Maestro Alí", le daba la palabra Carlos, quien se encargaba de moderar las sesiones. Mientras Alí hacía dos o tres comentarios sobre la redacción de los trabajos, siempre aderezados con confesiones vitales como decir "Juan Rulfo era mi empleado", Carlos hacía una lectura más acuciosa. Y nadie salía vivo. Su espíritu crítico abarcaba varios senderos y su mirada era implacable, contundente, lapidaria. No se detenía en la forma; iba mucho más allá y visualizaba los textos desde una perspectiva total. Y tampoco tenía pelos en la lengua: a una compañera la hizo llorar cuando le dijo "No sé por qué le dimos la beca".
Como cada dos meses los becarios y tutores íbamos a cenar a la fonda de Santo Domingo para, según esto, departir tranquilos alejados de los sablazos del taller. La primera vez que fuimos fue reveladora. Carlos saludó a los meseros por su nombre y, después de que habíamos ordenado los tequilas y whiskies, tomó una carta. Con ese don de mando que siempre tuvo, sugirió a manera de orden: "Yo creo que lo ideal es pedir varios platos para que comamos de todo". Naturalmente tampoco nos preguntó nuestra opinión sobre los platillos y ordenó cuatro o cinco para que fueran al centro de la mesa. Acto seguido, tomó un trago de su tequila, se secó las comisuras con la servilleta de tela y dijo Con permiso. Se paró y se le acercó al pianista a decirle alguna cosa. Dos minutos más tarde estaba cantando arias de ópera y canciones populares mexicanas. No era un virtuoso del canto pero lo hacía bastante bien. Naturalmente Alí, que también había sido su maestro, no lo dejaba de molestar: "Es un protagonista. Hablemos de toros". Carlos regresaba a la mesa y después de los Felicidades, Maestro, muy bien, nos preguntaba sobre nosotros. Una nueva cualidad: le interesaba mucho saber qué pasaba con los jóvenes. Un día, durante esas veladas en la Hostería, vio que me tomaba el tequila de un trago. "¿Por qué hace eso, Carlos?", me preguntó. "Porque el primer shot de tequila debe ser de un jalón, Maestro", contesté. Después de unos segundos de observarme como quien seguramente observa a un imberbe mozalbete que no sabe nada sobre la vida, agregó: "Qué raro es usted, tocayo". Con el tiempo, cuando se abandonan las redes de la estulticia, se sacan las conclusiones pertinentes: sólo los springbreakers se beben el tequila de un trago.
CAS
martes, febrero 16, 2010
CAS
viernes, febrero 12, 2010
Hace casi ocho años empecé con el sitio Del Valle notes. El subtítulo del blog sugería, en mayor o menor medida, lo que hasta hoy ha sido este espacio cibernético: "Algunas notas desde la colonia Del Valle de la ciudad de México". Naturalmente los textos eran escritos desde un penthouse de la colonia en cuestión, dónde se veían, en días claros, los volcanes del oriente (en realidad, todo mundo lo sabe, eran dos pinches cuartos de azotea, pero también, everybody knows, se estaba más cerca de Dios). Se trataba también de un recinto que mi amigo Juan me había adaptado ex profeso, ergo, la única historia de sus paredes hasta ahora fue la que adoquinó mi cotidianidad durante 12 años. Así, la vida de ese deptito atestiguó, en la voluptuosidad de sus muros, pláticas incansables, miles de botellas vacías bebidas en su mesa de madera, bailes licenciosos en esa parcelita que era a la vez cocina, hall y biblioteca e historias lascivas escritas en cada rinconzuelo, en cada orificio piadoso de su epidermis. Ahora, después de más de una década, he abandonado ese recinto mágico y he movido mis ronquidos a un lugar más amplio que me permitirá ver mis libros sin padecer el amontonamiento, las filas dobles, o la necedad de intercalar volúmenes decimonónicos entre botellas de absinth; también, podré cocinar a mis anchas sin ahumar los sillones de salsa pomodoro y no guardaré la pimienta -que mis amigos siempre me roban- en el lugar de los vasos whiskeros; por último, me hará valorar el presente (valoración que pasa por poner un tubo de table dance en la sala) viendo los atardeceres del poniente en un flamante sillón rojo que siempre quise tener. Por eso este blog se mantiene, pues sigo en la Del Valle, ya no desde el atalaya pero sí desde un ventanal que Voldemort y Potter envidiarían para batirse en un duelo de varitas mágicas. También aquí, donde ahora me toca vivir, veré todas las veces que Dios descienda y toque con su palma afable a los nuevos bienaventurados que habitarán un penthouse del Eje 6, un templo que jamás dejará de oler a palabras beatíficas, cebada amaderada y sexo incandescente.
CAS
martes, diciembre 15, 2009
Tengo 37 años y muchas veces me han dicho que moriré joven (tengo sobrepeso, soy hipertenso, tengo hígado graso y algunas otras curiosidades como ser prediabético o ser dignatario de una enfermedad incurable llamada psoriasis). Cada vez que me lo vaticinan, una incandescencia turbia se apodera de mis mejillas y se traslada lentamente al estómago como si fuera un vaso de loción amarga. También me han dicho que me abandonarán antes de verme morir (no soportaría verte agonizar, suelen decir). Y naturalmente también hay dolor. Pero nunca será esa daga ígnea que fustigó a mi papá hasta que él dejó de respirar. En realidad me duele por lo que él sufrió: pensando que moriría antes de tiempo y no vería a sus hijos crecer. Lo hizo pero nunca sin dolor. Y no se vale. Fue la espina y el óbito de las mañanas frías. A final de cuentas, jóvenes, viejos, niños, y con la frase de Héctor a Andrómaca en los míos labios, todos nos vamos a morir cuando nos vayamos a morir.
miércoles, diciembre 09, 2009
CAS
lunes, noviembre 16, 2009
Hay seis imágenes en el ultrasonido. Están el pancreas, los riñones, la vesícula biliar, la vena porta y el hígado. Se resiste su belicosidad fotográfica porque, es sabido, son órganos necesarios para llevar una vida apacible. En realidad son tomas de película de terror (a nadie le haría gracia pensar en su alien adentro, aunque sea ese pequeño priista que todo mexicano carga en sus entrañas). A simple vista los datos del ultrasonido no muestran diferencias entre las proyecciones; pero por una segunda mirada, más acuciosa y naturalmente copiada del entrecejo de Hugh Laurie, se pretende sacar conclusiones avezadas. Esta última intención es una soberana pavada, pues no somos médicos y necesitamos la sapiencia de un especialista (no hay que olvidar que Dr. House, como Superratón, no existe). Entonces se pasa a leer con cuidado el diagnóstico inicial del encargado del laboratorio. Los resultados del Ultrasonido Hepatobiliar son los siguientes:
-Riñones con proceso inflamatorio
-Abundante gas en la cavidad abdominal, sugestivo de patología intestinal
-Vesícula biliar y vías biliares sonográficamente normales
En este momento Sigourney Weaver ha sido asesinada prematuramente y el alien ha tomado el control de la película, ese vientre entumecido, esa escalopa sanguínea que mantiene el trote cansino a capa y espada. Lancelot hepático. La religión del agave ha sufrido su primera baja. La siguiente semana cumplo 37 años y tengo algo llamado hígado graso. Para evitar adquirir el amarillo dantesco de los Simpsons, he iniciado la lucha contra el Ángel, también llamado, como Dios, gusano de maguey.
CASlunes, noviembre 02, 2009
martes, octubre 27, 2009
CAS
domingo, octubre 11, 2009
CAS
martes, octubre 06, 2009
-¡Súbale, súbale! Directito al metro Nativitas. Sin asaltos, sin tráfico, sin choques! ¡Súbale, súbale!
Después de que ha entrado el pasaje, el chalán del chofer sube una pierna y permanece por algunas cuadras con medio cuerpo fuera del pesero. Tras subir a nuevos pasajeros, dice “ya estuvo” y se acomoda con diligencia enfrente del conductor. Una vez hallado el lugar ideal, comienza a abrir y cerrar las piernas como puertas cabalísticas que invitan a alguna evolución pecaminosa. Adquiere su mayor distinción por la paleta tutsi pop que no se saca de la boca.
–No mames, güey –no hay duda: la paleta semeja un testículo en el cachete–. Tuvo, ca’on.
–¿Sí?
–Sí, no mames, güey –dijo con seguridad implacabilísima–. Pero la culpa la tuvo el Mai.
–¿Qué hizo el güey?
–Pinche culero, sus pinches mamadas de siempre.
–Sí, ya me imagino.
–Y pues le dije que no mamara, que le parara a su pinche nave porque si no a puro pan y verga me lo iba a tener.
–Pos sí, pinche puto.
–Y parece que se alivianó; pero que no mame, güey, si nomás me tiré una vez a su pinche vieja.
–A güevo, pinche pasado de verga.
–¡No mames, güey: ahí viene. Clávate ahorita, güey, en chinga. No lo dejes pasar.
La bola en las mejillas y su oscilación inquebrantable desapareció en el rostro del hombre de la esquina; una vez que estuvo en igualdad de circunstancias, como por un resorte fue expulsado de nuevo hacía fuera del microbús.
–No mames, la neta le faltan güevos a ese güey. ¡Súbale, súbale! Directito el metro Nativitas. Sin asaltos, sin tráfico, sin choq...
viernes, septiembre 18, 2009
Era cumpleaños de Groucho y, como buen sonorense afincado en el Defe, sabía que el único lugar donde podía degustar una correcta nalga de vaca de un kilo era un restaurante con carne de Sonora. Y fue la única costumbre que mantuvo de su estado natal (todo mundo sabe que cualquier lugar pasando el Toreo de Cuatro Caminos es Alaska), pues las bermudas las abandonó cuando una novia de la Universidad del Claustro de Sor Juana abrió su guardarropa y descubrió que sólo había bermudas, tenis y un pantalón roto. Ah, y gorras de beisbol. La susodicha salió en puntas de pie del vestidor, al día siguiente cambió todas las clases que tomaba con él y cuando lo veía cerca enviaba a un grupo de matones de a la vuelta del Claustro para que lo mantuvieran alejado. Años más tarde los desaguisados siguieron. Su mayor dolor, confesado en una larga sesión de bacanoras dobles, fue cuando un empleado de Office Max, que le llevaba un escritorio recién comprado, se cayó por la escalera de caracol de su casa. El resultado fue devastador: el escritorio pasó por encima del cargador y tiró un librero que estaba al lado de la escalera. Hasta aquí Groucho sólo hubiera corrido a patadas al chalán sin darle propina. Pero las consecuencias siguieron: el librero, con toda su colección de malas traducciones de Anagrama, se había desplomado en cámara lenta sobre las sillas Gehry de cartón corrugado que le habían mandado unas semanas atrás y por las que había pagado una millonada. Groucho agarró en vilo al muchacho sin percatarse de si estaba fracturado o algo, lo sacó de su casa y lo estrelló contra el parabrisas más cercano. Acto seguido, habló a Office Max para decirles que iniciaría una demanda en su contra. El litigio continua y Groucho insiste en que tiene buenas posibilidades de ganar. Pero antes de eso era su cumpleaños y había ido a festejarlo con su hermano, F, y con su novia del momento, M.
Después del atracón carnívoro, seis tintorros y un pomo de bourbon canadiense, lo digno era seguirla en casa de Groucho en la Del Valle.
–Estamos muy borrachos –le dijo Groucho a su hermano–. Deja el coche aquí y mañana pasamos por él. Al cabo estamos a cinco cuadras.
–No mames, güey –contestó F con la sapiencia del beodo que sabe lo que dice–. Si estoy bien. Puedo manejar sin pedos. O no, ¿M?
–Yo creo que sí, amor –asintió M, pasándole la mano por la cintura–. Deja que maneje, no pasa nada.
Groucho concedió mientras observaba que los valets parking sonreían siniestramente alzando los hombros.
Avanzaron un par de cuadras con la bien conocida destreza de un borracho al volante: en zig-zags, pasándose los altos y rechinando los rines contra la banqueta. Entonces ahí, sobre División de Norte, a un par de cuadras de la casa, un automovilista despistado que iba en el carril central recordó que tenía que doblar a la izquierda e hizo la maniobra defeña por antonomasia: se le metió a F en su carril sin poner la direccional o algún aviso civilizado. F, también sonorense, que almuerza todos los fines de semana en el Rosita de la Portales y que cuando se case antes de jardín y alberca tendrá un corral para su caballo aunque sea en un departamento, dijo ni madres y aceleró: el coche compacto de aquel que había osado invadir un carril ajeno quedó en forma de escuadra. Al Montecarlo 1981 de F ni siquiera le tembló el quemacocos. Lo que ocurrió después forma ya parte del adoquinado ominoso de una colonia panista de la ciudad de México.
M dijo Vámonos, que la culpa la tuvo ese güey, y Groucho, No mamen, espérense, que tal si está muerto, No lo está, dijo F, mira nomás, sólo tiene unas gotitas de sangre en la ceja y puede mover el brazo. Yo digo que nos pelemos, pinche pendejo, Sí, vámonos. Además ya estamos bien cerca de la casa y nadie vio nada, Órale, pues, pero en chinga, no vaya ser que llegue la patrulla y nos apañe a todos. Acuérdense que estamos bien pedos. Ándale, güey, por allá antes de que… “El Montecarlo blanco oríllese. No puede irse. Oríllese”.
En la confusión del choque ninguno notó a la patrulla de enfrente que había sido testiga del accidente. “Oríllese, no queremos utilizar la fuerza”. Se miraron temerosos sin decir una palabra. Acto seguido, F comprobó que dentro de un coche la democracia es una perfecta utopía y que existen jerarquías mundanas: manda quien tenga el volante. El Montecarlo arrancó sin rumbo claro, y en un raudo gesto le asignó a la insigne avenida de División del Norte (¡damm!, si al menos don Doroteo hubiera sido sonorense) los calificativos rápida y furiosa. Los policías prendieron torreta y sirena, pidieron refuerzos y comenzó la persecución. ¡Toma Gabriel Mancera, No, síguete derecho, Aquí a la derecha, Vamos a la casa, No mames, van a saber dónde vivo. No se te ocurra, cabrón, Pues pa’dónde, güey, dime, ojete. Ya traemos tres patrullas encima, Aquí, en chinga, date vuelta, No mames, güey, viene una patrulla de frente, Mete reversa, mete reversa, cabrón, nos van a apañar, Ora síguete otra vez derecho, No mames, y esos güeyes de dónde salieron, Son judas, cabrón, No mames, nos van a matar, Métete en Nicolás San Juan, no mames, cuál es ésa, La que viene, Aquí, aquí. Dobla, cabrón, No mames qué es ese ruido, ¿Cuál?, No mames, ÉSE. No mames, nos están disparando y M, ¿de veras?, Sí, párate, güey, Párate, nos van a matar, No oigo nada, Párate, hijo de la chingada!
El Montecarlo se detuvo a la altura del Club Suizo de San Borja, exactamente enfrente de un oxo. El dependiente, pensando que venían por él, se había escondido debajo de la caja registradora. Las patrullas rodearon el Montecarlo.
–¡Bájense, hijos de su pinche madre! ¡Bájense, si no quieren que los plomeemos!
–Cuando se bajen, tírense al piso –ordenó Groucho.
–Párense, ojetes. Las manos atrás de la cabeza. ¡Dónde están las armas!
–¿Cuáles armas? No traemos armas.
–No se hagan pendejos. ¿Dónde están las armas?
–Pues aquí están –dijo Groucho, agitándose los genitales.
–¡No te hagas el chistoso, pinche puto! –culatazo en el vientre, mientras F estaba detrás de una patrulla siendo golpeado en el cráneo por judas y preventivos.
–¿Cómo se llaman?
Groucho contestó con su nombre su pila y M, después de unos jaloneos con las policías con honorables ¡Suéltame, pendeja!, dijo: “Me llamo África Dorian”, al tiempo que Groucho la veía con ojos empistolados pues el arma que no era la suya estaba en su sien. M, África o lo que fuera, sólo respondió con tono gangsteril de altos vuelos: “Todo fue tu culpa, pendejo”.
El caos del momento se aclaró los días posteriores. La persecución había iniciado, en efecto, porque unas briagos se habían dado a la fuga. Los policías preventivos, testigos presenciales del desaguisado, llamaron a los refuerzos. Pero en el proceso persecutorio se toparon con una patrulla de judiciales que, a su vez, llamó a sus propios refuerzos. La colonia Del Valle de la ciudad de México se transformó, por unos minutos aciagos, en un espectáculo de luz y sonido que envidiaría Quetzalcóatl. Ambos cuerpos policiacos se dieron a la tarea de detener a los forajidos. Como un Montecarlo era un auto compacto que naturalmente pasaba por cualquier callejón estrecho (así estaba redactado en el parte policiaco, presentado días después), los bandoleros lograron escabullirse; lograron hacerlo hasta que respondieron con armas de fuego, según la versión de ambas corporaciones. Es probable que alguno de los integrantes de las policías, al saberse idiota porque unos briagos en un yate sobre ruedas les estaban viendo la cara, haya iniciado el tiroteo. Pero las verdaderas razones fueron reveladoras: tanto judiciales como preventivos pensaron que las balas provenían del interior de un Montecarlo blanco 1981, manejado por maleantes que quién sabe qué habían hecho pero debían ser masacrados. Así empezó el fuego cruzado y los maleantes se detuvieron; más adelante los golpearon pero dejaron ir a dos de ellos: F, golpeado y lo que fuera, sólo pasó una noche en los separos, pagó su multa y salió sin mayor problema. ¿Qué sucedió en realidad? Como no había ningún indicio de que los pasajeros del Montecarlo hubieran realizado balazos, cuando ambas corporaciones detuvieron el vehículo, empezó el jaloneo entre ellas para llevarse a los malhechores. Pero el saldo ya no era blanco: en el fuego cruzado un policía preventivo había sido herido en un hombro, a una mujer judicial le habían fracturado un brazo en el alboroto y otro preventivo, al querer sacar su pistola de la funda, se había disparado accidentalmente en el pie y se estaba desangrando. El Montecarlo fue decretado por el seguro con pérdida total y en el peritaje las autoridades concluyeron que el vehículo había recibido 64 impactos de bala de distintos calibres. Groucho dijo después que uno de ellos le había pasado a diez centímetros de la cabeza; además insistió en que alguna divinidad desubicada pero bondadosa lo quería y que en lo sucesivo lo más cercano que estaría de un corte sonorense sería el pasto que comiera el animal en turno.
Del insigne acontecimiento se desprendieron varias situaciones: cinco policías fueron consignados penalmente por lo ocurrido y su lugar de residencia en la actualidad es el Reclusorio Norte; además, cada seis meses más o menos, Groucho recibe la visita tanto de judiciales como de preventivos que lo conminan a ir a declarar por haber sido testigo presencial. Pasan por él a su casa, lo llevan a los juzgados del Reclusorio y lo regresan al terminar su declaración. Por supuesto que no puede aplicar al pie de la letra la máxima básica de “jamás subirse a una patrulla”, sobre todo porque cuando pasan por él los policía son lo suficientemente cuidadosos en dejar al descubierto su pistola. Como es común en este país, el proceso penal sigue, y mientras se determina quiénes son los verdaderos culpables, los policías siguen en la cárcel. Hoy día, Groucho recuerda aquel evento como nebuloso, como si hubiera ocurrido en otra vida. La única evidencia del día de cuando pudo pasar, ahí sí, a esa otra vida, es la nota que apareció en La Prensa unos días después y que Groucho guarda como fetiche a la mitad de un libro de Danilo Kiš. Hay una imagen de Groucho y su novia dentro de una patrulla; abajo, el pie de foto y el inicio eterno de la rueda de la fortuna: “África Dorian, líder de una de las mayores bandas de delincuencia organizada en la ciudad, y uno de sus secuaces”.
lunes, septiembre 07, 2009
CAS
viernes, septiembre 04, 2009
sábado, agosto 15, 2009
IX. The last empty bottle
La isla se acerca al continente. Los últimos meses a la deriva, en aguas cerriles y turbulentas, parecen eclipsarse. He retomado el cabotaje. Y aunque la costa se vea a lo lejos y esporádicamente se pierda, la corriente ahora es clemente (decidí ponerle un altar a Bartolomé Díaz y ha funcionado). La isla se acerca al continente. Pero no se mueve sino que el puente creado por las botellas ha hecho un paso viable y seguro. Behring de cristal. Hace ya años del naufragio y el ropaje está marchito; la piel, lo suficientemente rugosa para encender un cerillo. Pero todos los días por la mañana aparecían una nueva botella y un papiro amarillento expulsados de la arena tras unos meses de germinación artificial (nunca, extrañamente, vi su desove). Y ahí se iban las notas de ayuda, notasdelvalluda, fatuas, abatidas, sucias; pedazos de papel en un recinto en donde lo único permitido era aguardiente enmohecido. La mímesis con la isla fue, entonces, natural: tomé el timón de sus palmeras y navegamos a babor. El viaje no fue, sin embargo, el deseado. Muchas veces estuve por zozobrar pero la sapiencia y fortaleza de mis cumbres rocosas lo impidieron. Yo isla evité el naufragio día a día. Largos fueron los años hasta que la circularidad de mi trayectoria (nunca me decidí a ir a estribor) se volvió monótona, letárgica, literalmente sin sentido. Fue así cuando desde mis cavernas más afligidas, mis riachuelos más celosos, mi frondosidad más hermética, grité para no ser oído: “¡No seré más un tubo de ensayo!”. Escuchado por la divinidad debida, dejé de ser isla humana, hombre roca, reptil pensante y y fui de nuevo corazón latente y latiente. Aunque todavía no puedo ver, escuchar, o no distingo el olor a café ni registro el rostro de una mujer bella, ya se acerca el día en que el cabotaje me arrastre a la corriente justa y pueda acercarme a un cabo beatífico, un puerto que me bastará verlo en el horizonte para tener la certeza de que ya no hay palmeras colgando de mis omóplatos, playas cristalinas en lugar de piernas y arrecifes malsanos en la pared plegada de mi frente. La isla se acerca al continente. Va la última botella vacía, la que se hundirá al instante y no terminará el puente. No importa, pues como en una fotografía de Cartier Bresson, también se puede brincar el charco.
CAS
jueves, agosto 06, 2009
Échale un ojo al Guardagujas, nuevo suplemento cultural de La Jornada Aguscalientes que dirige mi amigo Edilberto Aldán. Alea jacta est, pues.
CAS


