martes, septiembre 28, 2010

Salsa europea

Es por todos sabido que en esa ecuación del varo mata carita, el verbo mata cara, etcétera, el que lleva las de ganar es una figura de entendidas mañas y licenciosos recursos: el bailarín. No hay mujer que se le resista; así, mientras él le asesta una evolución camaronera, ella invariablemente le lanzará a la yugular: “¿Así como bailas haces el amor?”. El bailarín responderá con un fallo vulgarísimo: “Averígualo, Nena”. Si pensamos, por ejemplo, en un bailador de salsa, éste tendrá la ventaja de exhibirse inicialmente con una mujer fea pero que baila muy bien; acto seguido, el personal femenino pasará a solicitar sus servicios, y peleárselos, en cada nueva rola.
Durante años con mis amigos (antes de que fuéramos aburridos y estudiáramos doctorados) asumimos la salsa como una forma vehemente de vida; pensamos que acaso las vicisitudes cotidianas podrían desaparecer entre la gracia de una vuelta doble o la voluptuosidad de un medio paso entre el cuerpo del otro (una simbiosis fugaz que no se encuentra en ningún otro estadio humano). Nuestro lema era “Salsa o muerte” y lo dejábamos diligentemente escrito en el vidrio empañado del departamento de cincuenta metros donde se realizaban las mencionadas gestas. Eran las épocas del “Procura” de Chichi Peralta y “Somos lo que hay” de Manolín el Médico de la Salsa. De hecho con María, una griega sublime que vivió muchos años en México, acuñé el verbo procurar. Cada vez que sonaba la distinguida rola del maestro Peralta, nos parábamos a bailar sin importar que ella estuviera frente al Hombre-de-su-vida o yo en pleno coito en el clóset de los dueños de la casa. Un día, sin embargo, le fallé. Yo hacía mi luchita con alguien más y, al oír la música, María se paró ipso facto a buscarme. Cuando vio que yo ya procuraba en la pista pero sin ella, una lágrima descendió por su pómulo helénico y se quejó de mí con todo mundo llamándome ojete.
Por todas esas razones espirituales que me apegan sobremanera a la salsa, la última vez que estuve en Europa resolví hacer un estudio antropológico en dos vertientes cognoscitivas: 1) probar todas la cervezas de los bares en que recayera y 2) bailar salsa en cada uno de dichos tugurios si el ambiente, el personal y el dj-que-normalmente-es-un-idiota lo permitían. Como el estudio fue todo un éxito, es menester narrar, por primera vez, mis impresiones al respecto. Léase lo siguiente escuchando la mejor rola de salsa jamás compuesta: “Llorarás” de Oscar de León.
En Ámsterdam no hubo posibilidad de bailar con nadie; el lugar brasileiro estaba vedado para los blancos: a las holandesas lo único que les interesaba era bailar con negros que lo hacían pésimo y a ellos, a su vez y por dimensión desconocida, fornicar con ellas, aunque mal; en Graz tuve a bien bailar con una eslovaca que tenía un marido guatemalteco. Él me vio y dijo Tú sabes bailar, ¿verdad? Bueno… Es mi esposa: baila con ella. Ante tal ofrecimiento (eso de aceptar a las esposas ajenas nunca ha sido mi fuerte), tuve que ir a la pista inexistente con la eslovaca que había estado en algún lugar del trópico y había aprendido salsa de salón. De notable rigidez pero sonriente, la eslovaca hizo que por primera vez me aplaudieran en mi tour salsero europeo. Cuando terminamos, un venezolano que también estaba ahí, un glorioso antro cubano llamado Cohibar, tuvo que salir con la típica guarrada sudamericana: “Yo anduve con ella antes qué el: es la que mejor lo chupa de todo Graz.” El venezolano se mofaba de haber sido baterista de Falco y Opus, insignes por un one-hit wonder. Se lo informaba con inexplicable orgullo a quien entrara en el bar: le decía al cantinero “pásame mis discos”. El cantinero obedecía y él mostraba su foto difusa en la portada del acetato. Fue hace mucho tiempo; era muy joven, se justificaba.
Quizás fue en Atenas donde tuve la primera experiencia concupiscente de mi estudio antropológico. Estábamos comiendo en casa de un amigo y él insistentemente nos comentaba que faltaban las mujeres más guapas de la fiesta: “Son locutoras. Vienen cuando acaben de chambear”. Al poco tiempo, las locutoras, que ya nos habían saludado en su programa de radio (“Un saludo a los amigos mexicanos que están en casa de Costas. No se vayan. Ya no tardamos”), llegaron a la fiesta como Ángeles de Charlie del Pireo: auto convertible y rubia, morena y trigueña. Y como era Grecia, parrilla, cerveza, ouzo y vino tinto frío. Y entonces la salsa. Chet. Y la morena a por todos los mexicanitos. Doble chet. Y ella, introduciendo su muslo en la entrepierna: Dance me. Y uno bailándola a toda máquina and she, harder, Dance me harder. Y su cuerpo suave, con la flor de piel de un vestido ligero que no escondía nada abajo, Dance me, my love. A Beeeeeeeeeeeeeeer, please. Ok, darling, but first Daaaaance me. No, eso no fue salsa pero no importó. Y se lo hizo a los tres mexicanitos que tuvimos a bien ir a un asado espartano en la cuna de la civilización. Dance me. La manzana de la discordia. Helena. Eva. Blanca Nieves. La decadencia de Occidente fue por una mujer. Dance me. Efgaristó.
Las secuelas no se hicieron esperar. Santorini: Margarita, María y Dimitra en la playa; Folegandros, mi María bartender y tú bailas, ¿verdad? Oui. Lo sabía, poniendo al Buenavista Social Club. Te invito un trago y luego volvemos a bailar (y el corazón afuera no por el tema romántico sino por el infarto cercano. Ya desde entonces estaba viejo). Otra vez. Y en Praga, mientras un amigo saudiárabe que había conocido en la barra me hablaba mal de su papá (le tenía que cargar su bloody baggage), un checo en docto inglés Tú bailas, ¿no es así? (again and again and again. How do you now, man? It is obvious). De nuevo las lonjas y el rostro abotagado no funcionaron para enmascarar lo obvious. My girlfriend is a salsa teacher. Chet. And here we go. Bailé con la salsa teacher, de salón obviously, y nos aplaudieron, y otra rola y I think we´re dancing very close and your boyfriend is watching us, pero sin decírselo, y así y así. Gracias, gracias. Bailas muy bien me dijo el saudiárabe en la barra. Más o menos, man, no hay que exagerar. México, gran país, ¿eh? Más o menos. Corona, gran cerveza, ¿verdad? Bueno… Dos Coronas y dos tequilas (Cuervo especial, ¡damn!). Pagó con petroeuros, se echó el tequila de un trago y se fue diciéndome You´re really my friend, man. La maestra de salsa seguía con el novio en una esquina haciéndome ojitos. Huí antes de que se le ocurriera llegar a la barra para proponerme un trío.
La salsa en Francia tiene sus asegunes: en general no se baila bien pero hay lugares especializados en los que se salsea como en los mejores clubes latinoamericanos. En Grenoble buscamos afanosamente uno de ellos en esos automóviles pequeñitos cuya única explicación de su existencia es que su dueño paga un karma por votar por Le Pen. Tras una hora perdidos, llegamos muertos de sed: era un galerón con olor a camembert habilitado como salón de baile. Momó, un amigo músico al que había conocido dos horas atrás, me dijo Te apuesto una cerveza a que no bailas con esa mujer. Naturalmente esa mujer era la mejor bailarina del lugar. Vas a perder, Momó. Está bien, si lo que me quieres decir es que te da miedo… Regresando de la pista: mi chela, Momó. Golpe de suerte, pero a que no sacas a esa otra. Por esa testarudez propia de los franceses, que provocó entre otras cosas algo llamado Waterloo, Momó me pagó todas las cervezas de la farra. Al final, para sus adentros, le escuché su única frase en inglés de la noche: I have a family to feed… ¡Merde!
Madrid fue el único lugar donde mi presencia resultó anodina (pinches cubanos), así que sólo diré que en los cinco antros de salsa que visité, ninguna persona fue a por mí con aquello de Tú bailas y, de las españolitas que invité a bailar, sólo dos dijeron sí y ninguna de ellas quiso seguir la siguiente canción. En el reino de los ciegos el tuerto es rey, se dice. I agree. La última ciudad de mi experimento fue Berlín. Volví por mis fueros: mi amiga Anne y yo sorprendimos con nuestros doctos pasos (bueno, los míos, pero ella, inteligente, se dejaba llevar) a unos alemanitos que hacían una fiesta en un squat. De hecho había sido la primera vez que se escuchaba un poco de salsa en el squat. Nos aplaudieron y nos invisibilizaron en el acto. Seguro dijeron algo así como “por eso en sus países hay dictaduras”.
Las conclusiones, aunque rupestres, son reveladoras: en Europa es mejor beber cerveza que bailar salsa, sobre todo cuando las salsas escasean y no hay posibilidad de armar una decente michelada. Después, que el dancing, como muchas otras rugosidades en esta vida, es una actividad peligrosa en la que no debería caer todo el peso de nuestra sensibilidad (sobre todo la mía de 130 kilos); por último, y sin contradicción manifiesta, se trata nomás de un reducto de lascivia expuesta, intercambio inocuo de sudores amotinados y la plataforma del vaivén eterno de las entrepiernas; ellos, como los andróginos, nos recordarán al final que los dos cuerpos son, last but not least, una sola figura en movimiento.
CAS

lunes, septiembre 27, 2010

El Teletón en versión de El Fisgón (pincha las imágenes para hacerlas grandes)



CAS
Qué nos extraña...

Aunque me haya convertido en el amo y señor de las reiteraciones, es necesario mantenerse firme. De nuevo: en el territorio de la impunidad el cinismo es filatropía (o lo que es lo mismo: cinismo=a Iglesia católica). El vocero de la Arquidiócesis Primada de México, Hugo Valdemar, acaba de declarar: "el señor Ebrard y su Asamblea Legislativa son los causantes de la creciente discriminación y del odio a las personas homosexuales". Ignoro si se refiera a los sacerdotes homosexuales, muchos de ellos pederastas. En todo caso, seguimos ante la impune muestra de cinismo de la gente en el poder (entre ella los jerarcas de la grey católica). También, ante la falta de acción de un Poder Judicial que permite los exabrubtos y libelos de personas que se someten a los preceptos de un país extranjero.

CAS

miércoles, septiembre 15, 2010

¡hAy que gritar!

15 de septiembre, Día del grito (¿como el de Munch? No, señor: como el de Carlos Cuauhtémoc Sánchez). Explíquémosles, pues, a los extranjeros qué es eso del Grito en México (la conmemoración de nuestra independencia, ínclito. ¿Ah, sí? ¿Se independizaron ese día? Agüéveris: ¡Viva Fernando VII, qué chingaos!). Una vez, cuando yo todavía era un imberbe mozalbete -ya no lo soy, aunque me digáis grumete con voz de falsete-, estaba en Cuba, esa magnífica isla del Caribe que ayer abrió sus puertas a la fiereza del capitalismo y a la satánica propiedad privada. Corría el año 93, momento más álgido de ese periodo especial de cuando la URSS abandonó a la isla (bueno, no los abandonamos, Fidel, pero ahora hay que negociar en dólares). La fecha, no obstante, era relevente para el grupito de estudiantes mexicanitos que estaba allá. Habíamos ido con unos amigos cubanos a un lugar donde tocaban Manolín El médico de la salsa y el NG La Banda. Y naturalmente uno de los amigos conocía al cantante del NG y naturalmente lo saludó con efusividad y naturalmente después de eso el cantante A ve', compañelo. Hoy e' el día en que nuetro paí hemano, México, festeja su independencia. Hay que recordal, compañelo, que México fue el único paí que no rompió relaciones diplomática con Cuba cuando todo' los demá lo hicieron. Entonce' tenemo aquí a uno amigos mexicano y le vamos a pedi' al compañelo Calo que pase aquí al frente con nosotro para que diga una palabras ("¿compañelo Calo?". ¿Eres tú Carlos?). Pásale pol' acá, Calo. Toma el micrófono, hemano. Fue así como un mexicanito, estudiante del segundo año en la célebre Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, dio el Grito de Independencia en la Heroica ciudad de La Habana. Terminé con una frase incendiaria: "Viva México y viva Cuba, cabrones". Chet. Fue ahí cuando experimenté las glorias y jerarquías del escenario y no hubo cubanita que no fuera a por mí el resto de la noche.

Hoy día, cuando las nubes eclipsan cualquier dejo de ilusión en este país, la pregunta obligatoria es ¿Hay que gritar? Pero por supuesto, pinche güey, ¿quién te has creido? Hay que gritar porque hay un ejército suelto en las calles que acribilla familias cuando no se detienen a su llamado. Hay que gritar porque el nuevo tiro al blanco de las ferias es ahora con cuerpos inertes y sin cabeza colgados en puentes federales. ¡Ay, qué grito de tequila me acabo de echar aunque sea ley seca, señor policía! Hay de gritos a gritos, míster president: gritá a Iturbide, Felipe, gritalo, s'il vous plait. ¡Ay, ay, ay, Mexiquito no te me rajes! ¡No te me rajes más que ya se sale del mapa tu hidrografía escarlata! Hay que gritar, chingao, por que los fondos bajos ya sean los correctos y no espejismos cotidianos que desenmascaren que se puede estar peor (hay que ir a las aguas profundas, Señor). ¡AY QUEEE GRITAR, AY QUE GRITAR. EL QUE NO GRITE ES UN HÉROE NACIONAL! Ash, vamos al Grito, ¿noooooo? Ash, ¿estás loca?¿Con esa nacada? No, Bubis, a mí me invitaron a Palacio Nacional: va a estar Miss Universo. ¡Ash! ¡Aaaaggghhh! Ya canté guajaca, carnal; ya espanté al mostro; ya me eché unos lodos acá a la vuelta. ¡Lleve su Grito, su grito ahogado; sus alhóndigas al chipotle; sus tacos de hidalgo y costilla. Llévelo, llévelo! Hay que gritar para que ya no griten más Viva México, eres mexicano, amo a México. ¡hAy que gritar para que el cuerno a la deriva no se hunda antes de tiempo! Gritémosle, pues, y hagamos del eco un arca esperanzadora que nos salve del zafio y ominoso presente de este pueblo.

CAS

viernes, septiembre 10, 2010

CAS en la Roma

Normalmente no practico las rusticidades de la autopromoción, pero como mis amigos me han dicho que eso de pecar de inmodestia no conduce a nada, mucho menos a hacerse millonario, pues habrá que empezar. Ahí les va:
Nostalgia y literatura: las batallas de la colonia Roma

La colonia Roma es uno de los ejemplos más emblemáticos de la transformación que ha tenido el país durante los últimos años. Reflejo de una comarca en transición constante, la Roma se vierte sobre la cotidianidad actual como resabio nostálgico del México de la bonanza. El paseo literario que sugerimos es un viaje por los vericuetos de la epidermis romana a través de una de sus obras literarias más significativas: Las batalla en el desierto de José Emilio Pacheco.
La cita es el domingo 12 de septiembre a las 10 de la desmadrugada. Pormenores y detalles finos, Aquí.
CAS

martes, septiembre 07, 2010

Hoy y cambio climático

Hace tres días que no escampa en Cuernavaca. El sol es un recuerdo remoto en una ciudad que alguna vez se llamó "de la eterna primavera" (una frase, creo que ya lo he dicho, acuñada por mi bisabuelo). La zona ya no parece tomada por narcos que cuelgan a sus víctimas en los puentes sino un gueto vigilado por cúmulos filosos e implacables (hacinarse para evitar su llanto enfurecido es imposible). Los optimistas apelan a una ecuación sobre el equilibrio en la que no puede llover siempre. Yo tengo miedo de que se alejen las nubes, pues ya no existe esa balanza natural diseñada por nuestro Señor entre lo decente y lo zafio. Pero el problema es otro: si tiene que escampar algún día, será necesario recibir la sequía eterna con los justos honores (la nueva patria potestad de las miradas terrenales). De ésa ni siquiera vengándonos a nosotros mismos se podrá salir al paso. Hoy lluevo ojos adentro; mañana, allá en la loma que ya no distingo, mis latidos serán crepitaciones obscenas.

CAS

lunes, junio 28, 2010

El Vasco

Javier Aguirre es un personaje trágico. Heredero de una estirpe de futbolistas devotos de una práctica monoteísta (o pasa el balón o el jugador; nunca los dos), el Vasco Aguirre (una amiga de Logroño me decía que cuando dirigía al Osasuna la decían "el Mexicano") apeló a esa cuerda floja copernicana: me muero con la mía. Es por todos sabido que para ser director técnico de futbol hay que estar un poco demente. A Marcelo Bielsa le apodan "el Loco" porque sus actitudes en la media cancha coinciden más con los hábitos de gendarme-suizo-que-cuida-el-Vaticano-con-ganas-de-ir-al-baño que con las de un entrenador. Entre otra proezas cuando dirigía al Atlas, Bielsa, al borde de la explosión interna por la ebullición de su nerviosismo, tuvo que salir a darle un par de vueltas al estadio Corona del Santos Laguna. Cuando regresó su equipo seguía perdiendo pero él ya había depositado las crepitaciones fibrosas fuera de su cuerpo. En contraste, la aparente locura inicial del Vasco Aguirre ha sido desenmascarada por varias razones. La primera es naturalmente económica ("with the money dance the dog", decía Piporro): su sueldo supera con creces lo que cincuenta de los escritores mexicanos más reputados jamás ganarán en 16 vidas. Al amparo de la certeza de tener su vida resuelta, le resultó irrelevente tomar en cuenta la opinión de 110 millones de jodidos mexicanos que le insistían simplemente que metiera a un Chícharo a la cancha. "Háganle como quieran", parecía decir Aguirre. "Aquí mando yo. Además vivo en Miami, ches barbajanes". Qué tiempos aquellos en los que el Vasco, un hombre que siempre abanderó ideas progresistas y era promotor de causas justas, organizó un partido entre exfutbolistas e integrantes del EZLN. Cuando el "Capitán Furia", Alfredo Tena, unos de los invitados al encuentro amistoso, vio a los rivales enmascarados lamentó haber dejado de practicar las patadas karatecas con los jugadores de las Chivas, pero se mantuvo al pie del cañón y apoyó al Vasco en lo que consideraba también una causa justa. Después Aguirre fue entrenador nacional y luego se fue a España. Todavía cuando dirigía al Osasuna, en una entrevista dijo que le gustaría dirigir unos años más y que su mayor anhelo después de retirarse como entrenador era abrir una librería en Madrid. Parece que la Gran Vía de la capital española tendrá que esperar algunos lustros para disfrutar de la sapiencia literaria de un vasco mexicano que ha tomado las decisiones más misteriosas que jamás hayan existido en una cancha de futbol.

La segunda razón por la que Aguirre no puede ser uno de esos locos geniales que habitan en una jaula rectangular a la mitad del campo (esto no incluye la vez que le dio una patada a un jugador panameño cuando desbordaba por el callejón del área), es que nunca ganó nada (bueno, le ganó un campeonato a la insigne Máquina Azul con un gol que no debió contar, pues fue literalmente piterísimo). Cuando Carlos Salvador Bilardo dirigía a Argentina, antes del Mundial de 1986 las críticas le llovían en mayor número que las balas inglesas en las Malvinas. Nadie creía en él, sobre todo porque su propuesta futbolística era la antítesis del futbol abierto del entrenador que ocho años antes los había llevado al campeonato: César Luis Menotti. La prensa y la afición estallaban en su contra por los partidos perdidos previos a la Copa: solía defenderse a cal y canto antes que considerar la pecaminosísima idea de horadar la valla rival; además le encantaba alinear a jugadores que sólo hubieran sido cracks en la tercera división de Sri Lanka. Cuando se discutía si era adecuado que Bilardo convocara a Sergio Batista para México 86, Diego Armando Maradona, ya para ese tiempo convertido en el gran capo de la albiceleste, dijo que si no llamaban a Batista él no jugaría. En ese momento un buen número de corazones en el barrio de la Boca dejaron de latir. Bilardo, que es todo menos idiota, consideró a Batista y lo hizo jugar todos los partidos. Maradona había recurrido a la máxima de todo genio: la locura no alcanza su esplendor sin un escudero que le cuide las espaldas; un sancho laborioso que, entre otras cosas, sepa partir alguna rodilla cuando el honor de su caballero andante ha sido mancillado por un peón del mediocampo que osó ponerle los tacos en la espinilla. Zico tuvo a Falcao; Zidane a Deschamps; Pelé a Gerson, aunque Gerson bien pudo ser caballero andante en cualquier otro equipo. Maradona, pues, tuvo a su Batista gracias al lúcido escrutinio de Bilardo. Años después, en esa rupestre pericia freudiana de matar al padre, Batista se convertiría en uno de los mayores críticos del ahora entrenador argentino. El Mundial de 1986 fue obtenido por Argentina con una fantasía de Maradona: filtró el balón para Burruchaga mientras Hans-Peter Briegel -un pánzer alemán que Franz Beckenbauer dirigía con control remoto- trataba de impedir la corrida del albiceleste. Argentina ganó el Mundial y los encabezados al día siguiente en Buenos Aires no podían ser más reveladores: ¡"PERDóN, BILARDO!". La sapiente demencia de Bilardo continuó años después cuando, durante un partido de la liga argentina, salió a dirigir a la cancha con una copa de champagne. Naturalmente, como Zedillo, dijo que era sidral.

La tragedia del Vasco Aguirre es que su testarudez está a años luz de la genialidad deífica y pasará mucho tiempo para que pueda regresar a México sin que le recriminen no haber puesto al Chicharito, mantener a Guille Franco, incluir al Bofo Bautista en una afrenta abierta hacia los cien millones por haberlo llevado al Mundial (era evidente que si el Bofo hacía una de esas jugadas salidas de la chistera, de las cuales ha hecho sólo un par en su carrera, el Vasco hubiera justificado con creces su inclusión) o retirar invariablemente, como si estuviera consignado en una bula papal, al mejor jugador mexicano: Andrés Guardado. La terquedad del Vasco estuvo contrapunteada por la de uno de los personajes más oscuros que se recuerden en el futbol mexicano: Mario Carrillo. Clonado del gen futbolístico de José María Cordova Montoya, Carrillo ha sido la eminencia gris más reputada del balompié azteca. Después de ser durante muchos segundo de abordo de Manuel Lapuente, pretendió emanciparse y llevar una carrera como técnico en solitario, como el Llanero o Lucky Luke, pues. Solo ganó un título, con el América, y de una manera muy dudosa. Con la gloriosa Máquina Azul estuvo en 2003. Dirigió nueve fechas y no ganó ningún partido. A eso se le suma que es el causante de la mayor goleada internacional que haya sufrido el Cruz Azul: 6-1 frente a un equipo uruguayo que sólo podría formar parte de un torneo de Criaturas fantásticas, el Fénix. En Pumas, Carrillo fue auxiliar de Hugo Sánchez. Como quería pasar inadvertido y no robarle cancha al ego de Hugo, Carrillo permanecía en un palco del estadio. Se rumora que en una ocasión mandó a uno de sus subalternos a decirle a Hugo quién debía salir. Cuando el subalterno, a mitad del camino, abrió el papelito con las indicaciones de Carrillo, decidió no llegar al banquillo puma y siguió viendo el partido desde una grada desierta. La orden de Carrillo era que sacaran al hijo del subalterno: José Luis "el Parejita" López. El problema de Carrillo es que no ha sabido mantenerse como el verdadero poder detrás del trono y su presencia en decisiones fundamentales ha sido desde la palestra (fue evidente una aceda discusión con Aguirre durante un partido del Mundial) y cotidianamente con secuelas desastrosas. Se dice que fue él quien convenció al Vasco para alinear al Bofo, sacar a Guardado en los mediotiempos, no incluir al Chícharo como titular y dejar fuera de la selección a Jonathan. Aguirre siempre ha sido un hombre que paga deudas. En el 2002 incluyó unos minutos a Alberto García Aspe, ya desde esas épocas entrado en la tercera edad. Lo hizo para que Aspe jugara un tercer Mundial y saldar una cuenta con su mentor Alejandro Burillo. En 2010, Aguirre incluyó a un segundo técnico -Carrillo- por designio de algún oscuro miembro de la Federación Mexicana de Futbol, que en buen español se llama Televisa y TV Azteca. La apuesta fue dura y contraproducente: Rasputín pretendió compartir el cetro con el rey. El resultado fue devastador: a trono roto, selección fuera.

Hoy día Aguirre deshoja la margarita. Su hijo menor ha sido contratado por el Bolton inglés y el Vasco se irá a Inglaterra para supervisar la carrera de su Benjamín. Es probable que su estancia en la isla le sirva para candidatearse con algún equipo de la Premier League. A reserva de que esto suceda (doble contra sencillo a que no pasará), la certeza que se respira en el ambiente con sabor a legumbre fresca, y es de esa bohnomía alentadora que diferencia a un buen jugador de un mal entrenador, es que un Chícharo despachará cada fin de semana en el Teatro de los sueños de Old Tratford y un Vasco, el único caballero de triste figura sin demencia, hará lobby permanente acompañado de su lamentable y trágica medianía.

CAS

sábado, junio 19, 2010

A propósito de...

Hace unos años un amigo me pidió un cuento para un libro. Se trataba de una antología cuyo eje sería un día memorable de la historia universal. Cada uno de los participantes escogería el suyo. Como soy muy malo para elegir efemérides notables, sólo se me ocurrió un insigne día futbolero. El libro, como muchas otras publicaciones, jamás se editó; sin embargo, escribí el cuento. Ahora, a propósito del Mundial, me acordé de que existía. Póngolo a consideración del lector con un cintillo que siempre había querido escribir: "Una primicia".

La mano de Dios

No es un día humano. Las aceras se caminan con pesadumbre y el pavimento es un enemigo nocivo de donde sale aire caliente. El tránsito es aletargado. M piensa que no es normal el fuego en sus pies (aunque siempre ha sido así). Es el mediodía del 22 de junio de 1986 y para ir a su casa debe pasar por un costado del estadio Azteca (Mis suelas son un hervidero). Maldito futbol, injuria de nuevo mientras acelera el paso. El último examen de segundo de secundaria lo respondió a regañadientes. Sabe que no lo aprobará. También sabe que ya no importa. Filtra Maradona y el defensor inglés rebana el balón. Va Shilton –que creerá este muchacho, que le puede ganar al por... Brinca Diego y... ¡GOOOOOOOOL! El arbitro señala la media cancha. ¡GOOOOOOOOOOL! Shilton reclama. ¡GOOOOOOOOOL de ARGENTINA! ¡Diego Armando Maradona lo ha hecho! Los ingleses protestan pero tenemos al mejor jugador del mundo. ¡Gracias, Dios, por darnos esa mano! Son esos ingleses, los que tanto nos han hecho sufrir (“Soldadito argentino, sé que te vas a morir...”). La revancha es justa. Gracias, Diego. M escucha el estallido del estadio y se tapa los oídos, impaciente, abrumada. Maldito J: muérete donde estés. M se toma inconscientemente el vientre mientras pasa por una tienda de electrodomésticos. La gente observa el partido en las televisiones de los aparadores. M piensa que están a la espera de una llamada divina que jamás recibirán. Un mareo obtuso le viene por el sol, al tiempo que en su mente aparece un dios de carne y hueso. Retarda el vómito más por debilidad que por capricho. En casa encuentra a su hermano y amigos frente al televisor. Pasa sin saludarlos. De pronto, como si de un alarido bajo tierra se tratara, reconoce la señal aguardada desde siempre: “Fue con la mano”. Quizás fue la voz de su madre, acaso la de algún amigo adolescente que alcanzaba la clarividencia por la embriaguez de un vaso de cerveza. Pero ya no importa, ya no ...la va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del futbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga... En la cocina, M deja las llaves de la casa en un cajón. Después entra en su cuarto y cierra la puerta con suavidad, como si fuera de noche y no quisiera despertar a nadie. Se desploma sobre la cama: las ganas de vomitar han pasado pero el desagravio sigue en su cuerpo (“un palmo más de piel en el vientre; dos meses”) ...¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... y ¡GOOOOOOL...! ¡GOOOOOL...! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el futbol! ¡Golazo! ¡Diego! ¡Maradoooooona! ¡Es para llorar, perdónenme...! Las lágrimas resbalan por el pómulo de M y con la lengua atestigua de nuevo su sabor salado. Así es la vida: salada, como el agua del mar que nunca conocí. M se levanta y se quita el uniforme escolar (que se arrugue). Desnuda frente al espejo, ve su piel morena y el incipiente vello del pubis. Se pasa la mano por el monte de venus y después dócilmente por el clítoris. Comienza a sentir placer y se estremece, se ruboriza. Cuántos usos tienen las manos de ¡Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos...! ¡Barrilete cósmico...! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina.... Argentina 2 - Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona...! Ya en el baño, abre la llave de la tina (los ataúdes se eligen). Gracias, Dios, por el futbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2, Inglaterra 0... Después de todo no hace falta ser Dios para tomar la decisión correcta. M toma la navaja y hace una pequeña hendidura en las venas de una mano (el puño apretado), con sutileza, con pulcritud, como quién rebana con finura un ajo tierno (las manos de Dios). El agua se enrojece azarosamente: no hará falta el tiempo de compensación para que la grana alcance su más intenso fulgor.

CAS, Del Valle, marzo de 2006.

lunes, junio 07, 2010

El Ejército en las calles

Desde que Felipe Calderón asumió la Presidencia de la República se llevaron a cabo maniobras ominosas e ilegales; la más visible fue la llamada guerra abierta contra el narcotráfico o, lo que es lo mismo, sacar al Ejército de sus cuarteles y mandarlos a las calles. El saldo es de sobra conocido: no hay día que no exista un número estrepitoso de asesinatos o de atrocidades y vejaciones por parte de los soldados. No es importante reiterar el grado de estulticia del Ejecutivo Federal al mantener ésta dinámica (los soldados no son policías; los soldados están adiestrados para actuar en una coyuntura bélica; los soldados, entonces, no van a capturar a los presuntos delincuentes: los van a matar), pero hay hechos inconcebibles que se repiten sin que pase absolutamente nada (las voces críticas son cuantiosas, pero qué se puede hacer cuando las respuestas son lecciones magistrales de cinismo: háganle como quieran es el subtexto inevitable. Además ellos tienen las armas). Me referiré a datos concretos.

En mi ciudad natal, Cuernavaca, ha habido un cambio notabilísimo en la dinámicas cotidianas desde que la Marina mexicana asesinó Arturo Beltrán Leyva en unos departamentos de superlujo que, dicho sea paso, fueron construidos por los hijos de Marta Sahagún. A partir de ahí, una ola de violencia urbana se desató en Cuernavaca. A dos hombres los colgaron de un puente en el libramiento que lleva a Acapulco y luego jugaron tiro al blanco sobre los cuerpos inertes; al director del penal de Atlacholoaya lo asesinaron, partieron su cuerpo en pedacitos y lanzaron los fragmentos en distintas partes (perdón por la figura retórica tan de mal gusto pero era ineluctable). La cabeza fue encontrada en una bolsa de súper; un comando armado tomó por sorpresa un antro propiedad de un miembro de la familia Ortiz Mena y, sin más, le prendieron fuego con los empleados adentro. Éstos son hechos conocidos sobre todo por su espectacularidad, pero las muertes son el pan cotidiano en la ciudad. Lo increíble de la situación es que el gobierno federal no considerara qué pasaría al dejar acéfalo el control de una plaza tan importante para el narcotráfico: ahora los subalternos se la disputan a punta de balazos, intimidaciones y violencia urbana, en una franca competencia por ver quién es el sicario más despiadado. Un viernes, hace algunos días, todos los restoranes, antros, etc., cerraron a las ocho de la noche y la capital morelense se hizo una ciudad fantasma. ¿Cuál fue la respuesta del gobierno federal? Militarizar las calles. Ahora hay retenes, tanques de guerra apuntándole a la estatua de Zapata y comandos militares que transitan la ciudad con armas largas a la espera que su docto criterio les diga quién es un narco. Hay un detalle que no es menor: usan máscara.

Qué un ejército esté en las calles sucede cuando un país le apunta a la ingobernabilidad o para acallar las voces críticas que se manifiestan en contra de un régimen autoritario, como en las dictaduras. Y en ambos casos, aun cuando exista gente que justifica la mano dura, siempre habrá abusos, ultrajes. Un soldado está entrenado para matar, no para salvaguardad la seguridad de la sociedad, de los ciudadanos. La última muestra de la postura institucionalizada del gobierno llamada cinismo, fue el dictamen de la PGR sobre los niños que fueron asesinados por militares el 2 de junio en Reynosa. El parte de la Procuraduría fue que los miembros del Ejército balearon a los jóvenes, perdón, "sicarios", porque ellos les dispararon primero. Los niños (de 13, 15 y 17 años) atacaron a los infortunados soldados y éstos, defendiendo a su patria, los masacraron. El mensaje de la PGR es implacable: mitiguemos el hecho porque eran sicarios; hay que matarlos porque, como Beltrán Leyva, son una peste social. El tema es trágicamente significativo: 1) no se mata a un presunto delincuente o criminal; se le atrapa y se le juzga (si se cree en instituciones democráticas, en buen español, matar es condenable por donde se le vea. Claro que en México eso de instituciones democráticas es la ilusión del mago más diestro); 2) como quien hace justicia son los soldados, no hay necesidad de que les disparen para responder baleando civiles: en la disciplina castrense basta no obedecer la orden "Deténganse" para ser pasados por las armas; 3) mataron a niños, por más que se diga que son sicarios son por principio niños y lo seguirán siendo hasta por los menos la mayoría de edad. Por eso hay límites de edades, por eso hay cárceles para niños y cárceles para adultos, y por eso hay que negarse con firmeza para que no se adelante la mayoría de edad.

El gobierno de Felipe Calderón ha hecho que, si en algún momento existió la transición del México de las balas al México de las instituciones (máxima también cuestionable), el país que vivimos hoy día se estrictamente el de las balas, la violencia, los asesinatos de niños, las vejaciones y la impunidad. Un último dato que demuestra el grado de autoritarismo que existe en la actualidad. Hace algunos días fueron desalojados con violencia extrema, reprimidos es la palabra justa, unos veinte miembros del SME que estaban en un plantón en Cuernavaca. Como veinte es un grupo que puede atentar en contra de la democracia de un país, hacer una revolución con palos y piedras y enfrentar frontalmente al heroico Ejèrcito mexicano, la Policía Federal envió a seiscientos efectivos para romper el sitio de las instalaciones de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Seiscientos policías para quitar a veinte. La culpa de todo lo mencionado es estrictamente del Presidente de la República, un muchacho escapado de un cuento de los hermanos Grimm y que en unos días estará en la inauguración del Mundial al lado de un hombre que luchó toda su vida en contra de las atrocidades que Tontín ha motivado.

CAS

viernes, mayo 28, 2010

Le pain et le lait

Mi primo Xavier de la Vega y el buen Carim Azeddine presentarán su documental El pan y la leche en el festival Distrital de la ciudad de México. Para los interesados en los temas sobre la migración mexicana hacia Estados Unidos, van las fechas, horarios y salas de la exhibición:

2 de Junio - CCU Tlatelolco - 17:00 hrs
3 de Junio - Cinemark Pedregal - 19:00 hrs.
5 de Junio - Lumiere Reforma - 16:00 hrs.

CAS

viernes, mayo 07, 2010

Sólo un café

Le dio la chupada al cigarro y miró el cielo, como anhelando que la lluvia inexistente trabara las palabras. Adolorido la miró de nuevo y tiró la colilla con el índice. El aire era tenue y amable: el Gaby’s fue nuevamente testigo de silencios inconclusos. Ella puso la mano en el hombro de él y lo apretó un poco. Así, con la complacencia revelada en ese tendón desconcertado, ella musitó desviando la mirada: "Aprende a perdonarme".
CAS

martes, abril 20, 2010

Escribir

José Emilio Pacheco, en la entrevista que le hicieron en Madrid previa al recibimiento del premio Cervantes, dijo: "Escribo porque me ocurre algo y no pienso si eso cabe dentro de una definición". Más adelante agregó que le parecía legítimo recibir el premio sobre todo ahora que el pago por escribir casi ha desaparecido. En mis clases de redacción en la UNAM, les digo siempre a mis alumnos que eviten palabras vagas como "cosa" o "algo", verbos obtusos como "suceder" u "ocurrir" o calificativos vacíos como "interesante" o "lindo". Pero al leer las líneas de José Emilio, no cabe duda que sus palabras le atinan a cabalidad al sentido de la escritura. ¿Por qué se escribe? Porque algo nos pasa. ¿Qué es eso? Quién sabe, aunque la fibra sensible que genera la prestidigitación tenga un origen. Escribo porque me ocurre algo es hacerlo por saberse vivo; es entregarse a un palmo de papel blanco e iniciar una confesión inocua sobre el goce del olor a café o pasmarse con el rostro de una mujer bella; estremecerse con la imagen de dos hombres colgados en un puente de Cuernavaca o indignarse por la muerte de niños que, aunque el adjetivo sea una redundancia, son inocentes; también, por qué no, aceptar que ahí donde nos tocó vivir es un arma de doble filo, una cimitarra infiel que cambia su hoja afilada con destreza camaleónica. Por eso se escribe: porque existe un respeto absoluto por el llanto y la risa; el dolor y la fruición; el odio y el amor. Polaridades que se alojan en precipicios insomnes. Y no nos interesa que la conjugación imaginaria de un "yo ocurro" o un "yo sucedo" como antes se lo hacía como un "j' accuse", no exista en los cánones de las greguerías convencionales. Escribir es la labor inacabada de una mano perdida en Lepanto. Escribir balancea la temperatura del cuerpo; escribir es el barco a la deriva que ve la isla a lo lejos; escribir, como el futbol y otras tantas actividades que los humanos realizan porque su placer es infinito, es una forma artera de vida que enmascara la memoria. La sapiencia de su historia estará en las miles de palabras superpuestas que guardan las yemas de los dedos. Las huellas digitales, el tacto imperceptible y las palabras simultáneas.

CAS

martes, abril 13, 2010

Rothenberg

Quizás uno de los poetas estadounidenses más importantes de la actualidad sea Jerome Rothenberg. Su espectro sensible trasciende los limbos de su propia cultura y desanida el sentido único, unidireccional, de la poesía. En sus palabras confluyen mundos, voces invisibles, que le dan eco a su halo anglosajón. Hablamos, pues, de un poeta cultural, si la tautología es tolerable. De él ha dicho Eliot Weinberger: "Es un recluta que voluntariamente se ha enlistado para prolongar la vanguardia". Su canto embiste las bayonetas de mira chueca, los arcabuces humedecidos por la fragilidad de lo contencioso.

Conocí a Jerome Rothenberg hace como diez años. Había venido a México a dar algunas lecturas de su poesía más reciente. Después de una de esas veladas que deviene en tertulia de amigos, fuimos a tomar unos tragos. Al cabo de cinco martinis, y como la travesura perfecta de un viejo pícaro, deslizó por debajo de la mesa un folletito fotocopiado del tamaño de un boleto de cine. "Es mi última publicación", me dijo. "Es el último que me queda y no se lo quiero dar a ninguno de estos insoportables. Cabe destacar que los organizadores de la lectura, y que estaban ahí, eran de Letras libres. Durante años el folletito fotocopiado estuvo perdido en algún vericueto de antimateria de mi biblioteca; pero ahora, como las mudanzas sirven tanto para perder cosas como para recuperarlas, me he encontrado la minúscula publicación de Rothenberg.

Se trata del volumen The Leonard Project. 10+2 poems, poemas visuales que originalmente fueron presentados en formato de 18 por 24 pulgadas en la exposición A supper with Leonardo en Florencia. La muestra duró de septiembre de 1998 a enero de 1999. Rothenberg lo imprimió después en pequeña escala, sin fines de lucro y para regalárselo a los amigos a quienes pudiera interesarle. Yo fui uno de los afortunados y lo reproduzco a continuación.

I will create a fiction which shall express great things





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miércoles, abril 07, 2010

U turn

No hay piel humana que se mantenga sin cicatrices. Cuando parece que las llagas están por difuminarse, sucede que, por una evolución estrictamente divina, se recalcan sus sombras enardecidas y regresan a su morada epidérmica. Estigmas les dicen y se recrean como sangre encapsulada. A mí, sin embargo, las marcas divinas no me reaparecen en las manos o antebrazos como le sucede a la estirpe de Nuestro Señor. A mí, a diferencia de la visibilidad ecuánime de los estigmas cristianos, las marcas me salen en las lonjas y, aunque no son muy estéticas, adquieren una voluminosidad excelsa que un andrógino envidiaría. Quizás la cura venga de realizarme una liposucción y preparar jabones afrodisiacos con la grasa que salga de la cirugía; así podría tallarme in situ pero por fuera de la piel (la imagen no me convence porque la piel siempre está por fuera pero valga la licencia poética onda Xavi Villarrutis porque hace mucho calor). Como Nuestro Señor acaba de morir, y para evitar la lipo que haría de mí un chicharrón inolvidable, pretendí revivir el viacrucis con caídas y crucifixión incluidas. Bueno, con una diferencia de matiz: revivir el viacrucis tirándome en forma de cruz en el jardín y la alberca de mi casa de Cuernavaca. Pero más o menos seguí el ritual de la semana mayor: jueves santo de eucaristía con vodkas tónics y panecitos con queso de cabra y jamón serrano (tampoco hay que exagerar la nota); viernes de crucifixión tirado de cara al sol y dejando un pedazo de mi alma en un rincón de pasto seco (aunque hacía la cruz tirado en el jardín, he de decir que la sensación era de una verticalidad espigadísima); sábado de gloria acompañado por el inefable "¡agua, mi niño!" (aquí no sólo hay que compartir el pan y las pizcas sal, sino la sal misma en cantidades discrecionales, como las partidas secretas de Fecal); y el domingo de Pascua, estadio de resurrección, resucitación y posibilidad de checarse los estigmas. Como de medias vueltas está llena la vida de los hombres que jamás leerán a Og Mandino, mis estigmas no aparecieron a razón del sufrimiento por la semana santa sino por aquella extraña estupidez que he venido repitiendo rutinariamente los últimos años: me pasé el limón de las micheladas por la lonjas; éstas, a su vez y caprichosamente, fueron expuestas al sol en un momento nodal de la pasión y el cuerito se expandió como si los duendes epidérmicos estuvieran inflando un condón cubano. Por eso las semanas santas no sirven para emular a Jesucristo a la ligera (para eso existe gente preparadísima en Iztapalapa), sino para cuidarse de la languidez cutánea, la deshidratación del alma y de las voces del más allá que no hacen más que recordar que el dolor y las penurias existen independientemente de la voluntad propia.

CAS

jueves, marzo 11, 2010

Template

Es por todos sabido que no soy un hombre de muchos cambios. Viví, por ejemplo, 12 años en el mismo departamento y jamás cambié de lugar la cama (tengo un amigo que durante un mes movió ocho veces sus muebles porque estaba en desacuerdo en cómo se veían. Al final decidió dejarlos como al principio, se sentó en el sofá y se puso a pensar con alegría en sus viejos días de revolucionario doméstico). Tampoco, por insistir en la testarudez, cambio mucho mi forma de vestir (casi no compro ropa) ni busco nuevas rutas cuando tengo que ir al metro. Mi coche, por lo demás, es del año 97, y las posibilidades de comprar otro, más allá de ser practicante de una actividad de alto riesgo llamada inopia, tienen que ver más con que me gusta y corre bien (bueno, una vez estuve a punto en desperdigarme en más partes que una granada de fragmentación porque se rompió la dirección del volante. Pero Dios es grande y me pasó a diez por hora). Así, nunca me había puesto a pensar si era necesario modificar el diseño de este sitio: estaba tan acostumbrado al fondo amarillo orín que obvié considerar lo desagradable que era. Hoy día, después de que he acomodado mis libros por secciones, orden alfabético y constatar una vez más la ruindad humana por los volúmenes que me faltan, decidí que era hora de transformar un poco la imagen del blog. He aquí, pues, un lugarcito del ciberespacio más amable, ligero a las miradas inocentes, que ya no hará ver los textos como letras pasadas por yema de huevo. Porque no puedo permitirme perder mucho tiempo, escogí el modelo básico; asimismo, as usual, el texto predominará sobre la imagen (aquí hay que decir que, como no soy un tipo de muchos cambios, seguiré sin tener hi-fi, myspace, facebook, twitter o alguna de esas rusticidades que llenan mi correo de basura). Alea jacta est y dolce vita a la nueva plantilla.

CAS

lunes, marzo 01, 2010

Carlos Montemayor, el hombre congruencia

Los hombres justos siempre se van antes de tiempo. Los hombres justos apelan a la existencia de los otros, a su humanidad, a su figura auténtica en el mapa de bienaventura. Y las palabras de los hombres justos, como lo fugitivo, permanecerán hasta que la voz no exista. Conocí a Carlos Montemayor a mediados de los noventa. Yo colaboraba para una revista francesa sobre América Latina y los editores, extasiados por una rebelión indígena de enmascarados (no olvidemos que Montaigne, para escribir su ensayo "De los caníbales", no estuvo en América; a sus indios los vio en las pasarelas de las cortes francesas), me pidieron un artículo sobre el zapatismo. Carlos recién había publicado Chiapas: la rebelión indígena de México y naturalmente era una obligación entrevistarlo. El editor de Joaquín Mortiz me pasó su teléfono e hice una cita. Ese día Carlos me recibió amablemente en su casa. Si bien no recuerdo a profundidad la entrevista (la cinta debe de estar en algún hoyo negro de mi biblioteca) tengo presente la insistencia de Montemayor en el reconocimiento de los pueblos indios a partir del Convenio 169 de la OIT de 1989. No había vuelta de hoja: ahí, decía Carlos, estaba la clave para dejar de preguntarse chabacanamente quiénes eran indios y quiénes no. De ese primer encuentro saqué conclusiones encontradas: se trataba de un hombre extraordinariamente inteligente pero de un trato con las personas no precisamente afable. Cuando le conté a Juan Domingo Argüelles mi encuentro con él, simplemente me dijo: "No te preoucupes, Montemayor es como el Tomás Boy de la literatura".

El destino, sin embargo, hizo que tuviera la oportunidad de conocerlo y pudiera cambiar mi opinión inicial. Y aquí sí podré decir sin cortapisas: si algún maestro tuve, no en la escritura, no en la literatura, no en la vida mundana sino en las consideraciones intelectuales como una esfera global e ineludible de la que participan activamente todas las expresiones humanísticas, ése fue Carlos Montemayor. En 2000, él y Alí Chumacero me otorgaron la beca del Centro Mexicano de Escritores. Fue ahí donde, a lo largo de un año, pude conocer a sus anchas a ese hombre cabal y consecuente que ya no está con nosotros. Porque Montemayor si algo ostentó fue abanderar la congruencia como estandarte inexorable de vida mañana tras mañana. Todos lo miércoles del señor nos reuníamos en esa casita de la colonia Villa de Cortés a tallerear los avances del proyecto que habíamos presentado. El mío era un ensayo sobre Graham Greene en México. Después de los comentarios de los becarios sobre los textos presentados, hablaban Alí y Carlos. La dinámica era muy sencilla: era como la relación que existe entre el policía bueno y el malo. "Maestro Alí", le daba la palabra Carlos, quien se encargaba de moderar las sesiones. Mientras Alí hacía dos o tres comentarios sobre la redacción de los trabajos, siempre aderezados con confesiones vitales como decir "Juan Rulfo era mi empleado", Carlos hacía una lectura más acuciosa. Y nadie salía vivo. Su espíritu crítico abarcaba varios senderos y su mirada era implacable, contundente, lapidaria. No se detenía en la forma; iba mucho más allá y visualizaba los textos desde una perspectiva total. Y tampoco tenía pelos en la lengua: a una compañera la hizo llorar cuando le dijo "No sé por qué le dimos la beca".

Como cada dos meses los becarios y tutores íbamos a cenar a la fonda de Santo Domingo para, según esto, departir tranquilos alejados de los sablazos del taller. La primera vez que fuimos fue reveladora. Carlos saludó a los meseros por su nombre y, después de que habíamos ordenado los tequilas y whiskies, tomó una carta. Con ese don de mando que siempre tuvo, sugirió a manera de orden: "Yo creo que lo ideal es pedir varios platos para que comamos de todo". Naturalmente tampoco nos preguntó nuestra opinión sobre los platillos y ordenó cuatro o cinco para que fueran al centro de la mesa. Acto seguido, tomó un trago de su tequila, se secó las comisuras con la servilleta de tela y dijo Con permiso. Se paró y se le acercó al pianista a decirle alguna cosa. Dos minutos más tarde estaba cantando arias de ópera y canciones populares mexicanas. No era un virtuoso del canto pero lo hacía bastante bien. Naturalmente Alí, que también había sido su maestro, no lo dejaba de molestar: "Es un protagonista. Hablemos de toros". Carlos regresaba a la mesa y después de los Felicidades, Maestro, muy bien, nos preguntaba sobre nosotros. Una nueva cualidad: le interesaba mucho saber qué pasaba con los jóvenes. Un día, durante esas veladas en la Hostería, vio que me tomaba el tequila de un trago. "¿Por qué hace eso, Carlos?", me preguntó. "Porque el primer shot de tequila debe ser de un jalón, Maestro", contesté. Después de unos segundos de observarme como quien seguramente observa a un imberbe mozalbete que no sabe nada sobre la vida, agregó: "Qué raro es usted, tocayo". Con el tiempo, cuando se abandonan las redes de la estulticia, se sacan las conclusiones pertinentes: sólo los springbreakers se beben el tequila de un trago.

Es muy probable que si algo envidiaban mis amigos fue mi relación con Montemayor: no había uno solo que no lo admirara. "Lo puedo invitar a cenar", les dije un día. Le pregunté a Carlos que le parecía y me dijo que estaría muy bien, que le pusiéramos fecha. Y le hicimos la cena. Y vino con ídem. Y todos los amigos tuvieron algo que preguntarle. Y él respondió a todo, generoso. Así era Carlos: tenía una extraña manera de relacionarse con los demás, pero una vez que se le hallaba el modo era bondadoso, cordial y, sobre todo, conocedor de un sinnúmero de temas. Sabio, pues. Ese día le dije que Xóchitl Gálvez había estado a punto de ir a la cena y, en un acto de sinceridad, espetó: "Qué bueno que no vino, tocayo: se habría convertido usted en mi peor enemigo". Montemayor, Hombre congruencia, Hombre coherencia.
Son pocas las muertes, fuera de la familia, que me han cimbrado tanto. El problema es que con el fallecimiento de Carlos Montemayor no sólo perdimos a un gran amigo; también al intelectual más importante que tenía este país. En una ocasión le preguntaron a Octavio Paz cuál era el papel del intelectual en una sociedad. Paz, riguroso y sin pensarlo, respondió: "El papel del intelectual es de denuncia". Carlos Montemayor escribió libros nodales de la literatura mexicana, pero fue ante todo un visionario que combatió activamente las injusticias que ocurren cotidianamente en México: un hombre que iluminó esos rincones del ostracismo adonde los simples mortales llegan sólo cuando están muertos. La mirada oblicua, la mirada sana, la mirada íntegra. Ciao, Maestro, ya nos tomaremos un tequilita, a sorbos pausados y prudentes, como deben ser el canto y la reflexión.

CAS

martes, febrero 16, 2010

Balas y gestos

México, que en numerosas ocasiones hemos dicho es un país en forma de cuerno, subsiste a las vicisitudes cotidianas por un error de cálculo. Cuando a un conocido idiota se le ocurrió narrar el cuento del mundo, tuvo a bien indicar que habría una parcela del territorio narrativo que estaría destinada a ser como la Atlántida: hundida en las profundidades de algún oceano maligno. El error de cálculo fue que no lo hizo con el cuerno sino con Haití. Como el agua escasea en el mundo no se lo pudo hundir: bastó un movimiento leve, aunque esquizofrénico, de uno de los cordeles más lánguidos del titiritero. Y la tierra se movió a sus anchas. Esa secuencia incorrecta de paralaje fue intuida, sin embargo, por uno de los filosófos y escritores mexicanos más reputados: don José Vasconcelos. El antes mencionado personaje no sólo acuñó el lema de la UNAM ("por mi raza hablará el espíritu"), le regalaron un arma (revólver negro calibre 38) con la que a la postre su amante, María Antonieta Rivas Mercado, se pegó un tiro en la catedral de Notre Dame, y editó una gran colección de clásicos literarios cuando era Secretario de Educación; también escribió un libro intitulado La raza cómica. En él, con profunda destreza, aseguraba que el origen de América era la Atlántida, "la civilización misteriosa de los hombres rojos". Así, pues, el espíritu de los mexicanos hablaría por la raza atlántica (seguramente algún acucioso observador habrá notado que Fidel Herrera tiene escamas). Por último, en los primeros años de la Gran Guerra, don José dirigió la revista Timón, publicación que tuvo sólo 16 números por su filiación abiertamente pronazi. El gobierno mexicano la censuró.

Ese gobierno mexicano, que en otras tantas ocasiones ha censurado expresiones menos inicuas que las opiniones de un libre pensador, no censuró o prohibió o evitó, por ejemplo, que un secretario de Gobernación muriera en un avionazo a tres cuadras del Periférico. Pero como es el país del Cuerno, la historia se repite: herederos legítimos de las glorias de Pasifae, los mexicanos somos Minos guadalupanos. Pues bien: el administrador del cuerno (que le roba su vestimenta a ese muchacho llamado Tontín, amigo de Blanca Nieves) tiene un nuevo secretario de Gobernación, individuo que en sus años mozos fue el doble de las escenas peligrosas de Pedro "El Malo" (sobre todo en esos pasajes en los que le iba como en feria gracias a la astucia de Mouse). Entre los dos han concluido que el país necesita, para que su escenificación sea digna del Globe Theatre, dos elementos nodales para subsistir: los gestos y las balas. Cuando don Plutarco Elías Calles, en su famoso discurso de la creación del PNR en 1929, dijo que el país había pasado del México de las balas al México de las instituciones, inauguró lo que a la luz de los hechos, el tiempo y otras triquiñuelas de la historiografía tradicional, se conoce como eufemismos a la mexicana (don Plutarco, conocedor bien de su ascendencia, mantuvo durante varios años una Vida paralela llamada Maximato). Las balas siguieron tras las bambalinas de la institución y la imagen y situación del país quedaron enmascaradas en un nuevo eufemismo que se llamó "Milagro mexicano" (quizás, no obstante, el mayor pistolero incógnito, continuador de la saga de hermanos incómodos iniciada por Eufemio Zapata y Gustavo A. Madero, haya sido el célebre Maximino Ávila Camacho).

A la fecha, Tontín II and Big Bad Pete han llevado la misma estrategia de siempre pero con una diferencia de matiz: ahora las balas matan a la gente en las plazas públicas y su pirotecnia es transmitida por la televisión en vivo; los gestos ("renuncio al PAN") son parte de un show mediático exornado por la muchas veces citada religión porsmoderna: el cinismo. Mirad: os narraré un caso puntual. En diciembre pasado en Cuernavaca hubo un "operativo exitoso" en el que se acribilló a uno de los narcotraficantes más buscados del país. El presidente, que estaba en Europa, se mofó del éxito del numerito y felicitó a los marinos que participaron en la masacre. A la vez, lamentó la muerte de uno de ellos en el tiroteo y mencionó su nombre completo. Al día siguiente, la familia del marino malogrado fue masacrada por las huestes del capo caído en combate. El presidente no lo dijo pero para sus adentros sabía que era un "collateral damage" (como el de esa mujer que, días antes en otro operativo, había sido asesinada como por quinientos impactos de arma de alto poder). El gobierno mexicano, en lo sucesivo, fue felicitado por muchos países por su férrea y enérgica lucha contra el narcotráfico.

Pasemos a la lectura de los hechos. El presidente dice, naturalmente, que fue un operativo exitoso (Calderón es un muchacho que creció viendo películas de Hollywood y siempre quiso que en México hubiera un secuencia peligrosa en la que las fuerzas armadas bajaran a rapel en un edificio. El presidente, también, es muy amigo de Bruce Willis, a quien le retencanta destruir edificios inteligentes, ah, pero hacerlo descalzo, si no, no). También se jacta de que fue el mayor golpe de su gobierno a los cárteles malignos. Veamos: ¿quién en su sano juicio puede pensar que el operativo funcionó a cabalidad cuando mataron a los delincuentes? Los mataron cuando estaban en un pinche departamento, sí, de súperlujo, pero -así como hipótesis de trabajo- en el que algún momento se les acabarían las balas (amén de que hay gases para dormir a la gente momentáneamente, no el sueño eterno, ínclito lector). Además, quien se encargó de la toma de los Altitude fue la marina (nuevo eufemismo que me hace pensar a los marineros como los hombres pájaro de Flash Gordon o como protagonistas de una nueva versión de las Pirañas voladoras). El ejército, por estar metido hasta el pescuezo en el crimen organizado, fue relegado. De hecho se rumora que el comandante a cargo de la División militar de Cuernavaca iba a comer, el día del enfrentamiento, con el mal habido Beltrán Leyva pero le avisaron que no fuera horas antes del asalto. Por ello, en resumidas cuentas, se trata de una guerra frontal con todas sus credenciales: en la guerra se mata al enemigo; en un estado de derecho, se le detiene, se le juzga y, quizás, se le encarcela. Por eso las reglas del narco, ante la inexistencia de un estado de derecho y en el entendido de que el gobierno actúa igual, no deberían ser tan escandalosas.

Después de eso Cuernavaca fue militarizada. Se instalaron retenes con soldados enmascarados que empezaron a detener a la población para buscar un posible arsenal de AK-47 en las guanteras (¿Militares enmascarados? ¿No se quejaba de esto el gobierno federal cuando los zapatistas se levantaron en armas? Den la cara, decían. Ahora solamente no sabemos quiénes nos paran: si no lo hacemos, corremos el riego de competir con el queso gruyere más grande el mundo. Los gestos que, en lo sucesivo, se vislumbraron en mi ciudad natal fueron implacables. En las dos entradas principales a Cuernavaca hay sendas glorietas con las estatuas de la Paloma de la Paz y de Emiliano Zapata. Como había que defender la ciudad, el ejército, fiel al designio de la primera estrofa de himno nacional, colocó sendos tanques en las glorietas. Pero como hubiera sido muy agresivo apuntar hacia los recién llegados por las carreteras, ubicaron los cañones con dirección al cielo. Como detalle curioso hay que decir que la dirección de los cañones pasaba, en ambas glorietas, por descabezar al Zapata y desplumar a la Paloma de la paz. Los tanques (¡Viva México, chingao!) le apuntaban a las estatuas.

Quizás el simbolismo de los dos gestos esté de más radiografiarlo, pero fue un hecho que cualquiera que pasara por ahí hubiera podido interpretar: ni Zapata ni paz. Pero qué nos extraña, si así han sido los últimos cuatros años. Y se nos anunció desde el principio: el traje que Calderón le robó a Tontín fue una chaqueta y un quepí militares (también, a diferencia de la fábula, se sabía que el rey iría desnudo antes de ponerse su traje invisible). Un nuevo gesto que nadie pasó por alto. La frase que a la fecha se ha visto como colofón a esta historia trágica, fueron las palabras de la semana pasada del presidente: "La sociedad tiene que ayudarnos en la lucha contra la delincuencia". La sugerencia gubernamental es que cada mexicano salga a las calle con un arma y sin ningún gesto fundamentado en un marco legal, balée al delincuente, que es el vecino, porque los miró feo. Así es el México de hoy día; no es el de las instituciones sino el de las balas y gestos, una comarca de incertidumbre en la que no se sabe con quién está el enmascarado, pues como en las películas de policías y ladrones, se desconoce su verdadero rostro. Habría que releer a Rodolfo Usigli y su Gesticulador, darle una connotación nueva, más audaz, y renombrarlo, sin más, El gesticulador premoderno y los nuevos señores de la Atlántida.

CAS

viernes, febrero 12, 2010

Del Valle notes

Hace casi ocho años empecé con el sitio Del Valle notes. El subtítulo del blog sugería, en mayor o menor medida, lo que hasta hoy ha sido este espacio cibernético: "Algunas notas desde la colonia Del Valle de la ciudad de México". Naturalmente los textos eran escritos desde un penthouse de la colonia en cuestión, dónde se veían, en días claros, los volcanes del oriente (en realidad, todo mundo lo sabe, eran dos pinches cuartos de azotea, pero también, everybody knows, se estaba más cerca de Dios). Se trataba también de un recinto que mi amigo Juan me había adaptado ex profeso, ergo, la única historia de sus paredes hasta ahora fue la que adoquinó mi cotidianidad durante 12 años. Así, la vida de ese deptito atestiguó, en la voluptuosidad de sus muros, pláticas incansables, miles de botellas vacías bebidas en su mesa de madera, bailes licenciosos en esa parcelita que era a la vez cocina, hall y biblioteca e historias lascivas escritas en cada rinconzuelo, en cada orificio piadoso de su epidermis. Ahora, después de más de una década, he abandonado ese recinto mágico y he movido mis ronquidos a un lugar más amplio que me permitirá ver mis libros sin padecer el amontonamiento, las filas dobles, o la necedad de intercalar volúmenes decimonónicos entre botellas de absinth; también, podré cocinar a mis anchas sin ahumar los sillones de salsa pomodoro y no guardaré la pimienta -que mis amigos siempre me roban- en el lugar de los vasos whiskeros; por último, me hará valorar el presente (valoración que pasa por poner un tubo de table dance en la sala) viendo los atardeceres del poniente en un flamante sillón rojo que siempre quise tener. Por eso este blog se mantiene, pues sigo en la Del Valle, ya no desde el atalaya pero sí desde un ventanal que Voldemort y Potter envidiarían para batirse en un duelo de varitas mágicas. También aquí, donde ahora me toca vivir, veré todas las veces que Dios descienda y toque con su palma afable a los nuevos bienaventurados que habitarán un penthouse del Eje 6, un templo que jamás dejará de oler a palabras beatíficas, cebada amaderada y sexo incandescente.

CAS

martes, diciembre 15, 2009

La espina y el óbito

Mi papá era cantante de ópera y murió a los 58 años de un infarto. En sus buenas épocas, digamos entre los veinte y 45, llegó a pesar 170 kilos. Por el obesidad le fue muy difícil interpretar óperas completas. Sólo hizo una, Tosca de Puccini, y la representó como 15 veces. Pero ésa es otra historia, secundaria se diría cuando hay que hablar de las cosas que vienen a cuento. Entonces era gordo, muy gordo, una cualidad que socialmente le endilgaba la etiqueta de outsider. Durante muchos años mi papá vivió con un estigma que prefiguró sus mañanas: un médico le había dicho que con ese sobrepeso no pasaría los treinta años. Al cumplir 31, un peso se le quitó del exceso y siguió su vida normal. Tuvo hijos de bien, trabajó día a día por su comunidad y fue un hombre que supo amar y ser amado. El día de su muerte fue vibrante observar a cientos de personas llorar en el velorio. Porque mi papá si algo tuvo fue buscar siempre el bien común, empezando por los suyos.
Pero no todo fue miel sobre hojuelas cuando traspasó ese deadline con el que había vivido por culpa de un médico inepto: sus padres también murieron prematuramente. Un día, mi Ava, mi abuela, salió a comprar cigarros a la tienda. Tenía un resfriado incipiente y afuera se caía el cielo por un aguacero soberbio. Jamás volvería a pasar nicotina por sus pulmones: antes de llegar al abastecimiento se desplomó sobre una banqueta de la calle Manizales; tres horas después moría de pulmonía en un hospital de la colonia Lindavista de la ciudad de México. Tenía 47 años. El golpe fue duro para todos (yo tenía tres años y apenas lo recuerdo), en particular para mi papá: un nuevo umbral fatal se le había impuesto aleatoriamente en el camino que tendría que recorrer. Y era el referente de la madre pero también el halo de su familia materna: por alguna razón misteriosa y en distintas circunstancias, la mayoría de hermanos, primos, tíos de esa parcela genealógica había muerto antes de los cuarenta años. Mi abuela había sido la excepción. Durante mucho tiempo mi papá creyó que no pasaría la barrera de los 47 (los destinos, por suerte, siempre le juegan tretas insondables a las creencias).
Tres años más tarde su padre, mi abuelo, había ido al cine Futurama con su nueva y joven novia (como treinta años menor que él). En la taquilla sufrió un infarto fulminante y murió en brazos de la chamaca pero no soltó los boletos para ver Tiburón. Tenía 58 años. Había un nuevo límite que aparecía como horizonte invisible para mi padre, una edad que sólo pasaría por un mes para, como quien se sabe ya cumplidor de una labor beatífica, morir tranquilo. El 18 de enero de 2001 mi papá cumplíó 58 años; el 6 de febrero del mismo año, a las 11 de la noche, su corazón dejaba de latir en un hospital del ISSSTE. Por la mañana lo había llevado al hospital en ambulancia. Al llegar a la clínica, su presión cardiaca era cero. Nadie sabe cómo sobrevivió hasta la noche. Pero lo importante fue que por lo menos había llegado a 58. Antes de eso, en sus últimas navidades y durante una reunión con los amigos, se habló de los deseos para el siguiente año. En general los anhelos fluctuaron entre ganar dinero y bajar de peso. Cuando le llegó el turno a mi papá, su petición fue sencilla pero implacable: "Que mis hijos logren realizar sus deseos en la vida". La frase tomó por sorpresa a los convidados, que no veían un horizonte más amplio que la tortita de camarón. ¿Qué había, sin embargo, en esa aspiración: un augurio, un vaticinio, una intuición? Jamás lo sabremos.

Tengo 37 años y muchas veces me han dicho que moriré joven (tengo sobrepeso, soy hipertenso, tengo hígado graso y algunas otras curiosidades como ser prediabético o ser dignatario de una enfermedad incurable llamada psoriasis). Cada vez que me lo vaticinan, una incandescencia turbia se apodera de mis mejillas y se traslada lentamente al estómago como si fuera un vaso de loción amarga. También me han dicho que me abandonarán antes de verme morir (no soportaría verte agonizar, suelen decir). Y naturalmente también hay dolor. Pero nunca será esa daga ígnea que fustigó a mi papá hasta que él dejó de respirar. En realidad me duele por lo que él sufrió: pensando que moriría antes de tiempo y no vería a sus hijos crecer. Lo hizo pero nunca sin dolor. Y no se vale. Fue la espina y el óbito de las mañanas frías. A final de cuentas, jóvenes, viejos, niños, y con la frase de Héctor a Andrómaca en los míos labios, todos nos vamos a morir cuando nos vayamos a morir.
CAS

miércoles, diciembre 09, 2009

Sweet december II

Estoy calificando los trabajos de mis alumnos. Imparto una clase en la UNAM llamada Historia de la Cultura en España y América Latina. Desconozco si la seguiré dando el siguiente semestre pero por lo menos he de decir que suelo divertirme horrores con mis alumnos. Su sino es trágiquísimo: no sólo tienen un maestro despiadado (ya alguien me ha llamado el Gigante egoísta) sino que es el único grupo que toma clase en la H. Facultad de Filosofía y Letras los viernes de 6 a 9 de la noche (ahí sí: quedarse en casa viendo un partido de los Tecos es menos patético). No sé a ciencia cierta cuáles sean los comentarios sobre mi persona, yo, hombre íntegro, de una pieza (porque los hay de varias, como Agustín Carstens, que tiene la mitad de su bondadosa masa en México y la otra en la Islas Caimán) pero en los pasillos de la Facultad se rumora que soy un perro de presa, lo cual, está mal que un servidor lo diga, es una falacia vulgarísima: me vendría mejor "un desollador mal habido". La dinámica de la clase, no obstante, es muy sencilla: ellos leen, discutimos los temas propuestos para cada sesión, si no leen naturalmente no tienen por qué asistir, si no tienen la asistencia necesaria reprueban y si no hacen el trabajo final también. Simple y llano. Bien. El trabajo final es sobre alguno de los temas trabajados durante el curso, el que sea o el que Dios grande les haya dictado avant la lettre (es obvio que los que no han sido iluminados suelen tener más problemas. Son ellos a los que suelo decirles "ilústrense un poco, queridos estudiantes"). Se trata de un ensayo de cinco cuartillas, no dos ni tres, ni veinte ni cuarenta: cinco, como los dedos que tiene una mano, aunque aquel insigne luchador llamado el Mocho Cota se hubiera indignado. So, give me five, please. Y una de bibliografía. Y ya. La razón por la que insisto en la magnitud del trabajo es porque, a diferencia de muchos maestros de la Facultad que tienen algo llamado Gato de Cheshire o que simplemente otorgan calificaciones por el peso del trabajo en la báscula, yo los leo. No es momento de ponernos a lamentarnos por mi épica estulticia al hacerlo rutinariamente, pero lo hago. Entonces sólo cinco cuartillas (quizás soy reiterativo pero la historia reciente me ha orillado a la insistencia, por lo tanto, de nuevo: "cinco hojas, por favor; no más, no menos"). Estoy corrigiendo los trabajos y ya me he encontrado uno de siete y uno de ocho. La pregunta es: ¿cuál es el sentido de la evolución humana? Es muy probable que aparte de ser considerado un pedestre profesor que mastica alumnos, me halle más cerca de un Australopithecus que de un homo sápiens cómun y corriente. Pero de ahí a no poder comunicar una aritmética básica que hasta un mandril congoleño entendería, es una gran distancia. En las horas inmediatas sucederán dos cosas: me asumiré de nuevo como un primate desgarbado onda el maestro Kong y suavizaré las escalas entre uno y ocho (los dieces son más bien un sueño guajiro de Tomás Moro) o que me digan que le van al Cruz Azul y nos quitamos de problemas.

CAS

lunes, noviembre 16, 2009

Hígado graso

Hay seis imágenes en el ultrasonido. Están el pancreas, los riñones, la vesícula biliar, la vena porta y el hígado. Se resiste su belicosidad fotográfica porque, es sabido, son órganos necesarios para llevar una vida apacible. En realidad son tomas de película de terror (a nadie le haría gracia pensar en su alien adentro, aunque sea ese pequeño priista que todo mexicano carga en sus entrañas). A simple vista los datos del ultrasonido no muestran diferencias entre las proyecciones; pero por una segunda mirada, más acuciosa y naturalmente copiada del entrecejo de Hugh Laurie, se pretende sacar conclusiones avezadas. Esta última intención es una soberana pavada, pues no somos médicos y necesitamos la sapiencia de un especialista (no hay que olvidar que Dr. House, como Superratón, no existe). Entonces se pasa a leer con cuidado el diagnóstico inicial del encargado del laboratorio. Los resultados del Ultrasonido Hepatobiliar son los siguientes:

-Hepatopatía difusa, sugestiva de esteatosis

-Riñones con proceso inflamatorio

-Abundante gas en la cavidad abdominal, sugestivo de patología intestinal

-Vesícula biliar y vías biliares sonográficamente normales

En este momento Sigourney Weaver ha sido asesinada prematuramente y el alien ha tomado el control de la película, ese vientre entumecido, esa escalopa sanguínea que mantiene el trote cansino a capa y espada. Lancelot hepático. La religión del agave ha sufrido su primera baja. La siguiente semana cumplo 37 años y tengo algo llamado hígado graso. Para evitar adquirir el amarillo dantesco de los Simpsons, he iniciado la lucha contra el Ángel, también llamado, como Dios, gusano de maguey.

CAS

lunes, noviembre 02, 2009

Todo a pulmón



Así es, pequeña D, la vida a veces oscila entre un curado de apio y otro de piñón. Salú por esa viscosidad gloriosa.
CAS

martes, octubre 27, 2009

El agricultor
Entre sus múltiples ocupaciones, Jacinto Modesto tenía la de olvidar su historia reciente. Para ello, con precisión matemática, había diseñado un sistema en el que el sueño constituía un componente capital: cuando el sol estaba por ocultarse, Jacinto aromatizaba su casa con efusiones de epazote hervido y se recostaba en su cama de madera; después, con la naturalidad alcanzada tras años de práctica, jugaba a soñar. Pero no era un sueño en el que controlara por completo los hilos de la ficción; se trataba, por el contrario, de una estrategia disuasiva que pretendía confundir al verdadero sueño de su inconsciente. Jacinto le llamaba error americano, pues consideraba su sistema como un juego de béisbol. Esa mínima expresión lúdica que incorporaba al mecanismo onírico era su bateador designado. El procedimiento nocturno (entre otras minucias distinguido por el brote simultáneo de dos Jacintos) hacía que, por una reacción estrictamente química, al siguiente día no recordara lo ocurrido antes de esa mañana. Para evitar la desaparición definitiva de su historia previa, enfrente de su cama tenía una pizarra en la que escuetamente había escrito detalles sobre su vida que le permitieran sobrevivir el trajín cotidiano. El texto empezaba: "Te llamas Jacinto Modesto. Eres agricultor y tienes propensión al epazote". Más adelante estaba escrita una breve descripción sobre sus múltiples ocupaciones y un matiz particular en cierta técnica para poder olvidar. Al final se leía: "La noche te absolverá". Jacinto Modesto fue feliz durante muchos años. Pero una mañana fresca, de cúmulos empenachados por un gris violento, Jacinto amaneció ciego. Intentó pararse y tuvo la misma sensación de un bebé cuando sale del útero materno. Lo detuvo un miedo encanecido y se desplomó sobre el camastro: quedó inmóvil el resto del día. En la noche, ante el inminente desamparo de la respiración, tuvo el único destello que lo vinculó con su pasado: recordó el olor del epazote. Sonrió, y con la justeza unánime de una corte de notables, Jacinto Modesto cerró los ojos.

CAS

domingo, octubre 11, 2009

Cinismo, la religión intocable

"Una cadena vale lo que su eslabón más débil", decía Lenin (una de las pocas frases célebres de don Vladimir). Felipe Calderón está hablando sobre el golpe a la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Todavía no acaba su mensaje y es la mayor muestra de cinismo que he escuchado desde hace como 35 años (tengo 36). Para el presidente las verdaderas causas del catarrito (acordémonos que fue una tosecita carstensiana, que en buen español se llama tsunami financiero en un corno tropical) es Luz y Fuerza (perdón pero los locutores de noticias son analfabetas; acabo de escuchar a uno que se refirió a la quiebra de la empresa paraestatal como "decreto expropiatorio"). También, el antes mencionado personaje, que suele robarle las prendas de vestir a Tontín de Blanca Nieves, dijo que no era una empresa rentable, que no producía lo necesario para mantenerse (como Microsoft) y que recibía un subsidio mayor al de la UNAM. Me parece muy bien pero es un disparate. En efecto: el gobierno subsidiaba una empresa que le pertenecía, para lo cual aportaba una cantidad determinada al consumo de cada contrato, esto es, existía un subvención estatal a la energía eléctrica. Que no fuera una empresa rentable tenía que ver con las tomas piratas como diablitos, desperdicio de energía (a mayor gasto mayor subsidio) y de repente por ineficiencia, cualidad extensiva a la burocracia en general. Lo curioso fue que no hubo una inversión considerable que mitigara esos vicios.
Vamos a ver: es obligación del Estado -está en la Constitución- asignarle un subsidio a la energía eléctrica en el entendido de que los precios de la misma son altísimos; por eso vivimos en una república federal y existen recursos de otros ámbitos para ser destinados a los servicios públicos que así lo requieran, como el metro del DF. En ese sentido es una nueva tontería argumentar que se trata del doble del presupuesto de la UNAM (dinero que no es una dádiva para la Universidad; es una obligación del Gobierno dárselo. Nueva actitud cínica: los conspicuos panistas pretenden reducirle la partida presupuestaria a la Universidad). Entre mañosos te veas (¿y cuánto es por el rescate carretero o por las exenciones fiscales de los grandes contribuyentes?). Además el argumento final de Felipe, que naturalmente se caracteriza por su cinismo implacabalísimo, es que de seguir subsidiando Luz y Fuerza ¡se tendrían que aumentar los impuestos! ¡NO MAMEMOS, PINCHE GÜEY DESVERGONZADO, DESVENTURADO Y DESVERGADO! Perdón por mi exceso de sutileza pero es inconcebible. Pero ahí no termina la cosa: al declararse en quiebra, que sería la figura jurídica adecuada (nueva desfachatez), el gobierno ofrece liquidar conforme a la ley a los trabajadores. Está muy bien, salvo por un detalle: ¿cuando se les acabe la liquidación de qué van a vivir 66 mil trabajadores y sus familias? Más allá de eso: no crearán antigüedad, por tanto el Estado no pagará sus jubilaciones, y tampoco se les darán prestaciones constitucionales; también se desarticulará uno de los sindicatos más fuertes que hay en el país. Cualquier parecido con ley del ISSSTE, afores, Fobaproa no es coincidencia (al respecto, recuerdo que cuando el Fobaproa se hizo deuda pública, Guillermo Ortiz, secretario de Hacienda y mejor conocido como Roban, dijo "el Fobaproa no lo pagará el pueblo, lo pagaran los contribuyentes". Menos mal). La cereza en el pastel fue cuando Tontín conminó a los trabajadores recién despedidos a que regresaran a trabajar en la CFE para aportar sus conocimientos en la materia; por último, que si querían laborar como pequeños empresarios en la distribución y venta de energía eléctrica también lo podrían hacer.
En fin, todo esto sucedió el mismo día en que una selección de futbol vestida de verde calificó al Mundial de Futbol, un bunch de desarrapados decía "Viva México" en el Ángel de la Independencia y un pelotón de mil efectivos de la Policía Federal tomaba las instalaciones de un lugar que daba de sesenta mil fuentes de trabajo. Pero como los miembros de gabinete son estultos de época, piensan que los ciudadanos creerán que el rey va vestido con un traje de piedras preciosas: se habla de Luz y Fuerza como una empresa ajena a ellos o que era un sindicato plagado de privilegios (aunque la indemnización ofrecida sea excesivamente privilegiada); pero no se señala que, al ser el gobierno el prestador del servicio de energía eléctrica, éste no mejorará si no hay una inversión adecuada para que la estructura cambie (a menos de que Felipe ya haya firmado en lo oscurito un contrato con el mago de Oz, el Genio de la lámpara o, de perdis, Harry Potter). Una cadena vale lo que su eslabón más débil, decía Lenin. Con la extinción abrupta de Luz y Fuerza se corta por lo más delgado. Y la cadena ya está rota.

CAS

martes, octubre 06, 2009

Instantáneas del Defe VI

-¡Súbale, súbale! Directito al metro Nativitas. Sin asaltos, sin tráfico, sin choques! ¡Súbale, súbale!

Después de que ha entrado el pasaje, el chalán del chofer sube una pierna y permanece por algunas cuadras con medio cuerpo fuera del pesero. Tras subir a nuevos pasajeros, dice “ya estuvo” y se acomoda con diligencia enfrente del conductor. Una vez hallado el lugar ideal, comienza a abrir y cerrar las piernas como puertas cabalísticas que invitan a alguna evolución pecaminosa. Adquiere su mayor distinción por la paleta tutsi pop que no se saca de la boca.

–No mames, güey –no hay duda: la paleta semeja un testículo en el cachete–. Tuvo, ca’on.

–¿Sí?

–Sí, no mames, güey –dijo con seguridad implacabilísima–. Pero la culpa la tuvo el Mai.

–¿Qué hizo el güey?

–Pinche culero, sus pinches mamadas de siempre.

–Sí, ya me imagino.

–Y pues le dije que no mamara, que le parara a su pinche nave porque si no a puro pan y verga me lo iba a tener.

–Pos sí, pinche puto.

–Y parece que se alivianó; pero que no mame, güey, si nomás me tiré una vez a su pinche vieja.

–A güevo, pinche pasado de verga.

–¡No mames, güey: ahí viene. Clávate ahorita, güey, en chinga. No lo dejes pasar.

La bola en las mejillas y su oscilación inquebrantable desapareció en el rostro del hombre de la esquina; una vez que estuvo en igualdad de circunstancias, como por un resorte fue expulsado de nuevo hacía fuera del microbús.

–No mames, la neta le faltan güevos a ese güey. ¡Súbale, súbale! Directito el metro Nativitas. Sin asaltos, sin tráfico, sin choq...
CAS

viernes, septiembre 18, 2009

Chilango bad boys

Era cumpleaños de Groucho y, como buen sonorense afincado en el Defe, sabía que el único lugar donde podía degustar una correcta nalga de vaca de un kilo era un restaurante con carne de Sonora. Y fue la única costumbre que mantuvo de su estado natal (todo mundo sabe que cualquier lugar pasando el Toreo de Cuatro Caminos es Alaska), pues las bermudas las abandonó cuando una novia de la Universidad del Claustro de Sor Juana abrió su guardarropa y descubrió que sólo había bermudas, tenis y un pantalón roto. Ah, y gorras de beisbol. La susodicha salió en puntas de pie del vestidor, al día siguiente cambió todas las clases que tomaba con él y cuando lo veía cerca enviaba a un grupo de matones de a la vuelta del Claustro para que lo mantuvieran alejado. Años más tarde los desaguisados siguieron. Su mayor dolor, confesado en una larga sesión de bacanoras dobles, fue cuando un empleado de Office Max, que le llevaba un escritorio recién comprado, se cayó por la escalera de caracol de su casa. El resultado fue devastador: el escritorio pasó por encima del cargador y tiró un librero que estaba al lado de la escalera. Hasta aquí Groucho sólo hubiera corrido a patadas al chalán sin darle propina. Pero las consecuencias siguieron: el librero, con toda su colección de malas traducciones de Anagrama, se había desplomado en cámara lenta sobre las sillas Gehry de cartón corrugado que le habían mandado unas semanas atrás y por las que había pagado una millonada. Groucho agarró en vilo al muchacho sin percatarse de si estaba fracturado o algo, lo sacó de su casa y lo estrelló contra el parabrisas más cercano. Acto seguido, habló a Office Max para decirles que iniciaría una demanda en su contra. El litigio continua y Groucho insiste en que tiene buenas posibilidades de ganar. Pero antes de eso era su cumpleaños y había ido a festejarlo con su hermano, F, y con su novia del momento, M.

Después del atracón carnívoro, seis tintorros y un pomo de bourbon canadiense, lo digno era seguirla en casa de Groucho en la Del Valle.

–Estamos muy borrachos –le dijo Groucho a su hermano–. Deja el coche aquí y mañana pasamos por él. Al cabo estamos a cinco cuadras.

–No mames, güey –contestó F con la sapiencia del beodo que sabe lo que dice–. Si estoy bien. Puedo manejar sin pedos. O no, ¿M?

–Yo creo que sí, amor –asintió M, pasándole la mano por la cintura–. Deja que maneje, no pasa nada.

Groucho concedió mientras observaba que los valets parking sonreían siniestramente alzando los hombros.

Avanzaron un par de cuadras con la bien conocida destreza de un borracho al volante: en zig-zags, pasándose los altos y rechinando los rines contra la banqueta. Entonces ahí, sobre División de Norte, a un par de cuadras de la casa, un automovilista despistado que iba en el carril central recordó que tenía que doblar a la izquierda e hizo la maniobra defeña por antonomasia: se le metió a F en su carril sin poner la direccional o algún aviso civilizado. F, también sonorense, que almuerza todos los fines de semana en el Rosita de la Portales y que cuando se case antes de jardín y alberca tendrá un corral para su caballo aunque sea en un departamento, dijo ni madres y aceleró: el coche compacto de aquel que había osado invadir un carril ajeno quedó en forma de escuadra. Al Montecarlo 1981 de F ni siquiera le tembló el quemacocos. Lo que ocurrió después forma ya parte del adoquinado ominoso de una colonia panista de la ciudad de México.

M dijo Vámonos, que la culpa la tuvo ese güey, y Groucho, No mamen, espérense, que tal si está muerto, No lo está, dijo F, mira nomás, sólo tiene unas gotitas de sangre en la ceja y puede mover el brazo. Yo digo que nos pelemos, pinche pendejo, Sí, vámonos. Además ya estamos bien cerca de la casa y nadie vio nada, Órale, pues, pero en chinga, no vaya ser que llegue la patrulla y nos apañe a todos. Acuérdense que estamos bien pedos. Ándale, güey, por allá antes de que… “El Montecarlo blanco oríllese. No puede irse. Oríllese”.

En la confusión del choque ninguno notó a la patrulla de enfrente que había sido testiga del accidente. “Oríllese, no queremos utilizar la fuerza”. Se miraron temerosos sin decir una palabra. Acto seguido, F comprobó que dentro de un coche la democracia es una perfecta utopía y que existen jerarquías mundanas: manda quien tenga el volante. El Montecarlo arrancó sin rumbo claro, y en un raudo gesto le asignó a la insigne avenida de División del Norte (¡damm!, si al menos don Doroteo hubiera sido sonorense) los calificativos rápida y furiosa. Los policías prendieron torreta y sirena, pidieron refuerzos y comenzó la persecución. ¡Toma Gabriel Mancera, No, síguete derecho, Aquí a la derecha, Vamos a la casa, No mames, van a saber dónde vivo. No se te ocurra, cabrón, Pues pa’dónde, güey, dime, ojete. Ya traemos tres patrullas encima, Aquí, en chinga, date vuelta, No mames, güey, viene una patrulla de frente, Mete reversa, mete reversa, cabrón, nos van a apañar, Ora síguete otra vez derecho, No mames, y esos güeyes de dónde salieron, Son judas, cabrón, No mames, nos van a matar, Métete en Nicolás San Juan, no mames, cuál es ésa, La que viene, Aquí, aquí. Dobla, cabrón, No mames qué es ese ruido, ¿Cuál?, No mames, ÉSE. No mames, nos están disparando y M, ¿de veras?, Sí, párate, güey, Párate, nos van a matar, No oigo nada, Párate, hijo de la chingada!

El Montecarlo se detuvo a la altura del Club Suizo de San Borja, exactamente enfrente de un oxo. El dependiente, pensando que venían por él, se había escondido debajo de la caja registradora. Las patrullas rodearon el Montecarlo.

–¡Bájense, hijos de su pinche madre! ¡Bájense, si no quieren que los plomeemos!

–Cuando se bajen, tírense al piso –ordenó Groucho.

–Párense, ojetes. Las manos atrás de la cabeza. ¡Dónde están las armas!

–¿Cuáles armas? No traemos armas.

–No se hagan pendejos. ¿Dónde están las armas?

–Pues aquí están –dijo Groucho, agitándose los genitales.

–¡No te hagas el chistoso, pinche puto! –culatazo en el vientre, mientras F estaba detrás de una patrulla siendo golpeado en el cráneo por judas y preventivos.

–¿Cómo se llaman?

Groucho contestó con su nombre su pila y M, después de unos jaloneos con las policías con honorables ¡Suéltame, pendeja!, dijo: “Me llamo África Dorian”, al tiempo que Groucho la veía con ojos empistolados pues el arma que no era la suya estaba en su sien. M, África o lo que fuera, sólo respondió con tono gangsteril de altos vuelos: “Todo fue tu culpa, pendejo”.

El caos del momento se aclaró los días posteriores. La persecución había iniciado, en efecto, porque unas briagos se habían dado a la fuga. Los policías preventivos, testigos presenciales del desaguisado, llamaron a los refuerzos. Pero en el proceso persecutorio se toparon con una patrulla de judiciales que, a su vez, llamó a sus propios refuerzos. La colonia Del Valle de la ciudad de México se transformó, por unos minutos aciagos, en un espectáculo de luz y sonido que envidiaría Quetzalcóatl. Ambos cuerpos policiacos se dieron a la tarea de detener a los forajidos. Como un Montecarlo era un auto compacto que naturalmente pasaba por cualquier callejón estrecho (así estaba redactado en el parte policiaco, presentado días después), los bandoleros lograron escabullirse; lograron hacerlo hasta que respondieron con armas de fuego, según la versión de ambas corporaciones. Es probable que alguno de los integrantes de las policías, al saberse idiota porque unos briagos en un yate sobre ruedas les estaban viendo la cara, haya iniciado el tiroteo. Pero las verdaderas razones fueron reveladoras: tanto judiciales como preventivos pensaron que las balas provenían del interior de un Montecarlo blanco 1981, manejado por maleantes que quién sabe qué habían hecho pero debían ser masacrados. Así empezó el fuego cruzado y los maleantes se detuvieron; más adelante los golpearon pero dejaron ir a dos de ellos: F, golpeado y lo que fuera, sólo pasó una noche en los separos, pagó su multa y salió sin mayor problema. ¿Qué sucedió en realidad? Como no había ningún indicio de que los pasajeros del Montecarlo hubieran realizado balazos, cuando ambas corporaciones detuvieron el vehículo, empezó el jaloneo entre ellas para llevarse a los malhechores. Pero el saldo ya no era blanco: en el fuego cruzado un policía preventivo había sido herido en un hombro, a una mujer judicial le habían fracturado un brazo en el alboroto y otro preventivo, al querer sacar su pistola de la funda, se había disparado accidentalmente en el pie y se estaba desangrando. El Montecarlo fue decretado por el seguro con pérdida total y en el peritaje las autoridades concluyeron que el vehículo había recibido 64 impactos de bala de distintos calibres. Groucho dijo después que uno de ellos le había pasado a diez centímetros de la cabeza; además insistió en que alguna divinidad desubicada pero bondadosa lo quería y que en lo sucesivo lo más cercano que estaría de un corte sonorense sería el pasto que comiera el animal en turno.

Del insigne acontecimiento se desprendieron varias situaciones: cinco policías fueron consignados penalmente por lo ocurrido y su lugar de residencia en la actualidad es el Reclusorio Norte; además, cada seis meses más o menos, Groucho recibe la visita tanto de judiciales como de preventivos que lo conminan a ir a declarar por haber sido testigo presencial. Pasan por él a su casa, lo llevan a los juzgados del Reclusorio y lo regresan al terminar su declaración. Por supuesto que no puede aplicar al pie de la letra la máxima básica de “jamás subirse a una patrulla”, sobre todo porque cuando pasan por él los policía son lo suficientemente cuidadosos en dejar al descubierto su pistola. Como es común en este país, el proceso penal sigue, y mientras se determina quiénes son los verdaderos culpables, los policías siguen en la cárcel. Hoy día, Groucho recuerda aquel evento como nebuloso, como si hubiera ocurrido en otra vida. La única evidencia del día de cuando pudo pasar, ahí sí, a esa otra vida, es la nota que apareció en La Prensa unos días después y que Groucho guarda como fetiche a la mitad de un libro de Danilo Kiš. Hay una imagen de Groucho y su novia dentro de una patrulla; abajo, el pie de foto y el inicio eterno de la rueda de la fortuna: “África Dorian, líder de una de las mayores bandas de delincuencia organizada en la ciudad, y uno de sus secuaces”.
CAS

lunes, septiembre 07, 2009

Instantáneas del Defe V

Tan se mueven con pulcritud por cordones desgastados como visualizan los alientos cotidianos desde su atalaya encubierta. Son los amos cromáticos y en la grasa llevan la penitencia de sus cepillos ilustrados. Para ellos mirar hacia arriba no es sinónimo de sumisión obtusa sino de certera bonhomía: son los guardianes de los pasos, los cancerberos del avance perpetuo. El visto bueno, entonces, les viene con naturalidad desgarbada: sólo un golpecito bondadoso en el empeine y ya está, joven. En su cajón o en su silla vigorizan y encumbran la profesión; además saben, como otras tantas verdades en el mundo, que quien no lea La Prensa jamás será un bolero.

CAS

viernes, septiembre 04, 2009

Incredulidad compartida

Palabras clave por las que Del Valle notes apareció por última vez en un buscador de la red: "¿Por qué Felipe Calderón nos odia y nos quiere destruir?". Chez pas.

CAS

sábado, agosto 15, 2009

Botellas al mar

IX. The last empty bottle


La isla se acerca al continente. Los últimos meses a la deriva, en aguas cerriles y turbulentas, parecen eclipsarse. He retomado el cabotaje. Y aunque la costa se vea a lo lejos y esporádicamente se pierda, la corriente ahora es clemente (decidí ponerle un altar a Bartolomé Díaz y ha funcionado). La isla se acerca al continente. Pero no se mueve sino que el puente creado por las botellas ha hecho un paso viable y seguro. Behring de cristal. Hace ya años del naufragio y el ropaje está marchito; la piel, lo suficientemente rugosa para encender un cerillo. Pero todos los días por la mañana aparecían una nueva botella y un papiro amarillento expulsados de la arena tras unos meses de germinación artificial (nunca, extrañamente, vi su desove). Y ahí se iban las notas de ayuda, notasdelvalluda, fatuas, abatidas, sucias; pedazos de papel en un recinto en donde lo único permitido era aguardiente enmohecido. La mímesis con la isla fue, entonces, natural: tomé el timón de sus palmeras y navegamos a babor. El viaje no fue, sin embargo, el deseado. Muchas veces estuve por zozobrar pero la sapiencia y fortaleza de mis cumbres rocosas lo impidieron. Yo isla evité el naufragio día a día. Largos fueron los años hasta que la circularidad de mi trayectoria (nunca me decidí a ir a estribor) se volvió monótona, letárgica, literalmente sin sentido. Fue así cuando desde mis cavernas más afligidas, mis riachuelos más celosos, mi frondosidad más hermética, grité para no ser oído: “¡No seré más un tubo de ensayo!”. Escuchado por la divinidad debida, dejé de ser isla humana, hombre roca, reptil pensante y y fui de nuevo corazón latente y latiente. Aunque todavía no puedo ver, escuchar, o no distingo el olor a café ni registro el rostro de una mujer bella, ya se acerca el día en que el cabotaje me arrastre a la corriente justa y pueda acercarme a un cabo beatífico, un puerto que me bastará verlo en el horizonte para tener la certeza de que ya no hay palmeras colgando de mis omóplatos, playas cristalinas en lugar de piernas y arrecifes malsanos en la pared plegada de mi frente. La isla se acerca al continente. Va la última botella vacía, la que se hundirá al instante y no terminará el puente. No importa, pues como en una fotografía de Cartier Bresson, también se puede brincar el charco.

CAS

jueves, agosto 06, 2009

Guardagujas

Échale un ojo al
Guardagujas, nuevo suplemento cultural de La Jornada Aguscalientes que dirige mi amigo Edilberto Aldán. Alea jacta est, pues.

CAS