lunes, marzo 26, 2012

Balada del hombre piedra

Hombre piedra. Porque es la piel abandonada; más bien la que ha desatendido su humanidad para hacerse reptil. Mi mutación es paulatina, como si de emparentar con una estalactita se tratara. Es primero el cocodrilo en movimiento; después mimetizado con el fruto de la caverna. En la antigüedad solía confinarse a los leprosos a las catacumbas, lugares mohosos donde la luz del sol era una utopía. Ahí permanecían porque habían sido tocados por el dedo gangrenado de la divinidad, por la llaga indemne de los altísimos, el vacilar omnímodo de los nortes. Y ahí morían: con la mancha blanca en la carne y la carne en la mancha blanca. Ahora en mi talante hay variaciones (siempre las hubo pero no en mis manos): la psoriasis la padecen aquéllos que han despertado el monstruo adentro, el alien encapsulado en busca de la luz matinal, el sistema inmunológico compartiendo el disfraz del cuerpo mallugado. Soy hombre piedra, piedra porosa, piedra de la piel caída, cambio de piel. Soy serpiente mineral escrita por sí misma. Soy medusa prosa. Soy el guapo Ben. Hablaré del nacimiento de la escama. En la coyuntura, ahí dónde se distinguen los hombres de los animales, el pellejo deja su membrana de poros y sufre la metamorfosis. Dura poco y su alumbramiento es imperceptible. De pronto la capa epidérmica se ha decolorado y el blancuzco adoquina las falanges de un presidiario inocente (las grietas de Lord Byron en el castillo de Chillón). Y el tac, tac, tac pavimenta mi silueta cada nacimiento del sol. Por eso en las mañanas, manos y codos me dicen que la única manera de bajar de la cama, de la excama, es arrastrándome. Soy un ofidio informe y el pecho tierra es mi hábitat, una nueva evolución de esta tierra y esta Tierra. Ésa es la batalla cotidiana: luchar contra el lagarto interior para recuperar mi piel. Pero soy ranuras de sangre, humanidad incomprendida, insuficiente. Y soy escama que sigue. Y duele como el carajo pero ya soy dolor. Hombre piedra, pirita piedra, pirita piedra, pirita hombre. ¡Ayúdame, pinche palabra! Soy mármol de zarpas enllagadas, de codos graníticos. Soy cuero enmohecido y curtido de los amaneceres lánguidos (esa extraña cecina del Bajío). Soy roca y su caída. Sísifo andrógino. ¿Desaparecerá la escama? Yo volveré a quitarla y sangrarán sus surcos centelleantes. Y ella saldrá otra vez para hacerme hombre piedra, piedra hombre y reptil vibrante. Y estaré, lo sabemos, todo lo iguana que se pueda. Quizás ser caimán no sea tan malo.

CAS

2 comentarios:

Charles dijo...

INTENSO , UNA OBRA

Anónimo dijo...

Hola Carlos,

Hoy fue el último día del curso que impartiste para "Salas de lectura" en Aguascalientes; estaba buscando sus libros y encontré tu blog. Qué chido texto.

Saludos
Lilí