miércoles, octubre 15, 2003

Proxenetismo y De la Cruz

Si alguna vez me veo en dificultades y el lado ingrato de la literatura me atrapa para ya no darme de comer, me dedicaría a proxeneta. La habilidad para facilitar amores ilícitos o peligrosos la arrastro desde que a mi primo Xavier le presenté a mi amiga Libertad, un affaire incomprensible que tuvo sus instantes endémicos en un cuarto de azotea en la H. colonia de la Sta. María La Ribera de la ciudad de México. La ruta trágica siguió con el romance entre mi amigo José Carlos y mi prima Cris, que terminó cuando la ingrata, que vivía en Irlanda, tuvo la oportunidad de engañarlo con un Johnny Walker cualquiera, quien por cierto tenía la osadía de beber Guiness. Otro éxito como empresario amoroso fue cuando presenté a mi primo Cacho con una vieja compañera de la universidad llamada Laura. Creo que se llevaron bien mientras duró, esto es, cuando Laura se enteró de que Cacho tenía un par de novias más. Enloquecida después de beberse un litro de tequila, se tragó un frasco de tranquilizantes y quiso electrocutar a mi primo con la puerta eléctrica de su casa. Minutos después, en un momento de lucidez, concluyó que lo mejor era echarle gasolina y prenderle fuego. Cacho logró convencerla de que eso no era lo adecuado, pero lo que no pudo evitar fue que le arrancara un pedazo de carne del antebrazo. Además, también hice lo propio con el Serge y Dianchen y, tiempo después, con el Fuc y otra amiga de la que todavía no puedo decir su nombre.

Estas experiencias me llevan a la conclusión de que tendría mínimo las cartas credenciales para poderme dedicar a tan digna profesión, sobre todo cuando empiezan a suceder en mi casa y el mismo día en que introduzco a los actores. Mi amigo Gerardo de la Cruz, escritor, domador de gatos, bebedor de café con marihuana y corrector del Plan Nacional de Cultura de Sari Bermúdez, llegó un día a mi casa. Cabe destacar que, en ese tiempo, vivía a tres cuadras en un departamento que conocí antes que él, incluso hice una fiesta ahí. Era casa de una amiga gringa, Kim Silver, muy parecida a Delacroix pero con la salvedad de que su gato estaba lisiado por haber perdido una de sus vidas al caerse a la calle desde el tercer piso. Coincidencias de la vida, y yo que pensaba no volver a ver ese insigne sitio. Pero regresando, Delacroac-bebedor-además-de-whisky llegó a mi casa cuando yo estaba con dos amigas. A este miserable siempre le brillan los ojitos cuando la aritmética tiende tanto a los números pares como a las igualdades genéricas, en este caso, dos güeyes y dos viejas. Pero tampoco existió la posibilidad de decirle que la cosa era tranquila. Al cabo de unos tragos, una de ellas se fue y quedamos sólo tres, si las matemáticas no me fallan ahora, como me fallaron esa noche. Dos segundos después entendí qué pasaba; les dije que me iba a dormir pero no me hicieron caso. Sólo alcancé a estirarle un condón y darle una palmada paternal en la espalda. A las seis de la mañana me despierta mi amiga diciéndome: “Acompáñame al metro”. Las mujeres, en sentido estricto, tienen ciertos momentos en que carecen de cualquier sentido, incluso del estricto, y ahora, después de haberse tirado a Delacrush en la sala de mi casa, venía a que la acompañara.

–Dile a ese güey que te acompañe, al cabo que vive por ahí.

–Pero si apenas lo conozco.

El conocimiento entre los seres humanos, bien dicen los especialistas en la materia, sucede con el paso de muchos años, y a veces ni siquiera se logra. Por eso se piensa que el entendimiento del alma es lo más complicado que existe en la vida; el contacto físico, en cambio, se lleva a cabo sin que nos enfrentemos a problemas éticos o morales. De ahí que podamos saludar de mano a un desconocido, besar en la mejilla a alguien que recién nos presentaron, darle un abrazo a quien nunca hemos visto y acaba de perder a un ser querido o cogerse a la amiga de un amigo después de escasas tres cubas.

Pero Delascruzadas aparece en otra anécdota oscura que bien cabría de nuevo en la temática. Un día, viernes en la noche, me habla:

–¿Qué onda?

–Pues hay una fiesta en casa de Tom, un amigo belga –le digo.

–OK. Te caigo ahorita en tu casa para calentar motores.

De la + llegó con una amiga de la que me reservo el nombre, pues es la protagonista de la historia. Llegamos en banda, como diez amigos más, a la fiesta. Nos abrió la puerta Kent, camarada que tiene una chava que se llama Barbie Malibú; los dos son pintores. Parece que en París vendían bien su trabajo, pero en México se dieron cuenta de que la cosa sería más difícil. Así, tuvieron que trabajar de modelos. También les iba bien. Ahora me dicen que están en Milán dedicándose a lo que verdaderamente les alimenta el espíritu: el arte. No quiero ser inmoral, pero en Milán están los diseñadores y las pasarelas más importantes del mundo.

–¡Quiubo, Kent! ¿Cómo estás?

Como sucede en las fiestas de extranjeros en cualquier país, en ellas se encuentra por completo la legión extranjera, y ésta no fue la excepción. La amiga de Delacroce ubicó de inmediato a un alemán que parecía diez años menor que ella. Después de un rato, como debíamos ir a otra fiesta, tuvimos que arrancarla literalmente de esas garras teutonas, muy a su pesar desde luego, pero ella manejaba una de las naves. El otro reven nos decepcionó, no porque no estuviera prendido sino porque era pura música electrónica y todavía faltaban tres dj’s por tocar. Regresamos a la fiesta de Tom belga y la amiga preguntó por el alemán. Se había ido. La cara de la pobre se descompuso. Instantes después recuperó el semblante cuando alguien le dijo que era muy probable que estuviera arriba. Entonces... la azotea. Delacrucifixión y yo nos sentamos en un sillón de primera fila, al tiempo que el alemán bajaba y hacía el gesto de inflar un globo a todo mexicano que veía. Por fin encontró a un benefactor oleaginoso y pudo regresar arriba. Creo que fue una hora lo que tardó en bajar la amiga de Delacrujía13. Su cara de felicidad sólo la entendimos cabalmente cuando espetó: “Tenía un año sin hacerlo”.

Parece que una semana después el alemán, del que hay que repetir tenía diez años menos que ella, se fue a vivir a su casa, aunque según cuenta Delacrusli, sólo fueron tres meses, cuando ella se dio cuenta de que dos horas más con el chamaco y hubiera terminado en la ruina económica.

Ser alcahuete en todas sus vertientes es una labor caprichosa pero benévola. En lo particular me gustaría encontrarle un galán a mi vecina Juanita; el problema es que el candidato debe ser algo así como Dorian Gray para que estén en igualdad de condiciones. Y pido muy poco: sólo quiero que se la lleve a otra casa, a otro país, al otro mundo. Siempre he fracasado pero no pierdo la esperanza, pues eso de ser celestino es una actividad divina que, si se realiza con devoción, puede abrirnos incluso el reino de los cielos, aunque sea porque alguien nos pegue un balazo.

CAS

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